5. Jax
Jax
—Ya iba siendo hora de que vinieras por aquí. Empezaba a preocuparme que ya no quisieras juntarte conmigo ahora que eres uno de los competidores por el título. —Liam me da la bienvenida a su habitación privada en el paddock de Vitus.
—Las exclusivas dicen que estás muy ocupado con una tal Sophie Mitchell. ¿Algo que comentar al respecto? —Le pongo un micrófono invisible en la cara.
—Anda, vete a la mierda. Esa misma fuente me ha comentado que McCoy te ha puesto una tobillera electrónica humana. ¿Cómo va eso? —me la devuelve, dejándose caer en un sofá de cuero.
—Pues es un incordio, igual que la de verdad.
—¿Y tú cómo sabes cómo son las tobilleras electrónicas?
—En su día me metí en algún que otro problema, qué te voy a decir.
—Te creería si no fuera porque sé que tu madre te habría matado. Pero, como ella está en Londres, vas a tener que dejar que Elena haga su trabajo.
Finjo que la mención a mi madre no me molesta. Todos mis amigos se piensan que tiene una vida feliz en Londres, lejos del ojo público y de los dramas de la competición. Procuro ocultar esos sentimientos para que nadie se entere de los problemas de mi familia.
—No me lo recuerdes. No sé cómo he podido acabar así.
—Te dije que te relajaras con el alcohol, pero no me hiciste caso. Probablemente Elena sea la única persona con las agallas suficientes para aceptar pasarse contigo día y noche un año entero. Yo, desde luego, no querría vérmelas en esas.
—Me arrepiento de lo que hice. —Me acomodo en el sofá de enfrente.
Liam se pone un cojín en la cabeza.
—Bien. Pues úsalo como motivación para dar lo mejor de ti. Por cierto, enhorabuena por el tercer puesto en la clasificación. Tienes opciones reales de ganarle a Noah mañana.
Me hace sentir orgulloso que me felicite, casi como si fuera mi hermano mayor.
—Gracias. No podría haberlo hecho sin ti. Literalmente, vaya. Ahora que te has ido, toda la atención recae sobre mí, así que gracias.
—Puedes fingir que te la suda todo lo que quieras, pero sé que buscas la aprobación de los demás. Qué mono. —Liam se lleva una mano al corazón y pestañea.
Le tiro un cojín a la cara.
—Calla, idiota. Todos tenemos nuestros objetivos: el tuyo es ser el mejor de los del montón y el mío es ser el mejor a secas.
—Vaya, cómo han cambiado las tornas.
—Después de haber quedado quinto hoy, ¿te arrepientes de tu decisión?
Él niega con la cabeza.
—Para nada.
Me empiezo a dar golpecitos en la rodilla, que no paro de mover arriba y abajo nerviosamente.
—¿Y eso?
—Porque así puedo pasar más tiempo con Sophie, y ha planeado una cita muy guay en la que...
Le lanzo otro cojín.
—Prefiero ahogarme con champán en el podio antes que oírte decir cursiladas de tu novia.
—Cómo se nota que estás a una copa de acabar en Alcohólicos Anónimos.
Le hago una peineta.
—¿Sabes cuánto te odio?
—Si con odiarme te refieres a quererme, sí, un montón. —Me dedica una sonrisa chulesca insoportable.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Pues, verás, es un sentimiento que se tiene dentro, calentito y agradable. Un poco como cuando te da acidez después de comer mucha comida mexicana picante. Y hablando de mexicanas...
Me paso una mano por la cara.
—No me jodas...
—Sí te jodo. Antes te has escaqueado, pero te tengo calado. —Liam hace un ridículo gesto con los dedos como de «Te estoy vigilando».
—No hay mucho que decir más que lo que ya sabes: estoy de arresto domiciliario.
—Igual es lo mejor.
—¿Qué quieres decir con eso? —inquiero.
—No te lo tomes a mal, pero...
—No pensaba hacerlo hasta que lo has dicho.
Se encoge de hombros.
—Eres un peligro andante.
—Y a mucha honra —replico sonriendo.
Veinte minutos después me suena el teléfono, interrumpiendo mi puesta al día con Liam. Me excuso diciéndole que nos vemos mañana antes de la carrera.
—Hola, papá. ¿Cómo va todo? —Salgo de la habitación privada de mi amigo.
—Mejor de lo esperado.
—¿Y mamá?
—Ahí sigue, aguantando. Pero, dime, ¿cómo estás tú? —La voz seria de mi padre me saca una sonrisa. Intimida a todo el mundo menos a mi madre y a mí, a quienes nos trata como sus pertenencias más preciadas.
Si alguien se piensa que mi actitud de mierda se debe a que he tenido malos padres, se equivoca a lo grande. Los Kingston son unos sensiblones; crecí con días semanales de peli y muchas noches de pizza después de mis carreras de karts.
Salgo del garaje de Vitus. El sol me da de lleno mientras me apoyo en la carpa provisional, a salvo de miradas indiscretas.
—Todo va a las mil maravillas.
Él se ríe.
—Guau, se nota que eres un profesional frente a las cámaras. Venga, ahora dime cómo te sientes de verdad; sin tonterías, por favor.
Suelto un sonoro suspiro.
—Es una mierda tener que estar lejos de casa. Me siento culpable por competir mientras vosotros estáis en Londres con todos los líos de médicos y revisiones.
—Todos debemos actuar con normalidad, por el bien de tu madre.
No podría soportar pensar que estás alterando tu vida por ella.
Solo te pido que la tengas en cuenta cuando se te ocurra hacer tonterías como lo que pasó en las vacaciones.
A ella es a quien más le afecta, sobre todo porque sabe que estás así por su condición.
¿Cómo es posible sentir su decepción a miles de kilómetros de distancia? Me empiezan a temblar las manos y las aprieto para que paren.
—Tengo a alguien que me va a ayudar a mantenerme en el buen camino, así que dudo mucho que vuelva a suceder algo así. Al menos a ese nivel.
—¿Y crees que serás capaz de aguantar el tipo para lo que viene? Tu madre ya tiene bastante con lo suyo, y yo te quiero, pero ahora mismo su salud es la prioridad. No puedo preocuparme por los dos al mismo tiempo —me explica con un suspiro.
Me lo imagino recluido en su gimnasio para que mi madre no se entere de esta conversación. La punzada de dolor en mi pecho se intensifica.
—Sí. Lo haré mejor. Por ti y por mamá.
—No te he llamado para echarte en cara lo que ocurrió, porque sé bien que la escudería lo hará por mí. Solo quería decirte que igual estaría bien que la llamaras. No está teniendo un buen día, y seguro que le encantará escucharte.
Las manos me tiemblan aún más mientras me esfuerzo por seguir llevando aire a mis pulmones.
—¿Qué ha pasado?
—Ya sabes, hay días más duros que otros. Siempre se le pone una sonrisa en la cara cuando ve que la estás llamando, así que si consiguieras hacerle un hueco en tu apretada agenda, te lo agradecería.
—Claro. La llamaré en cuanto pueda.
—Gracias. Y enhorabuena por la clasificación. Te queremos muchísimo y estamos orgullosos de ti. Este va a ser tu año, estamos convencidos.
—Gracias, papá. Yo también os quiero.
—Me están llamando, hablamos mañana —se despide antes de colgar.
Qué ganas de que llegue mi ración habitual de sentirme como el culo después de hablar con mis padres. En cuanto cuelgo, vuelvo a toda prisa a mi habitación privada del paddock de McCoy. Necesito un poco de ayuda en formato pastilla antes de llamar a mi madre.
La última persona a la que quiero ver en un momento de debilidad tiene su culo plantado en uno de mis sofás.
«Dios, Elena, ¿no puedes irte a, no sé, arreglar un problema urgente con la reputación de la escudería?». Me paso una mano nerviosa por los rizos.
—Vaya, qué poco has tardado. Esperaba que Liam cuidaría de ti al menos una hora más. Me he quedado a nada de batir mi récord. —Me dedica una sonrisa vacilante mientras me enseña una especie de creación de interiorismo en un juego del iPad.
Ha decorado un salón enorme con estilo costero, parecido al de la mansión de mis padres en Londres. El recuerdo de lo que me estoy perdiendo me provoca un dolor punzante justo en el corazón.
Odio esa estúpida sonrisita tímida en la cara de Elena.
Odio querer verla más veces para calmar el torbellino de emociones que se arremolinan en mi interior.
La ansiedad se ve remplazada por la ira al ver la reacción incontrolable que me causa su presencia.
Arremeto contra ella en un impulso de destrucción imparable, como si de un tsunami se tratara.
—McCoy no paga a Liam para hacerse cargo de mí: te pagan a ti. Igual deberías centrarte en tu trabajo en lugar de perder el tiempo con juegos estúpidos. Si esto es a lo que te dedicas en tu tiempo libre, quizá no vales el sueldazo que vas a cobrar.
—Oye, no hace falta que te pongas en plan capullo conmigo. —Le da un tic en el ojo izquierdo. Hasta eso tiene su punto adorable, lo cual no hace sino empeorar mi frustración.
—Eso implicaría que este no es mi comportamiento habitual, y en eso es en lo que te equivocas. Yo soy así; tal vez deberías empezar a hacerte a la idea. No estoy aquí para ser tu amigo, bonita.
Discutir con Elena me da como una especie de subidón. Suena turbio, lo sé, pero prefiero sentir rabia hacia ella que una ansiedad paralizante.
A su ojo izquierdo le cuesta horrores mantenerse abierto.
—Si estás teniendo un día de mierda, no la tomes conmigo. Estoy aquí para ayudarte.
—Estás aquí para ganar dinero. No te hagas la mártir, que ya está muy visto, sobre todo cuando vas a salir de aquí con los bolsillos llenos.
Algo parecido a la culpa asoma a sus ojos un instante, aunque se esfuma enseguida.
—No todo es cuestión de dinero.
—Y sin embargo aquí estás tú, lucrándote con mis problemas.
Elena suelta un suspiro de resignación.
—No sé qué ha hecho que te pongas así. No pasa nada por tener ansiedad y estar irritable a veces, pero tienes que intentar calmarte. Puedo ayudarte si me dejas hacerlo.
—No puedes arreglarlo todo.
—No me voy a ir a ninguna parte. Así que, si yo no puedo arreglarlo, encontraré a alguien que sí.
Eso es lo que me preocupa. No puedo permitir que se acerque a mí, que intente hacerme mejorar. Hacerme querer mejorar.
La esperanza es para idiotas con un futuro por delante.
La esperanza es para los que piden deseos a las estrellas o en una iglesia o en un momento de necesidad.
Esos momentos no existen para quienes carecemos de toda esperanza. Para nosotros solo hay un reloj biológico haciendo tictac sobre nuestras cabezas, recordándonos que el mundo es una basura.
Spoiler : al final todos acabamos muriendo, solo que algunos llegamos ahí antes que el resto.
Entro en mi cuarto sin mirar atrás. El portazo que suena a mis espaldas me llena de angustia. Aquí estoy, solo otra vez con mis pensamientos, el odio a mí mismo y las incesantes preocupaciones que me reconcomen. La peor combinación posible.
La respiración se me vuelve errática mientras valoro las consecuencias de mis actos.
Pelearme con Elena no ha hecho sino empeorar la sensación de vacío que me invade, oscura e insondable.
Y arrebatarle la felicidad me hace sentir aún peor.
Deambulo de un lado a otro por el reducido espacio en un intento por calmar mi corazón desbocado, pero es inútil.
No paro de darle vueltas a la cabeza, pasando de un problema a otro sin descanso.
Estoy decepcionando a mi padre, preocupando a mi madre y alejando a Elena, y no lo puedo soportar.
Me cuesta respirar; apenas noto aire saliendo de entre mis labios entrecortadamente mientras intento inhalar y exhalar hondo para calmarme.
Pero las técnicas de relajación no sirven de nada.
Siento como si las frías paredes grises se me echaran encima y me estuviera quedando sin oxígeno.
Así de perra es la ansiedad. Me arrebata cualquier vía de escape, aumentando por momentos.
Cojo mi fiel frasco de pastillas de la bolsa del gimnasio con las manos temblando.
Nada para ahuyentar los miedos como mi medicina favorita.
He probado a tomar menos, de verdad, pero este tipo de situaciones ponen a prueba mi fortaleza mental, y no puedo llamar a mi madre cuando estoy a punto de perder los papeles.
Veinte minutos después, siento una oleada de alivio recorriéndome todo el cuerpo, calmándome el sentimiento de culpa mientras me dispongo a llamarla.
Es increíble cómo me insensibiliza el Trankimazin. Se me da como el culo lidiar con mis problemas, pero no es ninguna sorpresa: soy un desastre en todo.