18. Jax
Jax
—Quiero dejar el Trankimazin —digo después de contar los paneles del techo durante una media hora.
Las palabras de Elena en su apartamento me han estado persiguiendo toda la semana.
Tiene razón, y eso me enfada. Si fuera un hombre normal, no me preocuparía que sentir una conexión con alguien pudiera poner en riesgo mi estabilidad mental.
Su reticencia a besarme de nuevo muestra lo bajo que he llegado a caer en este pozo de autodesprecio y aislamiento.
Tom cruza una pierna sobre la otra.
—¿Quieres que te recomiende algún psiquiatra?
—Sí. Quiero hacerlo bien, así que confío en tu criterio.
—Me pregunto qué te ha hecho cambiar de opinión respecto a la medicación.
—Sigo pensando que es necesaria, pero no creo que el Trankimazin sea la mejor opción para mí ya. Quiero probar algo distinto que encaje mejor con mi estilo de vida.
—Estoy orgulloso de ti por atreverte a hacer este cambio, Jax.
Debería agradecérselo a Elena, pero no quiero sacarla en estas conversaciones.
—Gracias.
—Te haré una lista de recomendaciones de psiquiatras, si te parece bien.
—Claro. Cuanto antes, mejor. ¿Crees que el cambio podrá afectar a mi rendimiento o algo?
—Creo que el psiquiatra podrá decirte mejor qué es lo que más le conviene a un deportista como tú.
—Perfecto. —Asiento con la cabeza, contento conmigo mismo por haber dado el primer paso.
—Sé que puedes con esto, Jax. La ansiedad no te define. —Tom me sonríe.
—Eso es fácil de decir cuando no sabes cuáles son mis miedos.
—Si quieres compartirlos conmigo, estoy aquí para ayudarte.
—Mejor dejemos ese melón para otra semana.
Doy vueltas de un lado a otro del salón mirando la puerta de la habitación de Elena. Desde que me ha escrito para decirme que no se encontraba bien he estado alerta.
Durante los últimos meses, no se ha tomado ni una hora libre, y mucho menos un día. Aunque preferiría sentirme dolido por su desplante, algo me dice que no se negaría a ayudarme, y mucho menos por un beso.
Un beso que desearía borrar de su memoria.
Un beso que yo no podría olvidar por mucho que lo intentara. Y vaya si lo he intentado. Lo he intentado hasta el punto de casi estrellar la cabeza contra la pared de la ducha ayer después de tocarme pensando en ella.
He caído más bajo que nunca, y ya es mucho decir viniendo de alguien que ya ha tocado fondo.
Me pone de los nervios la situación. No porque me importe su salud, sino más bien porque no quiero que me contagie el virus que esté incubando.
«Mentira».
Me he aguantado las ganas de llamar a su puerta. He asistido a la rueda de prensa sin ella asegurándome de revisar el email que me ha mandado esta mañana con las respuestas a posibles preguntas. Ese es su nivel de adicción al trabajo, que me escribe aun estando enferma para tenerlo todo al día.
Irritado conmigo mismo y con este absurdo deambular, finalmente llamo a su puerta. Siento que el corazón se me va a salir del pecho mientras aguardo. Transcurren los minutos, pero el dolor en mi interior no amaina.
Llamo de nuevo, por si le ha pasado algo.
Espero que no se haya ahogado con su propio vómito o alguna movida del estilo.
Por lo que sea, el titular «Relaciones públicas muere atragantada con su propio vómito mientras su compañero de habitación la espera fuera» suena fatal.
Seguro que ella querría que comprobara si está bien antes que arriesgarse a ver mancillada la reputación de ambos.
Tras otro minuto de silencio, apoyo la frente contra la puerta.
—Elena, ¿estás viva? No es que esté muy preocupado, pero se me hace raro el silencio. —Vale, un poco preocupado sí que estoy, pero qué más da.
—No me encuentro bien —contesta—. ¿Puedes hacerme el favor de no salir ni meterte en líos hoy? Sé que las fiestas son la mar de divertidas, pero no me apetece tener que encargarme de las consecuencias mañana.
La sangre se me hiela al oír su voz, tan apagada y extraña.
—¿Necesitas algún medicamento o algo?
No me puedo creer que esté hablando con una puerta, casi suplicándole a Elena que me abra. Es impropio de mí. Debería marcharme, pero mis pies se resisten a moverse.
—No.
—¿Estás en esos días del mes? —Madre mía, parezco un calzonazos hoy.
—No, por Dios. Anda, vete a pasarlo bien con tus amigos sin emborracharte, por favor. —La carcajada ronca que suelta no logra calmar la inquietud que se me ha instalado en el pecho.
Odio esa risa forzada. No se parece a la suya. Joder, ni siquiera es como la risa sarcástica que usa cuando soy un capullo.
Me alejo de la puerta y sigo su consejo. Liam contesta a mi mensaje y me dice que vaya a su hotel.
En el coche, no paro de removerme en el asiento, preguntándome si Elena necesitará algo para sentirse mejor. Le pido al chófer que dé la vuelta y se pare en la farmacia más cercana.
Intento razonar conmigo mismo mientras me quedo plantado como un idiota en la sección de higiene femenina. Hago esto única y exclusivamente porque necesito que Elena me ayude con mi reputación. Nada más y nada menos.
«Sobre todo “nada más”».
Me siento abrumado y fuera de lugar al ver tantos productos diferentes, con reclamos como «para flujo abundante» o «libre de pesticidas». Joder. ¿En serio hay que estar pendiente de no meterse sustancias tóxicas en el cuerpo?
Llamo a mi madre.
—Oye, una pregunta rápida. ¿Qué prefieren las mujeres cuando están con el periodo? Hay un montón de cajas de compresas y tampones, y no entiendo por qué nadie querría meterse algo que parece una bala de cartón por ahí abajo.
Mi madre suelta una carcajada de treinta segundos enteros.
—Por favor, cuéntame por qué mi hijo está comprando compresas un miércoles laborable.
Gruño y me apoyo en un estante.
—No sé qué estoy haciendo. Elena se está portando de una manera rarísima, y he pensado que podía ser por la regla.
—¿Y has ido a una farmacia por ella?
—Sí.
—¿Te ha pedido algo en concreto?
—No. Me ha dicho que me vaya con mis amigos.
—¿Y aun así me estás llamando desde la sección de higiene femenina? No parece un lugar muy habitual para quedar.
—¿Quieres que te haga un croquis?
Mi madre se ríe.
—No. Me lo voy a pasar genial sacando mis propias conclusiones. Me sorprende todo lo que ha conseguido esa chica en tan poco tiempo. Creía que le llevaría al menos medio año.
—Solo estoy haciendo lo que haría cualquier buen compañero de piso.
—¿Ahora te ha dado por ser considerado? —Mi madre suelta una risa estrepitosa que me hace sonreír.
—Vale, ya está. Me ayuda un montón con todo, así que me siento mal. He estado... inquieto desde que ha decidido encerrarse todo el día en la habitación.
—Interesante, muy interesante. ¿Te preocupa que esté bien?
—Tampoco hace falta meterse en eso ahora. ¿Vas a ayudarme o no?
—Claro. Cualquier cosa por mi hijo al que para nada le gusta Elena —contesta antes de recitarme una lista de productos que debería comprar.
Veinte minutos más tarde, entro en nuestra suite con dos bolsas llenas de movidas que por lo visto las mujeres necesitan para aguantar esos días del mes.
No hace falta ser un genio para adivinar cuál es la chocolatina favorita de Elena, teniendo en cuenta que todas las semanas se atiborra a ella mientras hace el maldito puzle.
He comprado todo lo que me ha recomendado mi madre, desde compresas orgánicas de la mejor marca hasta una bolsa de agua caliente que al parecer ayuda con los dolores menstruales.
Si ya pensaba que estaba jodido con Elena, lo de hoy termina de rematar la faena.
Vacilo al acercarme a su puerta cerrada. Reúno valor y llamo con los nudillos, esperando que por fin me abra.
Oigo un suspiro amortiguado a través de la puerta.
—Jax, hoy no estoy de humor.
—Ya, bueno, te he comprado cosas para pasar el mal día, así que espero que te apetezcan unos Reese’s. —Si no sale para eso, tengo que llevármela al hospital más cercano, porque debe de estar muriéndose.
Su silencio me llena de angustia. Jamás pensé que esta ausencia de ruido pudiera intimidarme así, pero, joder, Elena me descoloca por completo.
Después de un minuto entero parado frente a su cuarto, me planteo rendirme. Empiezo a dejar las bolsas en el suelo cuando la puerta se abre.
Ver sus ojos hinchados me sienta como una patada en el estómago.
En lugar de su atuendo habitual, lleva puestos unos leggings y una sudadera enorme con las fechas de la gira de un famoso músico a la espalda.
Tiene el pelo inusualmente alborotado y no se ha puesto nada de maquillaje.
Su aspecto general resulta preocupante, sobre todo cuando se queda de piedra al ver las bolsas de plástico.
No sabría describir cómo me siento. Es una mezcla de alivio y dolor, al ver que está pasándolo mal pero que al menos se encuentra viva.
—Te he comprado algunas cosas. —Le ofrezco las bolsas como un idiota.
Se queda mirando los productos con los ojos fuera de las órbitas.
—¿Has ido a hacer la compra para mí?
—Para ti no. Tenía que ir a por un cepillo de dientes nuevo y pensé que quizá necesitabas algunos productos de emergencia.
No puedo dejar que te pongas mala ni nada del estilo antes del Gran Premio.
Te necesito en plena forma para que no bajemos el ritmo.
—«Para nada has sonado como un cretino, Jax».
—Ya, claro —murmura, y cierra los ojos—. Bueno, gracias. Ha sido muy amable por tu parte. —Se vuelve y se dispone a cerrar la puerta.
Sin pensar, la bloqueo con mi bota.
—Espera.
—¿Qué quieres? —me espeta de malas maneras.
Me froto la nuca y pregunto:
—¿Te pasa algo?
—No.
—Tu aspecto dice lo contrario.
—Vaya, sí que sabes hacer que una chica se sienta especial —replica, intentando apartar mi bota con su pie descalzo con las uñas pintadas de morado.
—Bueno, si te pasa algo, siempre puedes hablar conmigo. —«Igual que has hecho tú, ¿no? Imbécil».
—Puede que nos hayamos besado, pero no somos amigos. No hablamos de sentimientos ni de cosas personales. Me lo has dejado muy claro.