14. Elena
Elena
En las seis semanas que llevo trabajando con Jax, nunca ha expresado abiertamente antipatía hacia mí.
Pensaba que sus comentarios mordaces se debían a un acuerdo tácito según el cual yo se los podía devolver con una sonrisa.
Pero esta noche, cuando vuelve a hacer justo lo contrario a lo que le he pedido, tal vez me toca aceptar que en realidad sí que le caigo mal.
Jax, no sé ni cómo, me ha convencido para acompañarle a una discoteca a celebrar su segundo puesto en el Gran Premio de Barcelona.
Bueno, me ha dicho que se iba a portar bien porque había quedado con Liam y Sophie.
Error mío por creerme sus palabras. Es evidente que soy tonta, porque ha hecho exactamente lo que debería haberme esperado que hiciera.
Durante la primera hora, ha estado más o menos normal.
Al menos hasta que se ha esfumado diez minutos enteros diciendo que tenía que responder una llamada.
Después de que volviera de hablar con quien fuera, se ha tomado varias copas de whisky, a pesar de mis protestas.
Cuando le he dicho que estaba bebiendo demasiado y que Liam le llevaría al hotel, se ha reído en mi cara.
Sobra decir que la conversación ha sido horrible.
Liam ha estado obligándole a beberse un vaso de agua cada vez que ha podido, pero Jax ya está totalmente ido. Ahora tiene a varias mujeres bailando a su alrededor, magreándole mientras él se deja llevar por la música.
Es un espectáculo bochornoso. Pero, además, se me parte el corazón al verle.
Su sufrimiento es tan evidente que lo siento dentro del pecho, como si fuera mío.
Cuesta no darse cuenta del dolor que tanto se esfuerza por ocultar.
Se le ve en los ojos, en la actitud, en la necesidad que tiene de cerrarse en banda.
No sé qué le ha llevado a acabar de esta forma. Y tampoco sé cómo ayudarle, ni mucho menos cómo hablar con él.
—Llevo sin verle así desde..., bueno, creo que nunca le había visto así —comenta Sophie, observando a Jax con los ojos como platos.
—Porque no lo hacía delante de ti. Aun así, esta temporada ha sido distinto, ha estado más sereno que de costumbre. —Liam sigue los movimientos de su amigo con la mirada—. Me aseguraré de que no haga nada que eche a perder todo el trabajo que ha hecho Elena para ayudarle.
—¿Tú sabes por qué se comporta así? A mí no me suelta prenda —tanteo, confiando en que su amigo tenga algunas respuestas.
—A veces se cabrea. Es impredecible, no sabría decirte a qué se debe. Pero, cuando se pone así, es mejor dejarle hasta que se le enfríe la cabeza.
—¿Qué cabeza? Porque, por cómo le meten mano esas tías, me da por pensar que estamos hablando de dos tipos distintos de cabeza.
Se me forma un nudo en el estómago al plantearme la posibilidad de que esta noche se traiga a una mujer a la suite. No sé cómo interpretar este arrebato de celos. No tienen cabida en mi trabajo, pero, aun así, soy incapaz de ignorarlos. Al parecer Jax no es el único que la está pifiando esta noche.
Liam hace una mueca.
—Emocionalmente no está bien. Aunque esta temporada ha mejorado, al menos de cara a la galería. Todo gracias a ti, claro. Menos mal que has puesto fin a las mamadas en público y al desfile de mujeres entrando y saliendo de su habitación de hotel a todas horas del día.
No consigo ocultar el escalofrío que me recorre el cuerpo.
—Pues qué bien. Me alegra oír que no lo estoy haciendo todo mal.
—Aparto la vista poniendo los ojos en blanco.
Me entran ganas de volverme al hotel y dejar que Liam se ocupe de él.
Pero no, me quedo donde estoy porque Jax tiene cara de perdido a pesar de que las grupis se le pegan como si fueran imanes y él un frigorífico.
—Por Dios, Liam, no digas esas cosas. Qué asco. —Sophie le da un codazo a su novio en las costillas.
—Voy a ver si está bien —anuncio poniéndome de pie, porque no aguanto ni un minuto más esta tortura. El único que se lo está pasando «bien» esta noche es Jax, que se mece al ritmo de la música, borracho y deprimido. Ya va siendo hora de que acabe con todo esto, porque, me guste o no, es mi trabajo.
Me abro paso entre gente sudada bailando y tíos con las manos largas por el centro de la discoteca. No me cuesta encontrarle, con lo alto que es y el séquito de mujeres que tiene alrededor. Las aparto de mi camino y me planto delante de él.
—Bonita, ¿eres tú? —me pregunta con una sonrisa bobalicona y los ojos vidriosos.
—¿Quién es esta? —dice una mujer, cogiéndole del brazo y señalándome con una uña pintada de rojo.
—Lo mejor de mis días —contesta Jax con otra sonrisa.
«Vaya, eso sí que no me lo esperaba». El corazón empieza a latirme con más fuerza que antes.
—Pues dile que se vaya. Te prometo ser lo mejor de tus noches. —La mujer me da la espalda y se pega aún más a él.
«Repugnante». Pongo los ojos en blanco y luego grito para que se me oiga por encima de la música:
—¿Estás segura? Entonces debería avisaros a ambos. Jax, el médico ha llamado y ha dicho que el sarpullido que tienes en el pene es herpes. Asegúrate de usar protección hoy si pretendéis acostaros.
La mujer frunce los labios asqueada y se aleja de Jax, dejando que me ocupe yo sola de su borrachera.
—Oye, qué antipática. Eso no ha estado nada bien. —Hace un mohín.
—No estoy aquí para ser simpática.
—Ya lo sé. Estás aquí para arruinarme la vida. —Suelta un leve suspiro.
—¿Qué quieres decir con eso? La mitad del tiempo sueltas cosas que no entiendo.
Él me ignora y me pregunta:
—¿Bailas conmigo?
—¿Estás mal de la cabeza o qué? Vas tan pedo que apenas te puedes tener en pie.
Suelta un gruñido.
—Vale, pues nada de bailar. ¿Y si follamos? Eso se puede hacer tumbado.
—Me sorprendería que se te levantara después de la cantidad de alcohol que has ingerido.
—Vamos a probarlo. —Tiene el valor de poner un gesto chulesco al decirlo.
Cierro los ojos y cuento hasta diez para serenarme y poder ser paciente con él. Pero diez segundos son demasiados: le dan a Jax la oportunidad de salvar la distancia que nos separa.
Cuando abro los ojos, me encuentro con su mirada amusgada a apenas unos centímetros.
Su cuerpo se aprieta contra el mío, y su complexión fuerte contrasta con la suavidad de mis curvas.
Siento como si todo mi ser cobrara vida, rebosante de energía, vibrando como los altavoces de la discoteca.
Su olor especiado mezclado con el del whisky me envuelve mientras los otros cuerpos sudorosos nos empujan y nos juntan aún más.
Él me agarra la barbilla con el dedo índice y el pulgar.
—¿Por qué tú? ¿Por qué no podía ser cualquier persona menos tú? —La música a todo trapo no consigue disimular el dolor que tiñe su voz.
—¿Para el trabajo, dices? Estaba disponible. No es nada contra ti, por el amor de Dios.
—No es eso lo que estoy preguntando —repone arrastrando las palabras.
—Estás tan borracho que no es ni divertido. Tengo que llevarte al hotel.
Pero Jax no opina lo mismo. Me envuelve con un brazo, me atrae hacia él y sus labios se encuentran con los míos.
El beso es de todo menos suave. Es exigente, y me roba el aliento y la razón de un plumazo.
El sabor del whisky me inunda la boca cuando su lengua busca la mía, poniendo a prueba mi resistencia.
Mis dedos se aferran a su camisa, desesperados por encontrar algo que me ayude a mantener el equilibrio. A poner los pies en la tierra antes de que se me vaya la cabeza por completo.
Y mentiría si dijera que no me siento tentada a olvidar cualquier preocupación respecto a él cuando me acaricia el labio inferior con la lengua.
«Jo-der. ¿Qué me está haciendo? Y, lo más importante, ¿por qué no le estoy apartando?». Su beso me hace arder entera. Es un sentimiento que no había experimentado nunca antes; adictivo a la par que peligroso.
«Está borracho».
«Tengo que hacer mi trabajo».
«Es una persona inestable con demasiados cambios de humor».
La lista podría seguir y no parar.
—Jax. —Rompo el beso, le suelto la camisa y le pongo las manos sobre el pecho con la intención de apartarlo de mí. Solo que me quedo quieta, sin moverme ni lo más mínimo, porque tocarle me resulta electrizante. Tóxico. Adictivo.
Es todo lo que debería evitar y, al mismo tiempo, todo lo que deseo.
Su boca pasa a mi cuello y me lo recorre de arriba abajo con la lengua. Un escalofrío me baja por la columna cuando me chupa esa piel tan sensible.
Me inclino hacia él buscando apoyo, tanto emocional como físico.
—Tenemos que parar esto antes de que hagamos algo de lo que nos arrepintamos —digo casi sin aliento.
Su lengua sigue recorriéndome distraídamente el cuello.
—Toda mi vida está repleta de arrepentimientos. ¿Qué más da uno más? —Siento el aliento de su voz triste justo en el pecho.
Me muerde suavemente la sensible piel de la zona y me saca un pequeño gemido que espero que la música le impida oír.
Por fin logro empujarle y poner la distancia que necesito.
—¿Y eso de quién es culpa?
—Mía. Siempre ha sido mía y siempre lo será —suspira mientras me mira fijamente los labios con los ojos turbios.
El corazón me late al ritmo que marcan los altavoces: rápido, irregular y tan fuerte que lo noto en los oídos. Conduzco a Jax al reservado sin apenas protestas por su parte.
Liam y Sophie se vuelven hacia nosotros al segundo. A Sophie le cuesta contener una sonrisa mientras su novio niega con la cabeza, frotándose la sien.
«Mierda». Preferiría volver a perderme entre la multitud que tener que enfrentarme a estos dos.
—Bueno, has conseguido que te haga caso en menos de quince minutos. Sorprendente. Yo suelo tener que sacarle de la pista a rastras. —Liam se pone de pie y coge a su amigo, dejando que se apoye en él. Al menos tiene la gentileza de no abochornarme.
Menos mal que hay poca luz y no se ve que tengo la cara como un tomate.
—Tu secreto está a salvo conmigo —me susurra Sophie, que junta el dedo índice y el pulgar y cierra una cremallera invisible en su boca antes de lanzar una llave falsa a sus espaldas.