Amor en pole position (Dirty Air 3) 11. Elena #3
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11. Elena #3

Procuro ignorar el deseo de consolarle. Él se acerca a la puerta y me insta en silencio a seguirle. Tiene los ojos cuidadosamente ocultos tras un par de gafas oscuras mientras nos dirigimos a la sala de descanso, haciendo como si no hubiera pasado nada.

Como si no hubiera encontrado una grieta en su tosco caparazón.

Como si no quisiera sentir algo más que antipatía hacia él.

Como si no deseara ayudarle por más motivos aparte del dinero que habré conseguido al final de la temporada.

Y esto último es lo que más me preocupa de todo.

—¿A quién tenemos aquí? La mujer que todo lo arregla. —Connor me hace un gesto para que tome asiento frente a él en su escritorio.

Su despacho es bastante austero, sin ningún objeto personal que lo adorne. Me resulta estéril y poco acogedor.

—Se te nota en la cara que no te gusta este lugar.

No te voy a mentir, sigo sin fiarme del todo de que a la junta no le vaya a dar en cualquier momento por quitarme el puesto.

—Sus ojos se encuentran con los míos, y la franqueza que veo en ellos es un respiro en comparación con la mirada turbia de Jax.

—Eso no va a pasar si yo puedo evitarlo —respondo, alzando la barbilla con confianza.

—Así me gusta. Estás haciendo un gran trabajo por ahora. Has sabido mantener a raya a Jax, que no es moco de pavo. Y, según me han contado, tu primer evento benéfico fue todo un éxito. Deberías sentirte orgullosa de haber recaudado miles de euros para una causa tan noble.

—Me alegra que pienses eso. De hecho, quería pedirte una cosa que podría ayudarme a mejorar las cosas por aquí.

—Pide por esa boquita. —Connor esboza una sonrisa afable.

De repente me pongo en guardia, sin saber si pretende ligar conmigo. Debe de notar mi cambio de actitud, porque tose antes de echarse a reír.

—Por Dios, no. No malinterpretes mi buena disposición, no es más que un gesto de buena fe.

Quiero de verdad que Jax saque lo mejor de él esta temporada, y tengo el presentimiento de que tú eres una de las pocas personas que pueden ayudarle.

Estoy dispuesto a darte lo que sea que necesites para que rinda al máximo.

—Bueno, de hecho es algo que creo que puede venirles bien a los dos pilotos. —«Lo siento, Elías. Tú también necesitas hablar con alguien».

—Cuéntame. Me tienes en vilo.

—Vale... Verás, he estado investigando un poco sobre los deportistas y el rendimiento bajo presión.

Creo que a los chicos les vendría bien hablar con un psicólogo deportivo.

He encontrado a unos cuantos y he hecho una lista con aquellos que estarían dispuestos a viajar siguiendo el calendario de McCoy.

—¿Por qué necesitarían un psicólogo?

—Los dos sabemos que Jax tiene problemas de ansiedad, y Elías, al ser nuevo en la escudería, seguro que también agradecerá tener a alguien con quien hablar.

Connor se frota la barbilla.

—¿Y todo lo que se diga en las sesiones será confidencial?

—Exacto. Creo que podría beneficiarles a los dos y que les serviría de ayuda para lidiar con el estrés y con el miedo al fracaso.

Toda ayuda es poca para Jax y, por muy segura que esté de mis capacidades, no puedo compararme con un profesional de la salud mental.

Algo dentro del pecho se me encoge al recordar su monólogo en el baño.

Hay algo que le impide sacar su mejor versión, y tal vez hablar con alguien sea el primer paso para deshacerse de ello.

Estoy dispuesta a probar lo que haga falta para ayudarle a controlar su ansiedad.

—Hecho. Cuenta conmigo para todo lo que necesites. —Connor me mira y me sonríe.

—Necesitaré que convenzas de alguna forma a Jax de que es parte de su contrato. Dudo que vaya a acudir a las sesiones por voluntad propia.

—Hará lo que yo le diga que haga. Dame una semana para poner a punto el contrato del psicólogo. Imagino que me enviarás por correo la lista de los candidatos —me dice con una autoridad que todavía no le había visto.

—Sí, claro. —Me humedezco los labios, vacilante—. Y tengo un último favor que pedirte.

Connor suspira.

—¿Por qué me da la sensación de que me voy a arrepentir de este?

—Lo siento. —Pongo una mueca—. ¿Puedes fingir que la idea se te ha ocurrido a ti? Jax me odiará si se entera de que le he obligado a ir al psicólogo.

—No te odiará.

Teniendo en cuenta que ha explicitado varias veces que no quiere bajo ningún concepto hablar de sus sentimientos, me cuesta creerlo.

Me recojo un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Confía en mí, lo hará.

—Jax no odia a nadie. Odia el mundo y lo mal repartido que está a veces, pero no te odia a ti. Créeme, le conozco de hace tiempo.

No tengo ni idea de cómo interpretar su comentario. Él no me da la oportunidad de preguntarle a qué se refiere antes de seguir hablando.

—Soy consciente de la guerra que está dando, pero es un buen tío.

Un hombre de familia, leal, solo que con algunos problemas que a veces le juegan malas pasadas.

Últimamente ha perdido un poco el norte, pero sé que saldrá de esta.

Me gusta tu idea del psicólogo. Y no te preocupes: haré como si fuera cosa mía.

—Gracias. —Me invade un alivio que destierra la inquietud que sentía antes de la conversación.

Considero lo de hoy una victoria para el Equipo Elena.