Amor en pole position (Dirty Air 3) 13. Jax
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13. Jax

Jax

—No pienso ir a un loquero. —Cierro la puerta del despacho de Connor y me siento frente a él.

—Pues lo vas a hacer. Lo pone en tu contrato.

—¿Dónde? Hazme el favor de enseñármelo, porque, la última vez que miré, no vi nada de sesiones de terapia en la letra pequeña.

—Está en la cláusula que pone que estás obligado a hacer lo que me salga de los cojones cuando me salga de los cojones. La Sección 3B, para más señas. —Gira su portátil hacia mí, mostrándome la parte resaltada.

—Tiene que ser una puta broma. No quiero hablar con nadie.

—Es una nueva política de empresa. Los deportistas tienen una hora obligatoria de psicólogo a la semana. Todo lo que se hable en la sesión será confidencial.

Aprieto los puños.

—¿Por qué me estás haciendo esto?

—No es un ataque personal. Es por salud, y espero que el resto de las escuderías nos copien.

Os veis sometidos a mucha presión, entre la velocidad a la que conducís a diario, los accidentes, el estrés, la fama...

Prefiero que las personas que pilotan mis coches estén mentalmente estables, la verdad.

Y no finjas que no te estás comiendo la cabeza por otras cosas también.

—Eso es diferente. No afecta para nada a mis capacidades de conducción.

Él se ríe por la nariz.

—Venga, no me jodas. Claro que afecta. Te tomas un ansiolítico incluso el día de la carrera, por el amor de Dios.

—Pero no es por la competición, y lo sabes. Me cuesta estar rodeado de mucha gente. Siento que estoy a la que salto, y me agota esforzarme todo el rato por no decir ni hacer algo inadecuado.

Connor cierra el portátil y me dedica toda su atención.

—A eso es justamente a lo que me refiero. A todo el mundo le viene bien hablar con alguien, y tú no eres distinto. Quiero que mis pilotos estén en plena forma esta temporada.

—Entonces, ¿Elías tiene que hacerlo también?

—No puedo revelar quién va a ver al psicólogo, pero te puedo asegurar que tú sí.

—¿Y si no digo nada durante la sesión?

Se encoge de un hombro.

—Pues no lo hagas. Es tu hora y puedes usarla como quieras. Y ahora, si no quieres nada más, tengo que hacer una llamada. No llegues tarde a la primera sesión, venga. —Me despacha señalando la puerta con la barbilla.

Me despido entre dientes y me dirijo al despacho del doctor Schwartz, la nueva incorporación de McCoy a mi infierno personal. Llamo a su puerta. Él la abre y me deja pasar a una estancia con un sofá, luz tenue y una vela que huele como si acabara de entrar a una pastelería. Muy zen por su parte.

—Bienvenido, Jax. Es un placer conocerte. —Toma asiento frente a mí. Sus ojos marrones son tranquilos y amables, mientras que los míos transmiten que preferiría que me metieran una motosierra por el culo que estar aquí.

Demasiado gráfico, lo sé.

—Bueno, doctor Schwartz, me han dicho que no me queda otra que venir todas las semanas durante el resto de la temporada.

Él se pasa una mano por el pelo castaño antes de enderezarse las gafas.

—Por favor, llámame Tom. Y sí, me han contado que nos veremos una vez a la semana, pero estaré a tu disposición si necesitaras más sesiones. —Habla con un acento como del sur.

—Lo dudo.

Él suelta una risita.

—La mayoría de los deportistas se muestran reticentes a trabajar con un psicólogo al principio. Abrirse a alguien puede resultar abrumador, sobre todo si estás siempre expuesto a la atención mediática. Es comprensible que quieras mantener tu vida privada... en privado.

—¿Qué sabrás tú de cómo es ser deportista?

—Soy psicólogo deportivo, lo cual quiere decir que trabajo con figuras de renombre que se ven sometidas a factores de estrés con los que una persona normal no tiene que enfrentarse nunca.

He tenido clientes de la NFL y la NBA. Y, aunque soy nuevo en la Fórmula 1, te aseguro que todos los domingos a partir de ahora seguiré atentamente las carreras.

Pues parece que el tal Tom tiene tablas.

—Fantástico.

—Cuéntame, ¿por qué crees que estás aquí? —pregunta entrelazando las manos.

—Porque Connor quiere hacerme la vida imposible. —Él alza una ceja, y yo continúo—: Por si no te has dado cuenta, no quiero estar aquí. Es tirar una hora a la basura, con el escaso tiempo que tengo ya de por sí.

—Entiendo. Espero que poco a poco acabes cogiéndole el gusto a nuestras sesiones. Estoy aquí para ponerte las cosas más fáciles, no para complicarte la vida. —La sonrisa se le refleja en los ojos.

—Mi vida sería más fácil si no tuviera que hacer esto cada semana.

Tom se inclina hacia delante en el sillón, y su mirada calma un poco mi incomodidad.

—Comprendo que no es exactamente lo que querrías. A nadie le gusta verse forzado a hacer nada, y menos algo que requiere que expreses tus pensamientos más íntimos a un desconocido. Si no te importa que lo pregunte, ¿qué parte de todo este proceso te resulta forzada?

—Connor me ha obligado a venir. Literalmente. Está en mi contrato. —Me tiro suavemente del pelo.

—Aunque esté en tu contrato, tú eliges de qué quieres hablar. ¿Hay algo en particular que te interese conseguir con estas sesiones semanales?

—¿Aparte de sobrevivir al interrogatorio?

Se ríe.

—Estoy aquí para lo que necesites. Mi trabajo no consiste en interrogarte, sino en ayudarte a gestionar los factores de estrés que te puedan afectar, tanto en la pista como en tu día a día.

—Suena de maravilla. —Más bien, suena a pesadilla.

—Si te parece bien, me gustaría que pusiéramos algunos objetivos para nuestras sesiones. Es algo que hago con todos los clientes.

—Fácil. Objetivo 1: sobrevivir a la temporada. Objetivo 2: ser mejor que los demás. Objetivo 3: ganar otro campeonato mundial.

Él ladea la cabeza.

—¿Todos tus objetivos están relacionados con la Fórmula 1?

—¿Hay algún problema con eso?

—No, es típico de los deportistas. Puede que descubras que tus objetivos cambian a medida que pasan las sesiones y te notas más cómodo conmigo.

—Genial. —Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá y miro al techo.

—Tienes esta hora entera para hacer lo que quieras y expresar lo que sea que sientas, Jax. Puedes aprovecharla o quedarte en silencio.

—¿No me vas a obligar a hablar? —Me cruzo de brazos.

—Probablemente te haré algunas preguntas, pero estás en tu derecho de no contestar. Como te he dicho, tú decides qué hacer durante esta hora.

—Entonces elijo el silencio, gracias.

—Muy bien.

Él cumple su palabra y se queda callado durante el resto de la sesión.

De alguna manera, la hora transcurre más deprisa de lo que me esperaba mientras cuento los paneles del techo para matar el tiempo.

—¿La semana que viene a la misma hora? —Tom extiende la mano al tiempo que salgo de la estancia.

Se la estrecho con fuerza.

—Claro. Tampoco es que pueda elegir.

—Siempre podemos elegir en esta vida. Tú has elegido no hablar, y yo he elegido permanecer en silencio. El error que comete la gente es pensar que no tiene otra opción. Siempre hay alternativas, solo que no suelen ser fáciles.

Intento mantenerme ocupado la noche antes de los entrenamientos libres del Gran Premio de España.

Para ello recurro a hacer un poco de ejercicio, preparar la cena en una cocina diminuta en la que no se puede cocinar nada que no haya salido de la sección de congelados y ver un capítulo de una serie que me ha recomendado mi madre.

Esto último resulta ser un error, porque Elena se planta a mi lado en el sofá de dos plazas aduciendo que le encanta la serie, dando al traste con mis esfuerzos por guardar una distancia prudencial con ella.

«Esta no te la perdono, mamá».

Durante la noche, procuro ignorar las miraditas de reojo de Elena. Por cómo se muerde el labio inferior, diría que le está costando tanto como a mí concentrarse en la tele. Mis esperanzas de que no hable se desvanecen cuando la veo abrir la boca, dejando al fin de mordisquearse el labio.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —Su voz melódica reclama mi atención.

—No, quiero ver qué pasa —digo señalando la pantalla, pero Netflix me traiciona preguntándome si quiero ver el siguiente capítulo.

El universo me odia. Es oficial.

—Venga, ¿qué hay de malo en una preguntita? —Se gira hacia mí.

—Cuando la hace la persona que se gana la vida haciendo preguntas difíciles, todo. Además, quiero saber si encuentran otra pista que los lleve al tesoro.

—¿Tienes miedo? —se mofa.

Suelto una risa forzada.

—¿De qué?

—De responder un par de preguntas.

Alzo una ceja.

—Conque ahora son dos.

—Estoy negociando —contesta con una sonrisa de oreja a oreja.

—Ni siquiera he aceptado una.

—¿Y qué podría hacerte aceptar?

—No ser el único que conteste a preguntas.

«Sí, ahí se va el plan de evitar a Elena a toda costa».

—Ay, siempre tienes que liarlo todo. —Sacude la cabeza—. Pero vale.

—Bien. Pues dispara.

Recoge las piernas bajo el cuerpo. Al ver que se pone cómoda me temo lo peor.

—¿De qué es de lo que más te arrepientes en tu vida?

La cuestión me causa curiosidad, pero no la suficiente para responder de inmediato.

—¿No puedes hacerme preguntas más sencillas para ir conociéndome? ¿Como cuál es mi color favorito?

Amusga los ojos.

—Esa es fácil. El verde.

Mi cara debe de ser un poema, porque suelta una carcajada sonora. Luego me lanza una mirada que haría que cualquier otro hombre se arrodillara ante ella mendigando un minuto de su tiempo. Pero yo no soy como los demás. Estoy demasiado cansado, demasiado desesperanzado, hastiado de mí mismo.

—Te creías que iba a decir el negro, ¿no? Me ofende que subestimes tanto mis capacidades. Tu cepillo de dientes y tu botella de agua son verdes. Puede que solo vistas de negro, pero te tengo calado.

Oculto mi sonrisa tras una mano.

—Ha sido pura suerte. ¿Qué instrumento toco?

Me mira de arriba abajo antes de centrarse en mis manos.

—La mayoría de la gente diría que la guitarra.

Estoy a punto de decirle que se equivoca cuando abre la boca de nuevo.

—Pero me apuesto algo a que es el piano.

Joder. O sabe leer mentes o ha hablado con mis padres, porque son los únicos que saben que toco el piano.

—¿Cómo lo has sabido? —inquiero, atragantándome con las palabras.