Amor en pole position (Dirty Air 3) 22. Elena
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22. Elena

Elena

Mientras Jax completa las rondas de clasificación para el Gran Premio de Hungría, quedo con Connor para hablar sobre sus progresos. Nos sentamos en su despacho y repasamos los logros en su carrera y los puntos en los que todavía puede mejorar.

—Has hecho un trabajo increíble, de verdad —me felicita—. No pensé que fuera capaz de mantener el tipo tanto tiempo.

—Tengo algunas cosas más planeadas para él, entre ellas tener encuentros a solas con algunos de sus mayores fans.

—Le irá bien. No le gusta estar rodeado de mucha gente.

—Ya, es lo que tiene la ansiedad.

—Pero también la lleva mejor, ¿no? Gracias por proponer la idea del psicólogo, por cierto. Ha sido todo un acierto, e incluso han podido aprovecharse varios miembros del equipo técnico.

Me sonrojo.

—Es lo mínimo que puedo hacer —contesto—. He leído varias investigaciones sobre deportistas y tenía fe en que les fuera bien a los chicos.

—Perdón por cambiar de tema, pero llevo un tiempo queriendo preguntarte por algo en lo que me he fijado.

No estará hablando de Jax y de mí, ¿no? «Por favor, no me preguntes lo que creo que me vas a preguntar».

Se ríe para sí y dice:

—No quiero alarmarte, pero me resulta difícil quedarme callado.

Asiento con la cabeza como una tonta, sin saber si debería decir algo. «Dios, dame paciencia». El corazón no me da para disgustos esta semana. Me late como loco en el pecho, y no paro de mover nerviosamente la pierna.

—Creo que a Jax le gustas. El otro día, le pillé mirándote durante un buen rato en una reunión. Quería asegurarme de que no te está haciendo sentir incómoda y, sobre todo, de que no pienses que tu trabajo podría verse perjudicado si le rechazas.

Teniendo en cuenta que Jax me ha metido la lengua hasta la campanilla en tres ocasiones, diría que es un poco tarde para esta conversación.

Finjo una carcajada.

—Qué va, Jax es de lo más educado conmigo.

La mirada agriada que me lanza Connor me deja claro que no me cree.

—Por favor, ahórrate las mentiras para la prensa. Sé de sobra lo difícil que es trabajar con él. Solo quiero que te sientas segura.

—No ha pasado nada así entre nosotros.

—Bueno, eso, que si algún día tienes que mandarle a freír espárragos, no vas a perder tu trabajo por ello. Te lo prometo.

Reúno el valor para lanzarle la pregunta que lleva semanas rondándome la cabeza.

—¿Por qué no hay ninguna regla que prohíba este tipo de cosas? ¿No preferirías ahorrarte dramas innecesarios en el entorno de trabajo?

Connor se encoge de hombros.

—Mi padre se enamoró de la hija de la criada de su familia.

Se pasaron demasiados años oyendo que no deberían estar juntos de boca de todos los que deberían haberles apoyado.

No quiero ser alguien que le arruine a nadie la posibilidad de alcanzar una felicidad verdadera, sobre todo después de saber cuánto les afectó a mis padres.

—Es un motivo mucho más profundo de lo que me imaginaba.

Él se ríe.

—Solo he mencionado el tema de Jax porque quería asegurarme de que estabas a gusto, puesto que vas a pasar el parón de verano con él y su familia. Te agradezco que le estés cuidando así de bien.

—No tienes que darme las gracias. Es mi obligación —contesto, alisándome el vestido con manos temblorosas.

—Sea tu obligación o no, los chicos tienen suerte de que estés trabajando con ellos. Eres una auténtica joya. Además, tampoco viene nada mal que Jax esté pillado por ti. Hace que sea mucho más dócil.

Bueno, pues ya está. Es una pena que todo el mundo sepa que Jax Kingston está colado por mí menos él mismo.

Estoy convencida de que vivo en una dimensión paralela. Es la única explicación que le encuentro a todo lo que está ocurriendo ahora mismo, incluyendo la conversación tan surrealista que he tenido antes con Connor.

Como Jax está ocupado con una reunión de McCoy de última hora, me esperaba encontrarme la suite del hotel vacía cuando llegara.

Y lo está.

Pero al mismo tiempo no.

Entro en el salón completamente a oscuras, salvo por una lámpara quitamiedos que hay al lado de la puerta de entrada. Es azul, con forma de coche de Fórmula 1, la típica cosa que un padre compraría en la tienda de regalos.

—No puede ser... —Dejo la lamparita encendida y me guío con su tenue luz. Veo otra lamparita encendida en un rincón del salón, cerca de la puerta de mi cuarto.

Cuando la abro, me encuentro con otro coche de carreras junto a mi cama.

—Madre mía —murmuro al ver varias lamparitas que me conducen al cuarto de baño, donde está la última.

Se me llenan los ojos de lágrimas, para mi sorpresa. ¿Por qué haría Jax algo así? ¿Y por qué tiene que ir derrumbando poco a poco el muro que he levantado para protegerme de él?

Vuelvo a la cama. De alguna manera, había pasado por alto la notita que hay encima de mi almohada. Reconozco la caótica letra de Jax:

Porque alguien tiene que ayudarte a arreglar tu nefasta higiene del sueño. Se acabaron las tonterías de dormir con todas las luces encendidas. Hoy en día, cualquier adulto que se precie se pone lamparitas chulas de la Fórmula 1.

P. D.: Como algún paparazzi suba una foto mía comprando todo esto y diga que me da miedo la oscuridad, se me va a ir la pinza, aviso.

P. P. D.: Ha valido totalmente la pena arriesgarme a poner en entredicho mi hombría.

No suelto la nota cuando me tumbo en la cama. Siento como si todo estuviera cambiando entre nosotros, aunque sea con pequeños pasos por su parte.

Creía que sería yo quien le calaría. Pero, al parecer, por el camino me olvidé del poder que es capaz de ejercer sobre mí.

Le he dado a alguien que destruye todo lo bueno que tiene en su vida algo que no puedo recuperar.

La posibilidad de ganarse mi amor.