Amor en pole position (Dirty Air 3) 18. Jax #2
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18. Jax #2

Que me aleje de esta forma me jode más de lo que estoy dispuesto a admitir. No me esperaba que me fuera a escocer tanto, pero me lo he buscado. ¿Así es como se sienten los demás cuando les dejo de lado? No mola nada. Lección aprendida.

—Bueno, estaré aquí esta noche si quieres hablar o algo. Cuídate —digo antes de apartar el pie.

Ella se despide con un murmullo y cierra la puerta.

Me apalanco en el sofá y le mando un mensaje a Liam cancelando nuestros planes. Me digo que es porque no estoy de humor para ir y prefiero ver la última película de acción que ha salido que quedar con mi amigo. Que no es porque quiera estar cerca por si Elena me necesita.

Ya, claro.

Una hora después, me sobresalto al oír que alguien llama a la puerta de la suite. Al abrirla, me encuentro a Elías de pie con un aspecto un poco desmejorado.

—¿Qué coño haces tú aquí?

«¿Está Elena mal por culpa de este idiota?».

—He traído cena para Elena. —Levanta una bolsa de papel marrón.

—No se encuentra bien, así que dudo que quiera cenar contigo. —No puedo librarme de este imbécil por mucho que lo intente.

—Lo sé. Nos estamos escribiendo. ¿Vas a dejarme entrar o vas a seguir mirándome como si pretendiera robarte tu juguete favorito?

Abro más la puerta para que pueda pasar. Me jode que Elena haya estado mandándose mensajes con él. Me siento estúpido, comprándole cosas para que se sienta mejor cuando ya tiene a alguien que está para ella.

Observo su bolsa de comida con desprecio y le digo:

—Buena suerte con ella. Es toda tuya.

Elías echa un vistazo a su puerta cerrada antes de volverse hacia mí.

—Esto no es lo que tú te piensas. No te enfades con ella por que haya venido a ayudarla.

—No he dicho que esté enfadado.

—Lo noto en la forma en que tensas la mandíbula —responde—. Ya te he dicho que ella y yo somos amigos, nada más. Está teniendo un mal día y quiero asegurarme de que come algo.

Se me forma un nudo en el estómago. Joder...

—¿Qué le pasa? —inquiero—. ¿Por qué está así?

Él niega con la cabeza y afirma en voz baja:

—No me corresponde a mí contártelo.

—Genial.

Pues parece que nunca voy a saberlo, porque, por cómo me he portado con ella, dudo mucho que le apetezca compartir sus sentimientos conmigo.

—Si quieres que alguien se abra a ti, deberías empezar por hacerlo tú —deja caer Elías.

—No te he pedido consejo.

Él niega con la cabeza.

—Vale. Pues no te cabrees porque haya venido; soy la única persona en la que puede apoyarse.

—Haz lo que te salga de los cojones. Espero que te la chupe bien por haberle traído la cena. —Una ira incontenible me corre por las venas, jodiéndolo todo aún más.

—Vete a la mierda. Casi me da hasta pena lo patético que eres sintiendo celos de mí. —Elías ni se molesta en mirarme antes de entrar en la habitación de Elena y cerrar la puerta tras él.

Me voy a mi cuarto, con una necesidad imperiosa de olvidar sus palabras. Le odio por estar tan unido a Elena. Este es el recordatorio perfecto de por qué los capullos como yo no conseguimos estrechar lazos con los demás: lo que mejor se nos da es destrozar todo lo que tocamos.

Alguien llama a la puerta de mi habitación. Esperaba que fuera Elena, pero, cuando abro, me encuentro a Elías al otro lado. De algún modo, logro aguantarme las ganas de cerrarle la puerta en la cara después de la escenita de hace unas horas cuando ha traído la comida.

—¿Te importa que entre un segundo? No quiero que Elena me oiga. —Lanza una mirada fugaz hacia atrás, a la puerta cerrada de su cuarto.

—Sí, me importa, pero no creo que me vayas a dejar otra opción. —Me aparto para que pase.

—Creo que es necesario aclarar algunas cosas.

Cierro la puerta tras él.

—Qué ganas —replico con ironía.

—He intentado por todos los medios llevarme bien contigo y ser un buen compañero —empieza Elías, mirando a todas partes menos a mí mientras se pasea de un lado a otro.

—Vale. —Me apoyo contra la cómoda y me meto las manos en los bolsillos.

—Y tú no has hecho más que tratarnos como el culo a Elena y a mí.

—No tiene sentido tratar de negarlo. —Le dedico una sonrisa tensa.

—Pues eso es de lo que quiero que hablemos. Soy consciente de que estás cabreado con nosotros porque crees que me mola Elena, pero te aseguro que no es así.

Se me escapa una carcajada.

—¿Te piensas que soy tonto o qué? Se nota que hay tema entre vosotros.

—Por mucho que me plazca saber que al menos te gusta lo suficiente para tener envidia de mi relación con ella, no es justo. No deberías ser un borde solo porque te sientas intimidado por mí.

—¿Puedes parar quieto de una vez? —le espeto.

Elías frena en seco. Baja la vista a las manos, rehuyendo mi mirada.

—No me gusta Elena porque soy gay.

De todas las cosas que me esperaba que pudiera decirme, esta no estaba en la lista. Si lo que dice es verdad, soy el mayor imbécil del planeta.

No, más bien soy el mayor hijo de puta del universo.

—Hostia. ¿En serio?

—Claro, idiota. —Suspira—. Has estado sintiendo celos de un tío gay que solo quiere pasar el rato con su mejor amiga.

—Joder. Pero si eres... No sé, no me lo esperaba —balbuceo a duras penas.

—¿Por qué? ¿Qué pasa, que si piloto coches de carreras y me gustan cosas de tío no puedo ser gay? —replica, mirándome a los ojos por primera vez—. Por ese tipo de prejuicios y estigmas es justo por lo que lo mantengo en secreto.

—Lo siento. No lo decía en ese plan. Es solo que nunca lo has dado a entender.

—Precisamente porque no quería que reaccionaras así. Es mi secreto, y solo lo sabe Elena. Bueno, y ahora tú.

Trato de borrarme la expresión de asombro de la cara.

—¿Y por qué me lo has contado?

—Elena no se merece que sigas tratándola así por esto.

No hace más que ayudarte y tú te comportas como un crío.

Lo mínimo que puedes hacer es esforzarte por ponerle las cosas un poco más fáciles.

¿Quieres ser un capullo con ella por otros motivos?

Vale. Pero no puedo permitir que sigas teniendo celos de alguien que preferiría tirarse a quien sea que salga elegido como hombre más sexy del año.

Me río.

—Bueno, al menos ya puedo dejar de montarle pollos por ti.

—Tienes que dejar de montarle pollos y punto. Un día te vas a arrepentir.

—Ojalá la vida fuera tan fácil.

Elías asiente.

—La vida nunca es fácil… Venir aquí y contarte mi secreto para ayudar a mi amiga ha sido lo más difícil que he hecho en mucho tiempo.

Y confiar en ti a pesar de que apenas te conozco es aún peor.

Por lo que me han contado, tiendes a irte de la lengua cuando te emborrachas, así que no me entusiasma la idea de confesarte mis intimidades.

Yo también estoy flipando con que confíe lo suficiente en mí para contarme esto. Y sus motivos para hacerlo no solo me causan respeto, sino también algo de envidia, porque yo no tendría el valor. Que esté dispuesto a sacrificarse para proteger a su amiga es un gesto que no puedo pasar por alto.

Elías es muy buen tío. No me extraña que a Elena le caiga tan bien.

—Te guardaré el secreto. Lo juro —digo totalmente en serio—. Puede que sea un capullo, pero jamás se me ocurriría traicionar tu confianza. Lo que has hecho por Elena es de admirar.

«Maldita sea, Elías. Te estás ganando mi afecto».

—Pero ¿vas a seguir manteniendo las distancias con ella? ¿A pesar de saber que yo no soy un impedimento?

Supongo que Elena no le ha contado que ayer hubo de todo menos distancia entre nosotros. Ni que yo intenté acercarme, pero fue ella la que se resistió.

—Hay demasiados impedimentos al margen de ti.

Y yo soy el mayor de todos.