3. Jax
Jax
Cuando tenía siete años, mi padre me puso delante de un saco de boxeo después de que le metiera un sopapo a otro niño en el podio de una carrera de karts.
Estaba enfadado porque los muy capullos se habían reído de mí por sufrir mi primer ataque de ansiedad.
Ese día, mi padre me miró a los ojos y me dijo que tenía que ahuyentar a mis demonios.
Por desgracia, a pesar de sus esfuerzos, parece que no he hecho más que dejarme llevar por ellos.
Hay demonios de todas las formas y colores. Rabia. Ansiedad. Miedo al futuro. Los míos me hacen recurrir al Trankimazin en busca de algo de paz mental. No soy un drogadicto, lo juro, aunque sí noto que dependo de la sensación de alivio temporal que me dan las pastillas.
Me imagino que el cielo debe de parecerse mucho a lo que siento después de que el ansiolítico me haga efecto: silencio, calma, mucha menos oscuridad a mi alrededor.
No entraba en mis planes que mi vida diese un giro tan drástico este año.
A medida que la enfermedad de mi madre empeora y mi padre se desvive por intentar ayudarla, yo me vuelvo más inestable.
Sucumbo a mis vicios cuando las cosas se ponen difíciles.
Pero con la evitación viene la ansiedad, que me embiste como un camión cuando menos me lo espero.
La competición es lo que me mantiene cuerdo.
Hay quien dice que el amor a primera vista no existe; para mí, sin embargo, fue justo eso.
Me enamoré de la adrenalina, una amante desagradecida que se va tan rápido como viene.
La busco allá donde pueda encontrarla: alcohol, coches, sexo...
, todas las actividades que me puedan dar el subidón que me ayude a mantener la ansiedad a raya.
—La has liado pero bien. —Connor McCoy se planta frente a mí en todo su esplendor. En lugar de divertirme por Melbourne antes de que dé comienzo la temporada, estoy con el culo pegado a una silla de una sala de reuniones.
—Sí, la he cagado. Yo lo sé, tú lo sabes e incluso Elías, mi jodido nuevo compañero de escudería, lo sabe.
—Es que lo que has hecho es preocupante, Jax. Joder... —Connor cierra los ojos azules y se aprieta el puente de la nariz—. No traiciones mi confianza y me obligues a buscar otra solución para controlar tu ansiedad. —Noto cierto deje de irritación en su acento británico.
—No va a volver a pasar, ya he aprendido por las malas que no es buena idea mezclar medicación y alcohol. —No me había parado a pensar en los posibles efectos secundarios de juntarlos, ya que hace poco que el Trankimazin se ha convertido en mi remedio habitual para la ansiedad.
Connor tensa la mandíbula.
—No me toques los cojones. Hay vídeos tuyos bailando encima de una mesa y portándote como un energúmeno antes de quedarte inconsciente al lado de un urinario.
Evito poner una mueca al escuchar sus palabras.
—Siento decir que a ciertas horas de la mañana me cuesta mantener la clase y el honor que me caracterizan.
—Lo único que vas a conseguir con tus tonterías es acabar en algún reality show cutre —me espeta.
Abro la boca en un gesto de fingido estupor.
—Me ofendes. Mi vida tiene una trama mucho más interesante que esos programas.
Su expresión sombría me hace enderezarme.
—Ponte serio —me pide—. Entiendo por qué estás así... Siento mucho lo de tu madre. La mía fue a visitarla la semana pasada y me dijo que no iba demasiado bien.
—Ni se te ocurra. No te atrevas a mencionarla aquí —suelto.
Pero ¿qué coño hace la madre de Connor metiendo las narices donde no la llaman?
Se podría pensar que con lo grande que es Londres los ricos se mantendrían en sus mansiones bien lejos los unos de los otros.
Pero no, resulta que la madre de Connor asiste al mismo club de lectura de novelas guarras que la mía.
—Vale. ¿Qué te parece entonces si analizamos tu imagen pública? Los niños te adoran y quieren ser como tú. Lo que estás haciendo puede perjudicar y mucho tu carrera; tanto los fans como los patrocinadores empiezan a tener serias dudas sobre si estás bien de la cabeza.
—Pues supongo que tienes suerte de que solo me quede un año de contrato con vosotros.
Connor se tira del pelo rubio.
—No. Tú tienes suerte de caerme bien, a pesar de portarte como un auténtico gilipollas.
Al menos lo suficientemente bien como para defenderte ante la junta de patrocinadores, y eso que ya me tienen tirria de por sí.
Me niego a darles lo que quieren a esa panda de capullos, así que ponte las pilas.
Ahora que Liam se ha ido, eres la única esperanza de la escudería para conseguir algún podio.
—Haré todo lo que esté en mi mano para mejorar. —Me trago el nudo que se me forma en la garganta. No tenía por qué haberme defendido ante la junta, pero lo ha hecho como un favor hacia mí, y le estoy agradecido por ello.
—Quiero estar seguro de que me he explicado bien. —La mirada de corderito degollado de Connor no tiene el mismo impacto que la de su predecesor, Peter. Al menos es un tío majo que no pone tantas muecas de desprecio y, además, aguanta mis mierdas.
—Tranquilo, te he entendido. Lo de la semana pasada fue un error de cálculo —afirmo. Siento el peso de la culpa en el pecho, estrujándome los pulmones como una boa constrictor.
—No, la semana pasada fue un golpe duro para tu familia que te tocó vivir de primera mano.
Pero entre el estado de salud de tu madre y tu imprevisibilidad no puedo arriesgarme a que esto ocurra de nuevo durante la temporada.
La prensa dice que vas cuesta abajo y sin frenos, y no nos lo podemos permitir.
—Lo haré mejor, no volveré a cometer errores así —le aseguro—. Llámame optimista, pero siempre veo la botella de whisky medio llena.
La semana pasada fue complicada, por decirlo de forma suave. Usé el alcohol para soportar el calvario de ver a mi madre pasando por su propio infierno personal. Temblores, cambios de humor... Todo el maldito abanico de síntomas de la enfermedad nos arruinó el tiempo que nos quedaba juntos.
Connor me fulmina con la mirada.
—Lo digo en serio. Sabes que hay alternativas mejores para lidiar con la ansiedad, ¿verdad?
—¿Cómo puedo hacerte entender que me importa una mierda porque no va a servir de nada?
—Bueno, yo creo que sí puede servir, así que he decidido tomar cartas en el asunto. Puedes considerarme tu genio de la lámpara.
—Prefiero la versión gore con mafiosos antes que un cuento de hadas de Dreamland —replico.
—Pues entonces prepárate para una oferta que no podrás rechazar, literalmente.
Aplaudo lentamente con todo el sarcasmo del que soy capaz.
—Bien jugado. Qué ganas de saber cuál será tu plan maestro.
—Como yo estoy ocupado con el desastre que me ha dejado Peter, he contratado a alguien especial. He considerado que te vendría bien tener un poco de ayuda personalizada con el tema de las relaciones públicas.
Maldigo para mis adentros mientras apoyo la cabeza en el respaldo de la silla. Los de Relaciones Públicas son lo peor, no hacen más que juzgar y dar dolores de cabeza.
Connor me busca los ojos con su mirada penetrante.
—No le contaré a la persona encargada lo de tu madre porque la mía me mataría; ya va a tener bastante tela que cortar con tus problemas con el alcohol y las juergas.
La próxima vez, antes de comportarte como un capullo integral, piensa en la escudería y en tus opciones de ganar el mundial este año.
¿De verdad quieres echarlo todo a perder?
—No, claro que no —digo, e inspiro hondo cuando veo que alguien abre la puerta.
Unos ojos del color del whisky enmarcados por unas largas pestañas se me quedan mirando.
Mi mirada recorre su fina nariz, que se levanta en la punta, antes de llegar a los labios más carnosos que he visto en la vida.
El pelo oscuro y ondulado le cae con suavidad hasta los pechos, cubiertos por una blusa de seda.
La ropa que lleva realza su figura, exhibiendo cada curva, rogándome que me arrodille ante ella como si de un maldito altar se tratara.
Elena tiene todo lo que me gusta. Unas caderas que me encantaría agarrar con fuerza, un culo que quiero mirar embobado mientras me la tiro por detrás y unos pechos que no me importaría aprenderme de memoria con la boca. El problema es que con ella no puedo permitirme pensar con la bragueta.
De alguna manera me las arreglo para no gemir y aparto la cabeza del respaldo de la silla.
—Elena, qué alegría verte aquí.
—Jax, no puedo decir que sienta haber tenido que volver. —Se acomoda frente a mí y me ofrece la mano.
Se la cojo con la mía, mucho más grande y tatuada con huesos falsos en blanco y negro, y le doy un apretón.
Me vibra el cuerpo entero al sentir su piel.
Un deseo ardiente me hace estrecharle la mano con un poco más de fuerza de la necesaria mientras mi entrepierna responde a su cercanía.
Frunzo el ceño; no soporto la reacción que me provoca hasta el más mínimo contacto con ella.
La última vez que la vi fue cuando Liam anunció que iba a dejar McCoy después de quedar subcampeón. Tras su salida, creí que ya me había librado de ella. Sin embargo, para no variar, me equivocaba.
No me gusta estar cerca de Elena más tiempo del estricto y necesario, porque me mira como si supiera que escondo algo.
Como si quisiera verme a mí, tal como soy, y no al tipo que se sube al podio cada semana.
No al hombre con cientos de tatuajes y apariencia de tío duro que en realidad nunca logra dar la talla por culpa de sus malas decisiones.
Y desde luego no al capullo que se acuesta con cualquiera para intentar llenar el vacío que siente cada día de su desdichada vida.
Si algo he aprendido estos últimos años viendo a mi madre sufrir es que no puedo permitirme el lujo de que nadie conozca mis secretos. Siendo sincero, preferiría vivir debajo de un puente antes que dejar que Elena sepa lo que hay realmente en mi cabeza.
Connor entrelaza las manos.