Amor en pole position (Dirty Air 3) 3. Jax #3
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3. Jax #3

El sonido de mi nombre saliendo de sus labios provoca una descarga eléctrica que me recorre todo el cuerpo. Veo un ardor en sus ojos que me invita a presionarla un poco más para ver cómo reacciona.

«Por Dios, deja de ser tan ridículo».

—Vale, venga. Cuéntame cómo quieres arruinarme la diversión esta temporada.

Una sonrisita le tira de las comisuras de los labios mientras juguetea con el Apple Pencil entre los dedos. Al menos la pongo tan nerviosa como ella a mí.

—Lo primero de todo, tienes que relajarte un poco con el alcohol. No te digo que no bebas nada, pero ten un poco de cabeza. Yo no puedo estar sacándote a rastras de baños, y mucho menos cargar contigo hasta nuestra habitación de hotel.

¿Por qué se me pone dura solo de pensar en compartir habitación con ella?

Es bastante... inusual. Antes, solo plantearme la posibilidad de compartir un espacio con una mujer me habría resultado risible; sin embargo, con Elena es distinto.

Tentador. El morbo de lo prohibido actúa como el más peligroso de los afrodisiacos.

Aprieto los dientes y asiento.

—Me parece justo. Yo tampoco quiero volver a beber así.

A veces no puedo evitarlo, el alcohol me nubla la mente lo suficiente para ofrecerme un alivio temporal. Pero quiero ganar el campeonato, así que voy a intentar encontrar otra forma de enfrentarme a mis problemas durante la temporada.

Recalco lo de «intentar».

—Lo segundo: tienes que ser sincero conmigo. Si ha pasado algo malo, quiero saberlo para poder ayudarte. Si me entero al día siguiente por los periódicos, será demasiado tarde y me cabrearé.

—Vale. —Asiento a la segunda regla porque enfadar a Elena suena casi tan divertido como estrellar el coche durante la primera vuelta de un Gran Premio.

—Luego...

—¡Joder! ¿Cuántas reglas has escrito? —me quejo, cruzándome de brazos.

Sus ojos se detienen unos segundos en mis antebrazos antes de volver a mi cara, donde ve una sonrisa burlona. Se pone colorada y se coloca un mechón rebelde tras la oreja.

—Unas pocas más. La siguiente es que, en cuanto entremos juntos en la suite por la noche, se acabó lo que se daba. Prohibido salir hasta la mañana siguiente. Quiero confiar en ti, así que no puedes andar escabulléndote para hacer Dios sabe qué por ahí.

—Puede que Dios no lo sepa, pero el diablo seguro que lo aprueba. —Se me ensancha la sonrisa mientras sus manos inquietas vuelven a juguetear con el lápiz digital.

—Ya... Bueno, eso, que nada de escaparse en medio de la noche. Este trabajo es muy importante para mí, y necesito poder confiar en ti. Me van a pagar un dineral por ayudarte. —Desvía la mirada.

—Claro, bonita, es la pasta lo que te mueve. No disimules, sé que en realidad te pone ayudar a capullos como yo.

—No. Me pone ayudar a la gente a ser su mejor versión. Veo lo que puedes llegar a ser si dejas atrás ese personaje tan ridículo que te empeñas en mostrar.

—Tampoco te dejes los ojos; puede que no te guste lo que acabes encontrando.

—No necesito que me caigas bien para hacer mi trabajo.

Mierda. Ahí me ha pillado.

Da unos toques en su tablet .

—Última regla: voy a ir contigo básicamente a todos lados. Forma parte del contrato. —Se muerde el labio, dejando ver el borde de sus dientes blancos.

Resulta preocupante cómo se me pone solo con ver ese gesto. Mi miembro no termina de entender que Elena es lo peor que me podría pasar. Peor incluso que cuando Liam, mi mejor amigo, se cambió de escudería.

«Querida polla, te presento a la espada y la pared entre las que estarás atrapada este año».

—¿Eso significa que dormiremos juntos? Siempre he querido tener una almohada humana a la que abrazar.

Ella hace como que se escandaliza.

—¡Pero bueno! No, compartir cama no está en los planes. Mi intención es que lo que ocurra en la habitación sea para todos los públicos.

—Me han dicho que últimamente en las películas para todos los públicos hay escenas bastante sugerentes. —Suelto un silbidito.

—¡Por el amor de Dios! No, no va a pasar nada de eso entre nosotros.

Me preocupa cómo le brillan los ojos cuando se ríe, porque hace que quiera sacarle más carcajadas así. Me quedo en silencio, tratando de hacerme a la idea de que voy a tener que pasar meses pegado a alguien como ella.

Elena cierra la funda del iPad.

—Lo digo en serio. Connor no ha puesto ninguna cláusula que prohíba explícitamente las relaciones con compañeros de trabajo, pero está bastante claro por qué no nos vamos ni a plantear esa posibilidad.

Claro que no lo ha hecho. Probablemente piense que Elena no me tocaría ni con un palo aunque le pagara para hacerlo, de modo que ¿por qué molestarse en añadir una cláusula así?

Sea como sea, mantendré las distancias. No puede pasar nada entre nosotros por nada del mundo. Por eso odio estar más tiempo del necesario con ella: me provoca reacciones a las que no estoy acostumbrado, y no quiero ahondar por mucho que me ponga su actitud.

Ese tipo de historias no son para mí.

A mis amigos les pega tener un final sacado de cualquier comedia romántica empalagosa, pero lo que me espera a mí se parece más bien a la Guardia de la Noche de Juego de tronos : estaré solo hasta el día en que me muera.