ROSAS MARCHITAS
Scarlett supo que algo pasaba cuando observó la hora del mensaje de Linda en su teléfono móvil.
Tampoco le extrañaba demasiado. Era probable que ni siquiera hubiera abierto aquellos dos mails, porque durante el último fin de semana que había pasado en el rancho, no habló de ello.
Puede que quisiera que ella los leyera antes, como había sucedido con anterioridad, o que lo hicieran juntas.
Por eso, no tardó ni cinco minutos en salir del trabajo y dirigirse hacia el rancho Clayton.
Encontró a Linda fuera, incluso podría decir que la estaba esperando.
—¿Va todo bien? —preguntó Scarlett nada más bajarse del vehículo.
Linda asintió con la cabeza y abrazó a su amiga.
—Vamos dentro, Scarly.
Ambas mujeres entraron en el despacho. La vista de la recién llegada se fue hasta el ramo de rosas de Colt. Tenía un buen puñado de pétalos a su alrededor sobre la pequeña mesa.
—Sofía no lo ha querido tirar aún —dijo Linda por toda explicación.
—Yo tampoco lo habría hecho —opinó Scarlett.
La dueña del Clayton sonrió. Apoyó el trasero en el escritorio, mientras agarraba con ambas manos el borde del mismo y cruzaba los pies, mirándose las botas.
—Colt me ha escrito otro mail —dijo a su amiga.
—¿Lo has leído?
Linda guardó silencio unos instantes y después asintió con la cabeza hacia Scarlett.
—¿Y? —volvió a preguntar.
—Era —carraspeó—. Una despedida.
—¿Se rinde? ¿En serio? —Scarlett se sintió desilusionada.
—Me da lo que le pedí. Que se fuera de mi vida.
—Deberías estar satisfecha —dijo, entre sarcástica y molesta, dejándose caer en uno de los sofás.
Linda respiró hondo.
—No, no lo estoy.
—Esto resulta interesante —la ceja de la mujer se levantó—. ¿Qué ha pasado, Linda?
—Que no estoy tan segura de haber tomado la decisión correcta.
—Debiste escucharlo —añadió Scarlett.
Linda asintió mientras cerraba los ojos un segundo. Luego se mordió el labio inferior y continuó, pensativa.
—Creo que… le quiero —dijo.
—¡Claro! —convino la otra, tratando de que su amiga le ofreciera una explicación algo más amplia.
—Puede que me haya equivocado pidiéndole que se fuera.
—Tú lo crees, yo lo sé. ¡Aleluya!
Linda sonrió.
—Sí —dijo, escueta.
—¿Qué vas a hacer?
Linda respiró hondo, lanzando un suspiro y se miró a los pies.
—No sé. ¿Qué te parece si… tenemos una tarde de chicas? Creo que ahora solo necesito despejarme de todo.
—De acuerdo —aprobó Scarlett, sabiendo que admitir todo aquello había sido demasiado para su amiga, al menos por ese día y de momento. Necesitaba airearse y algo de distracción—. ¿Dónde vamos?
—¿Oklahoma City te parece bien? —preguntó, a sabiendas de que su amiga no se negaría a pasar una tarde en la capital del estado.
—Me parece que solo necesitas cambiarte de ropa y seré toda tuya —sonrió Scarlett.