LA ÚLTIMA CARTA
Colt miró por la ventana de la habitación de la casa de su hermana.
Después dirigió la vista hacia el ordenador portátil abierto que tenía sobre la mesa del escritorio y respiró hondo.
Tenía que ser realista: Linda no lo perdonaría.
Le habría gustado que las cosas se hubieran dado de otra forma.
En aquellas semanas había pensado qué habría sucedido si, durante la primera copa que habían compartido, le hubiera dicho que era Charlie Sierra.
Pero, si era sincero consigo mismo, mirando atrás, ni siquiera él había estado preparado para ello.
—¡Mierda, Colt! —exclamó en voz alta, riñéndose a sí mismo y sintiéndose cobarde por no haber actuado así.
La realidad era que no había creído en aquello de las relaciones epistolares hasta que la carta de Linda le tocó el corazón.
Caminó hasta el escritorio y se sentó frente al ordenador. Aquella sería la última vez, debía dejarla ir.
***
La cosecha había terminado finalmente y el trigo estaba vendido, excepto el que se guardaba para alimentar a los animales. El precio fue justo y Linda estaba satisfecha. Tenía que actualizar algunos datos en el ordenador y se dispuso a ello.
Cuando terminó, se arrellanó en el sillón del escritorio y la mirada se desvió hacia el ramo de rosas que permanecía en la mesa baja, más allá.
Algunos pétalos habían caído sobre ella, a pesar de que Sofía les cambiaba el agua a diario para mantenerlas lo más perfectas posibles.
No dudaba que si no hubieran sido de quien eran, ya habría corrido otra suerte por parte de su ama de llaves.
Pero la vida de aquellas rosas llegaba a su fin y era un hecho objetivo, por más que Sofía tratase de retrasar el momento.
De repente sintió un leve pinchazo en el corazón; dejaría de verlas pronto. Se preguntó si él le volvería a enviar más. Y la expectativa de que eso no sucediera la entristeció. Suspiró y volvió a mirar hacia la pantalla del ordenador.
Le había costado algunos días, pero finalmente había abierto aquellos dos correos electrónicos del exmarine y los había leído.
Primero con algo de escepticismo, luego el corazón tomó cartas en el asunto y le hizo volver a creer en él, para más tarde dejarlo de hacer.
Su cabeza le decía que la habían engañado en el pasado con palabras y promesas vacías e incumplidas.
Eso había pasado hacía unos días. Solo los había leído, no había contestado, y si era sincera, era algo que no estaba segura que fuera a hacer.
Respiró hondo y volvió a centrar la vista en el ordenador. Abrió la bandeja de correo electrónico y se topó con un nuevo correo de él que se sumaba a los dos que aún conservaba.
De: Colt Sullivan
Asunto: La última carta. Adiós, Linda.
Tragó saliva después de que el corazón le diera un vuelco en el pecho. Era… ¿una despedida?
Permaneció observando la bandeja durante unos instantes. ¿Debería abrirlo?
Dejó el ratón, apoyó el codo sobre el escritorio y se masajeó un lado de la frente, tratando de decidir qué hacer. Luego volvió a tomar el ratón en su mano y, respirando hondo, le dio al clic y lo abrió, conteniendo el aliento ahora.
Querida Linda:
Este es el correo más difícil que he escrito nunca. Y a la vez, me temo que el más necesario.
Me pediste que me fuera. Soy consciente de que no solo hablabas en el plano físico, sino de muchas otras formas.
Comencé a escribirte para mantenerte cerca de alguna forma y cada día buscaba una excusa para seguir haciéndolo, puede que de una manera egoísta e incumpliendo tu deseo. Lo siento. De verdad.
Quiero que sepas que respeto tu decisión y tras esta misiva, no volverás a recibir ninguna otra de mi parte.
Aunque haya tardado semanas en encontrar la fuerza de hacerlo (realmente no la he hallado, no te voy a mentir).
Como buen marine, aprendí a cumplir órdenes, aunque me rompan por dentro, como en esta ocasión.
Solo me gustaría que supieras todo lo que has significado en mi vida y cómo la has cambiado. Primero con tu carta en Navidad, que alimentó mi alma. Y luego tus galletas de jengibre, que me dieron el sabor del hogar que tanto necesitaba en esos instantes.
Un hogar que, después, también me ofreciste en Kingfisher, porque si cuando me enviaste aquella primera carta estaba perdido, cuando salí de los marines no lo estaba menos. Justo por eso, probablemente mis pasos terminaron en el lugar de donde era mi salvadora.
Lamento no haber estado a la altura y siento haberte decepcionado como lo hice con mi decisión de mantener a Charlie Sierra oculto detrás de mí.
Solo espero, de verdad y con todo mi corazón, que seas feliz, porque sé que lo mereces. Mis sentimientos no han cambiado hacia ti, pero sí mi determinación para respetar tus deseos, hasta las últimas consecuencias.
Te quiero.
Adiós, Linda.
Colt S.
Linda volvió a tragar saliva una vez terminó la lectura. Seguía mirando las últimas palabras escritas en él y el «Te quiero» se le clavó en el centro del corazón, a pesar de que no era la primera vez que él se lo había dicho o escrito. «Adiós, Linda».
Trató de respirar hondo y no lo logró. Apagó el monitor y se levantó del escritorio. Volvió a tratar de inhalar aire; le faltaba, no podía llenar sus pulmones. No era ella, no era la habitación, era… cerró los ojos con fuerza y tragó el nudo de la garganta.
Se dirigió hacia los sofás y se sentó en uno de ellos, recogiendo las piernas sobre él, mientras centraba la vista en el ramo de rosas rojas de Oklahoma, que había vivido tiempos mejores. Lo observó fijamente a la vez que apartaba la humedad de los ojos, parpadeando de forma rápida.
Dos pétalos se desprendieron de las rosas, cayendo sobre la mesa y ella siguió con la vista la trayectoria de los mismos: Todo había terminado.
Las lágrimas resbalaron a continuación por su rostro y se sintió vacía de repente, como nunca antes le había ocurrido. Había esperado durante semanas que Colt dejara de escribirle y, ahora se dio cuenta de que no era feliz sabiendo que lo había logrado.
Se echó en el sofá, acurrucándose de lado. Siguió observando las rosas mientras se volvían turbias delante de sus ojos.