Amor en pole position (Dirty Air 3) 6. Jax
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6. Jax

Jax

Me despierta una música atronadora que retumba por toda la suite. Suelto un gruñido, aparto las sábanas de un tirón y consulto la hora en el móvil. Las cinco de la mañana. Exactamente media hora antes de que tenga que levantarme para la carrera. «No me jodas».

Salgo del dormitorio sin molestarme en ponerme una camiseta, porque quiero saber ya qué cojones está pasando. Freno en seco cuando mis ojos se topan con la fuente de mis frustraciones.

Y quiero decir de TODAS mis frustraciones.

Las mentales. Las físicas. Las que hacen que se me ponga dura dentro de los pantalones cortos.

Elena lleva puesto un trozo de tela que parece sacado de un catálogo de lencería: un camisón de seda que se ciñe a sus curvas hasta la mitad del muslo. Sus nalgas redondeadas me llaman, pidiéndome a gritos que mire lo que se esconde bajo la escasa prenda.

—Buenos días —dice con una voz cantarina que no le pega nada. Su forma de hablar y la mirada que me echa por encima del hombro me hacen temerme lo peor.

No sé si estoy viviendo el mejor de los sueños o una auténtica pesadilla. El olor a huevos con beicon me deja claro que estoy despierto, y mi miembro también parece activarse cuando miro las piernas y el culo de Elena. Ese maldito culo.

Joder. Esto es una tortura.

—¿Quieres desayunar?

No puedo negarme a eso. Con lo sexy que está Elena, aceptaría cualquier cosa que me ofreciera.

Me siento a la mesa del comedor, recolocándome para que no se me note la incipiente erección. Mis ojos siguen todos sus movimientos, desde cómo coge una taza de café de la balda de arriba hasta cómo se agacha para ver cómo va el beicon en el horno.

Todo lo que hace me provoca. Sinceramente, no tengo ni idea de por qué se está portando tan bien conmigo, sobre todo después de lo mal que la traté ayer.

El brillo de sus ojos no encaja con la expresión de fingida preocupación que intenta poner.

—¿Estás bien? Tienes cara como de sufrimiento.

«No lo sabes tú bien».

Se acerca a mí con un plato lleno de comida. Podría acostumbrarme a que me trataran de esta forma. A lo mejor tener niñera no está tan mal.

Se inclina hacia mí, envolviéndome en el aroma a fresa de su champú.

—Mira, esta situación podemos llevarla de dos formas.

O nos tratamos con respeto el uno al otro, o te portas como un gilipollas conmigo.

Pero, si eliges la segunda opción, no te pienses que voy a quedarme de brazos cruzados.

Hay muchas maneras de torturar a alguien.

—Sus ojos pasan de mi cara a mi entrepierna, echándole un vistazo a mi erección.

Mierda. No está bien que esto me ponga tanto.

—¿Y cómo se supone que me estás torturando? A mí me parece que estoy llevándome la mejor parte: desayuno y buenas vistas.

—Ah, ¿creías que esto lo estaba haciendo para ti? No, lo que he hecho ha sido programar dos entrevistas seguidas después de la carrera, porque todo el mundo sabe lo mucho que te gusta ser el centro de atención. Y, bueno, el dolor de huevos es un regalo de la casa. —Me guiña un ojo.

Que haya estado conspirando para hacerme el día imposible me impresiona más de lo que me molesta.

—Me la has jugado.

Ella niega con la cabeza.

—Tómatelo como una declaración de intenciones —sentencia, dándose la vuelta con el plato de lo que debería ser mi desayuno en dirección a su cuarto—.

Por cierto, si quieres desayunar, llama al servicio de habitaciones.

No soy tu criada. —Su sonrisa de satisfacción es lo último que veo antes de que cierre la puerta tras ella.

La condenada Elena González ha demostrado ser una digna oponente.

Pues que empiece el juego.

Los mecánicos corren de un lado a otro por el garaje, llevando a cabo las comprobaciones de última hora antes del Gran Premio de Australia.

El Trankimazin que me he tomado después de desayunar ya me ha hecho efecto y la ansiedad ha pasado a mejor vida, al menos por el momento.

Tomo la dosis justa que me permite aparcar las preocupaciones pero sin dejar de estar alerta, porque lo último que necesito cuando estoy conduciendo un coche a trescientos kilómetros por hora es que me dé un ataque de pánico.

Elena me sonríe desde un rincón, regodeándose en su jugada de antes. Aprovecho que Elías está ocupado para hablar con ella.

—Entonces, ¿así es como van a ser las cosas entre nosotros? ¿Un toma y daca constante?

—Depende. ¿Vas a seguir siendo un capullo toda la temporada?

—No lo sé. —Y es cierto. No puedo predecir cuándo se me van a cruzar los cables.

—Ah, pues me quedo mucho más tranquila.

Suelto una carcajada.

—Algunos prefieren afirmar que soy impredecible.

—¿Te refieres a quienes te dejaron inconsciente al lado de un urinario? Porque no se equivocan.

Madre mía. No se corta un pelo. De algún modo me resulta... estimulante.

Pobre de mí. Un tío rico al que todo el mundo le hace la pelota a cambio de quince minutos de fama. En cambio, estar con alguien como Elena me recuerda que soy humano, un mero mortal. Es una lección de humildad; aterrador.

—Hablando de personas impredecibles, lo mismo podría decir de ti. Vaya tela el numerito que has montado esta mañana. ¿Has traído en la maleta esa ropa tan sexy solo para mí?

Sus mejillas se tiñen del mejor tono de rosa.

—Te lo merecías.

—¿La gente conoce esta faceta tuya?

—¿La que se defiende con uñas y dientes si la pisotean? Desde luego.

—Prefiero que me claves las uñas y los dientes, pero tampoco me importaría que me pisotearas.

Ahora sus mejillas pasan del rosa al rojo sangre.

—No puedes...

—¿Hablarte así? ¿No puedo decirte que, después de tu escenita, me he masturbado pensando en ti inclinada sobre mi cama mientras te follaba? Sin duda, una buena forma de ponerme las pilas antes de la carrera.

Elena pasea la vista por todo el garaje, evitando fijarla justo donde a mí me gustaría que lo hiciera.

Chasqueo los dedos delante de su cara.

—Tú puedes jugar a tus jueguecitos si quieres, pero yo también puedo jugar a los míos. Y te aseguro que el que va a salir ganando soy yo.

Un mecánico me llama para que me prepare para la carrera.

—Tengo que irme ya. Disfruta del Gran Premio.

Me encanta buscarle las cosquillas. Ojalá literalmente, en esa piel suave y morena que moriría por besar centímetro a centímetro.

Sí, estoy jodido a base de bien.

—Buena suerte —murmura Elena.

Le dedico una sonrisa por encima del hombro antes de meterme en mi coche.

El equipo de boxes me lleva al tercer puesto de la parrilla, justo detrás de Noah y Santiago, los chicos de Bandini que compiten con McCoy cada carrera por las primeras posiciones.

Voy vestido con indumentaria ignífuga de los pies a la cabeza, que me protege en caso de que algo salga mal. El culo me tiembla con el rugido del motor.

Las luces rojas se iluminan una por una antes de apagarse. Piso el pedal a fondo y el coche acelera rápidamente. Salgo disparado por la primera recta. Las ruedas chirrían contra el asfalto mientras yo recreo la trazada que hice ayer en la clasificación.

—Bienvenido un año más a la pista. Tienes a Liam, Elías y un porrón más de gente detrás de ti, así que dale caña. —Chris, el jefe de escudería, me habla por la radio. Es un hombre de pocas palabras que no se anda con chiquitas.

—Los neumáticos responden bien. El motor está que arde.

—Entonces todo va como debería. Te dejo.

Mi coche devora el asfalto vuelta a vuelta.

Hago una parada en boxes, dándoles a los mecánicos apenas dos segundos para cambiar las cuatro ruedas.

El caucho entra en contacto con la pista, lanzándome por el pit lane antes de reengancharme a la carrera.

Después de la parada en boxes, tengo que recuperar puestos, porque algunos pilotos que antes iban detrás de mí ahora se han colocado por delante, así que me toca adelantarlos.

—Tienes a Liam justo delante. Toma la siguiente curva por fuera y gánale terreno antes de la recta. —La voz de mi ingeniero de carrera resuena en los diminutos auriculares.

Mi monoplaza se acerca peligrosamente al de color azul marino de Liam.

Sus neumáticos desgastados no tienen nada que hacer con los míos, que están recién cambiados, y los dos sabemos que llevo las de ganar.

Todo en este deporte se decide por milisegundos, lo cual significa que cada decisión (desde la estrategia de boxes hasta la elección de neumáticos) importa.

Sin apenas esfuerzo, me pongo a la altura de su coche y le saco un poco de ventaja justo antes de llegar al vértice de la curva.

Al salir, logro dejar atrás a mi antiguo compañero, recuperando una posición.

El ingeniero lo celebra por radio mientras yo recorro la siguiente recta a más de trescientos kilómetros por hora.

—Ahora ha llegado el momento de poner a Elías en el sitio que le corresponde —digo por radio.

—Jax... —contesta el ingeniero con un tono de advertencia en la voz.

—¿Qué pasa? Los últimos puestos son perfectamente respetables.

—Siempre y cuando no acabes tú también ahí.

—Exacto. —Sonrío detrás del casco.

El ingeniero se ríe cuando consigo adelantar a Elías en la siguiente curva.

—Ahora solo tienes a Santiago y Noah por delante. Enséñales quién manda.

Mi respiración se vuelve más pesada y se me escapa una mezcla de risa y jadeo. El motor desprende calor a mi espalda, haciendo que la piel me sude tras la gruesa capa del mono ignífugo.

Los coches rojos de Bandini brillan en todo su esplendor bajo el ardiente sol de Australia.

Logro alcanzar al monoplaza de Santi y ponerme a su lado en una de las curvas, pero me recorta y conserva la segunda posición.

Se coloca en medio de la pista para no dejarme paso, aunque yo le voy comiendo terreno, acercando el morro a su trasera.

En la siguiente curva, me cuelo por dentro y le adelanto sin miramientos.

Sus neumáticos chirrían cuando se ve obligado a frenar para no chocar conmigo.

—Buen trabajo —me felicita Chris—. Esa maniobra va a dar que hablar en la rueda de prensa. James Mitchell no va a saber dónde meterse como ganes a sus chicos.

Y por último, pero no por ello menos importante, Noah Slade. Cuatro veces campeón mundial de la Fórmula 1 y nuevo presidente del club de las relaciones estables. Frena bruscamente delante de mí para intimidarme antes de la siguiente curva.

Dios, quiero ganar. Por mí, por la escudería, por mi puta cordura.

Ganar significaría dejar atrás las inseguridades.

Quedar primero sería demostrarme que me merezco el apoyo de mis fans, que me admiran lo suficiente para llevar mi número en su camiseta.

Acabar en lo más alto del podio sentaría un precedente.

Haría que el tiempo que paso lejos de mi madre valga la pena.

Noah no me lo pone fácil. Se resiste a mis movimientos y me da pocas oportunidades de disputarle el primer puesto.

—Hostia puta —murmuro por lo bajo.

Chris se desmutea.

—Hazme el favor de enseñarle a este hombre lo que son capaces de hacer los coches de McCoy.

Noah ha ganado campeonatos para aburrir. Ya va siendo hora de que alguien le baje los humos de una vez. La verdad, no sé cómo Maya aguanta esa prepotencia que tiene.

Giro las ruedas, cambio de marchas y el corazón me late desbocado al son del motor.

Logro rebasar el monoplaza de Noah en una de las últimas curvas y me pongo por delante justo cuando más importa.

El público se vuelve loco en el momento en que cruzo la línea de meta.

Se me dibuja una sonrisa engreída de oreja a oreja. ¡Lo he conseguido, joder!