Amor en pole position (Dirty Air 3) 4. Elena
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4. Elena

Elena

Bienvenidos al infierno. Población: dos.

La semana pasada, cuando Connor me llamó para contarme en qué consistiría mi trabajo de este año, me dijo que tendría que vivir con Jax.

Es la cláusula más rara que me he encontrado en un contrato hasta la fecha, pero no podía rechazar los miles de euros que me ofreció.

Con todo lo que hay en juego, estoy dispuesta a hacer lo que haga falta para lavar la imagen de quien sea.

Connor me explicó por encima los problemas de Jax y por qué McCoy necesitaba que tuviera un comportamiento ejemplar esta temporada.

Como Liam se ha cambiado de escudería después de su encontronazo con el antiguo CEO de McCoy, Peter, Kingston es la nueva cara visible de la empresa.

Además, este año tiene una oportunidad de oro para ganar su segundo campeonato mundial.

Por todo el estrés que eso conlleva, a Connor le preocupa que Jax no pueda con la presión. Y para eso estoy yo aquí, para ayudarle a gestionarla, además de arreglar su reputación.

Jax y yo entramos en la extravagante suite del hotel.

Si quiero tener una actitud más positiva ante la vida, puedo centrarme en los más de ciento ochenta metros cuadrados de espacio, con su propio comedor, un sofá modular y habitaciones separadas.

El problema es que, en cuanto echo un vistazo a la mole que me acompaña, todo el optimismo sale volando por la ventana de nuestro ático.

Ninguna estancia es lo bastante grande cuando se trata de pasar un día sí y otro también con Jax.

A duras penas logré salir ilesa de la última temporada trabajando con él, pues se aseguró de no compartir espacio conmigo salvo en las obligadas sesiones con Liam.

Cada vez que estábamos en la misma sala, evitaba dirigirme la palabra.

Me lo tomaría como algo personal si no fuera porque la mayoría de los deportistas odian colaborar con sus agentes de relaciones públicas.

Al principio, cuando empecé a trabajar con pilotos, pensaba que se debía a algo de mi personalidad, pero durante estos años he aprendido que a nadie le gusta que le digan qué hacer, y mucho menos a deportistas prepotentes con la capacidad de atención de un niño de tres años.

He terminado desarrollando una enorme tolerancia a capullos integrales con egos desmedidos.

Elías me pregunta todos los años por qué elijo trabajar para los tíos más odiosos de toda Europa.

La respuesta es simple: no me gusta la gente perfecta.

Los encargos más difíciles son los mejores, así que ya pueden darme a todos los desequilibrados que necesitan ayuda desesperadamente.

Esos son los clientes que me gustan, los que se muestran siempre tal y como son sin ningún tipo de complejo.

Son mis favoritos porque el proceso para llevarlos a la cima es mucho más emocionante.

Sin embargo, a pesar de mi experiencia y mi resiliencia, Jax me saca más de quicio que nadie con su aversión hacia mí. No entiendo por qué me molesta, y tampoco le entiendo a él. No soy tonta, veo cómo trata a los demás y, ¡sorpresa!, no es tan desagradable como cuando está conmigo.

¿Afecta a mi autoestima? No.

¿Afecta a mi paciencia? Ya te digo.

No sé bien qué pensar de él, pero me he propuesto averiguar todo lo posible.

Es como una especie de emo, siempre vestido de negro a menos que tenga que llevar los colores insignia de McCoy, gris y blanco.

Su ropa de diario consiste en unas Dr. Martens y camisetas y vaqueros rotos.

Se pone cazadoras con mensajes y luce varios anillos en los dedos tatuados.

En resumen, es un malote hasta la médula.

Eso sí, por muy atractivo que sea, sus reservados ojos color avellana piden a gritos que mantengas las distancias. Por no hablar de que su actitud hacia mí es tan agradable como un paseo a solas por un callejón a medianoche.

—Bienvenida al reino de la opulencia —dice señalando con la mano la suite—. Disfrútalo mientras dure.

—Vaya, te has lucido con esa forma de acogerme. Muchas gracias. —Me lo quedo mirando, intentando no fijarme demasiado en cómo se le marcan los músculos en la camiseta ni en sus brazos cubiertos de tatuajes.

Jax tose, reclamando mi atención. Sus ojos desprenden un brillo inusual.

—Si quieres ver los tatus de cerca, solo tienes que pedírmelo.

—No me interesa, pero gracias por la oferta.

—Hay mujeres que darían lo que fuera por poder verlos en todo su esplendor.

Arrugo la nariz.

—Si eso es cierto, me parece que deberían poner en orden sus prioridades.

Su carcajada me saca una sonrisa.

—No eres quién para criticar las prioridades de los demás. No todo el mundo es tan masoca como para trabajar conmigo por voluntad propia.

—Curioso que lo diga el tío cuyo pasatiempo favorito es joderse su carrera profesional.

Se pasa una mano por la barba incipiente.

—No es lo que más me gusta joder, pero sí.

Me cuesta aguantarme la risa, aunque lo consigo.

—Vamos a jugar a una cosa: tú te quedas calladito y no dices ni una palabra más. Esa boca tuya te va a meter en problemas.

—Te sorprendería la cantidad de problemas en los que me puedo meter sin abrir el pico. —Me dedica una sonrisa pícara.

—¿Sorprenderme? Sí. ¿Interesarme? Ni lo más mínimo.

—Va a ser divertido tenerte cerca. Nada me pone tanto como que se me resistan.

—No me resisto a nada; eso implicaría que tengo más intereses contigo que ayudarte.

—Yo diría que ayudarme a llegar al orgasmo está casi a la par que arreglar mi reputación. ¿Tú qué opinas?

Le fulmino con mi mejor mirada de «No te flipes». Cojo mi equipaje y lo llevo a mi cuarto.

—Voy a echarme una siesta y darme una ducha antes de la rueda de prensa —anuncio.

—Qué pronto te pones a dormir en horas laborales.

Suelto un profundo suspiro. Ya no estoy de humor para sus provocaciones.

—Connor te ha mandado por email las preguntas y las respuestas que se me ocurrieron ayer. ¿Crees que podrás leértelas?

—Ya lo he hecho.

Me quedo de piedra; me ha pillado desprevenida.

—¿En serio?

—Sí. Al contrario de lo que piensas, sé leer. Y bastante rápido, si se me permite decirlo. Venga, ahora que ya he sido un niño bueno, ¿puedes ponerme mis dibujos favoritos en la tele para que no me aburra? —Se tira en el sofá del salón.

Arqueo una ceja.

—La televisión —me dice en español, señalándome el mando, como si no le hubiera entendido.

Hago todo lo posible por no sonreír.

—Te veo en un par de horas —contesto, ignorando su petición, antes de entrar en mi cuarto y cerrar la puerta.

Mientras deshago las maletas, me susurro a mí misma:

—Venga, tú puedes con esto. Es solo un trabajo como cualquier otro. Un trabajo con un hombre que me altera por completo cada vez que abre la boca, pero un trabajo al fin y al cabo.

La ducha caliente me deja como nueva y me quita parte del jet lag que sentía antes. Me acuesto y cierro los ojos, tratando de encontrar la paciencia necesaria para aguantar a Jax.

Después de una siesta de una hora, me visto con una blusa de seda y unos pantalones de vestir, mi atuendo habitual: simple, básico y profesional. Para complementarlo, unos tacones y el iPad.

Salgo de mi cuarto y me encuentro a Jax despatarrado en el sofá, dándole golpecitos con la bota a la mesita de centro mientras hace zapping. Sus ojos me recorren de arriba abajo y, como si mi cuerpo notara su mirada, se me enciende la piel.

«Dios». Si me siento así con solo un repaso, lo llevo claro para el resto de la temporada. Igual lo de vivir juntos no era tan buena idea después de todo. No sé cómo se las arregla para provocarme mariposas en el estómago con solo una mirada y un amago de sonrisa.

—Vaya, estás lista con dos minutos enteros de sobra. —Se da toquecitos en el carísimo reloj—. Me sorprende; las tías siempre vais tarde a todo.

—Al contrario que la compañía a la que estás acostumbrado, yo suelo llegar a tiempo a los sitios. Sobre todo cuando soy yo quien ha organizado la agenda.

—Me he dado prisa en prepararme, así que espero no tener el pelo demasiado mal. —Se pasa los dedos por los rizos que lleva rapados por los lados y un poco más largos por arriba.

Me entra el impulso de acariciárselo para ver si es tan suave como parece. Tiene unos pómulos tan definidos que parecen tallados en metal bronceado, en total armonía con esos labios tan besables.

—El pelo está bien, pero tu sonrisa es una pesadilla. —Toqueteo el asa de mi bolsa de tela.

Efectivamente, sonríe de tal forma que la piel se me calienta como si hubieran subido a tope el termostato.

—Nos lo vamos a pasar bien juntos. Pocas cosas me gustan más que una chica que da tanto como recibe.

—No sé cómo lo haces para que todo lo que dices suene más obsceno de lo necesario.

—Es un don.

—Un don que haría que cualquier mujer en su sano juicio huyera de ti.

Él sacude la cabeza.

—Esas no me interesan. No son nada divertidas.

—Ya imagino que para alguien como tú debe de ser una lata estar con una persona en sus cabales.

—No sé. Tú pareces estar en tus cabales, pero me apuesto lo que sea a que en la cama eres una fiera. Se nota en cómo te brillan los ojos al mirarme cuando te crees que no te estoy viendo.

Me ahogo con mi propia respiración.

—¿Qué?

—No pasa nada, bonita. Tu secreto está a salvo conmigo.

—Tan a salvo como una chica mona en una fiesta llena de pilotos de Fórmula 1.

Jax suelta una sonora carcajada.

—Me parece que al final no va a ser tan horrible convivir contigo.

«Espera, ¿qué ha dicho?».

Responde una llamada en su móvil y anuncia:

—El coche ya está aquí.

Me acerco a la puerta de la suite y la abro.

—Será mejor que no llegues tarde a la primera rueda de prensa de la temporada; no querrás causar mala impresión después de todo lo ocurrido.

—Portarse bien es un rollo, y odio ser aburrido. —Jax me sigue al pasillo.

Uso el pelo para esconder mi sonrisa mientras caminamos hacia el ascensor.

—No podrías ser aburrido ni aunque te esforzaras.

—Cuidado con lo que dices. Cualquiera podría pensar que estás tonteando conmigo. —Unas motitas verdes y doradas se le arremolinan en los ojos.