¿NO HARÍAS TÚ LO MISMO?
Colt y CC repartían pienso en los comederos para los terneros más jóvenes, en unos meses podrían ser vendidos y el rancho obtendría un buen beneficio.
—Mamá dice que estás solo de paso. Que volverás a Oklahoma.
—Yo que tu madre no apostaría todo mi dinero a ese caballo —bromeó amargamente Colt, sintiendo una punzada de dolor en su corazón. Los días pasaban, seguía enviando correos electrónicos, pero no obtenía respuesta alguna de Linda. Seguiría intentándolo, pero la esperanza se desvanecía.
—Las flores siempre funcionan —dijo CC.
—No sé si a estas alturas.
—No pierdes nada por intentarlo.
—Un día te cambio los pañales y al otro me das consejos sobre mujeres.
—Suele pasar cuando estás tantos años al otro lado del mundo. Los hombres crecemos.
—No pienso irme tan lejos nunca más —prometió Colt.
—Lo sé, mamá está feliz con ello. Y aunque vuelvas a Oklahoma, también estará bien. Está solo a un par de horas.
—¿Tú no tienes nadie a quien presentarme? —quiso saber Colt, cambiando de tema.
—Puede —la sonrisa de su sobrino se amplió.
—Mmmm «puede». Me gustará conocerla, o como me dijo tu madre, conocerlo, no te juzgo.
—Me siguen gustando las chicas —dijo el joven.
Colt rio.
—Le contesté lo mismo —Colt se mostró orgulloso de los genes Sullivan que veía en su sobrino.
—Solo que… quizá tengas que esperar algo más.
—¿Necesitas usar flores?
—Puede —volvió a usar la misma palabra que antes.
—¿Hay otro tío?
—No es exactamente eso. Es complicado —confesó, después de dudar—. Necesita tiempo. Aún no está lista.
—¿Es más joven que tú? —preguntó Colt.
—No, al contrario. Yo soy más joven.
—No será una amiga de tu madre.
—No lo es. Solo que tiene unos… cinco años más que yo.
—Así que… ella tiene treinta.
—Más o menos.
—Puede parecer un mundo a veces, ¿eh?
—No lo sabes bien.
—Si merece la pena, espérala. No tengas prisa —le dijo Colt y chocó su hombro con el de su sobrino, que sonrió.
***
De: Colt Sullivan
Asunto: La primera carta
—Joder, Colt. No te rindes —dijo Linda en voz alta.
Algo la distrajo antes de que el correo de aquella jornada terminase en la papelera, como el resto que había recibido.
Bloqueó el teléfono móvil y lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón.
El sheriff apareció con la camioneta enfilando el camino hacia el rancho.
Permaneció al pie de la entrada de la casa, esperando ver qué deseaba.
—Linda —dijo el hombre, bajando del vehículo antes de ponerse el sombrero.
—Sheriff. Espero que traigas buenas noticias. Pasa y tomemos un café —lo invitó y el hombre la siguió.
Linda le pidió un par de cafés a Sofía y se introdujeron en el despacho.
—La instrucción del caso de Asher está hecha. El juicio será en un par de meses a lo sumo.
—¡Por fin una buena noticia! —sonrió Linda.
—La parte mala es que, si consigue un trato con el fiscal, es posible que no pase demasiado tiempo en la cárcel y que el juicio no llegue a celebrarse.
—¿Por qué habría de conseguir tal cosa? —preguntó Linda.
—Me temo que sabe ciertos asuntos de gente importante que pueden interesarle a la justicia.
—¿Por qué será que no me sorprende? —se preguntó Linda a sí misma.
La puerta del despacho se abrió y en vez de Sofía fue Celeste la que entró con la bandeja de los cafés.
—Señorita Clayton —saludó el sheriff, levantándose.
—Sheriff —dijo ella, pasándole la taza de café.
—He oído que habías estado enferma.
—Una pequeña indisposición de la que ya estoy recuperada —respondió Celeste, pasando la otra taza a su prima—. Os he traído unas galletas.
—Gracias, Celeste —dijo Linda.
La otra mujer sonrió y abandonó la estancia. El sheriff volvió a tomar asiento.
—Entonces, no tendremos que ir a declarar, ¿no? —quiso saber Linda.
—Si hace un trato con fiscalía, no será necesario. Se le condenará, pero con rebaja de pena.
—No sé si me tranquiliza demasiado volverlo a tener como vecino de nuevo en poco tiempo.
—Creo que eso ya no será un problema. El rancho ha sido vendido.
—¿En serio? ¿A quién?
—A una sociedad extranjera. Capital internacional.
—Esperemos que el nuevo vecino sea mejor.
—Y que nos dé menos dolores de cabeza a todos.
—Así sea. Asher, ¿se declarará culpable de todo?
—No de todo, el disparo que se llevó el capitán Sullivan sigue siendo una incógnita. Granger niega que haya sido obra suya.
—Puede que no quiera un cargo de un intento de asesinato, si no hay pruebas —dijo Linda.
—Puede —convino el sheriff, frunciendo el ceño.
—¿Pero tú no lo crees?
—No, si te soy sincero.
—No vamos a volver a repasar mi lista de enemigos, porque te aseguro que sigue siendo exactamente la misma que entonces —dijo Linda.
—Lo sé —suspiró el sheriff, antes de dejar la taza vacía sobre la bandeja del centro de la mesa—. La experiencia me dice que en ocasiones la explicación correcta es la más sencilla.
—¿Alguien que estaba limpiando su arma de casualidad mientras me apuntaba? —Linda fue sarcástica.
—Me temo que, si no aparece otra bala como esa, no podremos obtener una respuesta a ese asunto. Pero te aseguro que la tenemos guardada por si eso sucede.
—Sí, bueno —suspiró Linda.
—Sobre los matones que le dieron la paliza a Colt —dijo el sheriff—. No tienen tanta suerte como Asher, a pesar de que él haga trato, habrá juicio y es más que probable que el capitán Sullivan tenga que declarar.
—Eso es algo que tendrás que comunicarle por ti mismo, Wyatt —dijo Linda, levantándose del sillón, indicando que la reunión había terminado por su parte. No quería darle pie para abordar el tema de Colt.
—Entonces, ¿es cierto que se ha ido?
—Creo que ya sabes la respuesta —dijo Linda, esbozando una breve sonrisa que no sentía. Las noticias en los pueblos como Kingfisher volaban.
—Pero no conozco el motivo —el sheriff también se levantó del sillón y se colocó frente a ella.
—No es relevante para tu investigación, te lo aseguro.
—Es una pena que nos haya abandonado. No pensé que lo hiciera, si te soy franco.
—Yo le pedí que se fuera —dijo Linda, herida en su orgullo. ¿Por qué demonios la gente asumía que si un hombre se iba de un lugar era porque había sido él quién había abandonado a la mujer?
—Lo siento —se disculpó Wyatt McCoy—. No quise insinuar eso.
—Sí, bueno, pues ahora ya lo sabes.
—Sigue siendo una pena. Y creo que debo irme —dijo el sheriff, sabiendo que el humor de Linda había variado considerablemente nada más nombrar a Colt.
—Gracias por pasarte, Wyatt. Te acompaño.
Wyatt sentía haber molestado a Linda con aquello de Colt.
—Te mantendré al tanto si hay novedades —dijo, saliendo por la puerta del rancho.
—Te agradeceré que lo hagas.
El hombre caminó hacia la camioneta sin dejar de darle vueltas en la cabeza a un asunto. Lo más sensato siempre era dejar las cosas como estaban, pero… Colt le era simpático y apreciaba sus años de servicio. Habría merecido que el final fuese distinto.
—Si ha sido por lo de la doble identidad de Colt —dijo, llegando a la puerta de su vehículo para girarse hacia ella y mirarla—, quiero que sepas que fui yo el que le pidió que no te dijera nada hasta que todo terminara. Por tu seguridad. Y por la investigación.
Linda palideció.
—¿De qué estás hablando, McCoy?
El sheriff temió haber metido la pata hasta el fondo con aquello.
—El marine con el que te escribías —dijo él, observando la reacción corporal de la mujer. Esta le dijo que sí sabía de aquello, solo que desconocía que él también.
—¿Cuándo le dijiste eso? —preguntó Linda, con el corazón acelerado de repente.
—La… —dudó, sintiendo que quizá ya había hablado de más.
—¿Cuándo, Wyatt? —insistió ella.
—La noche del hospital, tras la paliza.
Linda apretó la mandíbula y asintió.
—Que tengas un buen día, sheriff —le tendió la mano.
—Lo siento —se disculpó él, tomándola para corresponder al saludo, estaba fría y no era tan firme como en otras ocasiones—Era más seguro para ti.
Linda cerró los ojos medio segundo y asintió con la cabeza, dándole a entender que no importaba. Aunque lo cierto era que la experiencia en el comportamiento ajeno que atesoraba, le decía que sí que lo hacía. A ella le importaba.
El sheriff se subió a la camioneta, le dirigió una última mirada a la mujer, que sonrió de compromiso hacia él y lo vio alejarse del lugar.
Linda sacó el teléfono del bolsillo trasero de sus vaqueros y lo desbloqueó, mirando la pantalla. No se había movido, ni la aplicación se había cerrado. Estaba justo donde la había dejado.
De: Colt Sullivan
Asunto: La primera carta