Amor en pole position (Dirty Air 3) 21. Elena
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21. Elena

Elena

Un grito desgarrador brota de mis labios cuando me despierto en medio de una habitación a oscuras. Me llevo una mano temblorosa al pecho en un intento por calmar mi corazón desbocado. La puerta se abre de un portazo y Jax entra a toda prisa.

—Pero ¿qué coño...? —Se planta en mi lado de la cama.

Me quedo mirándome las manos, incapaz de pronunciar palabra. Me vuelven a la mente las imágenes de la peor noche de mi vida. Tanta sangre... Oscura, pegajosa...

Jax me aprieta los hombros.

—Dime qué te está pasando.

«Tanta sangre...».

Salgo de la cama como puedo y voy corriendo al baño, encendiendo las luces antes de llegar al váter. Siento el sabor del ácido en la lengua cuando devuelvo toda la cena. Me tiemblan los dedos mientras me aferro con fuerza al borde del retrete.

—Joder. ¿Estás enferma? ¿Quieres que llame a un médico? —Jax se arrodilla a mi lado y me aparta el pelo de la cara.

—Las luces... —siseo—. ¿Por qué has apagado las luces? —Mi voz suena rota. Débil. Derrotada.

Sus ojos me analizan el rostro mientras me sujeta el pelo.

—¿Todo esto es por las luces? —musita—. Me has dado un susto de muerte. Pensaba que te pasaba algo malo de verdad.

Me da otro ataque de náuseas, pero lo contengo. Me pongo de pie a duras penas y me acerco al lavabo con las piernas flaqueándome.

Más imágenes indeseadas me asaltan la mente. Cristales rotos. Sangre oscura y espesa pegada a mi cuerpo. Respiro hondo varias veces mientras abro el grifo, me echo jabón en las manos y empiezo a limpiármelas.

—Elena, dime algo. Estás blanca, parece que te vayas a desmayar en cualquier momento.

Los dedos me tiemblan mientras me enjuago el jabón.

Luego me da por lavarme los dientes con tanta fuerza que hasta me hago daño, y solo después cierro el grifo.

Me quedo de nuevo mirándome las manos, limpias a pesar de la repulsión que siento por dentro.

Vuelvo a abrir el grifo para limpiármelas de nuevo.

Jax me coge, me levanta y me carga a su hombro.

—Basta ya de lavarse las manos. Deja de asustarme y dime algo.

—¡No! —grito, arañándole la espalda mientras me lleva en brazos a la habitación a oscuras.

—Hostia puta. ¡Para ya!

—¡Las luces! ¡Enciéndelas! —Mi cuerpo se estremece mientras trato de contener las lágrimas a punto de desbordarse.

Me deja en la cama y enciende la lamparita.

—Joder, Elena. ¿Te da miedo la oscuridad?

Niego con la cabeza y me hago un ovillo.

Me quedo mirando la foto de mis padres unos segundos antes de cerrar los ojos.

Un dolor punzante y abrasador me atraviesa el pecho, y se me escapa un alarido de pura tristeza.

Apoyo la frente en las rodillas y sollozo, encogiéndome sobre mí misma para que Jax no me vea desmoronarme.

Me abochorna que alguien esté siendo testigo de esto, pero no tenía una pesadilla tan realista desde hacía mucho tiempo.

Tanto que ya me había olvidado de cómo era.

—¿Qué coño te ha pasado? —susurra Jax.

Me sorprende cuando se mete en la cama conmigo y envuelve mi cuerpo con el suyo. Siento un hormigueo en la piel. Le necesito cerca, sobre todo después de lo que ha ocurrido.

No quiero estar sola, y de alguna forma él lo sabe.

Jax nos cubre con el edredón, como si fuera un refugio.

—No vuelvas a apagar las luces. Nunca. Prométemelo —digo con la voz ronca.

—Dios, lo siento. No tenía ni idea de que te daba miedo la oscuridad. Creía que te habías quedado dormida y se te había olvidado apagarlas.

—No me da miedo la oscuridad.

—Cualquiera lo diría.

—Me dan miedo los recuerdos —confieso en voz tan baja que no sé si ha llegado a oírme.

Me sobresalto cuando me pasa una mano por el pelo. Cierro los ojos y me centro en la placentera sensación de las suaves y lentas caricias. No puedo ignorar la proximidad de su cuerpo. Su calor me envuelve y hace que me sienta protegida.

—Duérmete —susurra—. Yo me quedo vigilando por si viene algún indeseable.

El corazón se me encoge esta vez de una forma muy distinta a la opresión en el pecho que me ha provocado la pesadilla. No sé si nunca había estado tan agradecida por la presencia de Jax como en este momento.

—¿Te estás incluyendo a ti mismo?

—Claro. Pero, no te preocupes, tu virtud está a salvo conmigo.

—Esto no es buena idea.

Su mano encuentra la mía y le da un apretón.

—No. No lo es.

Aun a pesar de la tristeza, el corazón me empieza a latir más fuerte.

—¿Y por qué estás aquí entonces?

—Siempre me haces preguntas para las que no tengo respuestas —contesta, como si de verdad estuviera confundido.

Transcurren los minutos. La mano de Jax envuelve la mía y me calma a pesar de todo.

—¿Qué nos está pasando? —murmuro para mí.

—Ojalá pudiera contestarte a eso también. Pero, sinceramente, me da pánico descubrirlo.

Los párpados comienzan a pesarme mientras escucho el sonido rítmico de la respiración de Jax. Intento no quedarme dormida, pero fracaso. Vuelvo a sentir su mano en mi pelo, peinándomelo durante lo que parece una hora entera.

Entonces me da un beso tremendamente tierno en la parte baja de la nuca.

—Ojalá te odiara. Pero, en vez de eso, estás consiguiendo que cada vez me gustes más.

Finges ser una persona que lo tiene todo bajo control cuando en realidad estás rota, igual que yo.

Y lo peor de todo es que quiero conocer tus partes heridas.

Quiero juntarlas con las mías y ver qué podemos crear con ellas.

Así que no sé si salir corriendo o suplicarte que me des una oportunidad a pesar de haberme portado como un capullo contigo —susurra.

«Dios mío, se piensa que estoy dormida».

—Pero, sobre todo, desearía no ser un cobarde. No soy nada valiente. Si lo fuera, me atrevería a enfrentarme a mi futuro por ti. Y, joder, eso es lo que más me preocupa. Tú tienes el poder de cambiarlo todo.

No sé qué dice después. Por mucho que me esfuerce por mantenerme despierta, el cansancio me vence y los ojos se me cierran otra vez.

Jax me mira desde el sofá cuando salgo de la habitación.

—Tenemos que hablar de lo de anoche —anuncia.

Me da miedo lo que pueda decir, pero me armo de valor y me siento en el sofá de enfrente como la persona adulta que soy. Intento encontrar un lugar de la estancia en el que clavar la vista, pero él se pone de pie y se acomoda a mi lado.

Soy dolorosamente consciente de la proximidad de su cuerpo, como si desprendiera una electricidad que hace que se me erice la piel.

Esas manos me tocaron anoche, me abrazaron, me hicieron sentir a salvo.

—¿Tienes pesadillas muy a menudo?

—Ya no. —Rehúyo su mirada.

—¿Y esta vez ha sido porque apagué las luces? —inquiere con una voz que hace que mis ojos vuelvan a él como un barco buscando un faro en medio de una noche de tormenta.

—No me gusta la oscuridad.

Las cejas se le juntan.

—No tenía ni idea.

—Bueno, es que no somos precisamente mejores amigos.

—Y no quiero serlo —masculla para sí.

—Ya, a ver, tienes la personalidad de un cactus, así que a mí tampoco es que me interese demasiado.

Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.

—Esa no la había oído antes.

—¿«Capullo» te resulta más familiar?

—¿Acabas de llamarme «capullo»? —dice con indignación fingida y haciendo como si se agarrara a un collar de perlas invisible.

—Capullo. Gilipollas. Lo que quieras.

Jax me tapa la boca con una palma, y sus ojos reflejan una luz que me gustaría ver más.

—¡Para! ¡Mis inocentes oídos no pueden escuchar estas cosas!

Abro la boca y le doy un mordisco en un dedo. «¿Quién soy y por qué he hecho eso?».

Jax me aparta la mano de la boca, no sin antes acariciarme el labio inferior con el dedo pulgar mientras me mira intensamente, con deseo y algo más, atrayéndome a él.

Estoy en la más absoluta mierda.

Se aleja, no obstante, antes de que tenga la oportunidad de procesar cuánto disfruto de sus caricias.

—Me pediste que hiciéramos como si nunca nos hubiéramos besado, pero ahora mismo me está costando la vida entera —farfulla.

—¿Porque te he mordido la mano?

—Porque me miras como si te murieras de ganas de hacer justo eso. —Me roza la mejilla con los nudillos.

Mi cuerpo se activa como si hubiera tocado una valla electrificada.

—Tienes que parar —murmuro.

—El problema es que ya no quiero. Evitarte es agotador. —Tira de mí hacia él y sus ojos buscan permiso en los míos.

Los cierro en cuanto siento su mano en la mejilla. Sus labios acarician los míos, tanteándome. Un beso suave no es lo que me esperaría normalmente de él; me sorprende y me excita a partes iguales, haciendo que sea imposible resistirme. Me olvido de quiénes somos y sucumbo al momento.

Suspiro y le doy acceso a mi boca. Su lengua juega con la mía.

El beso se intensifica, se vuelve más apasionado.

Jax me sube a su regazo para que me siente a horcajadas sobre él.

Siento como su erección crece mientras me restriego contra su cuerpo, sin lograr calmar la necesidad que me anula los sentidos.

Su beso se torna más dominante. Trata de hacerse con el control de mi lengua y me agarra las caderas con tanta fuerza que casi duele.

Todo en este momento me suplica que me entregue a él.

Gimo cuando me muerde el labio inferior, tirando y chupando la sensible piel.

Mi mente se nubla mientras nos besamos. Me agarra el trasero con las manos y me aprieta contra él. Se me escapa otro gemido al sentir sus palmas en mi culo, y me estremezco de la cabeza a los pies.

El beso es erótico y adictivo, con un punto de locura.

Jax pasa a mi cuello después de dejarme los labios hinchados y palpitando tras su acometida. Pero justo entonces oímos un móvil sonando por encima de nuestros jadeos, y eso me devuelve a la realidad y me hace recordar que esto no debería estar pasando.

Me quedo muy quieta, dejando de frotarme contra él como si quisiera montarle. Mis mejillas se sonrojan mientras me bajo de su regazo y me pongo de pie con las piernas temblorosas. Me llevo una mano a los labios.

—¡Mierda! —suelta él, apoyando la cabeza contra el respaldo del sofá.

—¿Qué nos está pasando? —susurro para mí.

—Lo peor que nos podría pasar.

Siento una punzada de dolor en el pecho.

—No volverá a ocurrir —le aseguro—. No puede volver a ocurrir.

Él se tira del pelo con las manos.

—Joder, no. No es eso a lo que me refería.

—Entonces, ¿por qué es lo peor? —pregunto, alzando las manos desconcertada—. Es que no te entiendo, no sé si te gusto o no o qué es lo que te pasa.

Jax cierra los ojos y contesta:

—Que me gustes no es el problema.

—Pues ya me dirás cuál es, porque, desde que nos conocemos, siempre has sido un borde conmigo.

Incluso cuando estaba ayudando a Liam, apenas me mirabas a la cara, ni mucho menos me dirigías la palabra.

Y ahora de repente te estás portando mejor conmigo y no tengo ni idea de qué hacer con eso tampoco.

—No lo comprendes. Ser normal contigo pone en peligro todo lo que he construido.

—Ser normal no tiene nada de malo.

—Para las personas como yo, sí. No me puedo permitir ese tipo de vida.

—¿Por tu trabajo?

—No. Porque soy un capullo que no se merece tener esperanza. Es cruel para los dos.

—Todo el mundo se merece tener esperanza. —El corazón se me rompe al ver a Jax mirarme con una cara de absoluto sufrimiento.

—Todos menos quienes no tenemos futuro. —Se levanta del sofá e invade de nuevo mi espacio personal. Me planta un beso tierno en la coronilla y se aleja—. Te mereces momentos dignos de recordar con una bola de nieve, no momentos teñidos de tristeza y arrepentimiento.

Retrocede unos pasos, pero alargo el brazo para cogerle la mano.

—No. Quédate aquí y explícame a qué te refieres. Me he cansado de esa actitud tan derrotista y de que te hagas el misterioso.

Jax baja la vista a nuestras manos, como si él también percibiera el extraño vínculo que nos une.

—Mi madre tiene Huntington. Es una enfermedad genética y muy jodida, lo cual significa que hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que yo también la tenga.

Un diagnóstico así arruinaría cualquier posibilidad de vivir una vida normal.

No habrá final feliz. Lo único que me deparará el futuro será dolor, para mí y para quien sea que me rodee.

Me niego a arrastrar a nadie conmigo para que vea cómo poco a poco dejo de ser yo.

Se me anegan los ojos de lágrimas.

—Joder, Jax, lo siento muchísimo.

—No te preocupes, ya lo tengo asumido.

—¿De verdad? Haces como si una probabilidad del cincuenta por ciento fuera el fin del mundo. ¿No te puedes hacer alguna prueba para ver si tienes siquiera la enfermedad?

—Yo no soy uno de tus malditos puzles. No hay forma de solucionar los problemas que tengo porque no quiero hacerme las pruebas.

No puedo ni imaginarme cómo sería mi vida si diera positivo, sabiendo cómo termina esa enfermedad.

Ya fui a un genetista el año pasado y me negué a hacerme la prueba, así que no te molestes en intentar convencerme.

—Pero estás dando por hecho que saber que la tienes es peor que no saberlo. Eso no puede ser sano.

Tensa la mandíbula.

—Para de psicoanalizarme.

—No lo estoy haciendo. Solo quiero ayudarte a ver otras opciones.

—Tienes que aceptar mi decisión —le espeto—.

Tu trabajo consiste en vigilarme y ayudarme con mi reputación, nada más.

Podemos sentirnos atraídos el uno por el otro...

joder, incluso podemos besarnos y follar y hacer todo lo que no paro de imaginarme, pero bajo ningún concepto podemos tener algo más.

«¿Estoy acaso dispuesta a aceptar algo así? Si no estuviera en peligro mi reputación profesional, ¿querría intentar tener algo con Jax?».

Él se zafa con cuidado de mi agarre.

—Mira, mejor ni te molestes en plantearte esa oferta. Te mereces más que eso. Te mereces algo mejor que yo —masculla.

Su espalda es lo último que veo antes de que entre en su cuarto y cierre la puerta.

Me desplomo en el sofá, intentando asimilar la revelación.

Tras una hora de pensar e investigar, llego a una conclusión. Jax necesita creer en su futuro. Necesita querer algo más que tener éxito en la Fórmula 1. Pero, sobre todo, necesita que le enseñe que la vida es mucho más que las cosas que nos dan miedo.

Si dejamos que las pesadillas nos definan, acabamos olvidándonos de nuestros sueños.