15. Jax
Jax
Coloco el equipaje en el armario, preparado para la semana de carrera en Bakú.
—No me hagas tanto la pelota.
—Acostúmbrate. Es tu mayor fan —dice mi padre—. ¿Qué planes tienes para hoy?
—Poca cosa. Un evento de patrocinadores y un par de entrevistas —mascullo.
—Menuda lata la vida de las altas esferas —se ríe él.
—¿Y tus amigos? ¿Cómo están? —A mi madre le encanta saber de ellos.
—Liam y Sophie, bien. Ella no va a poder venir a esta carrera por algo de la universidad. Solo viene con nosotros algunos fines de semana que tiene libres. Y Noah y Maya igual de acaramelados que siempre. En un par de años están casados fijo.
—El amor joven —suspira mi madre.
—¿Y aquella tal Elena sigue yendo contigo a todas partes? —tantea mi padre.
— Sip . Aquí sigue, manteniendo mi imagen impoluta. —Y mira que se lo he puesto difícil. He intentado por todos los medios ir a mi bola desde lo del beso de la semana pasada. No sé si dar gracias por no acordarme u odiarme por haberlo olvidado.
—Menos mal. Empezaba a ser difícil defenderte en el club de lectura. No paraban de colgarte el sambenito de bala perdida, y no soporto que comparen a mi hijo con algunos de los personajes de nuestras novelas. Son unos auténticos impresentables. —Mi madre se ríe.
—¿Cómo puedes dejar que me cosifiquen así? —finjo indignación.
—No te imaginas lo que dicen de algunos hombres. Pero tranquilo, cariño, no tienes de qué preocuparte —le susurra a mi padre.
Toso ostensiblemente cuando oigo por el altavoz que se están besando.
—Oye, que sigo aquí.
—Lo siento. ¡Ay! ¡Pero mira qué horas! Tengo que irme corriendo. Gwen me ha pedido que lleve un buen vino a la noche de cine. ¡Cuídate, mi niño!
Todos sabemos que mi madre no va a correr a ninguna parte. Se me revuelve el estómago de solo pensarlo.
—Adiós, hablamos pronto —me despido.
Estoy a punto de apretar el botón rojo cuando la voz de mi padre me detiene.
—Espera, Jax.
Como si tuviera un sexto sentido para las malas noticias, me enderezo mientras me recorre un escalofrío de los pies a la cabeza.
—Dime.
Oigo sus pasos seguidos del sonido de una puerta cerrándose.
—Llevo unos días pensando en hablar contigo, pero no quería molestarte mientras celebrabas el éxito de la última carrera y todo eso.
—¿Por qué tengo el presentimiento de que lo que me vas a dar no son buenas noticias?
—No son horribles, pero tampoco muy buenas. Tu madre ha estado teniendo muchos cambios de humor últimamente.
—Antes sonaba bien.
«Muy bien, Jax, como si no supieras de primera mano que eso no significa nada».
—Los temblores han empeorado, así que el médico le ha cambiado la medicación. Le está costando adaptarse. Son pastillas muy fuertes, y le vendría bien saber más de ti. Si tienes tiempo, claro. No quiero agobiarte.
Inspiro hondo. Me invade un sentimiento de culpa al ver que mi padre piensa que estoy demasiado ocupado para ayudar a mi madre.
—Haré lo que haga falta para ayudarla. Puedo llamarla más, claro.
Me entra la angustia con solo imaginármelo. Cuanto más la llame, más ansiedad me va a dar. Y, teniendo en cuenta que no he hecho ningún avance para controlarla, no quiero imaginarme qué puede pasar si me someto a esa situación.
Si fuera valiente, sería sincero con mis padres y les comunicaría mis miedos. Pero, en lugar de expresar mis sentimientos, me los trago. Puedo con esto. Tengo que poder.
—La familia siempre es lo primero, ya lo sabes —añado.
—Por eso eres un Kingston.
Qué bien. Lo que me hace pertenecer a la familia es justo lo que más me rompe por dentro.
Mi irritabilidad alcanza un nuevo pico después de hablar con mis padres. Me paso toda la comida pensando en saltarme la sesión de esta semana con Tom, pero finalmente decido presentarme con todo mi mal humor.
Él está sentado delante de mí en su sillón de cuero, como de costumbre.
—¿Hay algo de lo que quieras hablar hoy?
—No, la verdad es que no. —Levanto la vista al techo y me pongo a contar los paneles. Cada vez que pienso en mi madre, vuelvo a empezar.
Veinte minutos después, sigo sin haber pasado del número diez. Suelto una exhalación nerviosa y digo:
—Mi madre está enferma.
No le miro. Debo de haber tocado fondo, porque no le veo otra explicación a que haya decidido abrirme a Tom.
—Siento mucho oír eso, Jax. Por lo poco que me has contado de ella, sé que es muy importante para ti. Debe de ser duro lidiar con su enfermedad.
—Es lo puto peor. No quiero ni oír hablar de ella. Odio saber que está sufriendo o que mi padre está en casa ayudándola mientras yo estoy aquí compitiendo y pasándomelo bien.
—Es completamente normal que te afecte todo eso que has dicho. Y no debe de ser fácil tener que enfrentarte a estos sentimientos tú solo.
Suelto un profundo suspiro con la esperanza de expulsar algo de negatividad.
—¿Es normal estar mal todos los días?
No sé qué busco sincerándome con él, pero necesitaba desahogarme porque detesto al hombre en que me he convertido para evitar todos los sentimientos que me provoca la enfermedad de mi madre.
—Claro que sí. No esperaría menos de alguien que habla de su madre como tú lo haces. Se nota que la quieres mucho y que te importa.
—Ya, bueno, pues no soporto este sentimiento de culpa constante que tengo en la boca del estómago cada vez que mis padres me llaman o me mandan un mensaje. Y luego encima me odio por haberme sentido así. Debería estar agradecido de poder hablar con ella.
—Puedes estar agradecido y que aun así te afecte. No pasa nada por sentirte de esa manera. Si no te importa que te lo pregunte, ¿qué enfermedad tiene?
—¿Qué más da? —No quiero que Tom se apiade de ella ni de mí. Toda la gente que conoce la enfermedad de Huntington siempre nos mira de la misma manera, con una mezcla de miedo y compasión, como si eso nos sirviera de algo.
—Me ayudaría a entender mejor la situación por la que estás pasando, pero entiendo si no te sientes preparado para compartirlo.
—Pues no, no lo estoy.
Tom asiente.
—De acuerdo. ¿Y qué es lo que más te cuesta de hablar con tus padres?
—Cada vez que lo hago, me hundo. Saber que ella no hace más que empeorar mientras yo estoy a miles de kilómetros de casa hace que aumente mi ansiedad. Ahora mi padre me ha pedido que hable más con ella porque no está muy bien de ánimos, y me agobia un montón.
—¿Qué te agobia exactamente de las llamadas?
—Pues que ella hace como que todo está bien. Sé perfectamente lo mucho que sufre, así que no soporto que se haga la fuerte. Y luego mi padre me pone al día de su estado, y últimamente no son buenas noticias, con lo cual me siento aún peor.
—Por lo que me dices, parece que sí quieres hablar con ella pero que te resulta difícil gestionar la ansiedad que te provocan las conversaciones.
—Claro. Pero me tomo un Trankimazin y se me pasa un poco.
—¿Eres consciente de las ventajas y los inconvenientes del uso prolongado de las benzodiacepinas?
—Sí. Quería algo que actuara rápido, así que cualquier cosa parecida a la sertralina no me servía. Ahora no sé si el Trankimazin fue la decisión adecuada. Hace que mis problemas desaparezcan nada más tomarme una pastilla, es jodidamente adictivo.
—Las benzodiazepinas son famosas por esos efectos inmediatos. Si en algún momento quieres plantearte otras opciones de tratamiento o te gustaría tener una segunda opinión, te puedo recomendar a varios psiquiatras.
Nos quedamos en silencio otros cinco minutos hasta que me vuelve a dar la venada.
—Esta es la primera temporada que siento que me puede la culpa. No sé por qué, pero competir no es tan divertido sabiendo que ella está lejos, enferma y poniéndose peor. Siento que estoy perdiendo un valioso tiempo a su lado por mi egoísmo.
—¿Te has planteado tomarte un descanso de la Fórmula 1 para estar con ella?
Sí, pero no se lo pienso decir.
—Daría igual. Eso no va a hacer que mejore.
—Puede que no, pero la pregunta importante es si podría hacer que tú te sintieras mejor.
«Joder, Tom. Para de decir cosas con tanto sentido». Me pongo a contar los paneles de nuevo, cerrándome en banda a la persona con la que más me he abierto en estos años.
Me acomodo en mi asiento habitual del jet privado. El vuelo de cinco horas de Bakú a Mónaco me permite darle vueltas a cómo me siento. Durante la primera media hora, hago caso omiso a Elena con su estúpido puzle.
Pero, después, cada cinco minutos me sorprendo mirándola de reojo. Me sirve para distraerme de mis pensamientos. Se queda mirando una pieza con el ceño fruncido, intentando ponerla donde claramente no va.
—A lo mejor si la doblas lo suficiente termina encajando donde quieres.
Su cabeza se gira de golpe hacia mí.
—Si no vas a ayudar, mejor no opines.
En lugar de la vestimenta remilgada que acostumbra a llevar, se ha puesto unos leggings y una sudadera tres tallas más grande que la suya. Me derrito al verla así, con algo tan informal. No debería pensar en ella de este modo, no debería desearla, pero no puedo hacerle nada.
—Solo era un comentario —contesto alzando las manos.
Tras otro par de minutos de ella tratando de encajar otra pieza, me levanto y me siento enfrente.
No sé por qué me molesto, pero quiero ver cómo va.
—Guau, ¿cuánto llevas? ¿Cien piezas en unas semanas?
A decir verdad, el puzle tiene pinta de ser bastante difícil. No entiendo por qué ha elegido uno de mil piezas que parece el sueño febril de alguien puesto de éxtasis hasta las cejas.
—¿Vas a seguir diciendo chorradas o piensas ayudarme? —me suelta con una sonrisa burlona.
Cojo la caja para mantener ocupadas las manos.
—¿Tenías que escoger el más colorido y complicado de la tienda? —Hay un porrón de globos aerostáticos con diversos patrones. Me duelen los ojos solo de mirar la imagen unos segundos.
—¿Me creerás si te digo que en la web parecía más fácil?
Me río.
—¿Leíste las reseñas?
—¿La gente deja reseñas de puzles? No sabía que eso se hacía. —Se queda con la boca abierta—. Aunque, ahora que lo dices, debería haberlo hecho, porque estoy convencida de que la mitad de las piezas están mal. Esto es lo que me pasa por comprar en una web poco fiable.
—O tal vez es que se te da fatal.
—Dice el segundo rompecabezas más difícil con el que me he topado.
Ladeo la cabeza.
—¿Me han ganado unos globos aerostáticos? Me siento ofendido. Voy a tener que ponerme las pilas.
—Todavía no tengo claro cuál es peor. Te mantendré informado. —Intenta ocultar la sonrisa tras su pelo agachando la vista al puzle, pero logro verla.
Por una vez, decido no evitarla. No sé si es porque me siento solo o porque estoy triste por mi madre. Elena y yo nos entregamos a la tarea sin hablar.
Disfrutamos del silencio juntos. Ella no me fuerza a charlar, y yo se lo agradezco. En lugar de regodearme en pensamientos negativos, me centro en el puzle.
Después de un rato, Elena lo deja por hoy porque quiere echarse una siesta. Yo vuelvo a mi asiento y me pongo a escuchar música con los cascos. Veinte minutos más tarde, me giro hacia ella y la observo mientras duerme.
Jamás se lo diría a la cara, pero es una de las mujeres más guapas que he conocido en mi vida. Natural, con curvas espectaculares, los pómulos marcados y una piel radiante. Y encima es una mezcla perfecta de positividad e insolencia de la que he acabado disfrutando a pesar de nuestros rifirrafes.
Mientras me quedo dormido me doy cuenta de que no me he tomado un Trankimazin para calmarme durante el vuelo. No sé si el truco ha sido el puzle o la presencia de Elena.
Me preocupa esta última posibilidad. Ella es lo último que esperaba que me ocurriera este año. Pone en peligro todo lo que creía que podía aceptar sobre mi vida.
No quiero esperanza. No quiero ser mejor. Y, sobre todo, no quiero que nada me recuerde lo vacía que está mi existencia ahora que he encontrado a alguien que hace que los malos días sean soportables.