8. Elena
Elena
No sé cómo, pero Jax no parece oírme cuando entro en su cuarto. Voy de puntillas a la ventana, agarro las cortinas y las abro con un gesto teatral.
—¡Buenos días!
Un gruñido extraño sale de su boca mientras le da la espalda a la luz.
—Pero ¿qué coño...?
—Ya es hora de levantarse. Tenemos un día muy largo por delante.
—¿No puedes irte y volver dentro de unas horas? O, mejor aún, vete y no vuelvas. —Coge una almohada y se tapa la cabeza con ella. Su voz suena áspera, por estar recién despierto.
Aprovecho la oportunidad para admirar su espalda desnuda, cubierta casi por entero de tatuajes. Los músculos tensos le crean relieves por todo el cuerpo. Mis dedos se mueren por tocarle, y estoy a punto de ceder, pero me contengo.
—Una oferta muy tentadora —replico.
—No tan tentadora como una mamada de buenos días. Así que, a menos que sea eso a lo que has venido, márchate ya. —La almohada amortigua sus palabras.
—No sabía que eras tan encantador de buena mañana.
—¿Qué quieres que te diga? Sacas lo mejor de mí —responde secamente.
Fuerzo la vista para intentar distinguir qué representan los tatuajes de sus definidos brazos. Tengo que hacer uso de todas mis fuerzas para no acercarme. Jax se incorpora de golpe y se apoya en el cabecero. Aparto la vista al instante, pero la sonrisa de su cara me deja claro que me ha pillado.
—¿Disfrutando de las vistas? Me siento halagado.
—Sí, hombre. —Pongo los ojos en blanco—. Estaba preguntándome cuánto tiempo tardaría en asfixiarte con la almohada.
—Si me dijeran que acabaría muriendo en la cama contigo, no sería precisamente eso lo primero que me imaginaría.
Agacho la vista a la moqueta del hotel mientras las mejillas se me encienden.
—No me puedo creer que beses a tu madre con esa boca.
—A ella no le importa. No es culpa mía que vivas con un Apple Pencil metido en el culo —me espeta.
Intento ignorar la forma en que sus músculos se tensan cuando se mueve, pero mi autocontrol cerca de él es limitado.
—En otro orden de cosas... Hoy tienes la primera actividad que te he organizado para ayudarte a arreglar tu imagen.
Prepárate, porque tenemos que estar allí dentro de una hora.
Y ponte ropa de deporte. —Salgo de su cuarto sin mirar atrás.
Siendo sincera conmigo misma, no me siento capaz de verle salir de la cama sin perder la cordura.
Jax se reúne conmigo en el salón veinte minutos después. Lleva puestos unos pantalones de chándal Adidas que se le pegan a las musculosas piernas y una camiseta negra que resalta su pecho tonificado.
No sé cómo se me ha ocurrido organizar un evento en el que tengo que verlo en todo su esplendor.
—¿Vas a ir así vestida? —me pregunta, mirando mi conjunto de top y leggings .
—Sí. Nos espera una jornada bien intensa.
—No me jodas —masculla para sí mientras salimos de la suite.
Su reacción me llena de un orgullo que no debería sentir. Por mucho que me gusten sus miradas a escondidas y sus provocaciones, tengo que resistirme, por su bien y por el mío.
Después de un corto trayecto en coche, llegamos a la ubicación del primer evento de Jax.
—¿Un club de boxeo? ¿En serio? —Echa un vistazo al vestíbulo con los ojos como platos y la boca muy abierta.
—¡Sorpresa! —contesto con una sonrisa de oreja a oreja—. Me han dicho que te gusta incluir el boxeo en tu rutina de entrenamiento, así que me ha parecido buena idea. Al menos demuestra que tienes más intereses aparte de tus actividades extracurriculares habituales.
—¿Estás volviendo a hacer alusión a mi vida sexual? —bromea, negando con la cabeza.
—¿Qué vida sexual? ¿La que tienes con tu mano derecha?
Los fans nos observan desde todos los rincones mientras Jax se parte de la risa. Incluso a mí me sorprende su reacción, tan alegre y desenfadada.
Recupero la compostura y le llevo a la mesa de bienvenida.
—«Luchemos contra la violencia doméstica». Bien elegido. —Me dedica una sonrisa que le hace parecer más joven, libre de las preocupaciones que le abruman más de lo que está dispuesto a admitir.
—Me pareció que era una buena causa a la que donar. He invitado a distintas personalidades de la Fórmula 1, así como a algunos empresarios locales. Todos los ingresos irán destinados a una ONG británica que proporciona apoyo y ayuda a mujeres que han dejado a sus maltratadores.
Me ha llevado bastante tiempo organizarlo todo, pero es una causa muy importante.
Veo muchos documentales, y me marcó bastante uno que iba de una mujer que relataba el calvario que le supuso tratar de escapar de su agresor.
Me prometí hacer algo al respecto y aquí estoy, contribuyendo a la causa con el dinero de mi cliente.
Además, pensé que era un muy buen primer evento para captar el interés de Jax y que se muestre más dispuesto a aceptar mi ayuda.
Estamos rodeados de un montón de fans e invitados, que charlan y participan en una subasta silenciosa. Se ha apuntado una barbaridad de gente, entre ellos seguidores de la Fórmula 1 que están dispuestos a donar cientos de euros por unos minutos de sparring en el ring con Liam, Santiago, Noah o Jax.
Me giro y me encuentro con sus ojos. Siento un cosquilleo extraño en el estómago, como cuando el avión está a punto de aterrizar.
—Te dije que te ayudaría a arreglar tu reputación, solo que se me olvidó mencionar que pretendía ayudar a mucha otra gente por el camino aprovechándome de tu fortuna y tus conexiones con la élite.
—Joder... Solo a ti se te ocurriría usar mi fama para ayudar a recaudar dinero para causas benéficas.
—Creo que el cumplido se te ha perdido en alguna parte de ese comentario.
—No lo decía en plan mal. Esto es... es increíble. —Mira a su alrededor con los ojos brillantes y una sonrisa inmensa. Casi como si se sintiera en casa aquí, entre el rechinar de las zapatillas deportivas y el vaivén de los sacos de boxeo.
Antes de que tenga la oportunidad de contestar, nos interrumpe la mujer a la que contraté para que me ayudara a montar el evento.
Nos explica cuáles son los objetivos del día y Jax escucha con atención.
Me sorprende que se muestre tan voluntarioso, sobre todo cuando veo que escribe a los otros pilotos para asegurarse de que vienen.
Durante las siguientes horas, me esfuerzo por apartar los ojos del ring donde está él, pero me resulta tremendamente duro.
En plan, más duro que sus músculos reluciendo bajo las luces fluorescentes del gimnasio.
La piel le brilla por el sudor, y tiene una sonrisa inmensa pintada en la cara durante toda la mañana.
Es tan arrebatadora que me cuesta mirarla durante más de un par de segundos.
Casi como cuando miras al sol demasiado tiempo y te escuecen los ojos y te arde la piel.
—¿Quieres que le saque una foto? Te va a durar más que el recuerdo.
—Una mujer con la piel aceitunada que reconozco al instante como la novia de Noah, Maya, aparece a mi lado.
Es un poco más bajita que yo, y va con ropa de deporte similar a la mía y una coleta que se balancea con sus movimientos.
Cuando repara en mí, me dice—: Eres Elena, ¿verdad?
Vaya eventazo has organizado. Enhorabuena.
—Sí, y por una buena causa —añade Sophie, que viene tras ella—. Oye, Maya, hazme una foto a mí también ya que estás. Quiero mandársela a las sobrinas de Liam.
Sophie tiene el pelo rubio recogido en dos moños altos y lleva un conjunto de sujetador deportivo y leggings de color amarillo fosforito. Se acerca al ring, que parece enorme a su lado.
—Cómo le gustan las fotos a la tía. —Santiago Alatorre le pasa un brazo por los hombros a su hermana y me echa un vistazo de reojo con sus ojos marrones. Tiene el pelo oscuro chorreando de sudor después de haber estado haciendo sparring con un fan.
—Mi sol, te he dicho que te mantengas a dos metros del ring. —Liam se inclina entre las cuerdas para darle un beso a Sophie en la coronilla.
Ella finge una arcada.
—Y yo te he dicho que no me vuelvas a llamar así.
—No es mi culpa, si vas así vestida. —Su novio esboza una sonrisa bobalicona mientras sacude la cabeza, y siento una punzada de celos.
No por ellos en particular, claro. No tengo ningún interés en Liam, Dios me libre.
Es más bien que me cuesta ignorar mi sensación de soledad al ver a una pareja felizmente enamorada.
Mi última relación fue hace siglos, antes de que diagnosticaran de alzhéimer a la abuela y yo empezara a trabajar en el mundillo de la Fórmula 1.
Eso, junto con mi incapacidad para imaginarme un futuro con esa persona, hizo que la relación estuviera condenada al fracaso.
No creía que fuera a echar de menos tener una conexión romántica con alguien, pero lo cierto es que estar cerca de una pareja feliz me afecta.
—¿Por qué quieres a Sophie lejos? Yo donaría mil euros para ver cómo te revienta ahí arriba —dice Noah antes de beber un buen trago de la botella de agua de Maya.
—Que lo intente. Jax me enseñó a pelear hace años —replica Liam, bajando del cuadrilátero.
—¡Y se te sigue dando de pena! Debería enseñarle a Santiago, a ver si tengo más suerte que contigo —interviene Jax antes de imitar a Liam.
Este se quita los guantes y le saca el dedo. Se me escapa una risita que capta la atención de Jax. Su mirada fulminante no surte el efecto que él espera, sino que hace que se me ponga toda la piel de gallina.
«Nota mental: deja de organizar eventos que requieran que Jax se quite la camiseta. Sus abdominales distraen a los incautos».
Sí, la incauta soy yo.
—No sabría qué decirte. He visto a Santi pegar un puñetazo y deja mucho que desear —comenta Noah, acercándose a sus amigos.
—No creo que te gustara recibirlo a ti. Y no te olvides: como le hagas algo a mi hermana, te enteras. —Da unos cuantos puñetazos al aire.
—Oye, Elena, ¿te importa hacernos una foto a todos? —me pregunta Maya, ofreciéndome su cámara.
Ignoro la creciente sensación de soledad, les saco unas cuantas fotos y le devuelvo la cámara. El grupo se ríe mientras Santiago arrastra a Noah al cuadrilátero, alegando que tiene que recordarle lo que le espera si le rompe el corazón a su hermana.
Me paso el resto del día notando los ojos de Jax clavados en mí incluso cuando finjo estar ocupada con otras tareas.
No debería darme cuenta. No debería gustarme. Pero, sobre todo, no debería querer más.