Amor en pole position (Dirty Air 3) 10. Elena
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10. Elena

Elena

Me meto en el ascensor del hotel con mi bolsa de comida para llevar. Jax me ha dicho que se quedaría en la habitación mientras yo salía a por mi cena. Cuando el ascensor se para en la planta de nuestra suite, sé que algo va mal por la música que retumba por el pasillo.

Mi frustración aumenta según me voy acercando a la puerta y caigo en la cuenta de que mi cliente ha decidido aprovechar sus treinta minutos de libertad.

Entro en la suite, que está a oscuras y llena de cuerpos. El sonido resuena en unos altavoces que no estaban presentes antes de que yo me marchara.

Genial.

Parece una fiesta de estrellas del rock. Un montón de cuerpos bailan al son de la música, que atruena a un volumen que viola las políticas del hotel. Me muevo a través de ellos mientras busco al culpable de todo esto.

No tardo mucho en encontrar a Jax, sentado en un sofá con una botella de whisky en la mano mientras una mujer intenta hablarle. Se inclina hacia él y le susurra algo en el oído al tiempo que le pasa la mano por el bíceps.

Pongo los ojos en blanco. La irritación se ve remplazada por la rabia cuando veo que Jax sigue sin percatarse de mi presencia. Le arrebato la botella de whisky y por fin levanta la vista hacia mí, apático y frío.

—Mira quién está aquí.

—Quiero a todo el mundo fuera ya. —Mantengo un tono de voz inquietantemente calmo a pesar de la ira que bulle en mi interior.

—Bonita, no seas aguafiestas. Hazme el favor y vete a tu cuarto, si no te importa.

En lugar de discutir con él, me giro y voy a mi habitación a toda prisa para serenarme antes de estallar. Entro en el baño y vierto el contenido ámbar de la botella por el desagüe del lavabo.

—No le mates —me digo a mí misma—. No le mat...

Alguien grita en la distancia algo sobre unos chupitos.

—Vale, le voy a matar. —Agarro la botella con más fuerza mientras la agito para que caigan las últimas gotas.

—¿Por qué estás tirando alcohol del bueno? —La voz ronca de Jax me sorprende.

—Porque se ha acabado la fiesta por esta noche. Me da igual que hayas vuelto a hacer podio, no deberías celebrarlo así. —Dejo la botella vacía sobre la encimera del lavabo.

Él me deja espacio para que pase por su lado, no sin comentar:

—Tienes un tic en el ojo.

—Pues por lo visto, cuando eso ocurre, lo mejor es salir corriendo. Tú incluido. —Cojo el móvil y busco las mejores discotecas de Baréin.

Después de encontrar la adecuada, llamo al teléfono.

Le repito los datos de la tarjeta de crédito de Jax a la encargada del club porque tiene que aprender una lección.

Al principio de la temporada, me dio su permiso para usarla si era necesario para realizar mi trabajo, y esta es una de esas ocasiones. Le estoy salvando de sí mismo.

Los labios de Jax forman una O cuando cuelgo. Salgo de mi habitación sin esperar a ver si la fuente de mis frustraciones me sigue. Cojo los cables del altavoz y les doy un tirón, haciendo que la estancia se quede en silencio.

—Ah... Mucho mejor así. —Atravieso la sala de estar y enciendo las luces, ganándome quejidos de los asistentes a la fiesta ilegal.

Voy hasta la mesita de café que hay en el centro del salón, me subo a ella y anuncio:

—Me gustaría invitaros a todos al Club XS para celebrar la épica carrera de Jax. Las primeras veinte personas que lleguen tendrán barra libre gratis toda la noche por cortesía del mismísimo piloto.

La habitación se queda vacía en cuestión de minutos, con la gente atropellándose entre sí para salir por la puerta. Ni siquiera las grupis pueden resistirse a la tentación de entrar en una de las discotecas más exclusivas sin pagar un duro. Me reiría si no estuviera tan cabreada.

Echo un vistazo a la suite. Vasos de plástico en el suelo, encimeras repletas de botellas de alcohol y restos de un polvo blanco que no tengo ninguna intención de limpiar. Un billete de cinco euros enrollado a su lado delata el tipo de vida desenfrenada que llevan los ricos impúdicos.

Mientras tanto, Jax está rezagado en una esquina, observando mi reacción. Su mirada oscila entre la encimera y yo, y se defiende:

—No me he drogado. Solo he bebido hasta estar un poco contentillo porque no me veía capaz de pillar un ciego.

En lugar de gritarle, cojo una papelera y me pongo a limpiar el estropicio. Me lleva diez respiraciones profundas reunir unas cuantas palabras para expresar lo que siento.

—No debería hablar cuando estoy así de enfadada.

—Siendo justos, solo me has dicho que no podía salir. No has mencionado que no pudiera venir gente.

Las siguientes inspiraciones no consiguen calmar mi corazón cada vez más acelerado.

—¿En serio estás tratando de justificar esto?

—Hago un gesto con la mano al desastre que nos rodea—.

Me paso los siete días de la semana intentando ayudarte a mejorar tu imagen y que parezca que eres una persona con la cabeza amueblada, pero salta a la vista que es mentira, a juzgar por cómo te empeñas en tirar por la borda todos y cada uno de mis avances.

Adecento el salón en silencio, ignorando a Jax, que se pone a ayudarme. Incluso limpia los restos de droga de la encimera.

—Creía que me haría sentir mejor. —Tira un vaso de plástico en la papelera que llevo en la mano.

—¿Y cómo te ha salido?

—No he sentido nada. Con toda la gente que había, yo no podía hacer más que quedarme mirando la puerta, esperando.

Me quedo de piedra, sin acabar de entender su confesión.

—¿Por qué?

—¿Por qué no sentía nada?

—No. ¿Por qué mirabas la puerta?

A sus ojos asoma un atisbo de una vulnerabilidad que no estoy acostumbrada a ver en él.

—Te estaba esperando a ti. Porque, cuando te tengo cerca, siento algo.

—¿El qué? —Mi susurro ronco rompe el silencio. Por cómo actúa últimamente, no sé si lo que siente hacia mí es bueno o malo.

—No lo sé. Y no sé si quiero descubrirlo.

Siento una opresión en el pecho que hace que me cueste respirar. No tengo la oportunidad de preguntarle a qué se refiere, porque se encierra en su cuarto y me deja ahí, recogiendo otra vez sus platos rotos.

Al abrir los ojos, veo el sol asomándose entre las cortinas. Apago la lamparita de noche antes de estirarme en la cama. Como cada mañana, cojo la foto enmarcada de mis padres y rezo una oración rápida. La dejo en la mesita y me vuelco en mi rutina matinal de apagar todas las luces de la habitación.

Me da un poco de vergüenza admitir que todavía no soy capaz de dormir a oscuras.

No soporto sentir las sombras acechándome por la noche, trayéndome a la mente los recuerdos que no puedo olvidar.

Algún día dormiré como una chica de veinticinco años normal.

Hasta entonces, seguiré dejando las luces encendidas, porque al menos así mantengo a raya las pesadillas.

Al abrir la puerta de mi cuarto, me doy de bruces con el cuerpo de Jax.

Suelto un chillido al perder el equilibrio.

Para evitar caerme, me sujeto en su pecho.

Un pecho fuerte, tatuado y sin camiseta que no me importaría explorar.

Un pecho que pertenece a un hombre capaz de enfurecerme con solo abrir la boca.

—Vaya, venía a ver si seguías viva. Qué vergüenza. Por un momento creí que te habías asfixiado mientras dormías, pero ya veo que no soy tan afortunado.

De algún modo, las dos neuronas que tengo activas antes de tomarme el café logran juntar algunas palabras mientras aparto las manos de su torso.

—Santo cielo, ¿has confundido las vitaminas con unas pastillas que te vuelven gilipollas o qué te pasa? —Le pego un repaso de arriba abajo antes de fijar la vista en su cara.

¿Qué hacía esperando en mi puerta? ¿Por qué está desnudo de cintura para arriba? ¿Y por qué narices tiene que estar tan bueno? Nadie debería ser así de guapo a las siete de la mañana. Es una infamia.

Se le contrae el labio.

—No. Esta actitud no requiere de ningún tipo de suplemento —replica—. Venía a despertarte porque no quiero que perdamos nuestro vuelo.

Inhala de golpe cuando alargo la mano para pasar los dedos por un tatuaje de una constelación que no conozco.

—Mmm... —Sigo el trazo de las estrellas, intentando encontrarle sentido a la reacción de mi cuerpo ante él.

Es un misterio que no alcanzo a comprender.

Nunca me han gustado los tíos beligerantes, pero aquí estoy, tocándole en un gesto tremendamente íntimo.

Una caricia de amantes, cuando no somos nada de eso.

—Soy géminis —me aclara, soltando el aire suavemente, con la piel erizándosele por donde pasan mis dedos.

Interesante. Me invade una sensación de euforia al ver que le afecto de la misma manera que él a mí. Al menos mi atracción se ve correspondida.

—Eso explica muchas cosas —contesto.

—Cuéntame —dice con un tono divertido.

—Eres... temperamental.

Mis dedos se deslizan como por voluntad propia a un conjunto de mariposas que tiene en el costado.

Sus músculos se contraen ante el contacto.

Es curioso; puede que se muestre frío y cortante, pero las delicadas mariposas de su piel sugieren que hay otra versión que desconozco.

Y que tal vez no llegue a conocer nunca, dado que se niega a entablar nada parecido a una amistad conmigo.

—¿Cuál es tu signo? Ahora me toca a mí juzgarte a ti, me lo debes por estar sobándome con tanto descaro.

Me apresuro a alejar las manos de su cuerpo, demasiado abochornada para prestar atención al extraño hormigueo que siento en los dedos después de tocarlo.

—Virgo. El mejor.

—Me da a mí que no eres imparcial. —Se saca el móvil del bolsillo y teclea algo—.

Mira. Analíticos, observadores, sarcásticos, criticones...

Ah, e incluso pone cómo sois los virgo en la cama.

Dice que te gusta una buena ronda de preliminares y que puede que tengas varios fetiches.

Ahora me ha entrado curiosidad, ¿qué cosas raras te ponen?

—¿Aparte de los tíos que me tratan con respeto? ¡Qué desvergonzada! —exclamo llevándome la mano a la boca.

Él se ríe con una carcajada tierna que no tiene nada que ver con su hosca personalidad.