Amor en pole position (Dirty Air 3) 13. Jax #2
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13. Jax #2

—Se dice que la mejor forma de conocer a tu enemigo es a través de una observación minuciosa.

—Estás fatal de la cabeza. —Y me encanta.

Pone una cara graciosa que me saca una risa.

—Evidentemente estoy de coña. Te he visto alguna vez moviendo los dedos sobre una superficie cuando estás sumido en tus pensamientos. Además, no tienes callos en las yemas. —Se muerde el labio inferior, como a mí me gustaría poder hacerle.

—Ahora, una difícil antes de contestar a tu primera pregunta.

Tienes que demostrar que te mereces conocer mi lado más profundo.

—Me inclino hacia ella, eliminando el espacio que queda entre nosotros en el pequeño sofá.

Mantengo los labios a apenas un centímetro de su oreja y, sin importarme las repercusiones de mis actos, susurro—: ¿Cuál es mi postura sexual favorita?

—Le rozo la suave piel primero con los labios y luego con los dientes antes de apartarme.

Ella se estremece al instante. Me encanta. Pero, sobre todo, quiero volver a provocarle esa reacción.

—Creo que te gusta hacerlo a cuatro patas porque así no tienes que mirar a la otra persona a la cara. Un polvo mecánico pero placentero que hace que puedas correrte sin mayor problema. —Los ojos se le oscurecen cuando se posan en mis labios.

Joder. Me lee como un libro abierto.

Finjo indiferencia y me alejo de ella a pesar de que me fascina esta cercanía.

—Sin comentarios.

Elena suelta otra carcajada. Dios, no soporto que sea tan adorable.

—Me lo tomaré como un sí. Así que, volviendo al principio, ¿de qué es de lo que más te arrepientes? —Su mirada radiante me infunde una extraña sensación de calidez que no logro identificar.

—De tratar mal a mi madre cuando era adolescente.

Ladea la cabeza.

—Eso no me lo esperaba. ¿Por qué?

—Porque no se lo merecía. Desearía haber disfrutado más del tiempo que teníamos en lugar de portarme como un gilipollas.

—No sé si quiero saber cómo se portaba el Jax adolescente si ahora eres así.

—Era un niñato. Ahora es distinto. Solo quiero hacer felices a mis padres. —Suspiro—. Me toca. Dime por qué te gusta jugar al juego ese de decoración en el iPad.

—Estoy ahorrando dinero para comprarme un piso como Dios manda, así que quiero aprender de diseño. Sé que te parece una tontería, pero no se me da mal. Además, ¿a quién no le gusta imaginarse lo que podría hacer con dinero infinito?

—¿Dónde quieres comprártelo?

—Tengo un apartamento en Mónaco, pero estoy buscando uno mejor allí.

Cuando me mudé a Europa hace dos años, no tenía mucho dinero, así que mi casa no es la mejor del mundo que digamos.

Además, debo hacerme cargo de mi abuela, por lo que mis opciones han sido más bien escasas.

—Aparta la vista, recogiéndose el pelo detrás de la oreja.

—¿Tu abuela vive contigo?

—No. Vive en una residencia para pacientes con alzhéimer. Hace poco la he tenido que cambiar a una nueva para pacientes crónicos. —Agacha la cabeza—. Por eso acepté este trabajo. De alguna forma tengo que pagar sus gastos, los préstamos universitarios y las facturas.

—Esos sitios no son baratos. ¿No pueden ayudarla tus padres?

Elena se esconde tras una máscara de inexpresividad que me resulta demasiado familiar.

—Tengo que hacerlo yo.

—Eres demasiado joven para cargar con esa responsabilidad, ¿no crees?

—No todos tenemos la suerte de crecer siendo un Kingston ni nos lo han servido todo en bandeja de plata —dice, soltando un suspiro de resignación.

Sus palabras me sientan como si me hubiera clavado un témpano de hielo en el corazón. Me molesta su forma de juzgarme, sobre todo porque saca a la superficie mi mayor desasosiego.

—Al contrario de lo que crees, ser un Kingston no te hace tener todo lo que quieras —le espeto, pensando en mi madre. El dinero no puede devolvernos los años de vida que va a perder, por mucho que mi padre lo ansíe. Daría todo su dinero por ganar más tiempo con ella sin dolor.

Recordar el estado de mi madre me empaña el humor, como de costumbre, así que pongo fin a la conversación.

—Creo que ya he tenido suficiente charla por hoy. —Me levanto del sofá.

—Jax, lo siento. No debería haber dicho eso. He sido una maleducada y he juzgado sin saber. —Se pone en pie de un salto, se acerca a mí y me coloca una mano en el pecho. Su contacto alivia la rabia que me ha provocado ella misma.

Intento apartarme, pero me sigue.

—Vale. Lo que tú digas.

Paso de esta mierda. Lo último que quiero es que Elena me proporcione el mismo nivel de calma que un Trankimazin.

—Siento haberte ofendido. He hablado sin pensar.

—No, así es como son las cosas entre nosotros. Un par de conversaciones sin discutir no cambian eso.

—Si es lo que quieres...

—Lo que quiero es que pilles la indirecta de una puta vez y me dejes en paz.

Los hombros se le hunden. No debería portarme así, pero no puedo evitarlo. No tiene sentido que nos llevemos bien. Ella está trabajando, y yo, intentando sobrevivir a la temporada. Por un momento casi se me olvida, pero por suerte me ha devuelto a la realidad.

—Inviertes más energía en alejar a los demás que en intentar conocerlos mejor.

Algún día te darás cuenta del error que has cometido y, cuando eso ocurra, yo estaré ahí para ayudarte.

—Sus labios se curvan en una sonrisa de vacilación.

Una sonrisa que no soporto ver, pero no porque no sea preciosa, sino porque es jodidamente perfecta.

Como toda ella. Es tan determinada, tan sensata, tan inalcanzable. La odio por eso. La odio por irrumpir en mi vida y enseñarme cómo es querer algo diferente para variar.

Pero, sobre todo, la odio por invadir mi espacio, por hacerme sentir patético, por creer en mí.

Y el odio me enfada.

Me enfada muchísimo.