Amor en pole position (Dirty Air 3) 16. Elena
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16. Elena

Elena

Jax ha superado mis expectativas. Me había imaginado que pondría a prueba mis límites en Mónaco, pues es famoso por el desenfreno y las lujosas fiestas que se celebran durante el fin de semana del Gran Premio.

Pero, salvo por los eventos obligatorios a los que tiene que asistir con McCoy, se queda en la suite toda la noche, sin alcohol ni nada.

Agradezco la tranquilidad que hay ahora que no está dando guerra.

Me da esperanzas de que haya aprendido algo del desliz de Barcelona y tenga la intención de controlarse.

Para pasar el tiempo, he invitado a Elías a pedir algo para cenar y ponernos al día con la nueva temporada de La última rosa .

—¿Jugamos a algo? —me pregunta mi amigo agitando una baraja de cartas.

Pongo la mayor cara de aburrimiento posible.

—Cómo estamos hoy. —Niega con la cabeza—. En serio, no aguanto ni un capítulo más de este programa. El tío es insufrible, y las mujeres deberían aliarse y marcharse del plató antes de que le dé la última rosa a ninguna.

—Qué va, pobrecillo, no es tan horrible.

Elías pone los ojos en blanco.

—Bueno... El caso es que he invitado a algunas personas a venir a jugar porque tenemos que hacer más amigos.

—¿Por qué tus ideas siempre me parecen tan sospechosas?

—Probablemente porque te voy a pedir que vayas a llamar a la puerta de Jax, ya que van a venir sus colegas.

—¡No! ¿Por qué te metes en esto?

—Porque es divertido hacer de celestina. Me encanta vuestra tensión sexual. —Me sonríe.

—Paso. —Le saco la lengua.

—Podemos hacerlo por las buenas o por las malas.

Sacudo la cabeza y me cruzo de brazos, negándome a moverme del sofá.

—Vale, pues por las malas. —Elías tira de mí y me levanta sin esfuerzo antes de empujarme hacia la puerta del cuarto de Jax. Llama con los nudillos, me pone en la mano la caja de cartas y se va corriendo a mi habitación.

—Genial. Ni siquiera se digna a ayudarme.

La puerta de Jax se abre. Sus ojos me miran de arriba abajo, haciendo que la piel se me caliente bajo la ropa.

—¿Qué quieres?

—Elías ha tenido una idea...

—No me interesa. Aunque gracias. —Suena más cabreado que agradecido, pero no me lo tomo como algo personal.

—Vamos a hacer noche de juegos y queríamos invitarte.

—No soy un niño, así que, como comprenderás, prefiero que no contéis conmigo. —Tensa la mandíbula.

—Vale... —Me quedo mirando la caja de cartas—. Bueno, creo que Elías ha invitado a algunos de tus amigos, así que estaremos en el salón si quieres unirte.

—No lo haré. Estaba en medio de una llamada y me has interrumpido. Si no quieres nada más, tengo que volver a llamar a mi padre.

Cierra los ojos, pero no antes de que vea la rojez que tienen, ese brillo extraño que intenta ocultar con su actitud hostil.

«No me puedo creer que me esté planteando esto, pero ¿ha estado llorando?». Estoy a punto de pensar que me lo he inventado todo cuando los abre de nuevo y los veo más hinchados que nunca.

«No me jodas».

Me reconcome la culpa por haberle interrumpido cuando salta a la vista que lo está pasando mal.

—Siento haberte molestado si estabas con algo importante. Solo quería ver si te apetecía pasar un rato con nosotros, pero veo que no es un buen momento para ti.

—Aunque vengan mis amigos, prefiero estar solo ahora mismo.

Que ni siquiera quiera estar con sus amigos me dice lo que necesito saber.

Hace un año, Jax era todo sonrisas y ganas de juerga.

El hombre que tengo delante es una sombra de lo que fue.

Se ha convertido en alguien que se aísla del mundo en lugar de apoyarse en los demás.

Y una parte de mí quiere estar ahí para él, la misma insensata parte que se ve atraída por él.

—Vale... Si necesitas hablar luego, sabes dónde encontrarme. —Señalo mi habitación con el pulgar por encima del hombro.

Me dedica una sonrisa forzada y cierra la puerta. Giro sobre los talones. La imagen de Jax, tan destrozado, me rompe el corazón en mil pedazos.

Entro en mi cuarto y me encuentro a Elías tirado en la cama. Me ofrece una leve sonrisa.

—Entiendo por esa cara que traes que no ha salido como esperábamos.

—No comprendo qué le pasa.

—¿Esta vez tenía motivos para estar de mal humor?

—Que le he cortado en una llamada con su padre.

Elías mira al techo y suelta un gruñido.

—No sé por qué tengo la sensación de que algo no está bien.

—Probablemente porque él no lo está.

—Bueno, pues lo siento mucho por él. Sus amigos van a pasárselo en grande con nosotros mientras él se regodea en la miseria en su cuarto.

Una hora más tarde, nuestro salón es un mar de risas. Liam, Noah, Maya, Sophie, Elías, Santi y yo estamos sentados alrededor de la mesita de centro del salón.

Todos parecen estar pasándoselo bien, pese a la ausencia de Jax.

Salvo por Liam, que ha preguntado por él hace media hora, nadie menciona nada al respecto.

Maya y Sophie han estado casi todo el tiempo esforzándose por incluirnos a Elías y a mí en la conversación para que no nos sintamos fuera de lugar.

—Podéis rendiros cuando queráis. —Santiago coge todas nuestras fichas y las arrastra a su pila cada vez más abultada.

—¿Y darte otra razón para pavonearte esta noche? Ni de coña. —Noah le da un trago a su cerveza.

—Creo que ha estado aprendiendo del más fanfarrón. Maya, no dejes que tu hermano cometa los mismos errores que tu novio y líbralo del mal —le pide Liam mientras baraja las cartas.

—Lo he intentado. Mi madre lo ha intentado. Incluso el cura de nuestra iglesia le ha dado un sermón sobre la humildad. —Ella me mira arrugando la nariz.

Noah la atrae hacia él.

—Hasta yo he hablado con él. A nadie le gusta un chulito; solo a Maya, que me quiere tal y como soy.

Santi se lleva una palma al pecho, bate las pestañas en un gesto exagerado y dice:

—Entonces hay esperanza para todos.

La puerta de la habitación de Jax se abre. Se acerca a nosotros y casi se tropieza por el camino.

—Parece que os lo estáis pasando de miedo por aquí —comenta arrastrando las palabras. Se deja caer en el sofá y cierra los ojos.

Liam le mira con el ceño fruncido.

—¿Qué te parece si te llevamos a la cama? No tienes muy buena cara.

—Estoy harto de estar en mi habitación, con todos vosotros aquí fuera riéndoos. Odio oír vuestras risas.

Su amigo se levanta del suelo.

—Te invitamos, pero preferiste portarte como un capullo. No te enfades con nosotros.

—Últimamente estoy siempre enfadado. —Jax suspira. Sus ojos dilatados se encuentran con los míos y se me corta la respiración. Creía que estaba mejor, tomando menos pastillas.

—¿Y de quién es la culpa? Puedes hablar con nosotros si quieres. —Los ojos de Noah reflejan la preocupación que siento.

—¿Qué más da? Vosotros seguiréis con vuestras vidas y yo me quedaré solo.

—No vas a quedarte solo nunca porque no vas a poder librarte de nosotros. —Sophie le dedica una sonrisa genuina.

—¿Y qué pasa con ellos? —Jax nos señala a Elías y a mí con un dedo tembloroso—. ¿Pensáis dejarme tirado para quedar con esta nueva parejita?

—No, nada de eso es cierto y lo sabes —logro decir a pesar del nudo que tengo en la garganta.

Los ojos de Jax pasan de Elías a mí.

—Si Elías se la folla, me voy a cabrear.

Mi amigo suspira.

—Céntrate en lo tuyo, anda. En serio, no tienes nada de lo que preocuparte.

—No me preocupo. Puede que esté contigo, pero, a juzgar por cómo me mira, parece que preferiría estar conmigo. Debes de ser un desastre en la cama si tu novia va por ahí babeando por otro tío. —Jax intenta apartar las manos de Liam, que se ha acercado a ayudarle, pero el otro no se rinde.

—Venga, ya está. Ya has tenido suficiente por esta noche. —Le agarra y le acompaña a su habitación.

Todo el mundo se queda en silencio y con los ojos como platos cuando Liam se mete en la habitación con Jax y cierra la puerta tras él.

El ambiente distendido de antes ha desaparecido, remplazado por inquietud y preocupación. Nadie protesta cuando ponemos fin a la quedada. Todo el mundo se va, incluidas Sophie y Maya, que dicen que necesitan un poco de tiempo juntas después de lo ocurrido.

Los minutos pasan sin noticia alguna de Liam. Cada vez más nerviosa, empiezo a deambular por el salón. ¿Por qué está tardando tanto? Mi cabeza se gira hacia la puerta de Jax en cuanto la oigo abrirse.

Liam se lleva un dedo a los labios. Señala la entrada de la suite con la cabeza y le sigo al pasillo.

—No sé qué mosca le ha picado esta temporada. No suelta prenda y, joder, te aseguro que lo he intentado.

—La verdad es que confiaba en que al menos tú supieras algo.

—Somos mejores amigos, pero ni por esas me dice qué le está afectando tanto estos meses.

Siento como si le estuviera fallando de algún modo.

Él siempre ha tenido ataques repentinos de tristeza y ansiedad, pero ha empeorado desde el parón de invierno del año pasado.

Estate pendiente. De él y de estas. —Liam me pasa un frasco naranja lleno de pastillas—.

No creo que esté abusando de ellas ni nada, porque, de ser así, no le dejarían subirse al coche.

Pero me preocupa que empiece a hacerlo, sobre todo después de lo de esta noche.

Es evidente que las pastillas no le están ayudando a lidiar con lo que le esté ocurriendo. Debería plantearse otras opciones.

—¿Otras opciones?

—El Trankimazin es altamente adictivo, hasta el punto de que los psiquiatras prefieren no recetarlo si pueden evitarlo. Voy a hablar con él y a ofrecerle ayuda para encontrar una alternativa mejor. Tomar pastillas no está mal, pero estas no son las mejores para un deportista como él.

Mierda. Me quedo mirando el frasco, deseando poder hacer algo más por Jax que ayudarle con su imagen pública. A lo mejor las sesiones de terapia no bastan para lo que sea que le esté pasando en la cabeza. Pero no podemos hacer mucho si sigue empeñado en anestesiar su dolor.

—Será mejor que me marche ya. Tal vez tú puedas hacerle entrar en razón. Contigo actúa distinto, para bien y para mal. —Liam se marcha despidiéndose con la mano.

Después de unos minutos contemplando el frasco de pastillas, por fin se me calma el corazón. Se me enciende la bombilla y salgo disparada a por papel y boli.

Una hora más tarde me cuelo en la habitación de Jax para dejar el frasco de pastillas en su mesita de noche. Ojalá mi ocurrencia sirva de algo.

Aprovecho la ocasión para observarle unos segundos.

Parece tan tranquilo cuando duerme, abrazando una almohada...

Algo se despierta en mi interior. Quiero ayudarle a salir del pozo en el que está.

No por un contrato, ni mucho menos por dinero.

Se le ve perdido, derrotado, refugiándose en las pastillas y ocultando lo que siente.

En lugar de hacer caso a mi instinto, que me pide tirar la toalla y salir corriendo, me dejo llevar por el diablillo que me susurra que le ayude cueste lo que cueste.

Pero ese es el problema con los sacrificios. Nadie sabe el precio que estamos dispuestos a pagar por ser la salvación de otra persona.