Amor en pole position (Dirty Air 3)
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Prólogo. Elena
Prólogo
Elena
HACE TRECE AÑOS
—Si no estás lista en cinco minutos, no habrá cuento que valga. Me da igual que ya tengas doce años, la hora de irse a la cama sigue siendo las ocho. —La voz de mi padre resuena por los pasillos de nuestra casa de dos plantas.
Voy corriendo al cuarto de baño. Hoy los deberes me han llevado más tiempo que de costumbre, así que tengo que apresurarme para acostarme lo antes posible. Después de lavarme los dientes, me hago una trenza rápida en el pelo ondulado y me cambio las lentillas por las gafas.
Consigo abalanzarme sobre la cama con treinta segundos de sobra y caigo en el blando colchón con un golpe seco.
Oigo los pasos de mi padre antes de que su cabeza asome por la puerta para ver cómo voy.
Le dedico una sonrisa de oreja a oreja mientras cruzo las piernas y entrelazo los dedos de las manos.
Él abre la puerta un poco más y me mira con los ojos marrones entrecerrados.
—¿Tengo que comprobar si te has pasado el hilo dental?
Niego con amplios movimientos de la cabeza mientras me aguanto la risa.
—La próxima visita al dentista la vamos a pagar con el dinero de tu hucha.
—Te prometo que mañana lo hago. Me muero de ganas de leer contigo, y he tenido un montonazo de deberes. ¿Por qué no puedo ir al cole con todos mis amigos? Ellos terminan los deberes en una hora o menos.
Desde que mi padre obtuvo el puesto de embajador de México hace unos años, nuestras vidas han cambiado.
Nos mudamos a un barrio mejor, me matricularon en un cole privado y ahora tenemos dinero para irnos de vacaciones de vez en cuando.
Mi madre se queda en casa mientras mi padre viaja por trabajo a Estados Unidos para cosas importantes relacionadas con el gobierno.
—Porque algún día me darás las gracias por obligarte a ir a un colegio donde puedas practicar el inglés.
—Pero es que me hacen hablar en inglés todo el día —me quejo.
Él me da un golpecito con el dedo en la nariz arrugada.
—Y mira lo bien que se te da leer ahora. Me alegra ver que no estoy tirando el dinero a la basura.
Se sienta a mi lado y la cama se hunde bajo su peso mientras se acomoda junto a mí.
Abre mi ejemplar en inglés de Los juegos del hambre por el capítulo donde lo dejamos la última vez, preparado para empezar con nuestra tradición nocturna.
Aunque desde que tiene tantas responsabilidades con el trabajo nuevo a veces se pierde nuestras noches de lectura.
—¿Estás lista? —pregunta, enseñándome la primera página del capítulo.
—¡Sí, sí, sí!
—Ya sabes cuál es el trato. —Me aparta un mechón de pelo que se me ha escapado de la trenza.
Contengo el impulso de poner los ojos en blanco.
—Que sííí... Tú empiezas y yo acabo. Venga, va. —Hago un gesto impaciente con la mano, como diciéndole «menos hablar y más leer».
Su voz áspera comienza por donde nos quedamos hace dos semanas. Yo me apoyo en los almohadones con volantes atenta a cada palabra, con ganas de saber ya si Katniss logrará salir con vida de la cornucopia.
Me pasa el libro a mitad del capítulo y me va corrigiendo según leo. Mi acento se vuelve más marcado por la emoción, y el capítulo se me pasa volando hasta que termina en el momento de máximo suspense, dejándome con ganas de más.
—¿Un capítulo más? ¿Porfa? —le pido batiendo las pestañas. Son tan largas que me dan contra los cristales de las gafas, un inconveniente que suelo evitar usando lentillas.
Él niega con la cabeza.
—Ojalá pudiera, pequeña, pero mamá quiere que la ayude con los platos antes de acostarnos.
Me aferro a su costado valiéndome de todos mis encantos.
—Pero es que has estado un millón de años fuera, me debes al menos diez capítulos.
—¿Diez? —Mi padre se ríe y me abraza—. Vale, ¿qué me dices de mañana? Estoy dispuesto a ofrecerte tres capítulos.
Me aparto y me cruzo de brazos.
—Vaaale. Si no hay otro remedio... —Le hago un gesto con la mano para que se vaya, suspirando mientras me dejo caer dramáticamente en la almohada.
—Ya sabía yo que el colegio nuevo te iba a ir bien. Mírate, ya te portas como toda una señorita. Y en este año has mejorado mucho la lectura. Estoy muy orgulloso de ti. —Me da un suave beso en la frente antes de marcharse y cerrar la puerta de mi habitación.
Yo apago la luz de la lamparita de mesa.
Se me cierran los ojos y mi mente empieza a divagar, pensando en el libro y en cómo ha terminado el capítulo.
Me muero por saber qué va a pasar a continuación.
Como no me puedo dormir, saco una pequeña linterna que tengo guardada en el cajón de la mesita de noche para ocasiones como esta.
Cojo el libro y me meto en el armario. Como mis padres me pillen leyendo tan tarde entre semana, me van a echar una bronca tremenda.
Así que, para ahorrarnos a todos esa situación, me escondo en mi lugar de siempre, entre la ropa y un par de cajas de cartón.
La linterna proyecta luz en la oscuridad mientras abro el libro por el siguiente capítulo.
Voy resiguiendo las frases con el dedo para no perderme mientras leo. Katniss consigue alejarse de los demás sin que la maten. Es muy valiente y guay.
De repente, oigo un chillido proveniente de la planta de abajo. Se me pone la piel de gallina del miedo. Los gritos de mi padre me sobresaltan, y mis dedos temblorosos sueltan sin querer el libro de tapa dura, que cae al suelo junto a mis pies con un golpe seco.
Aguanto la respiración al tiempo que intento entender qué es lo que estoy oyendo.
El sonido de cristal haciéndose añicos a lo lejos y las súplicas de mi madre me hacen entrar en pánico.
El corazón se me acelera en el pecho cuando mi padre pasa del inglés al español rogando piedad.
Unas voces desconocidas vociferan algo antes de que suene otro estruendo de cosas rompiéndose.
Papá me avisó de que podían darse situaciones así. Me enseñó que yo debía quedarme en mi cuarto y esperar a que uno de los dos viniera a buscarme.
Oigo otro grito de mi madre y se me para el corazón. Me mantengo inmóvil sentada en la moqueta, tanteando con los dedos para coger la linterna.
Mi padre grita; sus imploraciones me llegan a través de la puerta cerrada de la habitación. Empiezo a temblar sin poder evitarlo.
Un estallido atronador resuena por toda la casa, como si alguien hubiera tirado un petardo. Mi padre deja de gritar y mi madre suelta un alarido de dolor.
Los dedos siguen temblándome mientras apago la linterna. El clic del botón suena demasiado, rompiendo el silencio a mi alrededor en la oscuridad que me envuelve. Oigo más estallidos y mi madre de pronto se queda en silencio. Me da un escalofrío.
«Uno. Dos. Tres».
Los ojos se me humedecen y me cuesta respirar.
El retumbar de mi corazón me impide oír con precisión.
En mi fuero interno sé que algo va mal, que no está bien que ya no oiga a mis padres gritar.
Sacudo la cabeza como si el movimiento pudiera quitarme la preocupación de la mente.
La sola idea de que les pueda pasar algo malo me supera.
Contengo la respiración cuando mi puerta se abre con un crujido.
«Ya está. Se acabó. Me van a encontrar».
La puerta del armario amortigua el sonido de las pisadas. Me hago un ovillo en un intento por ocultarme en el rincón más recóndito del armario, tras las cajas y los estantes de ropa.
Yo no soy Katniss Everdeen.
Soy una farsante que se esconde y se encoge muerta de miedo. Se abren las puertas del armario y siento que la bilis me sube por la garganta. No me atrevo ni a tragar por temor a que el desconocido note mi presencia.
Las perchas se mueven de un lado a otro y mis zapatillas salen volando. Me esfuerzo por no respirar siquiera cuando algo golpea la caja que tengo justo delante. Y, tan pronto como ha llegado, el desconocido cierra el armario y se aleja.
—La hija no está aquí. ¿Puede ser que esté con algún familiar? ¿O deberíamos revisar todas las habitaciones?
Me tapo la boca con la mano para evitar hacer ni un solo sonido. Las lágrimas me recorren los dedos, pero permanezco en silencio.
—Olvídalo. El trabajo está hecho. El jefe estará orgulloso de nosotros, tanto que después de esto tendrá que ascendernos. Eduardo lleva años haciéndole la vida imposible.
Hago lo indecible por no vomitar y delatarme. Katniss no estaría llorando. Habría salido del armario y habría hecho algo. Lo que fuera.
Yo, en cambio, soy patética, débil, una cobarde que apenas puede respirar mientras se aguanta las arcadas.
Oigo un portazo en alguna parte de la planta baja.
«Ahora mamá y papá van a venir a por mí. Están bien. Quizá heridos, pero vendrán».
Los minutos pasan, y yo sigo sin oír ni un sonido. No paro de llorar mientras rezo por que mi padre venga a buscarme y me lleve en brazos a la cama.
Me paso horas sin moverme, muerta de miedo ante la idea de salir. Los ojos se me acostumbran a la oscuridad y me mezo para calmarme.
En algún momento reúno el valor de salir del escondrijo, aunque el corazón me da un vuelco en cuanto abro la puerta del armario. Me quedo muy quieta, aguzando el oído por si hay alguien que pueda advertir mi presencia. Transcurren unos minutos antes de sentirme segura para seguir moviéndome.
Respiro hondo y abro la puerta de mi dormitorio, que cruje como si estuviéramos en una peli de miedo. El corazón me va a mil; suelto un suspiro entrecortado.
Odio la oscuridad. La casa da muy mal rollo con todas las luces apagadas, las sombras acechando en los rincones tenebrosos. Me da un escalofrío y se me pone la piel de gallina.
—¿Mamá? ¿Papá?
Silencio. Un silencio y una oscuridad absolutas que hacen que note las pulsaciones en la vena del cuello. Resisto la tentación de volver corriendo por donde he venido y esconderme bajo las sábanas. Katniss no tendría miedo en la oscuridad; sería fuerte, valiente.
Me tropiezo con algo que me impide entrar en la cocina. Bajo la cabeza sin pensar.
—¡No! No, no, no, no, no...
La linterna que llevo en las manos cae al suelo y se aleja rodando. Las piernas me fallan y las rodillas chocan contra el suelo. Agarro la mano de mi madre; la siento fría y rara.
Las lágrimas me surcan las mejillas antes de caer sobre ella. Me coloco encima de su cuerpo, la estrecho contra mí.
—¡Mamá! ¡Despierta! —Le aparto el pelo de la cara con dedos temblorosos y el corazón se me encoge al encontrarme con la mirada vacía de sus ojos.
Unos ojos fríos, sin vida, exentos de toda su calidez habitual.
—Mamá, ¿qué está pasando? Vuelve conmigo, por favor...
Siento las manos pringosas y se me resbala su cuerpo.
Me miro los dedos, pero la ausencia de luz hace que me cueste ver por qué están húmedos.
Las lágrimas me nublan la vista mientras recupero la linterna.
La luz da de lleno en mi padre, que está tirado al lado de mi madre con un reguero de sangre tras él.
Se me escapa un sollozo cuando me arrastro a su lado, le abrazo y le pego la oreja al pecho con la esperanza de que siga vivo. Puedo llamar a una ambulancia o a la abuela para que me ayude.
—Por favor, papá, no me abandones...
Silencio.
No oigo latidos, ni respiración. Nada.
—No, no, no. —Empiezo a soltar gemidos desconsolados.
Lloro contra su pecho, perdiendo el control de mí misma. Desprende un olor extraño. Le agarro por el traje y le sacudo como si pudiera hacerle volver a la vida.
Volver a mi lado.
—No me dejes... —murmuro con la voz quebrada.
Nadie responde. Nadie oye mis lamentos. Nadie puede salvar a mis padres.
Están muertos.
Los han asesinado.
Las manos me brillan en la penumbra, pegajosas y llenas de sangre. Me entra un ataque de náuseas. Apenas logro dar unos pasos antes de que la cena me suba por la garganta y mi cuerpo se vacíe hasta quedarse sin nada dentro.
Me apoyo con manos temblorosas en el suelo de madera. Un trocito de cristal se me clava, provocándome un dolor punzante. En cuanto me quito el fragmento del dedo corazón me empieza a sangrar la herida.
Las lágrimas siguen cayéndome por la cara antes de aterrizar en el suelo y mezclarse con el reguero de sangre que ha dejado mi padre tras él.
Me tumbo en el suelo frío y me llevo las rodillas al pecho, deseando que los asesinos me hubieran matado a mí también. Me tiembla el cuerpo mientras me balanceo en un intento por calmarme. Apago la luz de la linterna y dejo que las sombras me traguen y que el silencio me desgarre.