2. Elena
Elena
—Con los cuidados que necesita su abuela, no estoy seguro de que podamos seguir proporcionándole la atención que requiere.
Debería trasladarse a una residencia más permanente destinada a pacientes crónicos.
El problema es que no creo que eso sea posible con sus ingresos —dice el médico, levantando la vista del portapapeles.
Al final, todo siempre se reduce al dinero.
¿Que cuánto tengo? Pues si cogiera un billete de cinco euros, le prendiera fuego y lo tirara a la basura sería un buen resumen del estado de mi cuenta bancaria.
Todo el dinero que he tenido se ha ido en pagar las facturas y los cuidados de mi abuela. Ser adulta es difícil, pero ser adulta con deudas es lo peor.
La abuela ya me avisó de lo que pasaría si estudiaba en una universidad estadounidense, y no le hice caso.
Quería cumplir el deseo de mi padre de tener una buena educación, aunque salta a la vista que hay fantasías que es mejor que no se hagan realidad.
Lo que debería haber sido el sueño americano por excelencia se ha convertido en una pesadilla recurrente de préstamos abusivos e intereses por las nubes.
Si es que solo con el crédito para pagarme la carrera podrían haber alimentado a un país pequeño durante un mes entero.
Siento una opresión en el pecho cuando miro a mi abuela, el único vínculo que me queda con mi padre. Haría cualquier cosa por asegurarme de que estuviera sana y feliz durante el resto de su vida.
Sus ojos vidriosos se encuentran con los míos.
—¿Marisol?
—Sí, estoy aquí.
Me trago el amargo resentimiento que me causan sus palabras.
Tener un familiar con alzhéimer hace que acabes deseando cosas tan básicas como que no te llamen por el nombre de tu madre.
La sola idea hace que se me ensombrezca el ánimo, pero procuro contener la tristeza que me provoca recordar a mis padres.
Aunque el hecho de que mi abuela me confunda con mi madre me llena de amargura, en realidad me encanta parecerme a ella.
La gente dice que soy su viva imagen, con curvas, el pelo oscuro ondulado y estatura media.
Lo único de mí que recuerda a mi padre, en cambio, son los ojos marrones y las pestañas largas.
La abuela decía que había heredado los mejores atributos de cada uno.
Me vuelvo hacia el doctor.
—¿Cuánto dinero más suelen costar esos centros?
—Diría que unos cuatro mil euros al mes, más o menos.
La habitación me da vueltas mientras asimilo sus palabras. Eso son cuarenta y ocho mil euros más al año que no tengo. Apenas llego a fin de mes en mi apartamento de Mónaco del tamaño de una caja de zapatos.
—Podemos dejar que se quede aquí otro mes mientras lo gestiona todo, pero tendrá que encontrarle un lugar pronto. Me temo que su estado ha empeorado rápidamente, y nuestro personal no está capacitado para atenderla. El ensayo fue un fracaso.
Me esfuerzo por mantener a raya las lágrimas.
—¿No pueden hacer nada más? ¿No se puede probar ningún otro tratamiento?
—En estos casos, no. Lo siento muchísimo, señorita González. Le recomiendo que disfrute del tiempo que les queda juntas y que le encuentre un lugar en el que puedan cuidarla hasta que...
—Ya. —Me muerdo la lengua para no decir nada de lo que pueda arrepentirme.
—Si se planteara volver a México, los servicios allí son mucho más asequibles. Podría encontrar una buena residencia acorde a sus ingresos.
—Lo tendré en cuenta.
Qué mejor plan que dejar mi trabajo y regresar al país en el que asesinaron a mis padres. Suena tan bien como el mismísimo fin del mundo.
El médico abandona la estancia tras una tensa despedida para que tengamos algo de privacidad.
—Oye, guapa, ¿cómo está Eduardito? —me pregunta mi abuela, cogiéndome el brazo con una mano frágil. Sus palabras me parten el corazón en dos.
—Bien. Ocupado trabajando. —Lleva trece años sin trabajar, pero ¿a quién le importa?
«No te pongas cínica, Elena».
—¿Por qué estás tan triste? Dile que tiene que pasar más tiempo en casa contigo y con la pequeña Elena. Yo ya le he dicho que trabaje menos, pero no me hace ni caso. Es terco como su padre.
Suelto un profundo suspiro antes de seguir fingiendo que soy mi madre.
No tiene sentido que le recuerde que no soy su nuera y que su hijo está muerto.
La última vez que se lo mencioné, se echó a llorar y amenazó con matar a los asesinos con sus propias manos.
Tuvieron que venir dos enfermeros a pincharle algo para que se calmara.
Ese día me di cuenta de que estaba totalmente sola con mis pesares.
Mi abuela no puede soportar la verdad, y tampoco serviría de nada.
Los dos mafiosos de pacotilla que querían ganarse el respeto de un gánster de poca monta asesinando a un embajador murieron antes de pisar el juzgado.
Me paso otra hora interminable viendo la tele y comiendo con ella. Cuando llega el momento de marcharme, me despido dándole un beso en la mejilla.
En cuanto salgo de la residencia, me invade la angustia de no saber cómo voy a hacer para costear sus futuros gastos. No tengo ni idea de cómo puedo ayudarla sin hundirme yo en la miseria. Se me ocurren tres opciones:
Opción 1: Traerme a la abuela a vivir conmigo en mi apartamento y hacerle de enfermera a tiempo completo mientras trabajo en mi oficina/dormitorio.
Opción 2: Volver a México para que pueda estar en una residencia más asequible.
Opción 3: Hacerme estríper aunque se me dé de pena bailar y tenga pánico escénico.
Descarto de inmediato la idea de regresar a México.
Esa opción sería terrible tanto para mi salud mental como para mi trabajo, así que me reafirmo en la negativa.
La abuela necesita ayuda, lo cual significa que tengo que mantener mi empleo en este lado del hemisferio.
Me he pasado años haciendo contactos en la esfera europea del mundillo de la Fórmula 1, y me niego a perderlos así como así.
Con la ayuda de Elías y sus vínculos con las escuderías, he conseguido sacar adelante un pequeño negocio de representación de atletas.
¿Hay empresas más grandes que pueden hacer mi trabajo? Sí.
¿Hay empresas dispuestas a dejarse la piel por sus clientes, sin importar la hora ni la situación? Seguro.
Pero ninguna de esas empresas se preocupa tanto como yo.
Yo trabajo con un número limitado de clientes de forma simultánea para potenciar su imagen pública y proyectar su mejor versión con un plan individualizado.
Gracias a las recomendaciones de Elías, cuento con una cartera de clientes estable.
No le llega a la suela de los zapatos a una gran agencia de relaciones públicas, pero lo he conseguido todo yo.
He sacado el negocio adelante desde cero, y no pienso renunciar a él volviendo a México.
Sería rendirse, y mi padre me enseñó a no tirar la toalla nunca, por muy difíciles que se pongan las cosas.
Vuelvo andando a mi apartamento de mala muerte, que está a un año de ser declarado inhabitable por riesgo de derrumbamiento. La autocomplacencia no es lo mío, pero me merezco una noche de regodearme en la desgracia.
Me planteo llamar a Elías, pero lo descarto cuando recuerdo que está ocupado preparándose para la temporada de Fórmula 1.
Da igual: ni siquiera mi mejor amigo puede sacarme de este pozo en el que estoy metida.
Cuando le cuento mis penurias económicas, siempre acaba ofreciéndome dinero y, aunque yo me niego, hace todo lo que está en su mano por ayudarme.
Me puso en contacto con otras escuderías para que trabajase en sus departamentos de Relaciones Públicas, que a su vez me recomendaron a otras personas, y así es como he conseguido crear mi marca como especialista en salvar reputaciones.
El año pasado di el mayor pelotazo hasta la fecha cuando uno de mis últimos clientes me recomendó para McCoy, la legendaria escudería de Fórmula 1.
Me contrataron para ayudar a uno de los pilotos estrella, Liam Zander, con su reputación.
Ese encargo fue una oportunidad de oro, pero llegó a su fin cuando Liam decidió cambiar de escudería.
Enseguida llego a mi apartamento. Subo las escaleras maltrechas y entro en mi dulce hogar. No paro de darle vueltas a la cabeza mientras me salto la cena, me doy una ducha y me desplomo en la cama. Como no puedo posponer más lo inevitable, saco el móvil y me meto en la aplicación del banco.
No me hace falta más que un minuto para darme cuenta de lo jodida que estoy. Lanzo el teléfono a los pies de la cama y la desesperanza destroza mi último ápice de actitud positiva.
—Dios, si me estás oyendo, sé que últimamente no hemos tenido buena relación, pero te estaría eternamente agradecida si me echaras un cable.
Me vale cualquier cosa, la verdad. Y seamos sinceros: no me vendrían mal un par de milagros o tres; creo que ya va tocando, después de todo lo que he pasado —murmuro al techo.
Siento que la cabeza me va a estallar mientras asimilo la realidad de la situación.
«Otro año, otro tratamiento fallido».
Sufro por mi abuela, por su pérdida de memoria, porque es lo único que me queda de mi antigua vida y se me está escapando entre los dedos. No va a llegar a conocer a mis hijos; ni siquiera me recuerda ya. El dolor me envuelve como un manto.
Odio cuando la tristeza llega de repente cual neblina negra que me roba la felicidad. El sentimiento me atrapa con sus garras invisibles y me toma como rehén. No es algo habitual, pero, cuando ocurre, me trastoca la vida entera.
El móvil comienza a vibrar e interrumpe mis pensamientos. Me estiro para cogerlo de la esquina de la cama y veo que en la pantalla aparece un número desconocido. Lo cojo sin vacilar.
—¿Sí?
—Hola, ¿hablo con Elena González? —me pregunta una voz masculina.
—Sí, soy yo —contesto como puedo.
—Genial. Me llamo Connor McCoy. Me han pasado tu contacto porque trabajaste para Peter McCoy el año pasado.
No sé si estás al tanto de lo ocurrido: ha tenido que dejar el puesto de forma permanente y yo le he sustituido.
Soy consciente de que la temporada está a punto de empezar, pero necesito tu ayuda con un proyecto de relaciones públicas.
—¿Qué tipo de proyecto? —Hago todo lo posible por controlar mi tono de voz y no parecer desesperada.
McCoy solo tiene dos pilotos: Elías, que acaba de entrar en la escudería después de que Liam se marchara la temporada pasada, y el otro, que..., bueno..., digamos que sé lo suficiente sobre él.
—Queríamos contratarte para un trabajo privado. Va a requerir gran parte de tu tiempo, así como un contrato de exclusividad y un acuerdo de confidencialidad.
—¿Cuáles son las condiciones? —inquiero con fingida calma a pesar de que todo el cuerpo me tiembla de la emoción. A estas alturas, con que no tenga que quitarme la ropa, me vale. Aunque incluso eso podría llegar a planteármelo si reviso mis cuentas un par de veces más.
—Te pagaríamos ocho mil euros al mes durante diez meses, empezando en marzo.
Además de un bonus de veinte mil euros si consigues aguantar hasta el último Gran Premio, la primera semana de diciembre.
—Esto último lo dice como rezándole a alguien—.
Queremos que trabajes exclusivamente con Jax Kingston.
Entre tus tareas estaría tenerle controlado y ayudarle a aumentar y mejorar su presencia en los medios de comunicación.
¿Cien mil euros? Por ese dinero haría lo que fuera.
—Tendré que comentárselo a mis clientes, si no os importa —sentencio—. Pero, en cuanto lo tenga todo arreglado, puedo ayudaros con lo que necesitéis.
Connor me comenta las partes más importantes del contrato y enumera todas las tareas que me corresponderían durante la temporada de carreras. Su plan es inteligente y está bien pensado. Termino aceptando sin vacilación; sé que no puedo decir que no a esta respuesta tan evidente a mis plegarias.
No todos los héroes llevan capa. Al parecer algunos van con tatuajes molones y un mono de carreras de McCoy.