19. Elena
Elena
El tiempo lo cura todo. Una frase estúpida que pretende infundir esperanza. La realidad es que seguir adelante todavía no ha servido para sanar mi corazón roto. Y Dios sabe que lo he intentado.
Todos los años el mismo sentimiento. El desconsuelo eclipsa cualquier cosa que haya en mi vida en el aniversario de la muerte de mis padres. Las responsabilidades quedan en segundo plano y me paso todo el día sufriendo por la vida que deberían haber tenido.
Elías se ha marchado hace unas horas después de asegurarse de que comía algo a pesar de rechazar sus atenciones todo el tiempo que ha estado aquí.
Salgo a la terraza de la habitación. El circuito de Mónaco está tan cerca que veo sus carteles publicitarios desde aquí.
Miro el cielo estrellado y noto cómo se me llenan los ojos de lágrimas al pensar en mis padres.
—¿Cuándo dejará de ser tan difícil? Cada año trato de fingir que todo está bien, pero siempre acabo aislándome de todo el mundo.
Me siento culpable de estar aquí cuando vosotros no tenéis esa suerte.
Pasar tiempo con otras personas en el aniversario...
me recuerda lo que os habéis perdido —susurro al cielo—.
Papá, ojalá estuvieras aquí para verme hablar en inglés todos los días.
Creo que estarías orgulloso del poco acento que tengo ahora.
Y, mamá, a veces finjo que estás aquí cantándome al oído y diciéndome que todo irá bien.
Me gusta pensar que a estas alturas estarías tirándote de los pelos por la ausencia de nietos.
—Sueno como una loca, hablando conmigo misma—.
Dios, a veces me siento tan sola... Aunque esté con Elías o con la abuela. No es lo mismo sin vosotros.
Sorbo por la nariz mientras se me escapan más lágrimas. Resulta absurdo, pero a la vez liberador, desahogarme así. Sollozo sin hacer ruido con la vista clavada en el cielo, imaginando que mis padres me observan desde allá arriba.
El tiempo pasa volando. El sol sale poco a poco, bañando el circuito de Mónaco en un fulgor dorado.
La puerta corredera que da a la habitación de Jax se abre con un chirrido. Me giro a toda prisa para volver a mi cuarto, pero su voz me detiene.
—No tienes que entrar por mí. Si quieres, puedes hacer como que no estoy aquí.
Me limpio las mejillas húmedas con la manga de la sudadera, tratando de contener las lágrimas que quedan por salir.
—Eso es imposible. Créeme, lo he intentado. —Me mantengo de espaldas a él, mirando la puerta de mi habitación y preguntándome qué hacer.
—¿Estás ligando abiertamente conmigo? Ahora sí que me preocupa tu estado de salud.
En mis labios se esboza la sonrisa más leve de la historia de la humanidad. Me giro y me apoyo en la barandilla, de cara al amanecer.
—Estoy bien.
—Mi madre me ha enseñado que cuando una mujer dice que está bien significa que está de todo menos bien.
Suelto una risita por lo bajo.
—Tu madre parece bastante guay. —El pecho se me encoge al recordar la ausencia de la mía.
Nos quedamos en silencio unos minutos. Recupero el control de mi torbellino emocional mientras Jax mira al frente. El sol continúa su lento ascenso.
—Ayer en una entrevista me preguntaron qué hace que me sienta vivo —comenta.
Vuelvo la cabeza hacia él.
—¿Qué ha pasado con lo de permanecer en silencio para que pueda fingir que no estás aquí?
—Creía que no te gustaba que fuera tan reservado. Estoy siendo majo y dándote algunas migajas. —Pone una mueca.
—Me crie con el arroz como la base de mi pirámide alimenticia. Las migajas son para mujeres con dietas espantosas —replico, ocultando una sonrisa tras la manga de la sudadera.
Su carcajada hace que me invada un sentimiento cálido que remplaza la fría angustia de las últimas veinticuatro horas.
—Bueno, pues vas a tener que conformarte con lo que te doy. El caso es que... el periodista me preguntó qué hacía que me sintiera vivo, y contesté que la competición.
—Vale, no sé si me está costando seguirte porque todavía no me he tomado el café o porque no has dicho nada que no me esperara.
—Tal vez una mezcla de las dos —contesta—. Bueno, pues era mentira. No es la competición, sino los amaneceres.
«¿Está nervioso o le doy demasiadas vueltas a todo?».
—¿Por qué?
Se queda callado un minuto entero y me mantiene en vilo, esperando su respuesta.
—Porque me recuerdan que tengo la suerte de vivir un día más.
—No me esperaba algo tan profundo de ti.
—Te toca —dice—. Cuéntame, Elena González, ¿qué te hace sentir viva?
Me paro unos segundos a pensar.
—¿Mi trabajo?
Jax imita el sonido de una alerta de respuesta incorrecta y se me escapa una carcajada. Qué gusto da reírse con ganas, me calma la opresión del pecho.
—Prueba otra vez. Es imposible que eso te haga sentir viva. De ser así, tendrías que buscarte algún hobby.
—Vale, a ver. —Me muerdo el labio mientras reflexiono—. Va a sonar estúpido.
—Estás hablando con un tío que comete más estupideces en una semana de las que podrías cometer tú en toda tu vida. Suéltalo.
—La lluvia.
—¿La lluvia? —Su voz refleja la incredulidad de su cara.
—Sabía que sonaría estúpido —murmuro.
Él acorta la distancia entre nosotros. Me agarra la barbilla suavemente para obligarme a mirarle.
—No he dicho eso. Es solo que se te está dando como el culo explicarte, y es mucho decir viniendo de mí.
Mi cuerpo reacciona a su presencia. Siento como si hubiera metido los dedos en un enchufe, un chispazo que hace que me dé un vuelco el corazón.
—La lluvia me hace sentir viva porque me recuerda que la vida es un ciclo.
La lluvia cae, pero luego vuelve a formar parte de las nubes, y así una y otra vez.
Me encantan las nubes de tormenta antes de que caigan las primeras gotas.
Y sentir la lluvia en mi piel, y su olor.
Es raro, pero mis días favoritos son los más grises.
Nos enseñan que incluso las peores tormentas pueden acabar con un arcoíris.
Jax no aparta los ojos de mí. Su mirada, perpleja y algo más, me asusta. Me aparto de él, poniendo algo de distancia.
—Qué poético. —Se pasa una mano por el pelo—. Has hecho que mi respuesta sea una mierda en comparación.
Observo el sol alzarse majestuoso por el cielo. No quiero que este momento acabe; no es habitual que Jax se abra así.
—¿Por qué has salido?
—¿Quieres que te diga la verdad?
—No, me encanta que me mientas. —Pongo los ojos en blanco.
—Hago lo posible por ver todos los amaneceres.
Se me cae el alma a los pies. Por algún motivo, pensaba que había salido para verme. Pero en realidad soy yo la que ha invadido su territorio.
—No lo sabía. Gracias por dejarme irrumpir en tu ritual matutino, entonces.
—Que me des las gracias por compartir un espacio contigo durante diez minutos no habla muy bien de mí.
—¿Y por qué no lo cambias? ¿Por qué te empeñas en mantenerte emocionalmente alejado de todo el mundo?
Suspira y se vuelve hacia la barandilla de nuevo.
—¿Tú crees en el destino?
—¿En serio vas a cambiar de tema? No has respondido a mi pregunta.
—Contesta, verás por qué.
—Vale...
Pienso en la muerte de mis padres. En cómo el destino me los arrebató y me dejó a mí seguir con vida. Pero también en todos los momentos buenos, como cuando Elías me consiguió mi primer trabajo en la Fórmula 1, o cuando me fui de México para estudiar en la universidad.
—A ver, desearía no creer. Me parece muy cruel pensar que algunas cosas están destinadas a suceder, como morir joven, o sufrir una enfermedad o incluso un trauma.
Pero ¿de qué otro modo puede explicarse que sucedan?
Creo que no seríamos capaces de lidiar con la vida si no creyéramos que las cosas son como son por un motivo.
—Sí, yo también creo en eso. En que, por desgracia, todo pasa por algo, aunque algunas personas seamos demasiado cabezotas para aceptarlo. Lo que tú has dicho: la enfermedad, la muerte, la vida. Todo forma parte de un plan superior, nos guste o no.
—¿Y qué tiene que ver eso con por qué no puedes ser distinto conmigo?
—Mucho. —Me mira a la cara y los ojos se le oscurecen con varias emociones, entre ellas la tristeza y el arrepentimiento—.
Algunas personas ven su futuro reflejado en otras.
En alguien con quien quieren compartir la vida porque no se pueden imaginar ni un día sin el otro.
Pero, contigo, no veo nada bueno. Te preguntas por qué me cuesta tanto estar cerca de ti, y es normal.
Pues se debe a que, si bien hay personas que están destinadas a tener algo bueno, lo nuestro es diferente.
Estamos abocados al fracaso desde el principio.
Cuando te miro, me acuerdo de que Dios no existe y de que la vida no es más que una putada tras otra.
Guau. El peso de sus palabras delata que querría bastante más que una simple amistad, y no sé bien cómo asimilar eso con el dolor que siento en el pecho ahora mismo.
—No podemos ser amigos, ¿verdad?
—No. Pasar tiempo contigo, querer algo más de ti que un polvo fácil... Eso es lo que hace que el destino sea tan cruel.
Me invade una nueva oleada de tristeza. Abro la boca para decir algo, lo que sea, pero me quedo de piedra cuando Jax me pone la mano en la mejilla.
—Tú eres la mayor putada que me ha hecho el destino. Pero no porque te odie, sino porque me aterra lo que podría pasar si dejara de intentar evitarte.
«Mierda».
—¿Qué crees que pasaría si lo hicieras? —No quiero perder la oportunidad de hacerle preguntas ahora que por fin se está abriendo a mí.
—Algo trágico desde el principio.
—Eso es lo que tú piensas —replico—. ¿Yo no tengo nada que decir al respecto?
—Adelante. Cuéntame qué crees que pasaría si dejara de evitarte.
—Bueno, si fueras capaz de controlarte un poco más, creo que podrías por fin sentir algo aparte de rabia y tristeza. Ya sea por una amistad o una relación, todo el mundo se merece la felicidad, tú incluido.
Jax frunce el ceño, apartando la mano de mi cara y colocándola en la barandilla. Se vuelve hacia las vistas de la ciudad.
—Me parece que hemos terminado por hoy —murmura.
—Jax, lo digo en serio. No hay por qué tener miedo a ser feliz. —Pongo una mano sobre la suya y siento el calor que desprende su piel.
—No me da miedo ser feliz. Más bien, me da miedo la absoluta tristeza que viene después.
Antes de tener la oportunidad de indagar, me da un levísimo beso en la comisura de la boca. La piel me hormiguea en el lugar donde han estado sus labios.
Me odio por sucumbir a él. Jax es como una droga, y me ha vuelto a dejar claro hasta qué punto me muero por sentir sus labios contra los míos.
El beso en mi apartamento no fue suficiente para quitarme el mono; más bien lo empeoró.
Aunque ni siquiera debería estar sintiendo ese anhelo, teniendo en cuenta que le he pedido que se centre en él en lugar de en lo nuestro.
Entonces retrocede un paso y dice:
—Aprende a pasar página de lo que sea que te esté afligiendo.
No quieres acabar como yo, echando a perder todo lo bueno que hay en tu vida.
Por desgracia, las personas como yo no tenemos un final feliz.
Pero tú te lo mereces todo. El final de película con un idiota enamorado que esté dispuesto a darte lo mejor de sí mismo durante el resto de vuestras largas vidas.
Se refugia en su habitación, dejándome sola con este torbellino de emociones.
Jax Kingston me ha robado un pedazo de mi corazón, y no estoy segura de que vaya a recuperarlo nunca. Y lo que es peor: no sé si quiero.