ROSAS DE OKLAHOMA
Linda se levantó de la cama y se vistió.
El amanecer había pasado hacía algunas horas, pero cosechó en el último turno de la tarde y se había ido a dormir aún más tarde.
Estaba cansada y, además, no había podido quitarse de la cabeza la conversación con el sheriff Wyatt McCoy.
Asher estaba fuera de rango y lo estaría aún más si había vendido el rancho.
Pero también estaba Colt, que no era un peligro por sí mismo, pero sí para su corazón.
¿En serio Wyatt le había pedido aquello?
Llegó a la cocina y se encontró con Sofía, que le dio los buenos días y le sonrió, antes de servirle un café.
—¿Una mala noche, mi niña? —le preguntó, con cariño.
—¿Tan mala cara tengo? —sonrió, tras beber un sorbo de café.
—Se te ve cansada, entre otras cosas —dijo Sofía.
—¿Entre otras cosas? —Linda subió una ceja.
—Seguro que no quieres hablar de ello tan temprano.
—No, seguro que no —convino ella.
No quería hablar de Colt, ni pensar en Colt, ni recibir un nuevo mail de Colt.
Todo acababa girando en torno a él y ella, cada día se sentía más insegura sobre la decisión que había tomado al pedirle que se marchara.
¿Cómo se había colado tanto en su vida? Si era totalmente sincera, había sido ella quien lo había metido en su rancho, en su vida, en su cama y… en su corazón.
—Tu prima lleva varias horas levantada.
—Ah, ¿sí? —preguntó, sorprendida.
—Sí. Me ha ayudado a hacer una tarta para la cena. Te dije que necesitaba que te pusieras seria con ella. Ha funcionado. Puede que aún estemos a tiempo de que salga de ahí una mujer de provecho.
Linda sonrió. Se alegraba. Sofía parecía estar satisfecha con su nueva ayudante de cocina.
—Un mensajero ha traído esto —dijo la susodicha, entrando en la estancia con un ramo de rosas.
El sorbo de café que acababa de tomar Linda en esos instantes pareció tardar más de lo necesario en bajar por su garganta hasta el estómago. Eran rosas rojas de Oklahoma. Y supo al instante que solo podían ser de una persona.
—¡Son preciosas! —exclamó Sofía y se dispuso a salir de la cocina—. Buscaré un jarrón.
—Son para ti —dijo Celeste con una sonrisa.
—¿Me las has comprado? —preguntó absurdamente Linda, explorando el último resquicio de esperanza de que no fueran de quien sabía que eran.
—No —sonrió—. Pero creo que sé quién lo hizo.
—¿Te lo ha dicho? —preguntó, entrecerrando los ojos.
—No hace falta, son como las de la otra vez —sonrió y se las tendió.
Linda las observó, pero no las cogió. Miró hacia la tarjeta que venía dentro de ellas: otro mensaje más de Colt.
Durante un instante se le pasó por la cabeza que también podían ser de Asher. Se le revolvió el estómago pensando en aquella otra posibilidad.
—¿Linda? —preguntó su prima, entrecerrando los ojos, preguntándose por qué no las cogía.
—Este jarrón será perfecto —dijo Sofía, volviendo a la cocina de nuevo, con el recipiente entre las manos.
El ama de llaves observó cómo Celeste tenía tendido el ramo hacia Linda y esta lo miraba, pero no hacía ademán de cogerlo. Arrugó la boca y decidió tomar cartas en el asunto, cogiéndolo ella misma.
—Son preciosas —dijo Celeste a Sofía.
—Y para que sigan igual de bonitas, las pondremos en agua, ya que parece que Linda aún no ha despertado.
Sofía, con ayuda de unas tijeras, cortó el lazo que las mantenía unidas. Tomó la tarjeta y la colocó en la encimera, justo delante de su jefa, que la miró.
Linda observó de forma hipnótica cómo Sofía y Celeste las colocaban en agua y las ordenaban, para que lucieran espectaculares.
—¿Quieres que las suba a tu habitación? —preguntó Celeste.
—No, aquí estarán bien.
—¿En la cocina? —objetó Sofía.
—Quedan bien —aseguró Linda.
Sofía entrecerró los ojos.
—Celeste, cariño, ¿puedes llevarlas al despacho? En la mesa baja, por favor —le pidió.
—Claro, ahora mismo —se dispuso la joven.
—Y tú, lee esa nota —puso los dedos sobre ella y se la acercó aún más.
—¿Me vas a obligar a hacerlo? —preguntó una sorprendida Linda.
—No, desde luego que no. También la puedo leer yo.
La guerra de voluntades se escenificó con ambas manteniéndose la mirada durante unos segundos.
Después, Sofía alargó la mano hacia el pequeño sobre para tomarlo, pero Linda fue más rápida y la cogió entre sus dedos.
Su ama de llaves era obstinada. ¿Creía que lo que Colt hubiera puesto en aquella pequeña tarjeta iba a hacerla cambiar de opinión?
Lo abrió, sin dejar de mirar a la mujer y sacó la tarjeta, tratando de hacerle ver que aquello no la afectaba en absoluto. La tomó entre sus dedos y la leyó.
La distancia no borrará mis sentimientos por ti.
Te quiero, Linda.
Colt S.
El corazón le latió fuerte en el pecho y se le hizo un nudo el estómago.
—¿Contenta? —preguntó, apretando la mandíbula, mientras que los ojos de Sofía brillaban de satisfacción y esbozaba una suave sonrisa en los labios. A ella los dedos le temblaban levemente a la vez que intentaba volver a meter la tarjeta en el sobre.
—De momento —respondió.
Linda mantuvo el sobre en la mano y se levantó del taburete, para subir a la habitación.
Lo hizo todo lo deprisa que pudo y una vez llegó, cerró la puerta por dentro con llave.
Luego paseó por la estancia, tragando saliva, diciéndose que unas palabras escritas por alguien como él en una tarjeta y unas rosas rojas de Oklahoma no la podían afectar.
El nudo del estómago se hizo más grande, le subió por la garganta y amenazó con desbordarse.
Lanzó el sobre hacia la cama y trató de respirar hondo.
Lo hizo rápido, necesitaba aire. Parpadeó también y se dijo que no iba a derramar ni una sola lágrima más por aquello, no iba a volver a llorar por Colt.
Se mintió, porque estas corrieron por sus mejillas a continuación, mientras que en su cerebro se repetían las palabras de la tarjeta de Colt, como si su voz las estuviera pronunciando una y otra vez.
Porque las recordaba, él se las había dicho con anterioridad y le habían parecido sinceras.
¿Por qué, simplemente, no podía despreciarlo, como había hecho con Asher en su momento?