Amor en pole position (Dirty Air 3) 14. Elena #2
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14. Elena #2

Suelto una risita nerviosa cuando Liam me observa con las cejas muy juntas.

No dice nada, opta por centrar su atención en Jax.

Ninguno de los dos hace nada raro mientras atravesamos la discoteca para salir por la puerta trasera y evitar así a los paparazzis.

El taxista que debía esperarnos nos saluda y nos abre la puerta de atrás. Liam empuja a Jax para que entre.

Sophie le lanza una mirada a su novio y le dice:

—Deberías hablar con él. Ya no se trata solo de él, ya lo sabes...

El trabajo de Elena también está en juego.

—Mira al borracho con el ceño fruncido mientras se mete como puede en el asiento central, obligándome a sentarme a su otro lado.

Probablemente sea lo mejor, teniendo en cuenta que Jax ya se ha liado conmigo sin querer.

«Claro, porque sus labios se cayeron sobre los míos, ¿no? ¿A quién quiero engañar?».

Cierro la puerta del coche sintiendo que mi capacidad para mantener las distancias entre nosotros flaquea más que nunca.

—Está todo bien —intervengo—. Por favor, no le digas nada. Ya me ocupo yo de hablar con él para que lo de hoy no se repita.

—Claro que va a hablar conmigo. Ella siempre quiere hablar conmigo. No se va por mucho que le diga que se pire —masculla Jax.

—No le hagas caso. No dice más que tonterías cuando va pedo. —Liam se monta en el asiento del copiloto y le lanza a su amigo una mirada hastiada, como si solo quisiera que se callara de una vez y se pusiera a dormir la mona.

—Los niños y los borrachos siempre dicen mentiras —suelta él, riéndose para sí.

—No, idiota. Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad —le corrige Sophie.

—Ah, entiendo. ¿Entonces está bien que le diga a Elena que me parece muy guapa?

Sophie echa la cabeza para atrás y se ríe.

—Claro, ¿por qué no? Por fin la noche empieza a ponerse interesante. Venga, cuéntanos lo que sientes.

—No le animes —protesta Liam.

—Elena es tan guapa que duele mirarla.

Las palabras de Jax me provocan un hormigueo en el estómago, como si me hubiera bebido una botella de dos litros de Coca-Cola en menos de tres minutos. Estoy fatal.

—Entonces, ¿por qué te portas como un capullo con ella? —le pica Sophie.

—Porque puedo —contesta.

Liam suelta un gruñido.

—Eso no es una razón válida.

—Vale. Pues porque no puedo hacer otra cosa —farfulla Jax.

—Eso es peor aún. No lo estás entendiendo. —Sophie le hinca un dedo en la sien.

Liam se retuerce en su asiento y sonríe a su novia.

—Probablemente porque ha bebido suficiente alcohol como para cargarse más de la mitad de sus neuronas.

Ella entrelaza las manos.

—Es que tiene que decirle algo y luego pedirle perdón.

—No se le puede obligar a hacer nada que no quiera. Eso es lo que le hace ser tan..., bueno, tan Jax —señala Liam, echando un vistazo a su amigo.

Y justo ese es mi gran dilema. Quiero saber qué hace que Jax sienta que no se merece que le pase nada bueno en la vida.

Quiero conocer al hombre que se oculta tras los titulares esperpénticos y el sexo banal. El hombre que se dice a sí mismo que no es lo suficientemente bueno.

Quiero conocerle mejor, y no estoy segura de si tengo el autocontrol suficiente para no intentarlo.

Cuando Jax se despierta, ahí estoy yo. Se le ve tan despejado como cabría esperar de cualquiera que se bebiera hasta el agua de los floreros la noche anterior.

No me extrañaría si la piel le supiese a whisky.

Solo de imaginarme probando su piel tengo que reprimir un gemido.

Aparco el pensamiento en el rincón más recóndito de la mente confiando en que no vuelva a salir jamás a la luz.

Me levanto del sofá y le sigo a la diminuta cocina de la suite.

—Tenemos que hablar de lo de anoche —anuncio.

—Le pido muy pocas cosas a la vida. La primera es que nadie me moleste antes de tomarme el té. Y la segunda es que nadie me moleste después de tomarme el té.

—Jax... —le advierto.

—Vale. No hay mucho que decir. Me duele muchísimo la cabeza y tengo ganas de vomitar, así que te agradecería si me hicieras el favor de ahorrarte la bronca para cuando pueda estar de pie sin que la habitación me dé vueltas.

—¿Y qué tal si te ayudo? Puedes empezar con un «Lo siento, Elena» e improvisar a partir de ahí.

Me echa una mirada de reojo mientras pone en marcha el hervidor eléctrico.

—¿Estás enfadada porque ayer bebí?

—Sí —contesto con un siseo—. ¿Y si no hubiera estado Liam ahí para ayudarme, eh?

¿Y si a alguien le hubiera dado por grabar un vídeo y publicarlo?

Me he pasado más de la mitad de la mañana rebuscando en internet para asegurarme de que nadie hubiera contado nada malo de ti.

Me dijiste que querías intentar hacerlo mejor, y quiero creerte, pero, cuando haces cosas así, no puedo evitar preguntarme si de verdad te importa algo tu carrera.

Sus ojos inyectados en sangre pasan del hervidor a mi cara.

—¿Me creerías si te dijera que no era mi intención ponerme así?

—¿Así cómo? ¿Así de pedo o así de cariñoso?

Él niega con la cabeza y pone cara de confusión.

—¿Cómo que cariñoso? ¿Lo dices por las chicas que se me arrimaban?

—¡Lo digo por el beso! No puede volver a pasar.

—¿El beso? —pregunta frunciendo el ceño.

Se me cae el alma a los pies. No me esperaba que no se acordara. Por algún motivo, lo siento como otra forma de rechazo.

Lo nuestro acaba de adquirir un nivel nunca visto de complicación.

—¿Nos hemos besado? —insiste en un susurro ronco. Me observa el rostro unos segundos antes de cerrar los ojos.

Yo me lo quedo mirando, intentando mantener la calma. Me cuesta horrores no ir corriendo a encerrarme en mi cuarto a lamerme las heridas en privado. Hay asuntos más prioritarios, como ponerle en su sitio.

—Nada de lo que ocurrió anoche va a volver a suceder.

Él se pasa una mano por el pelo.

—Joder. Siento haberte besado. No debería haberlo hecho.

—No estoy hablando de eso. Puesto que tú ya te has olvidado de ello, voy a hacer lo propio. —«Vale, un poco resentida sí que sueno»—. Me refiero al ciego que te pillaste. Se te fue totalmente de las manos.

Jax deja a un lado el té para dedicarme toda su atención.

—Dios, lo siento. De verdad. No bebía así desde el parón, y a mi cuerpo no le sentó demasiado bien.

La ira retorna como una ola imparable que me arrastra sin remedio.

—Esas disculpas bastarían si no te hubiera pedido una y otra vez que dejaras de beber.

Creía que la fiesta en la suite había sido tu último coletazo, pero salta a la vista que me equivocaba.

No puedo ayudar a alguien que está empeñado en joderse la vida.

Y sé que no te importa lo más mínimo, pero no es solo tu carrera lo que está en peligro, sino la mía también.

¿Te has parado a pensar ni que sea un segundo en cómo tu reputación afecta a la mía?

No es justo que me hundas contigo solo porque tienes complejo de superioridad y una férrea voluntad de cargarte las pocas neuronas funcionales que te quedan antes de los treinta.

Jax se acerca y se planta frente a mí. La proximidad me trae recuerdos de lo de anoche. De sus labios en mi piel, besándome, lamiéndome, mordiéndome. Contengo un escalofrío. Prefiero sentir rabia que atracción.

Me mira fijamente a los ojos antes de cerrar los suyos.

—Me arrepiento de verdad de haber hecho exactamente lo que dije que no haría.

Siento haber puesto en peligro mi reputación y, con ello, la tuya.

Aunque no haya pedido tu ayuda, no quiero echar por tierra el empeño que has puesto en sacar adelante tu negocio.

Y, sobre todo, siento haberte besado estando borracho —dice con cara de disgusto.

—Ya, bueno, pues ya no me vale con que lo sientas. Las palabras se las lleva el viento. No sirven de nada a menos que las respaldes con actos.

Jax aprieta los puños a ambos lados de su cuerpo.

—Ese es justo mi problema. No puedo respaldar las palabras que quiero decir, así que lo único que hago es enfadarme.

—¿Por qué? —Se me escapa la pregunta que lleva rondándome la cabeza los últimos meses. ¿Por qué es así? ¿Por qué no puede hacer lo que desea? ¿Por qué elige el camino de la autodestrucción?

—No quiero hablar de esto contigo.

—Pues, si no quieres hablarlo, aprende a controlarte.

Suelta un suspiro exasperado.

—¿En serio no lo entiendes? Eso es lo único que intento hacer.

Me alejo de él y alzo las manos.

—Pero ¿qué estás diciendo ahora? Dios, qué frustrante eres. En serio, me tienes en una montaña rusa emocional constante.

—Controlarme implica mantenerme alejado de ti. Me molesta tu presencia porque verte me recuerda todo lo que va mal en mi vida —suelta.

Recorto de nuevo la distancia entre nosotros y le pongo una mano en el bíceps.

—¿Qué va mal? Dime.

Él se queda mirando mi mano con un fuego en sus ojos que se extingue cuando los cierra.

—No es que algo vaya mal, es que todo está mal. Incluyendo tenerte cerca.

¿Qué se contesta a eso?

No tengo la oportunidad de pensar una respuesta porque Jax se marcha a su cuarto y se cierra en banda una vez más.