VUELVEN LAS GAFAS
Linda volvió a hacer el último turno de la cosechadora, relevando a Jacob.
Uno de los obreros tenía el día libre y el otro se afanaba en atender a los animales.
Jacob paró la máquina y se bajó de ella nada más terminar la vuelta, había visto la camioneta aparcada en un lateral del terreno y a su jefa apoyada en ella.
—Te he traído una cerveza muy fría —dijo Linda, mostrándole una pequeña nevera portátil que abrió.
—Gracias —observó a Linda, su rostro era serio y volvía a lucir unas grandes gafas de sol—. ¿Un mal día?
—Algo así —dijo ella, mientras veía cómo el hombre bebía un buen trago de la cerveza—. ¿Se mantiene la media?
—Mejor de lo esperado, las lluvias de finales de primavera nos han salvado.
—Estupendo —se alegró Linda, tratando de esbozar una sonrisa.
—¿Quieres que hablemos? —preguntó Jacob.
—No —dijo ella—. Solo quiero montarme en esa máquina y cosechar mis campos.
La mujer se encaminó hacia la cosechadora.
—De acuerdo. Llámame para venir a recogerte —le gritó Jacob, que ya había quedado atrás.
Ella levantó la mano, dándole a entender que lo haría. Jacob observó cómo arrancaba de nuevo el motor y volvía a enfilar el campo para seguir cosechando el trigo. Sacudió la cabeza, negando. No le gustaba verla así.
***
Colt caminó por las calles de Winfield, Kansas.
Tenían algunas cosas que comprar en la ciudad.
Hacía demasiado tiempo que no estaba allí.
Ni siquiera se había encontrado con algún conocido.
Las caras habían cambiado y se dio cuenta de que, de repente, aquel no era su lugar en el mundo.
Sabía dónde estaba el que sí lo era y lo entristeció.
Su hermana, a su lado, sí que se paró a saludar a algunas personas a las que lo había presentado, orgullosa.
—Cambia un poco esa cara —le dijo Nora—. Va a parecer que te he secuestrado y estás en contra de tu voluntad.
—Lo siento —se disculpó él—. No soy una gran compañía.
—No digas tonterías, lo eres. ¿Qué te parece si te invito a un café? Y algo de azúcar. Un pastel, por ejemplo.
—Un café siempre me anima —se obligó a sonreír.
Su hermana lo tomó por el brazo y lo dirigió hacia una cafetería con un intenso olor a pasteles recién horneados.
—Tan solo el aroma me anima —dijo Nora, sentándose a una mesa del lugar.
—No está nada mal —convino Colt, observando a su alrededor.
Nora ordenó dos cafés y una porción de tarta, la cual pensaba compartir con su hermano. Al poco, fueron servidos.
—Es extraño volver, ¿verdad? —preguntó al rato, viendo que el rictus de su hermano no había mejorado demasiado ese día.
—Lo es. Demasiado tiempo fuera. Siento que no conozco a nadie y que nadie me conoce.
Nora miró a Colt con atención, mientras este le dedicaba una sonrisa a continuación y ella masticaba el trozo de tarta de manzana que había pedido.
—Me has hecho falta, ¿sabes? —le dijo—. Y no lo tomes como un reproche. Creo que ya tienes bastante de eso sobre tus espaldas.
—Entonces diré «gracias» —sonrió con cariño y colocó la mano sobre la de ella un instante.
Nora continuó degustando su tarta, mientras seguía observando a su hermano pequeño.
—¿Por qué no vas a verla? —preguntó de repente.
Colt respiró hondo antes de responder.
—Porque no soy un maldito acosador.
—No creo que ella lo piense. Le has escrito mails, CC me ha dicho que le habías enviado flores… puede que ya no esté tan enfadada y sea momento de que te dejes caer por allí y tratar de hablar con ella.
—Podría llegar a pedir una orden de protección contra mí. O mejor aún, pegarme un tiro.
—No lo creo —desdeñó Nora.
—No la conoces —dijo Colt, sonriendo al recordar la fuerza que tenía Linda.
—¿Y si… voy yo?
—¿Mandando a mi hermanita? —se burló él.
—Soy tu hermana mayor —Nora se puso recta en la silla.
—No quiero cagarla más con ella —le dijo.
—Puedo usar el apellido Callaway e interesarme por algún toro que tenga. Los rancheros siempre vendemos animales o estamos interesados en la sangre de nuestras reses. Ni siquiera tiene que saber que soy tu hermana.
—No —dijo Colt, haciéndole saber que no aprobaría tal cosa—. No pienso volver a mentirle.
***
—El trigo ha subido —informó Jacob mientras conducía la camioneta de vuelta a casa. El punto del rocío había llegado y Linda había terminado de cosechar, al menos por esa jornada.
—¿Dónde? —preguntó Linda.
—En Texas. Ya sabes que cuando sube allí, al par de días lo hace aquí.
—Genial, ganaremos más —convino Linda, de nuevo sin emoción en su voz. A pesar de que se alegraba de ello.
—Es casi de noche —informó Jacob, observando que la mujer seguía con las gafas de sol puestas.
—Lo sé —dijo ella.
—Lo digo por las gafas —aclaró él.
—También lo sé —respondió secamente.
—De acuerdo.
Linda suspiró y se las apartó, poniéndolas sobre su cabeza.
—¿Contento? —lo miró sin ellas. Era estúpido, él sabía por qué las llevaba tan bien como ella el por qué las usaba.
—No, no estoy contento, Linda. Conmigo no necesitas fingir.
—No me gusta verme así, Jacob.
—A mí tampoco me gusta.
—Y no quiero hablar.
—¿Y tomar una copa?
Linda lo pensó durante unos segundos.
—De acuerdo —dijo.