Amor en Oklahoma VUELTA A… ¿CASA?
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VUELTA A… ¿CASA?

Colt detuvo la camioneta delante del cartel del rancho Sullivan.

Seguía llamándose así porque había sido de su padre y su hermana había rechazado cambiarse el apellido al casarse.

Recordó durante un segundo a Linda, sabía que ella tampoco se lo habría cambiado.

Decidió parar el motor y respirar hondo antes de traspasar los límites de la entrada.

¿Cuánto tiempo hacía que no pisaba aquella tierra? Al menos cuatro años. Bajó del vehículo y la pisó de forma literal. Aquel lugar había sido su casa en un pasado muy lejano. Ahora solo le pareció un refugio.

Volvió a subir a la camioneta y se adentró en el camino.

Tras unos minutos, llegó a la explanada frente a la vivienda y detuvo su vehículo a un lado de la misma.

Observó la impresionante casa, recién pintada de blanco y miró a su alrededor, notando cómo habían cambiado las cosas por allí. Cuatro años era demasiado tiempo.

—¿Puedo ayudarlo en algo? —Oyó la voz de una mujer que salía de uno de los establos.

—Buscaba alojamiento —dijo, sabiendo que era su hermana, a pesar de la distancia.

—No sé qué le han dicho, pero este no es de ese tipo de ranchos.

—Esperaba algo más de comprensión —dijo él, cuando a la mujer solo le restaban un par de metros para llegar a él.

Nora Sullivan se detuvo frente al hombre, que le sonrió. Reconoció aquella sonrisa, aquella planta y los ojos verdes.

—¿Colt? —preguntó, con una amplia sonrisa.

—Pensaba que te habías olvidado, pequeña —le dijo, abriendo los brazos.

La mujer se le lanzó al cuello y lo abrazó con fuerza. Colt la tomó por la cintura y la apretó contra sí. Habían pasado cuatro años, pero el cariño resistía.

—¿Qué demonios ha pasado por tu cabeza, Colt Sullivan? —la mujer le dio un puñetazo en el hombro a continuación—. Cinco malditos años desde la última vez.

—Cuatro, Nora —la corrigió, mientras la veía limpiarse los ojos.

—Demasiado tiempo —lo riñó de nuevo y se agarró a su cintura para dirigirlo hacia un cobertizo—. Espera a que CC te vea.

***

Dos días después, Sofía puso una nota manuscrita sobre su escritorio sin decir una palabra mientras ella trabajaba en el ordenador. Linda la cogió distraídamente y la leyó:

Lo siento, Linda.

Colt S.

Apretó la mandíbula y miró a la otra mujer.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó, a sabiendas de que era una nota manuscrita de Colt. ¿No se habría atrevido a ir al rancho?

—Una nota, de ese muchacho, Colt. Estaba en su dormitorio.

—Ya la veo. ¿Por qué no la has tirado a la basura?

—Se disculpa contigo.

—Eso tendría que haberlo pensado antes. Tírala —la volvió a poner sobre la mesa y la empujó hacia la mujer.

—No voy a hacer tal cosa —rechazó.

—De acuerdo —respondió molesta—. La quemaré por mí misma.

La mano de Sofía se posó inmediatamente sobre la nota y la recogió, poniéndola fuera del alcance de las manos de Linda.

—La guardaré —la retó con la mirada.

—Haz lo que te plazca. Y espero que la guardes bien, porque la próxima vez que la vea, arderá —le prometió.

—¿Cuál ha sido el pecado de ese muchacho para que no puedas perdonarlo? —le preguntó Sofía ahora.

—No quiero hablar de ello.

—Eres demasiado estricta.

—Estoy trabajando —le indicó tácitamente que abandonase el despacho.

Cuando la figura de Sofía se alejó con la nota manuscrita en su mano, soltó el aire que había estado reteniendo.

Le había costado varios días el dejar de llorar las suficientes horas al día para no depender de sus gafas de sol durante toda la jornada.

Y, de repente, aparecía Sofía con aquel papel que le había dejado Colt con la clara intención de ablandarla.

Y quién sabía cuántas intenciones más tras ella.

Jacob estaba siendo muy comprensivo, dadas las circunstancias, sabía que Colt se había ido para no volver, los había visto hablar y despedirse la mañana de su marcha.

Puede que él le hubiera contado lo que había sucedido entre ambos.

Pero si lo sabía no lo mencionó y si no era así, trataba de ser discreto, como un buen capataz de rancho.

—Me voy, Linda —la figura de Celeste se colocó en medio de la puerta del despacho, ya que Sofía no la había cerrado al marcharse.

—Bien —respondió sin apartar la vista de la pantalla del ordenador.

—Mandaré a alguien a recoger mis cosas, para que no tengas que verme más —dijo Celeste, captando la atención de su prima, por primera vez en semanas.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Linda, mirando a Celeste. La joven tenía una pequeña maleta a su lado.

—He entendido el mensaje, ¿vale? —dijo, casi a punto de romperse. Respiró hondo y parpadeó para ahuyentar la humedad.

—¿Qué está pasando, Celeste? —Linda se levantó del sillón y bordeó la mesa, poniéndose en medio de la estancia, a la vez que miraba a la maleta y a su prima, por turnos, tratando de entender lo que ocurría.

—Hace semanas que casi no me diriges la palabra, y desde hace un par de días… —se detuvo y tomó aire de nuevo—. Sé que quieres que me vaya y no sabes cómo decírmelo. No hace falta, mensaje recibido.

—Celeste, yo… —comenzó a decir Linda. Sabía que los últimos días no habían sido fáciles para ella y de ahí a que la joven hubiera malinterpretado la situación.

—No pasa nada, está bien. Lo entiendo. Te juro que siento muchísimo lo que hice, Linda, de verdad. Y ojalá algún día puedas perdonarme por lo estúpida que he sido.

Celeste miró a Linda y esta le sostuvo la mirada. Después volvió a respirar hondo y decidió caminar hacia la puerta de salida.

¿Qué iba a hacer con aquel asunto? Seguía molesta con su prima, pero no todo había sido culpa suya. Asher la había manipulado y, además, ahora necesitaría de su ayuda más que nunca, si había «algo» en camino. Salió del despacho y cruzó el salón.

—¡Celeste! —la llamó—. ¿Dónde irás?

—Una… compañera de trabajo me ha dicho que me puedo quedar en su casa, mientras busco algo que pueda pagar —miró al suelo.

—¿Y lo de…?, Ya sabes —miró su vientre, no le pareció tan plano como unas semanas atrás.

—No lo sé. Pero me las arreglaré.

Linda guardó silencio unos instantes. Celeste estiró el brazo y cogió el pomo de la puerta.

—No te vayas —dijo Linda—. Somos familia.

—No quiero ser una obligación para ti.

Linda meditó aquello.

—No lo eres. Y ahora tienes un trabajo.

—Pero no vas a perdonarme —se lamentó.

Linda cerró los ojos.

—Dame tiempo, ¿vale? —le pidió.

—Vale —convino Celeste segundos después, a la vez que dos lágrimas le caían por las mejillas.

—¿Has ido al médico? —preguntó Linda.

—No —negó con la cabeza, mirando al suelo—. Tengo miedo.

—Te pediré cita. Iré contigo.

Celeste se mordió el labio inferior mientras asentía y las lágrimas caían sin cesar por su rostro. Linda trató de reprimir las suyas, pero tampoco pudo. Cubrió los pasos que la separaban de su prima y la abrazó contra su pecho, consolándola.