24. Elena
Elena
Cuando Connor me pidió que pasara el parón de verano con la familia de Jax en Londres, pensé que era una buena idea. Se suponía que me daría la oportunidad de vigilarle al tiempo que planeaba algunas actividades más para que los aficionados tuvieran mejor opinión de él.
Con toda la locura de preparar cosas divertidas que hacer con Caleb, pasé por alto cómo sería para mí pasar tanto tiempo con Jax y su familia. Daba por hecho que se parecería a compartir habitación de hotel.
Pero me equivocaba. En todos los sentidos.
La verdadera sorpresa ha sido su madre. No sé cómo Jax ha podido salir así, con ese carácter tan difícil, con lo adorable que es ella. Vera es tan dulce y cariñosa... todo lo que desearía tener en mi vida.
—Estaba pensando en ir de compras al centro hoy. ¿Quieres venir conmigo? —me propone mientras se bebe su té del desayuno.
Jax ha tenido la suerte de heredar parte de la belleza de su madre. Es una mujer de pelo rubio platino, piel clara y ojos grises que desprenden constantemente un brillo especial.
—No sé... Se supone que tengo que reunirme con Jax y hablar de las actividades que vamos a tener durante el parón.
—Creo que Jax se las puede apañar solo ni que sea un día. Además, Zack quiere pasar tiempo con él, así que nosotras podemos divertirnos juntas. Venga, va, tómate el día libre —me tienta, batiendo las pestañas rubias.
—Deja que lo consulte con él primero.
—Como quieras. —Me despide con una sonrisa.
Subo a la zona de la casa donde vive Jax.
No era consciente de lo podrida de pasta que estaba esta familia hasta que me contaron que tienen tantas habitaciones que podrían referirse a las distintas «alas» de la casa por sus puntos cardinales.
No me he criado entre riqueza, y ver tanto lujo a mi alrededor me recuerda que este no es mi sitio.
Estoy bastante segura de que las sábanas de la habitación de invitados en la que estoy durmiendo cuestan más que la mensualidad que pago para devolver mis préstamos.
Llamo a la puerta de Jax. Él abre unos segundos más tarde con nada más que una toalla atada a la cintura. Le caen gotitas de agua por la cara del pelo mojado, que terminan en su pecho antes de bajar a sus abdominales.
Examino un momento sus músculos definidos hasta que me obligo a levantar la vista a sus ojos.
Él apoya la cabeza en el marco de la puerta.
—Buenos días. ¿Has llamado para quedarte mirándome como un pasmarote o tenías alguna otra cosa en mente?
—Eh... —Intento sin éxito no volver a echarle un vistazo a su vientre—.
Tu madre me ha pedido que salga con ella.
Le he dicho que no podía darle una respuesta hasta haberlo consultado contigo.
Sé que teníamos planeado hablar de tus compromisos y repasar el encuentro con Caleb, pero parece bastante empeñada en que pasemos un rato juntas.
Él aprieta los labios hasta que forman una fina línea.
—Claro que puedes tomarte el día libre, por el amor de Dios. No voy a chivarme a Connor.
—A ver, no he dicho que fueras a hacerlo... —Me balanceo sobre los talones.
—No, pero te conozco. —Me da un repaso, observando con atención mi vestido de tirantes amarillo—. Todo lo que haga feliz a mi madre me parece bien.
Se me escapa un suspiro. Ojalá tratara a todas las mujeres de su vida con ese respeto y admiración.
—Vale, pues perfecto. Nos vemos luego. —Intento darme la vuelta, pero él me coge suavemente de la mano y me detiene. Mi cuerpo reacciona al instante al contacto con su piel.
—¿Te importa entrar un segundo? —me pide—. Quería preguntarte una cosa sobre el encuentro con Caleb. El chaval no para de escribirme desde que le diste mi número. —Abre la puerta un poco más para que pase.
—Claro. —Entro con vacilación a su cuarto.
—Dame un segundo para que me vista.
Le doy otro buen repaso. «Por favor, no te tomes esa molestia».
Su sonrisa radiante casi me deja sin aliento. Se mete en el baño y con eso acaba mi inspección de ese cuerpo musculoso y cubierto de tatuajes que me encantaría estudiar bien de cerca.
Aprovecho la oportunidad para echarle un vistazo a su cuarto de niño.
Una de las paredes está cubierta de pósters de grupos de música, con fechas de gira por multitud de ciudades.
También tiene un tocadiscos a la vieja usanza con una caja de vinilos encima de su cómoda.
Rebusco entre ellos hasta encontrar el disco de un artista que reconozco.
A pesar de que sus dos padres son estrellas del rock, Cole Griffin está decidido a hacerse un nombre en la escena de la música folk al margen de la fama de estos.
Jax sale del baño vestido con vaqueros y una camiseta. Ya echo de menos sus abdominales.
—Tenerte aquí es como dejar que lean mi diario —dice acercándose por detrás de mí. Noto en la espalda el calor de su cuerpo, y se me pone la piel de gallina. Recorre la tira de mi vestido con el dedo.
—¿No querías preguntarme algo?
—Cierto —contesta con voz áspera.
Voy a dejar el vinilo en su sitio, pero su mano me detiene. Me arrebata el disco y lo saca.
—¿Eres fan? —inquiere, y su aliento me calienta la nuca.
Intento no estremecerme, sin éxito.
—Se podría decir así. —Me giro hacia él. Mi pecho roza el suyo, provocándole una inhalación brusca.
—Igual un día te lo presento. —Jax mira por encima de mi hombro mientras trastea con el reproductor. Un suave rasgueo de guitarra empieza a sonar de fondo.
—Sí, hombre —replico.
—No debería tener celos de un niñato como Cole Griffin, pero aquí estamos. —La sonrisa que me dedica tendría que hacerme salir por patas. Es poco usual en él, feliz y despreocupada.
Hace el amago de atraerme hacia sí, pero me zafo y le devuelvo una sonrisa pícara de mi propia cosecha.
—Oye, ahora no te arrepientas de habérmelo ofrecido, ¿eh?
—¿Sin arrepentimientos? —Suelta una risita grave.
—Sin arrepentimientos —repito mientras me dirijo al otro lado del dormitorio, donde tiene varios trofeos y fotografías colocados en estantes.
Una en concreto me llama la atención, así que la cojo. Un Jax adolescente sonríe a cámara, ignorando al tatuador que tiene detrás, mientras Vera está sentada a su lado con cara de pocos amigos.
—Mi madre en realidad no estaba enfadada, no te pienses. Fue ella la que firmó la autorización para que pudiera hacerme mi primer tatuaje antes de los dieciocho.
—¿En serio?
—Sí. De hecho, lo eligió ella. —Me coge el marco de las manos y sus dedos rozan los míos.
—No fastidies.
— Sip . En aquel momento me parecía un poco ridículo, pero ahora me encanta porque me recuerda a ella.
Siento que se me va a derretir el corazón en cualquier momento.
—¿Cuál es? —Le cojo el brazo que le están tatuando en la foto y busco entre el océano de tinta.
—Me apuesto algo a que no lo adivinas —me provoca.
—Apuesta aceptada.
Examino meticulosamente todos los tatuajes. Para cuando termino, estoy entre dos opciones. Decido tirar de intuición y pongo el dedo en el que creo que ha podido elegir su madre.
—Este. Sin duda.
Él se estremece cuando repaso los trazos de tinta con el dedo, y no puedo evitar sonreír. Este tatuaje no es tan lúgubre como los otros. Una majestuosa flor destaca entre los demás diseños, tan bellos como inquietantes, que cubren todo el abanico de lo macabro, desde una parca hasta una lápida.
—Qué pena que no hayas especificado qué ocurre si aciertas.
—¿Qué? —digo con una voz excesivamente aguda—. ¿He acertado? —Me pongo a hacer un bailecito triunfal, dando una vuelta sobre mí misma que hace que el vestido se arremoline a mi alrededor.
Jax sonríe.
—Sí. —Se pasa el dedo por el tatuaje de una rosa de papel hecha de partituras—. ¿Cómo lo has sabido?
—Si te soy sincera, el resto de tus tatuajes son un poco...
—¿Deprimentes?
—No diría eso. Al fin y al cabo, tienes mariposas.
Él se ríe por lo bajo.
—Elijo qué tatuarme según mi estado de ánimo.
—Típico de los géminis.
Se le escapa una carcajada. Me desconcierta cuando se muestra tan relajado como ahora. El adolescente sonriente de la fotografía no tiene nada que ver con el hombre con el que he tratado estos últimos meses.
—¿Cuándo te enteraste de que tu madre estaba enferma? —pregunto sin pensar.
Sus ojos vuelven a posarse en la foto que tiene en las manos.
—A los veintiuno. Ellos lo supieron antes, pero no me lo contaron hasta que sintieron que podía encajar la noticia.
Le pongo la mano en el bíceps. Trazo círculos con el pulgar sobre su piel, intentando consolarle.
—Lo siento. Me puedo imaginar lo difícil que está siendo para ti. Es una de las personas más guais que he conocido en mi vida.
—Es la mejor. Sin duda mi persona favorita en el mundo.
No puedo evitar que se me humedezcan los ojos.
—¿Por qué me miras así? —inquiere alzando una ceja.
—Porque debajo de los tatuajes y el mal genio que te gastas, no eres mal tío.
—Elena... —Jax suspira, rehuyéndome la mirada.
—Escúchame. Puede que hayas tomado malas decisiones. Qué digo, malísimas decisiones. Pero eso no te hace mala persona. Puedes elegir ser mejor, nadie te lo impide.
—Nadie excepto yo.
—Exacto. Lo cual es bastante estúpido, si te paras a pensarlo.
—¿Ah, sí? ¿Por qué? —La comisura de sus labios se curva en una media sonrisa.
—Porque eres un hombre adulto, y por eso nadie más que tú puede decidir hacerlo mejor. Si yo estuviera en tu lugar, me resultaría agotador tener que estar todo el rato de mala leche y a la defensiva.
—Claro, porque tú cagas arcoíris, ¿no?
—Al menos al final del arcoíris hay una olla de oro —contesto con una sonrisa chulesca.
—No desees cosas imposibles, anda.
Exhala lentamente cuando le paso una mano por el pecho, dibujando el relieve de sus músculos con el dedo. Al parecer mi cordura se ha perdido en algún lugar de esta mansión de novecientos metros cuadrados.
—No es imposible porque ya está pasando. Estás cambiando.
—No me obligues a demostrarte que te equivocas.
Me río.
—Si tienes que esforzarte para demostrármelo, me estás dando la razón.
—Bueno, yo he intentado avisarte.
—A ver, me has comprado un montón de lámparas quitamiedos, ¿qué me dices a eso?
A sus ojos asoma algo que no logro interpretar.