9. Jax
Jax
Para sobrevivir a las dos primeras carreras he tenido que tomarme un Trankimazin cada noche y hacer un montón de ejercicios de respiración.
La preparación de la tercera carrera está siendo dura, y estoy más insufrible que de costumbre porque no soporto que Elena sea omnipresente en mi vida. Cuanto más tiempo paso con ella, más me cuesta contener las ganas de saberlo todo sobre esa mujer.
Podría decir que es culpa del Gran Premio de Baréin, pero sería una pobre excusa para el grado de irritabilidad que manejo. Me siento dividido, frustrado. Me asusta tener a alguien como Elena conmigo día y noche.
Intento dejar a un lado estos pensamientos, porque hoy es el día de la clasificación. Siento un hormigueo de anticipación por todo el cuerpo antes de la tercera carrera del campeonato.
Mi coche resplandece bajo las luces del box, plateado y con ruedas nuevas.
Los coches de McCoy son de lo mejorcito, y los ingenieros se dejan la piel para diseñarlos minuciosamente para que puedan conseguir consistentemente posiciones de podio.
Liam y yo lo petamos durante un par de temporadas antes de que se marchara a otra escudería tras enamorarse de Sophie.
Por primera vez en años, me siento con confianza en el garaje. Cuando mi amigo estaba aquí, McCoy se centraba en darle a él las mejores estrategias. Liam aguantaba bien la presión, mientras que yo siempre he sido una bomba de relojería a punto de explotar.
Pero, ahora que él se ha ido y que mi nuevo compañero viene de una escudería de tabla baja, por fin tengo la oportunidad de ganar el campeonato mundial. Lo único que tengo que hacer es gestionar la ansiedad y la irritación que me causa mi indeseada compañera de habitación.
Elías está al lado de su coche con Elena. Antes no me caía nada mal, pero ahora no sé qué pensar. No para de ligar descaradamente con ella delante de mí, y preferiría clavarme una aguja en el ojo antes que ver cómo acaban juntos.
Mi aversión a la idea no se debe a los celos. El guaperas de Elías tiene pinta de poder ofrecerle todo lo que se merece alguien como ella, una vida relajada con risas, buen rollo y un montón de palabras bonitas que no soy capaz ni de nombrar, y mucho menos de experimentar por mí mismo.
«Vale, puede que un poco celoso sí que esté. Pero me la suda».
Me esfuerzo en la medida de lo posible por ignorar a Elena, pero de vez en cuando la miro de reojo.
El tira y afloja constante que tenemos entre nosotros me resulta jodidamente adictivo.
Mi miembro reacciona bajo el mono de carreras, incapaz de apartar la vista del vestido que lleva hoy.
Parece hecho a medida para ella, ciñéndose en los lugares que me gustaría acariciar.
Elena se acerca a mí, frustrando mis planes de evitarla.
—Ey. ¿Cómo te sientes de cara a la carrera de hoy?
—Con ganas de hacer morder el polvo a mis rivales. —Los labios se me curvan en las comisuras al imaginarme a Elías viéndome celebrar desde un lateral del podio.
—Esa sonrisa debería preocuparme.
—No, esta precisamente no es la que debería preocuparte a ti. Para eso tengo otra reservada.
Pone los ojos en blanco.
—No me das miedo.
—¿Y qué te da miedo entonces? —«¿Qué cojones estás haciendo? ¡Para de intentar conocerla, imbécil!».
—Alguna que otra cosa. Pero sobre todo el arrepentimiento —contesta, y abraza su iPad con más fuerza.
¿Cómo es posible que una sola palabra me pese tanto? Me cruzo de brazos y ella da un respingo, como saliendo de su ensimismamiento.
—Qué movida, González. En cambio, a mí me dan pánico las arañas. Putos bichos asquerosos, con esos ojillos brillantes... ¡Y encima pueden saltar!
Mi respuesta le saca una risa incómoda. Se aparta el pelo oscuro de la cara y me llega un aroma que he terminado reconociendo como característicamente suyo.
—Creo que nunca habría dicho que te daban miedo las arañas.
Me doy golpecitos en la barbilla, reflexivamente.
—Puede ser porque las cosas que piensas de mí no podrían estar más lejos de la realidad.
—¿Estás diciendo que eres mejor de lo que me imagino?
—No. Soy mucho peor.
Elena echa la cabeza para atrás, mirándome de lleno con sus ojos tiernos y una leve sonrisa.
—Solo te falta un cielo oscuro, un relámpago y un trueno amenazador para completar tu presentación perfecta de villano.
—Por fin lo vas pillando —replico, juntando las manos—. Siempre me han gustado las entradas grandiosas.
—Y por eso estoy aquí, para que no termines haciendo una salida grandiosa.
Suelto un silbido.
—Eres rápida con las respuestas, ¿eh?
Elena esboza una sonrisa de oreja a oreja.
—Gracias. Mi abuela me ha enseñado bien. Es la reina de las réplicas.
Definitivamente debería preocuparme que se me ponga dura cada vez que se le nota el acento español.
—Por cómo hablas de ella, creo que me daría miedo conocerla. Si ella es la reina, ¿tú qué eres?
—Un peón.
—Me da que tienes que refrescar tus conocimientos de ajedrez. Nadie quiere ser el peón. Pero supongo que encaja. Pareces blanda, como si nunca hubieras tenido que enfrentarte a una adversidad real y no estuvieras lo bastante curtida para lidiar con los pesos pesados del tablero.
—Comentarios como ese son el ejemplo perfecto de por qué me gustan los peones. Son las piezas más infravaloradas. —Levanta la vista hacia mí y me provoca con una sonrisa.
Que les den a ella y a esos ojos relucientes con motitas marrones y doradas que me embelesan.
—Entonces, dime, ¿por qué quieres ser uno?
—Porque en la vida real no comenzamos siendo los más fuertes. La clave está en superar las pequeñas batallas. Cuando un peón llega al otro lado, puede convertirse en una reina. Y así quiero ser yo: una persona que acaba siendo más fuerte que cuando empezó.
Sus palabras me afectan más de lo esperado. No puedo seguir resistiéndome a conocerla.
—¿Y qué pasará cuando te conviertas en reina?
Se le escapa una risita por lo bajo.
—¿Qué ocurre cuando alguien se convierte en reina? Que el mundo está bajo su control. Bueno, mi mundo al menos.
Aparto la vista, inquieto ante el hecho de estar disfrutando de su compañía más de la cuenta.
—Has demostrado ser una rival digna.
Ella ladea la cabeza y frunce el entrecejo.
—¿Por qué me asusta preguntar a qué te refieres con eso?
—A que la evolución nos ha dotado a todos los humanos de una reacción de lucha o huida.
—¿Estás insinuando que debería huir de ti?
—No. Eres pura lucha, y eso es lo que te vuelve peligrosa —contesto con fingida indiferencia, a pesar de que mi propio instinto me urge a salir corriendo lejos de ella.
Es una sensación profunda de que no debería estar pasando esto, porque no puede salir nada bueno de aquí.
Una sensación a la que necesito aferrarme, por el bien de la poca cordura que me queda.
No quiero que me caiga bien, no quiero que me guste. Dios, no quiero desearla como un tonto enamorado que solo piensa con la entrepierna. Y, por encima de todo, no quiero dejarla entrar en mi cabeza y en mi corazón.
Donde alguna gente tiene mecanismos de defensa, yo tengo armas de destrucción masiva.
Y, como cuando estalla una bomba, las consecuencias no se pueden revertir.
—Nos sentimos muy orgullosos de ti. Estás teniendo un rendimiento brutal este año —me dice mi padre, entusiasmado, por teléfono.
—Nadie daba un duro por mí esta temporada —comento mientras doy vueltas por el garaje, puliendo algunos detalles con los mecánicos después de las rondas de clasificación.
—Nosotros sí. Sabíamos que darías batalla en cuanto Liam se fuera. Le tenemos mucho aprecio, pero no podemos evitar alegrarnos por ti. Quiero decir, ¡has hecho una clasificación increíble! ¡Estás que te sales! —La voz de mi madre se oye más alta ahora, como si mi padre le hubiera pasado el móvil.
—No me eches tantas flores, mamá. Elena no va a poder pararme los pies como sigas dándome alas.
—¿Quién es esta tal Elena? Ya la has mencionado un par de veces —inquiere mi padre.
—Habló con ella la semana pasada, cuando tú te fuiste al baño. Creo que a Jax le gusta —le explica mi madre en un intento de susurro, pero el micrófono del teléfono lo capta todo.
—¿Deberíamos investigar su historial, asegurarnos de que es de fiar? —propone mi padre en una voz igual de baja.
Me lo imagino frotándose el entrecejo mientras se plantea contratar a un detective privado. Será mejor que calme las aguas antes de que se les vaya la pinza.
—Espero que sepáis que os estoy oyendo. No saquemos las cosas de quicio. Elena no me gusta, y a mí no me haría ni pizca de gracia que alguien husmeara en mi pasado, así que dejad el suyo tranquilo.
—Ya veo. Está colado por ella. —Mi padre se ríe.
—¿Me estáis vacilando? ¿Qué mosca os ha picado hoy? Apenas la conozco, claro que no me gusta. De hecho, es justo al revés de como os pensáis: no la soporto.
Mi madre suelta una risita por lo bajo.
—Del odio al amor hay un paso. Va a ser una historia genial que contar cuando la gente os pregunte cómo os enamorasteis.
Exhalo un suspiro hastiado.
—¿Quién ha dicho nada de amor? Es mi agente de relaciones públicas, por el amor de Dios. Llevo con ella tres semanas.
Tres semanas de conversaciones acaloradas y malas reacciones.
Días llenos de tensión palpable que ninguno de los dos hace nada por calmar, lo cual no hace sino causar más momentos incómodos.
Mañanas de pezones marcados que me provocan mientras se prepara el café.
Noches de ella tirada en el sofá exhibiendo bien de pierna y yo muriéndome de ganas de agarrárselas y explorarle el cuerpo entero.
Y, lo peor de todo, horas repletas de sus risas despreocupadas y sus respuestas ingeniosas.
Me encanta oír sus ocurrencias, y por todo eso cada día que pasa crece más la inquietud que siento en mi interior.
Básicamente, vivir con Elena es como achicar agua en un barco a la deriva en medio del océano: peligroso, inútil y en constante riesgo de hundirme al fondo del mar.
—Las madres se dan cuenta de este tipo de cosas.
Agarro el móvil con la mano sudorosa.
—Papá, por favor, controla a tu mujer. Está delirando.
La carcajada de mi padre suena como un trueno.
—¿Por qué querría controlar lo que la hace especial? Es como pedirle al sol que deje de brillar.
Presenciar su amor me provoca náuseas. No porque no me guste que se quieran, sino por la amargura que me invade el corazón al saber que mi madre pronto no podrá vivir esos momentos. Mi padre se marchitará con ella según su enfermedad vaya avanzando, y él también perderá una parte de sí mismo.
No me esperaba que me llamaran para felicitarme, y me ha hecho mucha ilusión, pero al mismo tiempo me reconcome por dentro. Odio tener que fingir que estoy bien a pesar de la extenuante batalla mental que libro semana tras semana.
En lugar de compartir mis inquietudes, me las callo.
—Voy a colgar antes de que me quitéis el apetito. Cuando os llame mañana, intentad no poneros a ligar tan abiertamente. Es repugnante.
Mi madre se ríe por la nariz.
—Igual no te vendría mal ligar a ti con una buena chica, así no te resultaría tan repulsivo. Incluso podrías tener una cita como Dios manda, y no lo que sea que haces con las mujeres normalmente.
Mi padre la interrumpe.
—No hagas caso a tu madre, solo quiere tomarte el pelo.
Suelto una carcajada.
—Vale. Aun así, tengo que irme ya, antes de que venga Elena a darme la turra con que voy a llegar tarde a la rueda de prensa. Hablamos mañana.
Cuelgo en cuanto mis padres se despiden. A pesar del sentimiento de tristeza que se me queda dentro después de hablar con ellos, les cojo el teléfono siempre porque son mi debilidad. Les quiero mucho, y quiero que mi madre sea lo más feliz posible aunque no pueda concederle su mayor deseo.
Llego a la sala de prensa con tiempo de sobra. Mis pies frenan en seco en cuanto veo a Elena y Elías hablando, y un reportero cascarrabias se choca contra mí.
Se me escapa un gruñido de irritación. Mi compañero de escudería no parece haberse enterado de que es toda mía esta temporada. Sin pensar, me acerco a ellos y me pongo al lado de Elena. Su olor me calma lo suficiente para no hacer el ridículo.
—Ah, genial. Mi persona favorita —suelto mientras miro fijamente a Elías.
—¿Y entonces yo qué soy? —interviene ella con una sonrisa de suficiencia y cruzándose de brazos.
Mis ojos le echan apenas un vistazo con fingida desgana a pesar de que me encantaría examinar su cuerpo de la cabeza a los pies.
—El infierno en persona.
—Al menos te pongo a sudar —replica.
Elías se ríe hasta el punto de doblarse sobre sí mismo.
Los puños se me cierran por voluntad propia.
—¿No puedes hacer tu trabajo en lugar de ponerte a tontear con mi compañero?
—Ay, madre... —Él suspira.
—Curioso. No sé cómo hacen los celos para conseguir siempre que la gente haga las mayores tonterías. Como marcar territorio cuando no hay amenaza alguna a la vista. —Elena frunce los labios.
—No estoy marcando territorio. Solo estoy exponiendo los hechos. —Le doy un toquecito en la nariz arrugada.
—Ten cuidado, Kingston. Como sigas así, voy a acabar pensando que te importa alguien aparte de ti mismo.
Sus palabras no calman en absoluto mi creciente agitación. Claro que me importan otras personas, como mis amigos y mi familia. ¿Quién se cree que es para juzgarme así? Me muerdo la lengua y paso rozándole el hombro a Elías para sentarme al lado de Noah.
—¿Qué pasa, tío? Por un momento he creído que ibas a montarles un pollo a esos dos. —Noah me analiza la expresión antes de volver a mirar de reojo a mi compañero y a Elena, que siguen cuchicheando en un rincón.
Si las miradas mataran, Elías estaría en el suelo rodeado de vísceras. Pero devuelvo la atención a mi amigo, que no logra ocultar su sonrisilla chulesca.
—Es que parece no enterarse de nada. Han contratado a Elena para que me ayude a mí, no para que pase el rato con él. —Me quito una pelusa de los vaqueros negros.
—¿Por qué te molesta que hable con ella?
—Porque conmigo siempre está a la que salta, pero con Elías es todo sonrisas y buen rollo.
—Te da celos su relación.
—Su relación de amistad.
Noah echa la cabeza para atrás y se ríe.
—Eso. Su relación de amistad. Ya es mala suerte lo tuyo con Elena. Pero ¿qué esperas? Dudo que se arriesgue a perder su trabajo por un lío de una noche contigo.
—¿Qué quieres que haga? Tampoco puedo fingir que no me la quiero tirar.
Él se cruza de brazos.
—Si solo quieres tirártela, ahórratelo. Creo que ya has cometido suficientes errores a lo largo de tu vida. Así que sí, esta vez te toca quedarte con las ganas. Déjala hacer su trabajo y no la molestes más.
Que les den a Liam y a él por cargarse nuestra rutina de follar con cualquiera y pasárnoslo bien durante la temporada. Ahora no me queda otra que intentar evitar más crisis de imagen pública y a mi seductora compañera de habitación mientras mis amigos se entretienen besuqueando a sus novias.
Me hallo en un camino de autodestrucción que no parece tener fin. Y, por lo visto, a las penas les gusta la compañía; yo la he encontrado en la botella de whisky y las pastillas.