23. Jax
Jax
¿Que Elena me ayude a limpiar mi imagen a pesar de que debería mantenerme alejado de ella? Arriesgado.
¿Que Elena venga a mi casa, conozca a mis padres y vivamos todos juntos como una familia de película durante el parón de verano? Una auténtica majadería.
Para ser sinceros, no he tenido elección. Connor me dejó bien claro que Elena tenía que venir conmigo adonde fuera que me marchara de vacaciones, pero no pensé en los inconvenientes de que pasara un mes entero conmigo y mi familia.
Ver cómo mi madre la abraza cuando se conocen basta para hacer sonar todas las alarmas.
—Elena, es un placer tenerte aquí. Me moría de ganas de conocer a la mujer que ha hecho entrar en vereda a mi hijo.
—Eh... Hola. —Los brazos de Elena no se mueven de sus costados cuando mi madre se vale de la poca fuerza que tiene para estrecharla.
No puedo evitar reírme al ver su reacción. Me fulmina con la mirada, pero no surte el efecto que ella querría. Al contrario, mi sonrisa se ensancha.
—Nos ha dicho un pajarito que tú eres la responsable de la salvación del hígado de Jax —comenta ahora mi padre, agarrando a mi madre para que se apoye en él en lugar de tener que usar el bastón.
—¿Vais a seguir hablando todos como si no estuviera en la habitación? Si lo sé, no vengo. —Me cruzo de brazos.
Dos personas del servicio doméstico cogen mis pertenencias y las de Elena del suelo y se las llevan a la planta de arriba.
—¡Ay, cuánto has crecido! Acércate, que te vea bien —bromea mi madre.
Voy a su lado y le doy un beso en la mejilla.
—En McCoy me alimentan estupendamente.
—Y parece que la nueva rutina de entrenamiento te está funcionando —dice mi padre, pellizcándome los músculos del brazo.
Jackie aparece y nos saluda a Elena y a mí antes de anunciar que la cena está lista.
—Prepárate para la mejor comida de tu vida —le susurro a Elena, guiñándole un ojo.
—Qué hambre. —No para de mirar a todas partes, desde las lámparas de techo de cristal hasta el elegante mobiliario.
Vamos todos juntos al comedor principal de la casa. Tiene una televisión y una enorme mesa en la que caben como mínimo veinte personas. Los grandes ventanales dan al lujoso jardín trasero, con piscina incluida.
—Guau. Me siento un poco fuera de lugar aquí, con esta ropa y tal —me susurra Elena antes de echar un vistazo a lo que lleva puesto. Se le sonrojan las mejillas cuando sus zapatillas chirrían con sus pasos.
—A mí me gusta tu ropa. —Le doy un tirón a la manga de su sudadera de los Rolling Stones.
Mi padre ayuda a mi madre a sentarse a la mesa y comenta:
—Espero que no os parezca demasiado ostentoso. Para cuando he querido darme cuenta, Jackie ya había puesto la mesa aquí. Normalmente comemos en la cocina.
Elena y yo nos sentamos juntos, frente a mis padres.
Mi padre se sirve una copa de vino después de ofrecernos una a nosotros.
—Me alegra mucho tenerte en casa, aunque solo sea un tiempo —dice.
—Y a mí haber venido. Es una mierda vivir con lo que llevas en la maleta.
Hace girar el vino en su copa.
—¿Tienes algún plan especial para los días que estés por aquí?
—No, la verdad. Nada aparte de los eventos que ha preparado McCoy para antes de mi carrera en casa. Ya sabes la que se lía aquí con el Gran Premio de Gran Bretaña.
—Bueno, yo tengo algún que otro plan organizado para él —interviene Elena—. El primero es este fin de semana.
La miro ladeando la cabeza.
—¿Y qué es?
—La fundación Make-A-Wish se ha puesto en contacto conmigo para organizar un día o dos en los que un fan te acompañe a todas partes y pueda pasar tiempo contigo.
Mis padres la observan con adoración. Mierda. Me entran ganas de taparle la boca con cinta americana para evitar que se enamoren de ella.
Y ahora estoy pensando en atarle las muñecas con cinta americana mientras me la tiro. «Genial, Jax». Me reacomodo en mi silla, intentando serenarme pese a sentir que la sangre se me concentra en la entrepierna.
Mi padre me sonríe.
—¿El deseo de un niño ha sido conocer a Jax y pasar tiempo con él? Increíble. Deberías sentirte honrado, hijo.
«Eso. Céntrate en el tema importante».
—Me impactó cuando me llegó su mensaje —comenta Elena, que se ruboriza y se vuelve hacia mí—. No porque no seas bueno en lo tuyo, ¿eh? Solo es que me da respeto organizar algo que significa tanto para este niño.
—¿Y eso? —Mi madre ladea la cabeza.
—La primera vez que le llamé y le dije quién era, se puso a gritar al teléfono.
No entendía casi nada de lo que me decía, pero sí le oí claramente chillar que si conocía a Jax sería el mejor día de su vida.
No quiero planear nada que le resulte aburrido o que no esté a la altura de sus expectativas.
—El chaval tiene suerte de que seas tú la que está a cargo de organizarlo todo. Tranquila —trato de calmarla, dándole un apretón en la mano y dedicándole un leve gesto de ánimo.
Mi padre mira de reojo nuestras manos y mi madre aprieta los labios para ocultar una sonrisa.
—Tendremos que invitarle a cenar o algo. ¡Que experimente de primera mano cómo es ser un Kingston! —comenta mi madre, juntando las manos—. Es fantástico todo esto. Llevamos sin tener un niño en esta casa desde..., bueno, desde que Jax era pequeño.
Elena esboza una sonrisita.
—A ver, más que un niño es un adolescente.
Mi madre no puede contener la emoción.
—¡Ay! Me encantan los adolescentes con su edad del pavo. Me ayuda a ganar perspectiva. Y, cuéntanos, ¿qué tienes preparado para él?
Ella y mi madre congenian enseguida y se lían a hablar de Caleb, que al parecer es mi mayor fan. Me paso el resto de la cena escuchando atentamente sin decir gran cosa. Por primera vez desde que conozco a Elena, siento la necesidad de medir mis palabras.
Me cuesta bastante, teniendo en cuenta que ahora, en lugar de portarme como un completo imbécil, preferiría hacer otras cosas con ella. Cosas más depravadas. Más temerarias. Cosas que solo pueden terminar con orgasmos y promesas incumplidas.