Amor en pole position (Dirty Air 3) 17. Jax
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17. Jax

Jax

Cuando empecé a competir en los karts, me encantaba sentir los nervios previos a la carrera. Vivía por ese subidón, el clamor del público me daba alas. Ese torrente químico que me recorría las venas alimentaba mi adicción a la adrenalina.

Ahora me miro las manos temblorosas con miedo y vacilación.

No quiero entrar en pánico durante una entrevista cualquiera, así que cojo el frasco de pastillas de la mochila.

Después del episodio de anoche delante de mis amigos, tengo que andarme con cuidado de no tomar demasiadas de golpe.

Pero es que tras la llamada de ayer con mi padre sentía que necesitaba desconectar como fuera el cerebro para poder dormir.

Pues menuda mierda de resultado tuvo. Esta mañana me ha invadido un enorme sentimiento de culpa al leer el mensaje de Liam diciéndome que estaba para mí si necesitaba hablar con alguien. Se lo agradezco, pero ya bastante tengo con Tom.

Abro la tapa y me vuelco las pastillas sobre la mano. Me quedo de piedra al ver varios papelitos morados mezclados con los comprimidos.

Vacío el resto del contenido del frasco sobre la mesita de centro de la suite. Después de observar unos segundos los cuadraditos de papel, cojo uno con curiosidad y lo desdoblo. Hay un mensaje escrito en lo que reconozco como la letra de Elena.

Ahórrate el Trankimazin y adopta un perrito. A la larga, te hará más feliz.

No sé por qué esa tontería tan grande me saca una risita. Ahora quiero ver qué más ha puesto, así que pesco otro.

Si te cambiara las pastillas por gominolas, ¿te darías cuenta siquiera?

Voy cogiendo los demás, sin molestarme en reprimir la sonrisa de oreja a oreja que se me dibuja al leer.

Cupón por un abrazo gratis. Bueno, gratis no: a cambio de que no te tomes la pastilla.

Si pasas de la pastilla, te dejo elegir una actividad para hacer juntos.

Las pastillas están tan pasadas de moda... Eres demasiado guay para hacer algo tan visto.

Noche de cine gratis a cuenta de esta menda, con cena incluida, si tiras la pastilla.

Una clase gratis de español para ligar si no te la tomas.

Jamás me imaginé que algo tan sencillo pudiera reconfortarme así. Elena, aun sin estar presente, me ha llenado el pecho de una calidez nueva.

No tenía por qué hacer esto. Podría haberme dejado tomarme las pastillas con la condición de que no diese problemas. Creía que eso era lo único que le importaba, pero quizá me equivocaba. Tal vez quiere ayudarme por algo más que por el dinero.

Meto las pastillas y los papelitos de nuevo en el frasco. Algo me hace clic mientras me guardo el que quiero usar después de la carrera.

Quiero cambiar. No porque McCoy me lo exija ni porque la gente me juzgue. Quiero cambiar porque una persona que tiene motivos de sobra para marcharse se niega a alejarse de mi lado.

Y así es como me doy cuenta profundamente de que necesito salvarme.

—¿En serio esta es la actividad que quieres elegir? —Elena mira de reojo el papelito morado que escribió ella misma.

Arranco el motor de mi McCoy Z-Wagon y salgo del parking del hotel.

—Sí. Ponme tu dirección —contesto dándole mi móvil.

Por lo visto salvarme incluye enfrentarme a ciertos miedos que tengo respecto a Elena. El primer paso de mi plan es pasar más tiempo con ella esforzándome de forma consciente por no ser un imbécil. Se merece algo mejor de mi parte después de todo lo que ha hecho por mí.

—No te voy a mentir, pensaba que escogerías algo más divertido que hacer en tu día libre antes de los entrenamientos de mañana.

—¿Y perder la oportunidad de ver tu exclusiva colección de bolas de nieve? Nunca. —Mantengo la vista al frente, resistiendo la tentación de mirarla a ella.

Vale, sí, quiero ver las bolas de nieve y también estar con Elena lejos del entorno de la Fórmula 1 un par de horas. En ningún momento he dicho que haya dejado de ser un cabrón egoísta.

—Me voy a arrepentir de enseñártelas, lo sé. —Me devuelve el móvil con la dirección escrita en la aplicación de mapas.

Conduzco hasta su apartamento a las afueras de Mónaco. Ese viejo bloque de viviendas no se parece en nada a mi opulento ático en la costa.

—¿Vives aquí? —Me quedo mirando el edificio medio en ruinas que parece estar a una ráfaga de viento de derrumbarse.

—Sí. Sé que no es a lo que estás acostumbrado, pero no todos podemos permitirnos un piso de lujo con aparcacoches privado.

—Lo siento. No pretendía ofenderte.

Joder, no me había dado cuenta de lo distintas que eran nuestras vidas hasta ahora. De vez en cuando suelta algún comentario, pero no era consciente de hasta qué punto.

Saca las llaves del bolso.

—No pasa nada. A mí me parece acogedor.

«Es una mierda, eso es lo que es».

Elena y yo subimos las escaleras a la puerta principal del edificio. La sigo mientras gira bruscamente por un pasillo muy estrecho con demasiadas manchas sospechosas para mi gusto.

—¿Vives en un bajo? ¿No es un poco peligroso?

—¿Peligroso? —Vuelve la cabeza y me mira con las cejas levantadas.

—Sí. Ya sabes, por los ladrones y todo eso. —Me cuesta ocultar la preocupación que tiñe mis palabras.

Elena endereza la espalda mientras mete la llave.

—Venga ya. Una escalera no me va a proteger de la gentuza que hay por ahí. —Abre la puerta de su apartamento.

Echo un vistazo a la cerradura herrumbrosa antes de entrar tras ella.

—Pero tú vives sola. Es distinto.

«¿Qué me pasa? ¿Desde cuándo me importan estas cosas?».

Ella parece preguntarse lo mismo, porque me clava la mirada con el ceño fruncido.

—Llevo dos años viviendo aquí sola. Creo que puedo apañármelas.

—¿Vuelves a casa a menudo? A México, quiero decir.

Se aclara la garganta.

—Ese lugar ya no es mi casa.

«Buena forma de cagarla, Jax».

—Venga, enséñame la mercancía.

«Muy bien, un cambio de tema muy sutil».

Estoy jodido. Este plan está empezando a hacer agua por todas partes.

Elena me hace el tour más rápido de la historia, puesto que su apartamento tiene el tamaño de mi vestidor de la casa de Londres. Me guía a una estantería junto a la ventana en la que están expuestas todas sus bolas de nieve.

—Guau. —Miro de cerca una de dos calaveras de azúcar. No es exactamente lo que me esperaba de alguien como ella.

—Las calaveras de azúcar simbolizan las almas de los muertos. —Coge el adorno.

—Si están muertos, ¿por qué son tan coloridas?

—Porque, según mi cultura, la muerte no tiene por qué ser algo lúgubre y gris.

Debería ser más bien un momento de celebración.

Pero, claro, una cosa es la teoría y otra la práctica, porque cuesta mucho celebrar algo que duele tanto.

—Elena agita la esfera y la purpurina empieza a caer lentamente sobre las calaveras.

Los ojos se le nublan mientras la deja de nuevo en la estantería.

—¿Esa tiene música?

—No. —Pasa a la siguiente—. Esta me la compré después de que Elías me consiguiera mi primer trabajo en la Fórmula 1.

Fue uno de los mejores días de mi vida. Estaba tan emocionada que acabé comprando la primera bola de nieve que vi, que ni siquiera era de la escudería de Elías —cuenta con una sonrisa radiante.

—Voy a pasar por alto el hecho de que compraras una bola de nieve de Bandini porque es bastante guay. —Observo el coche rojo situado en el centro de un circuito falso de Fórmula 1 con purpurina esparcida.

Elena se ríe cuando lo coge y lo agita.

—Bueno, esta parte creo que te gustará. —Con sus pequeños dedos da vueltas a la manecilla metálica de la parte inferior del adorno y empieza a sonar el himno de la Fórmula 1. Es una melodía suave en comparación con la versión tan dramática que ponen en la tele antes de las carreras.

Cada bola de nieve tiene su razón de ser. Las hay de varios tamaños y de distintas temáticas. Incluso tiene una que se compró después de graduarse en la universidad, con un diploma falso y una foto de Elena dentro. Por su cara de alegría se nota que está orgullosa.

—Yo no me he graduado. Bueno, es que no he llegado a ir a la universidad. —Acaricio la esfera de cristal con el pulgar.

—No hay nada de malo en eso. Estabas compitiendo en... ¿qué, la Fórmula 3?

—La Fórmula 2 —la corrijo con una sonrisa engreída.

—Por eso creo que puedes ganar otro campeonato. Tienes un talento natural. Solo te hace falta salir del bloqueo mental en el que estás.

—Tu optimismo es adorable.

—Hoy lo has hecho. No te has tomado la pastilla, estás aquí conmigo. —Elena devuelve la bola de nieve a su sitio.

Me enseña unas cuantas más. Se me acaba contagiando la pasión y la alegría con las que me cuenta sus momentos estelares. Estar con ella me llena de calidez, como si estuviera tumbado al sol.

—Gracias por compartir conmigo esta parte de ti.

Sus ojos se pasean por la estancia, sin posarse en ningún sitio determinado.

—Creía que elegirías otro tipo de actividad. Como, no sé, algo de tíos. Me sorprende que me hayas pedido ver mi colección. Tampoco es para tanto.

—No podía resistir la tentación de profundizar en tu secreto.

—¿Por qué?

Las manos me tiemblan. Quiero ser sincero con ella.

—Porque, por mucho que trate de convencerme cada día de que no te conviene tener cerca a alguien tan jodidamente roto como yo, no puedo evitar querer más de ti de lo que debería.

—Algo me lleva a rodearle la mejilla con una mano.

Ese mismo algo que quiere atraerla hacia mí y fundir mis labios con los suyos.

Elena se me queda mirando con los ojos muy abiertos. Esos ojos tan cautivadores.

—¿Qué estás haciendo?

—No lo sé. —Me inclino hacia ella, inspirando profundamente el aroma de su champú. Me alucina ver cómo se le oscurecen los ojos mientras me examina el rostro, antes de detenerse en mis labios.

Cierra los ojos y le acaricio la mejilla con el pulgar.

—¿Qué ha pasado con lo de prohibido tocar? —murmura—. Es una regla.

Tocarla desata en mí un torrente de posesividad.

—Atrévete a romper las reglas conmigo.

Elimino la distancia entre nosotros mientras le rodeo la nuca con la mano y la atraigo hacia mí. Ella se sobresalta cuando nuestros labios se tocan.

Hago que el beso sea suave e inocente, porque no sé cómo reaccionará. Pero, en lugar de apartarme, sus dedos se aferran a la tela de mi camiseta, acercándome más a ella.

El beso no se parece en nada a los que estoy acostumbrado.

Es tierno, dócil. Quiero que me perdone por haber olvidado nuestro primer beso por ponerme como una cuba.

Que me perdone por haberla tratado tan mal en mi intento por mantenerla alejada.

Me pilla por sorpresa cuando siento su lengua y me muerde el labio inferior.

Mi cuerpo reacciona como nunca antes, y un escalofrío me trepa por la columna.

Se me escapa una especie de gruñido. Me aparto.

—Conque esas tenemos... Y yo que estaba intentando portarme bien.

Sus ojos desprenden una ligereza al mirarme que no había visto hasta ahora.

—Quién me iba a decir, con la fama que tienes, que conmigo ibas a intentar portarte bien.

—Estás jugando con fuego.

—Si es un fuego tan controlado como tus besos, creo que sobreviviré. —Me pone una mano en el pecho y me sonríe.

La callo con un beso voraz. Mi lengua arremete contra la suya sin concesiones, deseando hacerla mía. Quiero demostrarle que la conexión entre nosotros es real y hacer que se imagine mi lengua en otros lugares. La beso, la lamo, la provoco. Elena se derrite contra mi cuerpo, sucumbiendo.

Es una locura sentirla contra mí. Responde a todo lo que hago con la misma intensidad.

La piel me arde al notar cómo desliza las manos por mis brazos en tensión.

Debí de beberme mi peso en alcohol aquella noche en la discoteca para no acordarme de nuestro beso.

Me daría de cabezazos una y otra vez por haber tomado una decisión tan estúpida, porque esto es absolutamente inolvidable.

Besarla sabe a la más dulce de las perdiciones.

Con solo tocarme, despierta cada fibra de mi ser, como si un relámpago me recorriera todo el cuerpo.

Cuando me pasa la lengua por el labio inferior, me palpita la entrepierna.

Empujo mis caderas contra las suyas para que sepa cuánto la deseo. Me cuesta hasta pensar.

Entonces Elena rompe el beso y retrocede un paso. Se toca con los dedos los labios hinchados y dice:

—Creo que esto no debería volver a pasar.

—¿Por qué no?

Me acerco a ella, que se vuelve a alejar.

—Trabajamos juntos. No hay necesidad de complicar las cosas.

—Créeme si te digo que besarte es la parte menos complicada de mi vida ahora mismo.

Veo en sus ojos un atisbo de algo que reconozco como compasión.

—No estás bien.

—Estoy cansado de vivir así. —Y estoy cansado de dejar que la ansiedad me amargue todos y cada uno de los días de mi existencia.

—Creo que es un muy buen primer paso, pero eso no significa que esto se deba repetir.

—¿Vas a hacer como si no hubiera pasado? —pregunto apretando los puños.

—Claro, la primera vez salió genial. —Se gira para coger su bolso de la encimera de la cocina.

Me hierve la sangre ante su indiferencia. Me sentiría ofendido y dudaría de mis capacidades si no fuera por cómo ha pegado su cuerpo contra el mío, pidiendo más.

—¿Y si yo no quiero fingir que no ha pasado? —suelto.

Ella hunde los hombros y suspira.

—No voy a poner en peligro tu recuperación por un arrebato de lujuria. Necesitas estabilidad, y lo nuestro sería todo lo contrario a eso.

Hasta yo sé que es verdad. Estoy intentando mejorar, aprendiendo a combatir esa ansiedad que me lastra, y ella quiere ayudarme para desarrollar su negocio. Y si una cosa he aprendido de mis amigos es que, cuando hay un deseo así, el amor suele venir de la mano.

Odio que tenga razón. Lo odio tanto que me quedo en silencio durante todo el trayecto de vuelta al hotel.

Mi ansiedad gana una vez más, mandando a la mierda la oportunidad de disfrutar de algo bueno.

Es cierto, lo nuestro no iba a funcionar, pero no por lo que Elena se piensa.

Las relaciones, aunque se limiten a lo físico, requieren un nivel básico de confianza.

Y, si bien hay gente con unos cimientos sólidos que les ayudan a resistir las adversidades de la vida, los míos son como un castillo de naipes: con el más mínimo roce se pueden derrumbar.