12. Jax
Jax
Soy un imbécil. A juzgar por cómo me mira Elena, no debería haber planeado esta estúpida cena en el avión de Miami a Barcelona. Ahora tiene cara como de ilusión o esperanza o alguna mierda así. Sentimientos que debo cortar de raíz, porque no sirven para nada. Al menos conmigo no.
—Guau. —Sus ojos se desplazan del plato de espaguetis verdes y el vino a mí.
Mierda. Parece totalmente una cita.
—Me apetecía comida mexicana hoy —comento como si nada.
Elena echa un vistazo a la cena, haciendo caso omiso a la azafata que le indica que se siente frente a mí.
—Deja de hacer el tonto, se te va a enfriar la comida. —Cojo una servilleta de tela y me la pongo en el regazo.
Ella se acomoda en el asiento y pregunta:
—¿Espaguetis verdes?
—Sí. Exacto. Pero dime algo. Venga ya, ¿te he dejado sin palabras? Sé que estoy guapo hoy, pero...
—Es solo que estoy sorprendida —dice levantando los ojos del plato—. Supongo que el podio de hoy te ha puesto de buen humor.
Dios. Realmente soy un auténtico capullo. Si esto es un gesto bonito, estoy haciendo demasiado bien el trabajo de joderlo todo entre nosotros. El único motivo por el que he organizado esta cena es porque quiero darle las gracias por la ayuda que me ha ofrecido hasta ahora.
En lugar de expresar lo que siento, me guardo el agradecimiento para mí.
—Ahora ya sé cómo conseguir que te calles —bromeo.
La azafata nos pregunta si necesitamos algo, pero la despacho con un gracias.
—Nos quedan casi ocho horas juntos. ¿Cuánto crees que aguantaremos sin decir una bordería? —Doy un sorbo a mi vino para calmar los nervios.
—Si nos basamos en tu historial, yo apuesto a que dos minutos.
—Este es el único contexto en el que acepto que se me relacione con aguantar dos minutos.
La sangre se le sube a las mejillas.
—Me lo he buscado yo solita.
—No he podido resistirme. —Le acaricio la piel sonrosada del rostro con un dedo, sin pensar, y disfruto de cómo se le nublan los ojos y se le entreabre la boca.
Entonces se aparta, esbozando una sonrisa mientras gira el tenedor para coger la pasta y probarla.
—Has aguantado un mes entero sin liarla, salvo por el intento fallido de fiesta en la habitación del hotel. ¿Cómo te sientes?
Sonrío con satisfacción.
—La música suena mejor desde el podio que desde el lateral.
—Estoy segura de que te esperan bastantes podios más.
¿Por qué sigue creyendo en mí? Por muchos feos que le haga, siempre tiene una actitud positiva y una sonrisa.
—Dime, ¿McCoy te paga más dinero si me haces la pelota?
—Ahora que lo dices, debería haber pedido que lo incluyeran en mi contrato. Probablemente podría haberme sacado unos cuantos miles de euros más por ser tu coach motivacional.
—Tu mala suerte es mi fortuna.
Ella se encoge de hombros y sigue comiendo callada.
Odio este silencio. Por algún motivo que no alcanzo a comprender, quiero que Elena me preste atención. Que me vea como algo más que un gilipollas irritable, aunque solo sea durante una hora.
—Cuéntame algo que nadie sepa sobre ti —le pido.
«¿Quién coño suelta una pregunta así de la nada? Pues un jodido idiota como yo».
Ella se atraganta con su bebida de la forma menos elegante posible.
—¿Qué?
—Venga, vamos a jugar.
—Elige otro juego. Este no me gusta. —Se cruza de brazos.
Mis ojos se fijan de inmediato en su escote porque no tengo ningún tipo de autocontrol.
—No. Ahora quiero saber algo que nadie sepa de ti.
—Eres un capullo el noventa y nueve por ciento del tiempo, no quiero compartir secretos contigo.
—Pero piensa en el otro uno por ciento. Merece la pena, ¿verdad?
Me mira parpadeando sin responder.
Yo pongo los ojos en blanco y digo:
—Vale, un secreto por otro. Empiezo yo, para que sepas que soy de fiar. Soy muy fan de una famosa boy band británica...
—No —me interrumpe, tapándose la boca con la mano.
—Sí.
Se echa a reír y no para hasta ver mi ceño fruncido.
—Lo siento, creía que me estabas tomando el pelo.
—Te aseguro que no. Me pasaron por lista en su último concierto, y medio país se echó a llorar cuando anunciaron que se separaban.
—Madre mía. ¿Los conociste en el backstage?
—Claro. —Mi irritación aumenta cuando le veo un brillo de diversión en los ojos—. No voy a contestar más con sinceridad si te vas a reír de mí.
Ella levanta las palmas en gesto de rendición.
—De acuerdo, me portaré bien.
—Vale. Puedes compensármelo contándome algo que nadie sepa sobre ti —replico con una sonrisilla.
—Colecciono bolas de nieve navideñas.
Me río por la nariz.
—No sirve. Seguro que eso lo sabe alguien.
—Bueno, nadie sabe por qué las colecciono.
Me inclino hacia ella, intrigado.
—Vale, pues cuéntame por qué.
Me arrepiento de inhalar hondo, porque su aroma afrutado me invade la nariz. Los pulmones se me constriñen y la sangre me va directa a la entrepierna. Huele muy bien. Demasiado bien.
Lo cual es tremendamente malo.
—Las bolas de nieve son especiales, sobre todo las que tienen música.
Esas son mis favoritas. Me gustan porque son como un instante congelado en el tiempo, atrapado para el recuerdo.
Tengo varias de distintas ciudades, una de la universidad y un par más que son importantes para mí.
—Su sonrisa se desvanece de pronto como si le hubiera venido a la mente algo desagradable.
No me gusta verla triste.
—¿Y dónde está tu colección ahora?
—Tengo un pequeño apartamento en Mónaco en el que trabajaba antes de venirme de gira contigo.
—¿Has comprado alguna durante el viaje?
Se me queda mirando.
—No, ¿por qué?
—Nada. Me pregunto cuál será el próximo momento que merezca la pena ser recordado.
«Mierda, eso ha sonado mucho más cursi de lo que pretendía».
A juzgar por cómo alza las cejas, a ella también le ha sorprendido. En lugar de esperar a su respuesta, sigo hablando. Por pura educación, no porque me interese conocerla más.
Y una mierda. Aunque me cueste creerlo, estoy disfrutando de verdad de la compañía de Elena.
—¿Qué es lo que más te gusta hacer en tu tiempo libre? Aparte de hacerme de niñera, claro está.
Ella sonríe.
—Me gusta ver vídeos de YouTube de maquillaje.
—Espera un momento, a ver si lo he entendido: ¿te gusta ver a gente maquillándose?
—Es lo más común, sí. Pero también hacen retos como maquillar a sus novios, prepararse sin usar las manos o pintarse mientras se emborrachan.
—Ya hay que ser calzonazos para dejarte hacer eso. Es algo que me imagino a Liam haciendo por Sophie. Aunque, no te voy a mentir, me sorprende que te guste ver a gente maquillándose en lugar de maquillarte tú.
—Las youtubers más talentosas hacen que parezca casi un arte. Es mi placer culpable.
Sacudo la cabeza.
—Si eso es lo que te da placer, los tíos están jodidos. Me gustan los preliminares como al que más, pero pongo el límite en las brochas de maquillaje.
Se le escapa una carcajada.
—Me gusta cuando te ríes así —digo sin pensar.
Me mira como si hubiera confesado tener una colección secreta de juguetes sexuales.
—¿Cómo?
—Nada —suelto enseguida, y ella deja pasar mi comentario.
De alguna manera conseguimos aguantar toda la cena sin discutir. Pasamos una hora descubriendo cosas el uno del otro como nunca habíamos hecho. Odio admitir que hablar con Elena es relajante y divertido; justo lo contrario a lo que deberíamos estar haciendo.
Cuando acabamos, se sienta en el asiento del otro lado del pasillo para ponerse con su puzle. Me dedica una sonrisa tímida a modo de invitación tácita.
Niego con la cabeza, rechazando su oferta. No porque no quiera, sino porque deseo pasar más tiempo con ella. Tener más atención, más risas, más de esos malditos ojos resplandecientes.
Agacha la cabeza y se centra de nuevo en las piezas. Salta a la vista que esperaba que me uniera a ella, pero hacer algo así juntos podría malinterpretarse.
Una relación, aunque no fuera más que una amistad, estaría condenada al fracaso. Si he aprendido algo de Liam y Sophie es que las amistades solo terminan de una manera, con palabras cursis y promesas de amor eterno.
Alguien como yo siempre va a decepcionar a alguien como ella. Lo llevo en el ADN, junto con el gen que me hace ser un capullo y todas las demás cosas que no puedo cambiar por mucho que quiera.
—¡Espero que estés listo para el siguiente evento de lavado de imagen! —La voz cantarina de Elena me despierta de la siesta que me estaba echando en el sofá. Ni me he molestado en llegar a mi habitación con lo reventado que estaba del vuelo a Barcelona.
Me incorporo y le hago un gesto para que se aparte de mí.
—Tienes demasiada serotonina para que se te pueda considerar un ser humano. ¿Cómo coño puedes estar tan feliz y activa todo el tiempo?
—Dice el tío que se pasa la vida haciendo ejercicio y ni con esas consigue unas pocas endorfinas.
—Deja que lo adivine. «El ejercicio te produce endorfinas, y las endorfinas te hacen feliz. La gente feliz no dispara a su marido» —digo intentando imitar la forma de hablar de Reese Witherspoon en la película.
—Dime que no acabas de citar Una rubia muy legal .
Ver sus ojos como platos hace que esboce una sonrisa de oreja a oreja. Por algún motivo que desconozco, imito también el gesto de agacharse y sacar pecho de la protagonista de la película. La risita que se escapa de su boca hace que la tontería merezca la pena.
—Te encanta ver pelis, ¿verdad? —comenta con un brillo en los ojos.
—Ya te digo. Creo que podría ser crítico de cine o algo del estilo si no compitiera.
—¿En serio?
—Sí, sí. Me paso todo mi tiempo libre en foros de aficionados, discutiendo con desconocidos sobre cuál es la serie de libros mejor adaptada a la pantalla.
—¿La gente discute acaloradamente sobre temas así?
—Los cinéfilos somos muy apasionados.
—Ay, madre. Qué horror. No digas eso. —Arruga los labios de una forma adorable.
«Adorable». Por el amor de Dios, ¿en qué momento me han cortado los huevos?
Me cruzo de brazos.
—No hay nada de malo en ser un cinéfilo.
—Por favor, di que te gustan las pelis y ya. Es mi consejo como agente de relaciones públicas. Lo último que necesitas es que a alguien le dé por decir en internet que eres otro tipo de palabra acabada en -filo .
Suelto una carcajada.