Amor en pole position (Dirty Air 3) 4. Elena #2
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4. Elena #2

—Para que yo tonteara contigo primero tendrías que caerme bien —replico—. Lo llevas crudo.

—Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Te estás poniendo colorada. —Se lleva la mano a las mejillas, por si no me ha quedado claro. Un par de ojos de serpiente me devuelven la mirada, deslizándose entre los huesos falsos tatuados en su mano.

Entramos en el ascensor. Jax mantiene la vista fija en los botones mientras yo aprovecho el corto trayecto para explicarle sus compromisos y obligaciones de hoy. Él asiente, aliviando mi creciente nerviosismo por su primera aparición pública después del último fiasco.

Salimos del hotel y nos montamos en los asientos traseros del SUV de McCoy que nos espera, otra muestra más de la fastuosa vida de Jax como piloto de Fórmula 1. El fresco aroma a cuero y limón me invade la nariz.

Le echo un vistazo a mi acompañante, intentando leerle. El último año, aunque me centré en Liam, siempre tuve curiosidad por este hombre. El poco tiempo que pasé con él bastó para despertar mi interés y querer saber qué carencias intenta hacer pasar por fortalezas.

Jax ha dado con la horma de su zapato. No soy de las que se achantan ante los retos, sobre todo si mi futuro está en juego. Puede que sea un fuera de serie en la pista, pero yo tampoco me quedo atrás en lo mío.

El silencio entre nosotros no dura demasiado, y es él quien lo rompe primero.

—¿Por qué has aceptado este desafío tan ridículo? —Tamborilea con los dedos sobre su rodilla a un ritmo que parece desacompasado.

—Porque eres una bomba nuclear lista para estallar en cuanto alguien pulse el botón rojo.

—Vaya, qué buena analogía. ¿A que llevas todo el día esperando el momento de decirlo? —La mirada se le endurece.

—Me has pillado. Me paso horas pensando réplicas ingeniosas.

—Preferiría que pensaras en mí en otras circunstancias, pero supongo que es solo cuestión de tiempo.

Ladeo la cabeza.

—Te lo tienes muy creído.

—Qué va, al contrario. Pero sí sé que a las mujeres les resulto irresistible.

Suelto una exhalación a medio camino entre un resoplido y una risa.

—A mí me resultas irresistiblemente insoportable. ¿Eso cuenta?

—Por algo se empieza.

Ignoro sus palabras; no he venido aquí a tontear. Él no para de mover los dedos sobre la rodilla a una cadencia extraña.

—Nunca he querido esto —murmura mientras mira por la ventanilla.

—¿El qué?

—Convertirme en alguien así. —Gira la cabeza y sus ojos se encuentran con los míos.

—¿Así cómo?

—Pues el tipo de persona que lo arruina todo antes de que pueda llegar a convertirse en algo bueno. El tipo de persona que necesita una niñera porque nadie confía en él.

—Es elección tuya vivir al borde del abismo entre la bebida y el desfase, cumpliendo lo justo pero sin vivir realmente. Nadie te está obligando a echar a perder tu carrera.

—Ya. Mi carrera. —Su voz resignada deja entrever algo más.

—¿Quieres siquiera ganar el campeonato?

Se endereza de golpe.

—Si me estás haciendo esa pregunta, supongo que no eres lo bastante lista para ayudarme. Una pena que hayas acabado cumpliendo el viejo estereotipo de que la belleza está reñida con la inteligencia.

Aprieto los dientes con fuerza, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no saltarle al cuello. ¿Cómo se puede pasar tan rápido de la melancolía a ser un capullo total?

—Bueno, pues entonces tienes que empezar a comportarte como un ganador. Has estado años viviendo a la sombra de Liam, dejando que él se lleve toda la gloria. Así que, en vez de dártelas de tío duro, ¿por qué no te conviertes en uno?

Se gira hacia mí en su asiento, ofreciéndome unas vistas que no soy capaz de ignorar. Se me corta la respiración con solo mirarlo. Me atrae todo de su físico, desde los músculos marcados hasta la forma en que los vaqueros se le ciñen al cuerpo.

Los ojos de Jax relucen como si nuestro intercambio le estimulara.

—Me gusta tu franqueza. Palabras crueles que salen de labios seductores; mi tipo favorito de tortura.

—Lo mismo podría decir de ti, solo que a mí no me va el rollo sado.

—Para lo modosita y perfecta que pareces, vaya lengua te gastas. Nunca he conocido a nadie como tú.

El corazón me empieza a latir más fuerte al ver su cara de aprobación.

—¿Alguien que pueda aguantarte? Ya, entiendo que no es cosa fácil.

—No te haces una idea.

Me sorprende acariciándome con el pulgar los finos huesos de la mano, repasando los contornos de mis nudillos. Inhalo hondo y percibo el olor de su gel de ducha con toques amaderados, preguntándome si se molesta siquiera en echarse colonia.

«Dios, huele insoportablemente bien».

—¿Qué estás haciendo? —consigo decir con la voz rasposa.

El roce de su pulgar me provoca pequeñas descargas eléctricas en la piel, dejando un rastro de calidez a su paso. «¿Qué me está pasando?».

—Ver si tu piel es tan suave como parece —contesta, sosteniéndome la mirada mientras el remolino de colores de sus ojos se torna más oscuro.

—Bueno, pues ¿puedes parar? Nueva regla: prohibido tocar. —Aparto la mano a pesar de que desearía dejarla donde está.

Buf. Soy un cliché con patas; me siento físicamente atraída por un tío del que debería mantenerme alejada.

Él suelta una risita, un sonido suave y bronco que le retumba en el pecho.

—Cuántas reglas. Seguro que una parte de ti se muere por soltarse la melena de una vez.

—Deja que lo adivine: ¿quieres ser tú quien me ayude?

—No. No te conviene alguien como yo. No soy lo que buscas.

Claramente no era algo así lo que esperaba que saliera de su boca.

—¿Y eso?

—Soy de los que preferirían destrozarte antes que dejarte marchar. Como un pájaro enjaulado: un bonito adorno con las alas cortadas.