Amor en pole position (Dirty Air 3) 10. Elena #2
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10. Elena #2

—Si tuviera que adivinar, apostaría un riñón a que te gusta tener un montón de muñecas de porcelana mirándote mientras haces el misionero. Bua, te pega muchísimo lo de las muñecas, hasta pareces una de ellas: pequeña, espeluznante y hueca por dentro.

Me río hasta quedarme sin aliento. Por desgracia para mí, me resulta demasiado gracioso cuando dice esas cosas tan ridículas con la cara totalmente seria.

—Oh, no. Me has pillado. Creía que mi secreto estaba a salvo, pero no has tardado ni dos meses en calarme. Llevo siempre una muñeca en el bolso por si surge la ocasión.

—Ya... Sabía que eras una rarita. —Sigue leyendo en el móvil—. Mmm... Aquí pone que los virgo soléis sufrir en silencio.

—Entonces ya tenemos algo en común —repongo.

La mirada asesina que me lanza me hace sentir como si alguien me estuviera pasando un cubito de hielo por la columna vertebral.

—Para sufrir, tendría que sentirme culpable y, si pretendes que admita que me sabe mal haberte cabreado, vas lista. Que McCoy te haya contratado para ayudarme no significa que yo tenga que ponértelo fácil.

—No me intimidan los retos. —Alzo la barbilla bien alto. Se cree que puede amedrentarme, pero yo ya he visto lo peor de la gente—. Buena suerte intentando hacer de mi vida un infierno. Aguanto bien el calor.

Jax se aparta de mi camino para que pueda ir a la cocina. Pongo en marcha a toda prisa la cafetera del hotel, desesperada por tomar algo que me active. Necesito toda la ayuda posible para aguantarle cuando se ha levantado con el pie izquierdo.

Él frunce el ceño mientras se apoya en la encimera.

—Cada vez que creo que por fin he dicho o hecho algo lo bastante horrible para que me des por perdido y te vayas, me sorprendes quedándote. ¿Por qué lo haces?

—Si me rindiera solo porque te rías de lo que hago, tendría que replantearme mi carrera profesional. Supéralo ya, he venido para quedarme.

—Eso es justo lo que me da miedo de ti. —Veo de nuevo en sus ojos ese atisbo de vulnerabilidad, pero desaparece tan rápido como ha venido—. Bueno, te dejo a lo tuyo. Tengo que ir a terminar de prepararme.

No puedo apartar la vista de Jax mientras se aleja. ¿Por qué le doy miedo?

A decir verdad, es él quien me da miedo a mí. No tengo ni idea de cómo gestionar sentirme atraída por la única persona que no puedo y no debo desear.

—¿Dónde has estado escondiendo esto las últimas semanas? Cuando me has dicho que íbamos a ir en un jet privado no me imaginaba... esto. —Me quedo mirando el elegante avión de Jax, negro y reluciente bajo el sol del mediodía.

—Mi padre tuvo que cogerlo por cosas de trabajo, pero ya nos lo quedamos nosotros para el resto de la temporada.

No te acostumbres, eso sí. El tiempo pasa volando y pronto volverás a los aviones comerciales con comida apestosa y niños gritones.

—Se contonea por la alfombra que conduce al avión como si fuera una pasarela de moda, dando vueltas sobre sí mismo con sus Dr. Martens.

—¿Acabas de soltar un chiste malo? Qué impropio de ti —comento, sin poder parar de mirarle el culo.

No recuerdo cuándo fue la última vez que me quedé tanto rato admirando cada parte de un hombre, desde sus piernas largas con muslos definidos hasta sus brazos musculosos, contraídos de arrastrar el equipaje.

—Los ojos los tengo aquí —me suelta Jax, chasqueando los dedos delante de su cara.

Levanto la vista y me encuentro con su mirada marrón verdosa.

—Lo sé, solo estaba mirando la alfombra. Negra, a juego con tu alma, ¿no?

—Ya lo vas pillando.

Teniendo en cuenta que Jax es el equivalente humano a un cubo de Rubik, no, no lo voy pillando ni por asomo.

—Lo siento. Insinuar que tienes alma sería admitir que tienes remedio, pero no. Eres como mis muñecas: frío y hueco por dentro.

Se da golpecitos en el pecho con un dedo tatuado.

—Sobre todo frío aquí dentro, en el corazón. Tienes suerte de que me importe tanto mi carrera, porque, si no, te pondría de patitas en la calle en menos de lo que canta un gallo.

Suelto una carcajada estridente.

—No me quedaría en la calle por mucho que quisieras, porque podría trabajar para gente que realmente quiere mi ayuda, en lugar de con un capullo con ínfulas que actúa como si fuera un regalo del cielo.

Aunque lo cierto es que sí que perdería un trabajo en el que me pagan el doble de lo que suelo ganar. Pero al menos no estaría a unos meses de que me saliera mi primera cana.

—Elena, querida, eres demasiado evidente. Se nota que te gustan nuestros rifirrafes. Aunque no te voy a mentir, ese tipo de sadomasoquismo es un rasgo de personalidad muy interesante.

—Lo que me pide mi personalidad es meterte un tacón por el culo, pero me controlo. Y tengo que lidiar a diario con tíos aún más imbéciles detrás de cámaras en las ruedas de prensa.

—¿Ese es el fetiche del que hablábamos antes? —Jax se ríe cuando suelto un gruñido de frustración.

Subimos las escaleras para montarnos en el avión y saludamos al piloto. El interior del jet da un poco de mal rollo. Es todo negro, desde las sillas de cuero hasta la moqueta del suelo y las paredes.

—¿Esto es tuyo? —musito.

—Eso me dice mi contable. ¿Por qué? —Jax se deja caer en uno de los asientos del capitán.

—Es tan...

—¿Deprimente?

Admito con la cabeza.

—Pensaba que tratándose de algo tan caro sería más acogedor —explico.

—Me gusta el negro.

—Es como estar en un ataúd volador.

Jax me fulmina con la mirada.

—Bastante adecuado, teniendo en cuenta que estoy de luto por la muerte de tu carrera profesional.

—Un luto un poco prematuro, ¿no crees?

Él se encoge de hombros, coge los cascos de su mochila y se pone a mirar el móvil. Yo me siento en el otro extremo del pasillo. Jax sigue absorto en lo que sea que está haciendo, ignorando mi presencia.

Saco la caja de un puzle de mi bolso y la coloco en la lustrosa mesa que tengo delante.

Cuando me comentó que volaríamos en jet privado, le pregunté si podía comprar un par de cosas para mantenerme entretenida durante los vuelos que nos esperan.

Me miró de una forma un poco rara y me dijo que hiciera lo que quisiera.

Separo las piezas que tienen borde liso de las piezas normales. La tarea me calma; me sumerjo en el proceso de clasificación.

Entonces siento una especie de cosquilleo en el cuerpo.

Me doy la vuelta y me encuentro a Jax mirándome fijamente con una leve sonrisa en lugar de su habitual cara de pocos amigos.

Las mejillas se me sonrojan al instante.

Me sostiene la mirada cuando nuestros ojos se encuentran y me atrapa en una hipnosis temporal.

Siento como si quisiera abrirse a mí durante un instante, enseñarme una versión distinta de la que llevo viendo estas últimas semanas.

Hay algo en su forma de mirarme que me persuade a invitarle.

—¿Quieres que lo hagamos juntos? —le propongo, enseñándole una pieza del puzle.

Él niega con la cabeza y vuelve a fruncir el ceño.

—No.

Mi sonrisa se desvanece.

—Vale. —Me giro hacia la mesa y retomo la tarea.

—Tal vez la semana que viene —dice en un susurro tan bajo que me hace pensar si no lo habré oído mal.

No contesto nada. Acepto su oferta de paz confiando en que ponga de su parte, aunque solo sea estando en silencio trabajando juntos.

La mente de Jax no se parece en nada al puzle de mil piezas que tengo delante de mí.

Él es mucho más difícil de armar, y por momentos me hace pensar si merece la pena el intento.

Me paso lo que se me antojan horas organizando las piezas por colores. La impresionante foto de los globos aerostáticos se ríe de mí, con tantos tonos alegres y ese día tan soleado. Siento una opresión en el pecho al contemplar la belleza del festival.

Me da cierta envidia la libertad de estos globos. No se ven lastrados por el peso de las responsabilidades y el pasado, como me ocurre a mí.

No sé qué me llevó a elegir este puzle. Cuando estamos a punto de aterrizar, me prometo que algún día iré a un festival de globos aerostáticos. No por lo bello o por lo curioso que es, sino porque quiero que simbolice que por fin estoy pasando página.

Del pasado. Del dolor. Del vacío que siento cada vez que pienso en el futuro.