11. Elena #2
Le sigo por los pasillos vacíos del paddock de McCoy hasta su habitación privada.
De alguna manera, tras un mes entero con él, he terminado desarrollando tolerancia a sus desplantes.
Mis días comienzan con un recordatorio matutino de que no estoy aquí para dorarle la píldora a nadie seguido de un profundo deseo de que mi café tenga un chorrito de algo con bien de alcohol.
—Si piensas acostarte con él, al menos avísame. No quiero verme involucrado cuando las cosas se pongan feas.
Me paro en seco y me río con desesperación, mirando al techo.
—¿Por qué estás tan celoso? Ni siquiera haces ningún intento por pasar tiempo conmigo.
Él pone una mueca.
—No estoy celoso.
—Qué raro. Por cómo hablas, habría jurado que sí.
Sus zapatillas de competición chirrían contra el suelo de baldosas cuando recorta la distancia que nos separa.
Todo en él me atrae, a pesar de lo distintas que son nuestras personalidades.
Es como si fuéramos imanes: somos polos opuestos, pero, si dejara de ser tan imbécil, tengo la sensación de que haríamos buenas migas.
—Para sentir celos, tendrías que caerme bien, o al menos atraerme. —La forma en que sus ojos cada vez más oscuros me recorren el cuerpo de arriba abajo contrasta con sus palabras.
Me nubla el juicio con solo mirarme y torcer el gesto. Debo de estar mal de la cabeza para que me atraiga alguien tan sumamente capullo.
—Casi me engañas.
—¿Qué quieres decir?
Me inclino hacia él, dejando bien a la vista el escote de mi blusa. ¿A quién le importa la modestia cuando se trata de demostrar que se tiene la razón? Ya me he cansado de soportar su mala actitud, al menos por esta semana.
—Puede que no te guste tenerme cerca, pero tengo la teoría de que se debe más a que te atraigo que a que realmente desprecies mi ayuda. No puedes evitar desear más, y eso te asusta.
Vale, puede que esa última frase sea una corazonada un pelín condicionada por lo que me dijo Elías, pero no deja de ser una corazonada factible.
—El deseo es cosa de débiles —murmura sin apartar la vista de mi pecho.
El calor que me produce su mirada es como si unos dedos invisibles me acariciaran la piel, que se me pone de gallina. Ignoro la sensación.
—No, el deseo es cosa de cobardes que no tienen el valor de luchar por lo que quieren.
Esto es a lo que llaman jugar con fuego, ¿verdad?
El brillo que veo en sus ojos debería servirme de advertencia, pero me quedo clavada en el sitio, sin mover un músculo mientras se inclina hacia mí.
Todo se detiene a mi alrededor cuando sus labios me rozan ligeramente la curva del cuello.
El aire cálido que se escapa de su boca me provoca un escalofrío.
No me esperaba que se acercara tanto. Y, Dios, no me esperaba que fuera tan increíble sentir sus labios sobre mi piel. Saca ligeramente la lengua y me recorre la longitud del cuello con ella. Las piernas me flaquean.
—Te aseguro que lucho por lo que quiero. Y, siento tener que ser yo quien te lo diga, pero tú no eres lo que quiero, bonita. —Se aleja de mí y se mete en su cuarto, dejándome confundida y un poco avergonzada.
Jax me desea. Es un mentiroso, y lo que intenta es convencerse más a sí mismo que a mí de su supuesto desinterés.
Después de unas cuantas respiraciones profundas para calmar mi corazón desbocado, entro en su cuarto. Examino rápidamente la habitación vacía antes de reparar en la puerta cerrada del baño. Estoy a punto de llamar, pero me detengo al oír su voz.
—Déjate de mierdas de una vez —se está diciendo a sí mismo—. No puedes seguir así, temblando y obsesionándote con tonterías cuando deberías estar celebrando. No me extraña que lleves años sin ganar un campeonato mundial. Eres un pringado incapaz de ganar porque no haces más que dudar de ti mismo.
«Ay, madre». Todo me da vueltas mientras intento asimilar cuánto desprecio se guarda Jax para sí mismo. Me siento un poco culpable por haber escuchado lo que no debía, pero me ha venido bien para entenderle mejor, aunque haya sido a costa de algo de lo que no me enorgullezco.
—Elena tiene razón. Eres un jodido cobarde. Cualquiera que te viera ahora lo sabría. —Se le quiebra la voz.
Me estremezco al oírle hablar de lo que he dicho. En realidad no pienso que sea débil. Tal vez un poco atolondrado e insoportablemente testarudo, pero para nada débil. Me cuesta ignorar la punzada de dolor que siento en el pecho cuando continúa con su discurso de puro autodesprecio.
—Ahora vas a ir a la sala de descanso y vas a actuar como de costumbre. Luego vas a llamar a mamá y papá y lo vas a aguantar como un hombre. Nada de ansiedad después de hablar con ellos. Madura de una puta vez.
El corazón me duele de tal forma que siento que me va a estallar. Me alejo de la puerta, consciente de que se merece un poco de privacidad.
Salgo de su cuarto y me siento en un sofá de espaldas a su habitación, repasando lo que he oído.
El estómago se me encoge al pensar que le he escuchado a escondidas cuando estaba claramente en plena crisis.
No me siento orgullosa de haberlo hecho, aunque es cierto que he descubierto una parte crucial de él que se esfuerza por mantener oculta de puertas para afuera.
¿Quién me iba a decir que el desprecio que siente por mí es igual que el que siente por él mismo?
La puerta se abre unos minutos más tarde. Me pongo tensa al sentir cómo la mirada de Jax se me clava en la espalda.
—¿Sigues necesitando mi ayuda con lo que fuera que querías en el garaje?
«Vale, creo que no se me ha notado lo culpable que me siento».
Él suelta un profundo suspiro.
—No. Ya me he ocupado yo de ello. Mejor vamos a celebrar la victoria antes de que a Connor le dé un parraque. No puedo llegar tarde a mi propio podio.