Amor en pole position (Dirty Air 3) 20. Jax
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20. Jax

Jax

—¿Cómo has estado estos días? —me pregunta Tom, interrumpiendo mi recuento.

Se ha acabado estableciendo entre nosotros una rutina agradable según la cual yo le contesto a un par de preguntas cada semana.

No se lo confieso, pero tener a alguien con quien desahogarme me ha ayudado a gestionar mejor la ansiedad.

Sigo teniendo temblores de vez en cuando y todo ese rollo, pero es inevitable mientras cambio a la nueva medicación.

—Bien. He estado preparándome para el Gran Premio de Canadá y manteniéndome ocupado.

—Estar ocupado es bueno. ¿Qué tal tu familia?

—Mi madre parece un poco más animada. Por primera vez en bastante tiempo, mi padre ha podido viajar por trabajo. La gente se cree que no hace más que calentar la silla, pero lo cierto es que ayuda mucho a algunas jóvenes promesas del MMA. Dice que por desgracia el boxeo es un deporte en decadencia.

—El MMA es bastante entretenido. Y me alegra oír que tu madre se encuentra mejor. Seguro que eso te ayuda a ti también.

—Sí, gracias a Dios. De hecho, me han pedido que vaya con ellos a pasar el parón de verano antes del Gran Premio de Gran Bretaña.

—¿Y cómo te sientes al respecto?

—Bien, aunque Elena va a tener que hacerme de niñera también en Londres. Es decir, tendrá que pasar un mes entero conmigo y mis padres. —Me paso una mano por la barba incipiente.

—Un mes es mucho tiempo.

—No me digas.

—¿Te apetece que Elena los conozca?

—La verdad es que no. Por muchas razones, pero sobre todo porque no sabe que mi madre está enferma.

—¿Y no crees que te vendría bien contárselo?

—Sé que puedo confiar en que no diga nada, pero eso no significa que me resulte fácil. Aunque creo que no me queda otra.

—¿Por qué no quieres que lo sepa?

—Porque sería como echar abajo la última barrera que queda entre nosotros. Lo sabría todo sobre mí.

—¿Y por qué te asusta eso?

Respiro hondo mientras me planteo echarme atrás y no contarle nada más a Tom. Sin embargo, hago de tripas corazón, porque sé que necesito hablar de ello con alguien. Quién me ha visto y quién me ve.

—Mi madre tiene la enfermedad de Huntington.

Él se queda callado. Su silencio aviva mi miedo, obligándome a incorporarme y mirarle.

Odio la tristeza que se refleja en sus ojos. He convivido con esa expresión gran parte de mi vida.

—No hace falta que me mires así.

—Joder, Jax. Lo siento mucho. —Niega con la cabeza.

—Esto no cambia nada de lo que he hecho ni de las decisiones que he tomado. —Aprieto los puños frente a mí.

Tom se da golpecitos con el boli en la pierna y pregunta:

—¿Te has hecho las pruebas?

—No. Y paso.

—Los temblores que tienes, la ansiedad... Te preocupa, ¿verdad?

—Entiendo que conoces la enfermedad, entonces. ¿Pues tú qué crees?

Él suelta un suspiro.

—Sí, conozco a alguien a quien se la diagnosticaron. De haber sabido que esto podía tener que ver con la ansiedad que sufres, te habría dado otras recomendaciones.

—¿Como cuáles?

—Para empezar, te habría pedido que te plantearas hacerte las pruebas genéticas en lugar de probar distintas medicaciones para controlar los síntomas. Una de las primeras cosas que tenemos en cuenta los psicólogos a la hora de diagnosticar son las patologías previas.

—Ni de coña. No pienso hacerlo. Además, siempre he tenido ansiedad, desde que era pequeño. Esto solo lo ha empeorado.

—Siempre estás a tiempo de cambiar de opinión.

Estamos hablando de que tienes un cincuenta por ciento de probabilidades de tener Huntington tú también.

No puede ser fácil convivir con eso, sobre todo si la enfermedad ha aparecido de forma más temprana en comparación con tu madre.

Todo depende de los resultados de las pruebas.

Agacho la cabeza y me la sujeto con las manos. Oírlo de boca de alguien que no sean mis padres no hace que sea más llevadero.

—¿Crees que no lo sé? Ya tuve cita con un genetista. Pasé por todo el proceso de antes de las pruebas, y aun así no me atreví a hacérmelas. Ya lo he intentado.

—Fue extremadamente valiente por tu parte dar ese primer paso.

Se me escapa una risita cruel.

—¿Valiente? Me dio un ataque de pánico antes de entrar a hacerme las pruebas. Me rendí antes siquiera de empezar.

—Lo creas o no, a mí me parece que requiere un valor enorme atreverte siquiera a plantearte hacerte unas pruebas que podrían cambiarte la vida para siempre.

Ya de entrada, no todo el mundo es capaz de someterse a meses de visitas con un genetista.

—Las alabanzas de Tom me sacan los colores, algo impropio en mí.

—Pero aun así no soy lo bastante fuerte para atreverme a llegar al final —murmuro.

—Que estés aquí sentado hablando de tus miedos denota una gran fortaleza.

Que te cambies de medicación en mitad de la temporada porque te has dado cuenta de que la otra no te estaba ayudando es muestra de una gran valentía.

Yo, sin ir más lejos, creo sinceramente que eres mucho más fuerte de lo que piensas.

Me repliego en mí mismo y clavo la vista de nuevo en el techo.

Al cabo de unos minutos, Tom rompe el silencio.

—Mi trabajo no es obligarte a hacerte las pruebas. Solo puedo recomendarte que sopeses bien los pros y los contras. Podemos hacerlo juntos si quieres, y ver cuál es la mejor solución.

¿Para qué molestarme siquiera, si mi vida tiene un cincuenta por ciento de probabilidades de tener una fecha de caducidad de mierda?

No paro de dar vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño después de conseguir el tercer puesto en el Gran Premio de Montreal. Cambiar a la nueva medicación está siendo más duro de lo que me esperaba, sobre todo por haber perdido el efecto instantáneo del Trankimazin a la hora de dormir.

Me levanto de la cama muerto de sed. Me dirijo a la cocina procurando no hacer ruido, pero de camino, veo luz saliendo por debajo de la puerta de Elena.

Qué raro. Suele quedarse despierta hasta más tarde que yo, pero las dos de la mañana es demasiado hasta para ella.

Abro la puerta.

—¿Qué haces todavía desp...? —Dejo de hablar en cuanto la veo acurrucada bajo las sábanas, totalmente roque.

Se la ve tan tranquila que parece una niña pequeña, con el pelo castaño cubriendo la almohada y las manos agarrando el edredón blanco.

—No entiendo cómo puedes quedarte dormida con todas las luces encendidas —susurro mientras le aparto unos mechones de la cara.

Cielo santo, parezco un acosador mirándola dormir.

Echo un vistazo a su cuarto. Como estamos siempre viajando, no tenemos muchos objetos personales adornando nuestras habitaciones, por eso me llama la atención la fotografía enmarcada que veo en su mesita de noche.

Una Elena de pequeña aparece subida a hombros de un hombre joven que imagino que es su padre.

A su lado hay una mujer que parece una versión ligeramente más madura de Elena.

Todos sonríen con una felicidad genuina.

Me alejo de su cama, no sin antes apagar la lámpara de la mesita de noche, y voy al cuarto de baño a apagar también la luz de allí.

Debía de estar molida para quedarse dormida así. La verdad es que suena agotador tener que seguirme a todas partes, incluyendo los vuelos y los eventos nocturnos.

Después de asegurarme de haber apagado todas las luces, salgo y cierro la puerta. Cojo un vaso de agua de la cocina y vuelvo a mi habitación, preparado para dormir.