11. Elena
Elena
—Voy a salir —anuncia Jax mientras se dirige a la puerta de nuestra habitación de hotel de Miami.
—Ah, ¿con quién? Creía que hoy nos íbamos a quedar aquí. —Me levanto del sofá. Habíamos acordado que no saldríamos hasta que se nos pasara el jet lag tras el viaje de Baréin a Miami.
—Tú te quedas. Yo voy a salir con mis amigos.
Le examino el rostro para ver si habla en serio.
—No puedes irte sin mí. Tenemos un trato.
Él se pellizca el puente de la nariz y cierra los ojos.
—No me jodas, anda. Quiero salir con mis amigos, tomarme un par de cervezas y ponerme al día con ellos antes de los entrenamientos libres de mañana. No va a ser un desmadre que se diga.
—¿Con qué amigos?
—No me puedo creer que tenga que dar tantas explicaciones. —Suelta una larga exhalación—. Con Noah, Liam y Santiago. Vamos a estar en este mismo hotel. Así que, si lo que te preocupa es que me cargue la imagen que tanto te ha costado construir, estate tranquila.
Suspiro.
—Es parte de mi trabajo asegurarme de que no te metes en líos.
—Bueno, teniendo en cuenta que todos mis amigos en estos momentos tienen reputaciones inmaculadas, dudo que pueda granjearme mucha mala prensa.
—¿Estás pidiéndome que confíe en ti?
—Para querer tu confianza, tendría que importarme lo que pienses de mí. Y, sinceramente, me la podría pelar más.
—No me la podría pelar más —le corrijo—. Si vas a insultarme, al menos usa bien la gramática. Así tiene más empaque.
Jax se gira y agarra el picaporte de la puerta. Sus hombros suben y bajan al ritmo de su respiración dificultosa.
—Puedes confiar en que no voy a ir a ninguna discoteca ni me voy a emborrachar esta noche. Solo quiero pasar un rato con mis amigos. Sin estrés, sin novias... Un rato normal para olvidar.
—¿Olvidar el qué? —inquiero con un hilo de voz.
—Olvidar lo que se siente al estar preocupado cada puto día de mi vida.
Siento que este es el mayor progreso que he hecho desde nuestro primer fin de semana juntos. Me ha llevado un mes más de lo esperado, pero hay que celebrar también las pequeñas victorias.
—Puedes hablar conmigo cuando quieras.
Jax me echa un vistazo por encima del hombro con una mirada distante.
—Abrirme a ti es lo último que necesito esta temporada. Vuelvo en un rato. —Abre la puerta y se marcha a toda prisa, dando un portazo en el momento exacto en que me da un vuelco el corazón.
Llamo a Elías media hora más tarde porque no quiero pasar la noche sola. Viene sin hacer preguntas, demostrándome una vez más por qué es la mejor persona que hay en esta escudería.
Dos horas y un cubo de palomitas más tarde, Elías ha conseguido que me olvide de mis preocupaciones respecto a Jax.
—¿Por qué has tenido que elegir una comedia romántica? —refunfuña.
—La semana pasada elegiste tú. Yo no pedí ver la última peli de superhéroes, pero no me diste otra opción.
—No puedes compararme eso con esto. Ninguna mujer en el mundo debería volver con un hombre que se ha liado con su hermana. Debería tener un poco de amor propio y escoger a alguien que la merezca.
—¿Quiénes somos nosotros para juzgar?
—¡Claro que juzgo! —Elías alza los brazos exasperado—. Que haya mujeres que piensan así me hace alegrarme de ser gay.
Me atraganto de la risa.
—También estás soltero —replico.
—No por gusto. —Me lanza una mirada acusadora—. Si pudiera, me haría un perfil en cualquier aplicación de citas sin dudarlo. Nadie se atrevería a deslizarme a la izquierda. ¿Has visto qué pómulos tengo? Hasta los heteros caerían rendidos ante mí.
Los dos nos reímos mientras presume de estructura facial, que lo cierto es que sí que da un poco de envidia.
Entonces se da golpecitos en la barbilla, pensativo.
—¿Y si dejara la Fórmula 1, me hiciera influencer y nos pusiéramos a viajar juntos por el mundo? Seamos sinceros, tendría un montón de visualizaciones, y tú podrías llevarme todo el rollo de las relaciones públicas.
Suelto una carcajada escandalosa.
—¿Conque ahora ni siquiera os escondéis para follar? ¿Es que no podéis dejarme tranquilo ni un segundo? —La voz irritada de Jax nos sorprende.
Me vuelvo bruscamente hacia él con una sonrisa radiante, para contrarrestar su mal humor.
—¡Te has perdido la mejor parte! Elías hace una especie de magia con la lengua a pesar de que tengo literalmente toda la ropa puesta.
—Es broma. Solo estábamos viendo una peli, tranquilo. —Elías pone una distancia prudencial entre nosotros.
—Lo que tú digas. Sois unos putos raritos. —Jax entra en su cuarto y cierra la puerta.
Elías hace una mueca.
—Ups. Don Cascarrabias ha vuelto a las andadas.
Recojo las piernas bajo mi cuerpo.
—Parece mentira que ni después de un par de cervezas se relaje un poco. No entiendo por qué no para de pensar que estamos liados.
—Bueno, es que tú eres un pibón y yo estoy buenísimo. No creo que sea tan raro sacar conclusiones precipitadas sobre nosotros.
Me río.
—Pero tampoco hace falta que se ponga así. Una cosa es que le moleste, pero soltar un comentario desagradable cada vez que nos ve ya es pasarse.
—No tiene mucho misterio.
—¿Qué quieres decir? —susurro, por si Jax nos estuviera oyendo.
—Se muere por tus huesos.
—Si con eso te refieres a que se muere por ver mis huesos bien enterrados, sí, efectivamente.
—No, no digo eso. ¿No has notado cómo te mira siempre desde la otra punta del garaje? Jax Attack puede decir lo que quiera, pero su cuerpo opina otra cosa muy distinta. Creo que eso le enfada aún más, porque quiere lo que no puede tener.
Alzo las cejas.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Reconozco a un tío con una erección cuando lo veo. Es una experiencia un tanto incómoda avistarle ajustándose los pantalones cuando te inclinas para cotillear mi coche.
Me tapo la boca con la mano para sofocar la risa.
—No puedes decirlo en serio.
—Sé que te costará creerlo, pero el soltero menos deseable del Reino Unido está coladito por ti.
—Me cuesta creerlo porque se porta como un capullo demasiado a menudo para pensar que es capaz de albergar sentimientos.
—La pregunta importante es: ¿te parece atractivo? Eso sí que me interesa. —Elías sube y baja las cejas en gesto cómplice.
—Me parecen atractivos los hombres amables.
—Qué rollo, tía. Me duermo. —Hace como que se queda frito.
Le sacudo por los hombros.
—¿Quién ha dicho que sean aburridos?
—¡Yo! He tenido que sentarme al lado de varios de esos en un montón de cenas.
—En serio, ¿qué les ves de malo? —Me cruzo de brazos.
—Juan era majo, pero, por lo que me contabas, un muermo en la cama.
El pobre no sabía ni por dónde empezar contigo.
No era capaz ni de lejos de satisfacer tus necesidades de hembra alfa.
Y Pablo tenía que espabilar de una vez y marcharse de casa de sus padres.
Hasta las flores y el chocolate pierden su encanto cuando vienen de la paga de los progenitores de un tío de veinticinco años.
Miguel, el adorable y americanizado Miguel, era mucho mejor, eso te lo concedo.
Solo que era un niño de mamá que te dejó porque su madre no aprobaba que estuviera con una chica de Ciudad de México.
Te trataba como si esnifaras cocaína a diario.
—Para ser justos, la familia de Miguel era muy sobreprotectora.
—¿De qué le protegían? ¿Del sentido común?
Se me escapa una carcajada histérica.
—Vale, gracias por recordarme por qué ninguno de mis novios tenía tu visto bueno.
—Solo intento decirte que creo que le gustas a Jax y que puede estar teniendo problemas con ello. Tal vez por eso es tan borde contigo.
—Bueno, pues no me parece razón suficiente para ser tan cretino —replico—. No me va el rollo de «los que se pelean se desean». Demasiado manido y anticuado para mi gusto.
—Pero piensa en lo bien que te lo pasarías si te dejaras llevar. Me sofoco de solo imaginármelo.
Pongo los ojos en blanco y me levanto del sofá.
—Márchate, anda. Ya he tenido bastante con lo que he oído hasta ahora.
Elías se dirige a la puerta y sale al pasillo vacío. Me dedica una media sonrisa y dice:
—Acéptalo. Igual te hace falta una noche con un chico malo para darte cuenta de lo que te estás perdiendo.
—Dice un chico más dulce que una botella de ponche —repongo—. Buenas noches, que tengas bonitos sueños.
—Una amiga de verdad me desearía sueños guarros. Cuanto más guarros, mejor.
Me río por lo bajo mientras cierro la puerta. Los sueños guarros están bien para tener orgasmos, pero van fatal para el corazón. Lo siento, Elías, pero Jax Kingston no es precisamente lo que me ha recetado el médico.
A juzgar por el rendimiento en la pista de la pasada temporada, no me esperaba que Jax hiciera pleno de podios en lo que llevamos de la actual. No aparto la vista de él mientras sale del monoplaza después de quedar segundo en el Gran Premio de Miami.
El muy engreído lo ha conseguido. Se ha colado entre Noah y Santiago, que ya es un gran logro en comparación con cómo se tomaba las carreras el año pasado.
—Joder, ¿por qué no puede hacerlo como el culo este año? Te ordeno que dejes de ayudarle. Sinceramente, no sé si puedo soportar este nivel de traición por parte de mi mejor amiga. —Elías me envuelve en un abrazo y me estrecha contra su mono de carreras sudado.
—¡Dios, apártate! Hueles fatal. —Arrugo la nariz y finjo una arcada.
—Es el olor del amor y el trabajo duro. No lo entenderías, con la vidorra que llevas ahora de jets privados y hoteles cinco estrellas.
—Me has pillado. No trabajo nada de nada estando día sí, día también con tu adorable compañero de escudería —replico, sacándole la lengua.
—Elena, necesito que me ayudes con una cosa —nos interrumpe de pronto la voz malhumorada de Jax.
—El deber me llama. —Giro sobre mis talones y me planto delante de él—. ¿Me necesitabas?
—Sígueme. Tengo que hacer unas movidas antes de que volemos esta noche, y no puedo quedarme de brazos cruzados perdiendo el tiempo mientras tú tonteas con Cruz.
—Claro, genial —contesto, arrastrando las palabras. Cualquiera podría pensar que, después de haber conseguido otro podio, Jax estaría de mejor humor, pero no.
Qué equivocada estaba.