7. Elena
Elena
Salgo de mi cuarto y me encuentro a Jax sentado en el sofá, moviendo la rodilla arriba y abajo con agitación.
Está muy guapo todo de negro, con su camisa y sus pantalones de vestir, preparado para la gala de Shanghái.
Como si ponerse elegante implicara atenerse a las expectativas de la sociedad, ha optado por prescindir de la pajarita.
Los músculos se le marcan en la cara tela de la camisa.
Básicamente, Jax es la peor tentación posible para mí en todos los aspectos.
Es malo para mi carrera, para mi equilibrio mental y, sobre todo, para ese deseo febril y carnal que me invade cuando le veo, al que no le importaría nada aceptar su propuesta de enrollarnos.
Menos mal que valoro más mi trabajo que un polvo rápido con el soltero más canalla de todo el Reino Unido.
—Vaya, no estás nada mal —comenta, y una comisura del labio se le curva un instante antes de transformarse en una mueca.
Me río por la nariz.
—¿Se supone que debo tomármelo como un cumplido?
—Soy la última persona que querrías que te hiciera un cumplido.
—¿Porque no tienes tacto alguno?
—El tacto no es nuestro problema precisamente.
—Bueno, sí es el problema que tengo yo contigo —replico, señalándome con el dedo índice.
—¿Y qué quieres que haga al respecto?
—¿Tanto te costaría ser un poco más amable? O, yo qué sé, me conformo con menos arisco.
Jax se pasa una mano por la barba incipiente.
—¿Quieres que te sea sincero?
—¿Sí? —Mi voz delata la vacilación que siento.
—Nosotros no estamos hechos para cursilerías ni para palabras bonitas. —Sus ojos me recorren de arriba abajo mientras acorta la distancia que nos separa.
Ignoro la descarga eléctrica que me provoca el escrutinio.
—Vale, pues ¿para qué estamos hechos entonces?
Me roza la cara con una mano, causándome un ligero escalofrío, y me coge un mechón de pelo. Lo acaricia entre los dedos mientras lo observa como si albergara todas las respuestas.
—Para una decepción inevitable —contesta.
—Estoy orgullosa de ti. No todos los hombres son capaces de admitir sus carencias en la cama. —Le doy un golpecito en el pecho, tratando de ocultar cómo se me acelera el corazón cuando lo tengo cerca. Mi mano se calienta según voy bajándola por los botones de su camisa para alisarle una arruga.
—Creo que decepcionante sería la última palabra que usarías para describirme en ese contexto —replica con la voz ronca.
—¿Ah, sí?
Hace el amago de ir a tocarme otra vez antes de ocultar la mano en el bolsillo.
—Siempre he sido de los que prefieren demostrar las cosas con los actos y no con las palabras.
—Es verdad. Tienes el desarrollo emocional de un niño de cinco años y a ellos también les pasa eso.
Echa la cabeza para atrás y se ríe.
—Te aseguro que en todos los años que me he acostado con mujeres ninguna de ellas se ha quejado nunca.
—Probablemente porque no les dabas tiempo a hablar antes de salir por patas.
—Anda, ¿ya te has aprendido mis trucos?
—Se te olvida que es mi trabajo conocerlo todo de ti.
Se le oscurece la mirada.
—¿También las partes malas?
—Sobre todo esas. Es lo que hace interesante este trabajo. —Junto las yemas de los dedos una a una, como una villana de película.
—¿En serio? ¿Y que sea endemoniadamente guapo y tenga un acento sexy no?
Pongo los ojos en blanco.
—Para nada. De hecho, diría que eso son puntos en contra.
Miento. Su acento y su aspecto son casi la mejor parte de esta situación.
—¿Porque hacen que te cueste resistirte a mí?
—Eh... No me van los tíos que se comportan como tú.
—¿Y cómo es eso?
—Como si se creyeran mejores que yo.
La apariencia de desinterés le flaquea un instante.
—No creo eso para nada.
—Pues es la impresión que das, que para el caso es lo mismo.
No pasa nada, soy una mujer hecha y derecha y sé lidiar con hombres como tú.
No eres el primer cliente que me ha tratado así.
—Me dirijo a la puerta principal de la suite para salir.
El vestido de seda color champán que llevo puesto se me ciñe tanto al cuerpo que hace que me cueste dar largas zancadas.
Jax me alcanza enseguida. Me coge suavemente del codo y me gira hacia él.
—No puedo hablar por los demás hombres, pero yo no me creo mejor que tú. Más bien al contrario. Eres demasiado... —se muerde el labio mientras me repasa todo el cuerpo, antes de detenerse en mi cara— ... buena para alguien como yo.
—¿Alguien como tú? —Me quedo mirándole la mano, intentando entender por qué se me eriza la piel cuando me toca.
Él me acaricia distraídamente con el pulgar.
—Se me da mejor arruinarle la felicidad a alguien que ser el motivo de ella.
Suelto un profundo suspiro.
—¿Cuándo vas a parar de hablar de forma tan críptica?
—Es mejor que la alternativa.
—¿Mejor que decir la verdad? Ya, supongo que debe de ser duro para ti, ya que requiere que antes seas sincero contigo mismo.
Él niega con la cabeza, amagando una sonrisa antes de fruncir el ceño.
—Venga, vámonos. A ver si se acaba el circo pronto.
—¿Por qué odias tanto los eventos de patrocinadores?
—Odio todo lo que no sea pilotar mi coche. Preferiría que me partiese un rayo antes que tener que lidiar semana tras semana con desconocidos que no paran de freírme a preguntas.
Salimos juntos al pasillo hacia el ascensor.
—Pues me parece que te has equivocado de carrera profesional. La competición y la fama van de la mano.
Jax llama el ascensor.
—Créeme, no era consciente de las consecuencias cuando empecé en esto.
—¿Es más probable que te dé ansiedad cuando estás rodeado de gente?
—Algo tiene que ver, sí.
Una respuesta vaga, pero no indago. Las puertas del ascensor se abren y entramos. Pulso el botón para ir al vestíbulo.
—¿Desde cuándo tienes ansiedad?
—Desde siempre.
—¿Y ha empeorado?
—No eres terapeuta. Deja de analizarme intentando encontrar respuestas.
Me río y me apoyo en el pasamanos.
—Se llama «conversación». Deberías probar a tener alguna con el género opuesto. Te sorprenderían las cosas tan interesantes que pueden decir las mujeres cuando no las callas a base de sexo.
—Qué mona, sacando otra vez el tema. ¿Te pone cachonda imaginarme con otras mujeres? ¿Desearías estar en su lugar?
«Madre mía. Buena esa, Elena. Disfruta del berenjenal en el que te has metido tú solita».
Pongo los ojos en blanco.
—Más quisieras.
—Pues no paras de mencionarlo. ¿A qué se debe? —inquiere con una sonrisita irritante.
Entrecierro los ojos al ver su gesto.
—Era una broma.
—Te aseguro que el sexo conmigo es de todo menos eso.
Arrugo la nariz con desprecio.
—Buf. Eres como una reseña de cinco estrellas escrita por el dueño de un bufé de comida china de pinta sospechosa.
—¿Qué se supone que quiere decir eso?
—Que nadie debería fiarse de tu criterio hasta experimentarlo de primera mano.
Se le escapa una carcajada estentórea.
—¿Cómo coño se te ocurren la mitad de las cosas que dices?
—Tengo la lengua rápida. Es un don.
Él alza las cejas mientras caigo en lo que acabo de decir. «Perfecto, claro que sí. Más bien tienes la lengua tonta perdida».
Intento arreglarlo:
—Retiro lo dicho. Y, ya que vamos a pasar un montón de tiempo juntos, ¿qué te parece si aprendes a hablar de algo que no sea sexo?
—¿Siempre eres tan mandona?
—Prefiero el término asertiva . Mandona suele tener una connotación negativa, especialmente en femenino.
—Has tenido que tragar mucha mierda por ser una mujer trabajando en la Fórmula 1, ¿verdad? —comenta.
—¿Cómo lo has sabido? ¿Por la ínfima cantidad de mujeres que hay en los paddocks? ¿O por cómo todos los hombres me ignoran por completo en la sala de prensa?
Él niega con la cabeza.
—Otro motivo más para odiar a la gente.
—Yo no lo veo así. Más bien, otro motivo para demostrarle a la gente que se equivoca.
Jax y yo entramos en la gala de Shanghái media hora más tarde.
Del techo cuelgan varias lámparas de cristal que nos bañan en una luz dorada mientras avanzamos por entre la multitud.
Decir que es un evento lujoso sería quedarse muy corta.
Los camareros se pasean ofreciendo copas de champán carísimo y comida preparada por un chef profesional.
El humor de mi acompañante cae en picado cuando se ve obligado a hablar con desconocidos durante más de cinco minutos. Atribuyo esa irritabilidad suya a tener que poner buena cara durante horas cuando menos lo quiere.
—Anda, Elena. Ya me parecía que eras tú. Llevo una hora buscándote, confiaba en que pudieras concederme un baile. —La voz de Elías reclama mi atención.
—Elena tiene que quedarse toda la noche a mi lado. ¿Quizá podrías volver a intentarlo..., no sé, nunca? —le espeta Jax, haciéndole un gesto con la mano para que se marche con el dedo corazón oportunamente estirado.
—No le hagas caso, está de broma —intervengo yo, fulminando a mi cliente con la mirada.
—Bien. Voy a pedirle al DJ que ponga una de nuestras canciones favoritas. Ahora vengo. —Elías me dedica una sonrisa pícara y se aleja.
—Deja de darle falsas esperanzas —me dice Jax en una especie de gruñido que hace que la sangre se me caliente en las venas.
—Es un baile con un amigo. No hagas una montaña de un grano de arena.
Él tensa la mandíbula.
—¿Un amigo?
—Igual es un concepto desconocido para ti, pero un hombre y una mujer pueden ser amigos sin necesidad de acostarse.
—Y una mierda. Liam y Sophie son el ejemplo perfecto de lo que pasa entre «amigos».
Pongo los ojos en blanco.
—Elías y yo nos conocemos desde hace años. Lo nuestro no es para nada así.
—No te he pedido explicaciones. Haz lo que quieras —sentencia, y se aleja sin mediar una palabra más.
Procuro no prestar atención al sentimiento de enfado que empieza a brotar en mi interior y busco a mi amigo.
No me cuesta encontrarle al lado de la cabina del DJ, charlando con él.
Le dedica una sonrisa tímida antes de apartarse y venir hacia mí.
Me coge de la mano y me arrastra a la pista de baile haciéndome girar al ritmo de La bicicleta .
—¿Qué tal con el DJ? —me intereso.
Él sacude la cabeza.
—Ya sabes cómo son las cosas.
—No puedo ni imaginarme cómo debe de ser para ti.
—Es difícil en un deporte como este. No quiero ser el primero que..., bueno, eso.
A Elías nunca le parece que sea buen momento para salir del armario públicamente. Siente que, para no echar a perder su carrera, tiene que mantener en secreto su sexualidad, por mucho que le duela ocultar una parte tan importante de sí mismo.
—Sé que da vértigo, pero las cosas han cambiado.
Mi amigo baja la voz tanto que me cuesta escucharle por encima de la música.
—No estoy yo tan seguro. Odio que haya tíos que se piensen que quiero ligar con ellos solo porque tengan polla y un buen culo.
—Me gustaría pensar que, con los tiempos que corren, la gente es más abierta.
—No quiero ser yo quien lo compruebe. Al menos todavía no. Y mucho menos después de haber firmado un contrato con una de las mejores escuderías.
—Cuando estés preparado, dímelo. Yo te ayudaré.
Elías sonríe.
—¿Qué haríamos Jax y yo sin ti?
—Tú, olvidarte las respuestas a las preguntas durante las ruedas de prensa, y Jax, probablemente salir en más titulares por los motivos menos adecuados.
—Tienes que admitir que el periodista aquel que le llamó Jax Attack estaba inspirado.
—¿Te refieres al mismo que hizo una cronología de todos los escándalos en los que se ha visto envuelto desde que cumplió los dieciocho?
—Eh... Tal vez. Se me había olvidado esa parte.
—Ya, claro. —Le fulmino con la mirada.
El pecho de Elías se agita mientras se ríe.
—Di lo que quieras, pero Jax despierta en ti una chispa que hacía tiempo que no te veía. Empezaba a preocuparme, ¿sabes? Pero no quería decir nada el año pasado. Te veía siempre triste y cansada, y no sabía si era por el estrés o por otras cosas, como lo de tu abuela.
—No quiero que te preocupes por mí. Y menos por las otras cosas. —Echo un vistazo rápido a mi alrededor.
—Alguien tiene que hacerlo. ¿Qué tal se encuentra en la nueva residencia?
—Es cara, pero vale lo que cuesta. Me mandan fotos suyas cada día, y me llama una vez a la semana. Al parecer está haciendo buenas migas con su compañera de habitación.
—Me alegra oír que está contenta. Podría haber sido así todos estos años si hubieras aceptado mi oferta.
—No necesito la caridad de nadie.
—No dejas que te ayuden pero eres la primera en intentar ayudar a quien no tiene salvación. Curioso —observa con una ligera sonrisa.
—Gracias a este trabajo ahora puedo permitirme esa residencia. Con el sueldo mensual que me dan por ayudar a Jax, puedo mantenerla a ella, devolver el dinero de los préstamos y tener de sobra para vivir bien yo. Incluso estoy buscándome un piso un poco más grande.
—Eso está genial. Tu apartamento de ahora nunca me ha dado muy buena espina.
Ignoro su comentario, pero él me observa con el ceño fruncido.
—¿Sigues teniendo las pesadillas esas?
—Elías... No quiero hablar de eso.
Seré supersticiosa, pero no he tenido ni una sola pesadilla desde el inicio de la temporada.
—Creo que Jax y tú tenéis más cosas en común de las que te imaginas. Ninguno de los dos quiere hablar de las cosas que os afectan. Al menos en tu caso sé lo que te ocurrió, pero él salta a la vista que va de tío duro para ocultar un pasado triste, ¿no te parece?
—¿Qué pasado triste? Sus padres están vivos, le apoyan en su carrera profesional y tiene acceso a todo lo que se puede pagar con dinero. Es el ejemplo perfecto de lo que pasa cuando tus papis te lo dan todo. ¿Qué más puede querer?
Elías me da la vuelta y me apoya las manos en los hombros.
—Tal vez no te estés haciendo las preguntas correctas.
Justo en ese momento es como si la multitud se abriera dejando a la vista a Jax, cabizbajo en un rincón junto a Liam y Noah.
Como si percibiera mi presencia, sus ojos se encuentran con los míos.
Se me eriza toda la piel al instante. Esboza una media sonrisa pícara que alberga promesas que no se pueden decir, y me da miedo cómo todo mi cuerpo reacciona a su atención.
Sentirme atraída por él pone en peligro el meticuloso plan que tanto me ha costado desarrollar para ayudarle.
Pero dejo a un lado esos pensamientos, porque si estoy aquí es precisamente para descubrir qué esconde Jax Kingston.
Me parece que me toca enfrentarme al mayor desafío de mi carrera profesional hasta la fecha. Soy consciente de que a algunas personas les intimidarían la actitud y el mal carácter de Jax, pero yo me muero de ganas de arreglarle de la cabeza a los pies.
Le dedico una sonrisa de oreja a oreja que le hace fruncir el ceño.
«Vamos allá».