1. Jax
Jax
EL PRESENTE
—¡Jax, se te va a enfriar el desayuno! ¿Qué haces toda la mañana metido en tu cuarto? ¡Te tiramos todas las revistas Playboy hace años! —La voz de mi madre me llega a mi vieja habitación por el intercomunicador.
Esto es lo que pasa cuando visito a mi familia durante el parón de invierno. Nada tan agradable en vacaciones como que te despierten a primera hora de la mañana y te acusen de estar cascándotela antes siquiera de tomar el café.
Suelto un gruñido mientras salgo de la cama y aprieto el botón del intercomunicador.
—Me has decepcionado. Lo último que quiero oír cuando estoy al borde del orgasmo es la voz de mi madre.
Su risa hace que el diminuto altavoz de la habitación crepite.
—Eres un guarro. Que Dios me perdone por haber educado a un malhablado como tú. Venga, baja ya. Tu padre se ha marchado a una reunión, y no soporto comer sola.
Somos ese tipo de familia, con intercomunicadores y servicio doméstico a tiempo completo, porque mi padre fue un boxeador de gran renombre en su época que se forjó una vida llena de lujos gracias única y exclusivamente a sus puños. Ya no pelea, pero sus inversiones hablan por sí solas.
Ahora estamos en el mismo escalafón financiero que los capullos que se reían de él por sus orígenes humildes. Bienvenidos al lado oscuro; tenemos más activos y fondos de inversión que la maldita bolsa.
—Ahora bajo, dame un segundo —contesto, para justo después entrar al baño y tratar de despejarme con un poco de agua fresca.
No tenía previsto venir antes del comienzo de la temporada de Fórmula 1, pero mi madre me insistió un montón y me cuesta decirle que no, sobre todo cuando alega que ya me voy a perder la Pascua.
Además, tampoco tenía nada divertido planeado, ya que Liam está ocupado con Sophie y Noah pasa todo su tiempo libre con Maya.
Nuestro trío original se ha quedado reducido a mí.
Que Dios nos pille confesados.
Saco el frasco de pastillas del neceser y cojo una.
El comprimido blanco contrasta con el tono bronceado de mi piel, tentándome.
Gracias a su corta vida media, la autorización de un médico estadounidense y la cláusula de salud mental de la Fórmula 1, puedo tomarme un Trankimazin cuando sienta que lo necesito.
Lo que últimamente es la mayor parte del tiempo.
Sí, tal como suena. Yo, un famoso piloto de Fórmula 1 y reconocido capullo, sufro de ansiedad clínica.
Si la gente se enterara, se partiría el culo de risa antes de que se lo partiera yo de otra cosa, demostrándoles qué pasa exactamente cuando se me crispan los nervios.
Desde fuera parece que estoy bien, pero por dentro estoy hecho un puto desastre.
Desde que era pequeño, mi cerebro no para de dar vueltas a los mismos problemas una y otra vez, como un hámster en una rueda.
Y, de la mano de la ansiedad, vienen los ataques de pánico.
Cuando me dan, hacen que me fallen las piernas, que sienta una opresión horrible en el pecho y que los dedos me tiemblen tanto que no puedo usarlos para nada.
Los ataques de pánico empezaron hace un par de años, y han sido una auténtica jodienda para mi humor y mi productividad.
Suelen darme en los momentos de máximo estrés, como cuando tengo que lidiar con mis padres o me entra el agobio con el futuro, y han ido empeorando durante este último año.
Después de un discreto ataque la temporada pasada en mitad de una carrera que McCoy tildó de «fallo técnico», decidí que las pastillas eran la única solución posible.
No quería ir a terapia, y por suerte di con un médico estadounidense que estaba dispuesto a arreglar el problema sin necesidad de que me abriera en canal a él.
Ahora el Trankimazin me mantiene lo suficientemente cuerdo para saber que mi coche no va a acabar estampado contra el muro más cercano en cualquiera de estas carreras.
Me tomo los ataques de pánico como una forma de penitencia por vivir la vida al máximo mientras mi madre sufre.
Lo que me ocurre a mí es un recordatorio constante de los síntomas similares que ella padece.
La enfermedad de Huntington es una auténtica mierda, que le va robando momentos buenos año tras año.
Hace que parezca débil y frágil. Mi ejemplo a seguir, la luz de mi vida, se enfrenta al peor pronóstico posible mientras yo vivo rodeado de lujos en el mundillo de la Fórmula 1.
Los ataques de pánico y la ansiedad son una tontería en comparación.
Pero ya sabes lo que dicen los profesionales: un par de trankimazines al día mantienen las preocupaciones en la lejanía.
Me trago la pastilla antes de salir de la habitación, sin ganas de seguir rayándome con chorradas.
Mis pasos resuenan por el suelo de mármol mientras recorro nuestra lujosa casa.
Las paredes claras combinan de maravilla con el resto de tonos que eligió mi madre, creando un espacio acogedor del que a veces me cuesta marcharme.
Las habitaciones de hotel en las que me hospedo la mayor parte del año no tienen ni punto de comparación.
Mi madre me sonríe cuando entro en la cocina digna de un auténtico chef.
—Pero mira quién está aquí, mi hijo favorito.
—Soy tu único hijo, no puedo no ser tu favorito. —Me acerco y le planto un beso en la coronilla antes de sentarme frente a ella.
—Siempre has sido un petardo que no sabe aceptar un cumplido. —Con dedos temblorosos, se aparta unos mechones de pelo rubio y liso de la cara. No se parecen en nada a los apretados rizos oscuros que procuro llevar bien rapados para la temporada de competición; son como hilos de oro.
Mis genes resultan una mezcla de los de mi madre, una mujer blanca sueca, y los de mi padre, un hombre negro británico.
Labios carnosos, ojos de un color marrón verdoso fruto de ambas herencias y una piel morena cuya tonalidad cambia ligeramente dependiendo de la estación...
Está mal que yo lo diga, y las novias de mis amigos siempre ponen los ojos en blanco cuando hago comentarios del estilo, pero me parece que soy bastante atractivo.
—Lo siento, no sé dónde he dejado los modales.
—Probablemente se te hayan perdido en alguno de tus muchos viajes a Mónaco. Jackie todos los años saca el tema de tu noche en el casino.
—No todos los días alguien como yo tiene la oportunidad de pasarse toda la noche apostando con un miembro de la familia real —repongo, moviendo las cejas arriba y abajo.
Jackie, nuestra empleada doméstica, deja un plato de desayuno y un té delante de mí.
—Aunque tu madre te trate como su principito, de realeza no tienes nada.
—Auch. Ya me besarás las botas cuando me nombren caballero. —Le guiño un ojo.
—¿Quién te va a nombrar a ti caballero? El camarero de la zona VIP no cuenta. —Jackie se cruza de brazos y se apoya en la isla de la cocina.
Mi madre suelta una carcajada sonora. Luego me pregunta:
—¿Y tienes que irte en una semana?
—Tú eres el único motivo por el que me plantearía dejar la Fórmula 1, aunque solo fuera durante dos segundos —contesto, sacudiendo la cabeza y sonriéndole.
—Ya es un segundo más que ayer. Imagínate si me las arreglara para que te quedaras aquí meses... Acabaría saliéndome con la mía seguro.
Mi madre se lleva la taza de té a los labios. El temblor de los dedos hace que la mitad del líquido termine derramándosele en la mano y el vestido.
—Mierda. Deja que te ayude. —Cojo mi servilleta de tela y le limpio como puedo las gotitas de la piel pálida.
—Qué bochorno... —suspira.
Me duele el alma al ver su cara de resignación. Siento que el pánico empieza a acumulárseme en el pecho, y los pulmones me arden cada vez que respiro. «Ahora sería un buen momento para actuar, mi querido Trankimazin».
Trato de mostrar una calma que no concuerda con el ritmo acelerado de mi corazón.
—¿Qué te dijo el médico ayer?
Ella esboza una levísima sonrisa.
—No te preocupes por mí, anda.
—Mamá...
Pone los ojos en blanco con un descaro que hace desaparecer su expresión afligida.
—Vale, vale. Me ha dicho que tenemos que seguir vigilando los problemas de ánimo y movilidad que he tenido últimamente, pero que en general estoy bastante bien. Son optimistas con mi evolución.
—Buenas noticias, ¿no? Igual no es tan malo como se piensan.
Me rodea la mejilla con la mano trémula.
—Bueno, dicen que quizá pueda vivir unos pocos años más de lo que esperaban.
—Entonces, ¿estamos hablando de unos quince años más juntos, aproximadamente? —Odio lo poco convencida que suena mi voz.
—No te lo puedo asegurar. Desearía poder darte más información, pero eso es lo único que sé. —La sonrisa le flaquea.
Dejo el plato a un lado, se me ha quitado el apetito.
—¿Y te ha dicho algo sobre cómo mejorar los temblores?
—Lo único que podemos hacer es vigilar que no empeoren. Ah, y me ha dicho que, para ayudarme con el estrés, mi hijo debería dejar de ser tan cabezota y buscar...
—Ni hablar.
—Pero...
—No, y no voy a cambiar de opinión. —Suspiro—. Lo siento. Me sabe fatal decepcionarte, de verdad, pero no va a servir de nada. —Las manos me tiemblan debajo de la mesa.
—Tenía que intentarlo. Cada vez que voy al médico, me preocupo por ti. Pienso en lo nervioso que te pones y en las pastillas esas que empezaste a tomar el año pasado... Las benzos ni siquiera te hacen bien, así que no intentes restarle importancia. Me da por pensar si tus temblores son por...
—Mamá, por favor, deja de preocuparte por mí —le pido en un susurro.
Joder, me conoce demasiado bien, pero tengo que mantenerme firme—.
¿Podemos dejar el tema ya? Vamos a disfrutar de esta última semana antes de que me vaya.
No sé cuándo podré volver ahora que Liam se ha ido y todo está patas arriba en McCoy.
—Mi voz, rasposa y quebradiza, rezuma desesperación mientras la miro con los ojos muy abiertos.
—Vale, lo dejo por ahora, aunque solo porque no soporto esos ojos de perrito apaleado que me pones siempre. Así es como acabaste teniendo cuatro caries con solo cinco años.
—Es que soy encantador. —Le dedico mi sonrisa más deslumbrante, confiando en disipar así todos sus temores.
—Uy, estoy al tanto, he leído todos los titulares del Daily Mail . No sabes las veces que has conseguido que quiera arrancarme los ojos.
Pongo una mueca.
—Lo siento, mamá.
—No veo el día en que por fin encuentres a una chica como Dios manda y dejes atrás las noches de desenfreno.
Me río.
—Que encuentre una chica así no significa que me vaya a casar con ella, lo sabes, ¿verdad?
—Con lo listillo que eres, ¿quién se te va a resistir?
Jackie recoge mi plato sin acabar y comenta:
—Pues cualquier mujer que piense con el cerebro en lugar de con lo que tiene en la entrepierna.
Mi madre se aguanta la risa.
—Ay, Jackie, qué cosas tienes.
—Solo digo la verdad. —Se encoge de hombros antes de ir al fregadero.
—Bueno, pues, ahora que me has quitado el apetito, qué menos que hacer feliz a tu madre. Ya sabes qué me gusta más que nada en el mundo.
—¿Papá?
Se ríe por la nariz.
—Muy buena. Al final va a ser verdad que has heredado mi sentido del humor. Venga, mi buen señor, ¿podría, por favor, llevarme a nuestro lugar especial?
—Sus deseos son órdenes, señorita. —Me pongo de pie y le ofrezco mi mano tatuada.
Se apoya en mí mientras vamos juntos al salón principal de la casa. El piano de cola reluce en el centro de la estancia. La dejo en un sillón cómodo antes de sentarme en la banqueta y girar la cabeza para mirarla.
—Obligarte a ir a clases de piano es la mejor decisión que he tomado como madre —me asegura, entrelazando las manos y sonriendo.
—¿En serio? ¿De todas las cosas que has hecho esta es la mejor?
—Uy, desde luego. Tu padre no tiene nada de oído, así que tú eras mi única esperanza.
Le devuelvo la sonrisa y me pongo en posición. Mis dedos acarician suavemente las teclas de marfil antes de empezar a tocar una canción de su grupo favorito.
—Ya ni siquiera me enfada que te negaras a aprender música clásica para tocar este tipo de música —dice por encima del sonido del piano.
—Ya sabes, siempre he sido un rebelde sin causa.
—No me digas. ¿De quién te crees que lo has sacado? Creciste escuchando la historia sobre cómo abandoné a mi propia familia sin mirar atrás ni una sola vez en lugar de cuentos para dormir.
—Es que tú eras una rebelde con causa. El mejor tipo.
—Pues que no se te olvide. —Me guiña un ojo—. Venga, ahora toca mi favorita. Sé que a ti también te encanta.
Me sumerjo de lleno en la música. Desconecto de mis pensamientos y dejo que las preocupaciones se alejen al son de la melodía.
El tema es precioso, sobrecogedor, y resuena en los altos techos del salón. Mi madre no para de sonreír. Hace que haya merecido la pena venir de visita a pesar de la punzada que siento en el pecho cada vez que la veo sufrir.
La vida vuelve a la normalidad cuando cierro la tapa del piano y ayudo a mi madre a subir al dormitorio matrimonial. Sus piernas inestables y su bastón me arrebatan el buen humor, sustituyendo la alegría por pura desolación.
Por la noche, después de que a mi madre se le salten las lágrimas tras la tercera vez que se le cae el tenedor durante la cena, escribo a unos viejos colegas para ir a alguna discoteca. Y así, como si nada, mi mal humor se ahoga en alcohol y malas decisiones.