Amor en Oklahoma UNA NUEVA CITA
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UNA NUEVA CITA

Linda concluyó su maquillaje y se vistió.

Esa noche cenaría con Colt fuera. Era la segunda cita, aunque en realidad tenía el sabor de una primera.

Estaba nerviosa en cierta forma, aunque habían pasado muchas pantallas más allá de una primera cita.

La diferencia era que ella ahora sabía que tenía sentimientos por el hombre.

Sonrió y recordó que él le había dicho que la quería hacia semanas.

Tragó saliva y las mariposas revolotearon de nuevo por su estómago, que se acarició, tratando de calmarlo.

—No tienes quince años, Linda Clayton —se riñó, mirándose al espejo. Después sonrió y se dijo que no importaba, que se sentía bien así y que no tenía que esconderse.

Se perfumó y cogió la cartera que usaría esa noche antes de salir de la habitación, dispuesta a bajar las escaleras. Solo que antes de hacerlo, se cruzó con Colt en el pasillo, que acababa de subir.

—¡Perdón! —se disculpó y miró el reloj—. Me temo que se me ha hecho muy tarde.

—Y yo he terminado demasiado pronto —dijo Linda, sonriendo. Y no era menos cierto, la impaciencia había podido con ella y se había arreglado con mucho tiempo de antelación.

Colt la observó de arriba abajo y sonrió. Llevaba puesto un vestido azul marino con un estampado de grandes flores de colores.

—Estás bellísima —le tomó la mano a la mujer y la besó en el dorso—. Necesito tomar una ducha urgente antes de llevarte a cenar.

—Esperaré abajo —dijo ella, mirándolo con adoración. Sí, Colt venía de trabajar en el rancho, pero también resultaba sexi, porque sabía que estaba cuidando su propiedad como si fuera la suya propia y era lo más sexi que podía hacer un hombre por ella en ese momento de su vida.

—Pasa a mi dormitorio mientras me ducho y me cambio —la invitó.

—¿No te importa?

—Hablaremos mientras. Hay noticias sobre los pozos. Vengo de allí —le dijo.

Linda lo siguió y ambos hablaron sobre el asunto, se sentía algo nerviosa al respecto.

Cimarron Oil estaba segura de que había crudo allí abajo, pero ella no respiraría tranquila hasta verlo salir con sus propios ojos, y probablemente no se relajaría hasta obtener al menos un año de beneficios de los mismos, sería una buena inyección para el Clayton.

Según Colt, en no más de dos días aquello iba a suceder, solo faltaba ajustar unos pocos detalles. Después, podrían ir a presenciar los primeros momentos de la extracción en vivo y en directo. El hombre se desnudó y se introdujo en la ducha.

A Linda le gustaba la pasión que mostraba en el tema y se dijo que la había ayudado a tomar aquella decisión. Era la correcta. Los pozos asegurarían el futuro del rancho y, por primera vez en años, podía imaginarse sin el peso constante de las preocupaciones.

Oyó el agua de la ducha, Colt estaba dentro. Se preguntaba de qué querría hablarle esa noche. Suponía que alguna de aquellas cosas que le hacían daño y que tenían que ver con su pasado en los marines y las pesadillas que, aunque más espaciadas, sabía que aún sufría.

Paseó por la habitación y miró las llaves de la nueva camioneta del hombre sobre el escritorio.

Las tocó con la punta de los dedos y sonrió; quería quedarse.

Observó uno de los cajones, algo lo atascaba y no cerraba del todo.

Lo abrió y sacó algunos catálogos de maquinaria que ella le había pasado para que los ojease.

Los tomó en su mano para colocarlos bien y halló un libro debajo de ellos.

Dejó las revistas sobre el escritorio y sacó el libro.

Nunca antes lo había visto, no era del rancho, debía pertenecer a Colt.

Leyó el título en la tapa: Meteorología de los últimos cincuenta años en Kansas.

Linda sonrió y se preguntó quién demonios leía algo así o de dónde lo habría sacado.

Sintió curiosidad y lo abrió. En la primera parte venía un resumen por años del fenómeno más importante acaecido en el estado con la explicación del mismo, por qué se originó y las consecuencias que tuvo en la población.

Después, añadía medias de temperaturas, pluviometría, vientos…

Pasó las páginas y se encontró con testimonios de los meteorólogos más reputados del país.

Linda se dijo que nunca habría pensado que Colt estuviera interesado en aquel tema, cuando siempre era ella la que estaba pendiente del cielo o del cambio del tiempo.

Quizá solo era uno de esos libros lo suficientemente aburrido para hacerte dormir en solo un par de párrafos.

Pasó rápidamente las páginas, más por curiosidad que por interés, y justo cuando decidió cerrarlo para dejarlo en su sitio, un sobre sobresalió de la esquina de la tapa posterior.

Abrió el libro por aquel lugar para recolocarlo bien y se topó con algo que no había esperado.

Una carta dirigida al programa Soldier's Angel.

Solo que el sobre le era demasiado familiar y la letra también.

Dejó el libro sobre el escritorio y sostuvo el sobre en la mano. Lo observó y le dio la vuelta. Conocía el remite, porque había sido ella quien lo había escrito. «Linda Clayton, Kingfisher, OK» rezaba aquel.

—¿Qué demonios…? —se dijo, preguntándose por qué aquella carta estaba dentro del libro que Colt tenía dentro del escritorio de la habitación.

Abrió el sobre y descubrió la misiva que ella misma había escrito al soldado desconocido hacía meses.

Eran su letra y sus palabras. ¿Qué significaba aquello?

¿Por qué la tenía él? La observó detenidamente y la miró al trasluz.

Estaba manoseada y algo arrugada, pero sin lugar a dudas, era la carta original que ella había escrito.

Y ahora estaba entre las cosas de Colt. Era la carta que ella le había enviado a Charlie Sierra.

—No —se dijo.

La leyó para sí misma, recordando las palabras que había usado en ella. Se dejó caer en uno de los sillones, aturdida con el descubrimiento, tratando de vislumbrar el motivo por el que Colt pudiera tenerla en su poder.

—No puede ser, maldita sea —tragó saliva de nuevo.

La voz de Asher le resonó en la mente: «Es uno de esos tipos» le decía. Recordó cómo se había enfrentado al exmarine la última vez que se habían visto en el pueblo: «Dile lo que buscas» «¿Le has dicho ya quién eres?»

Pero, ¿qué demonios podía buscar Colt? ¿Su dinero? Asher pareció estar convencido de que no era quien decía ser y que ocultaba algo. Temió que, por primera vez, Asher tuviera razón.

Sintió un escalofrío. ¿Quién demonios era el hombre que estaba al otro lado del tabique, terminando de ducharse?

Cuando el sonido del agua se detuvo, Linda se apresuró a guardar el libro y los catálogos de maquinaria en el cajón del escritorio. Volvió a tomar asiento y colocó la carta en su regazo, tapándola con las manos.

Colt entró en la habitación instantes después con la toalla en la cintura y continuó hablando algo acerca de que irían en su nueva camioneta y de cómo de emocionado estaba por tener al fin un medio de transporte propio y lo bien que le vendría en algunas tareas del rancho.

Linda casi no pudo escucharlo, tratando de mantener una sonrisa, sopesando aún qué le iba a decir.

Él pareció relajado y se vistió delante de ella.

Cuando se colocó el cinturón y terminó de abrocharse la camisa, volvió de nuevo al baño, supuso que para dejar la toalla.

Apareció de nuevo ante ella con una sonrisa encantadora, mientras se ponía el reloj en la muñeca.

Linda supo que era el momento, tragó saliva y se levantó, colocándose frente a él.

—¿Estás bien? —preguntó Colt frunciendo el ceño, al ver que la mujer lo miraba de una forma demasiado extraña de repente.

—¿Quién eres? —la pregunta salió de sus labios, recordando la que otrora había formulado Asher.

—El hombre que te va a invitar a cenar esta noche —bromeó Colt, sin entender muy bien el motivo de aquella pregunta.

—¿Qué demonios es esto? —Linda abrió las manos y colocó la carta que había sido dirigida a Charlie Sierra delante de ella, a la vista del exmarine.

Colt perdió el color del rostro y tragó saliva. Ella había descubierto la misiva y no supo cómo. Se había asegurado que estuviera oculta en aquel aburrido y grueso libro, o al menos eso había creído.

—Puedo… —comenzó a decir Colt.

—¿Explicarlo? —Linda apretó la mandíbula—. ¿Por qué la tienes tú?

—Quería hablarte de…

—¡Asher tenía razón! ¡Maldito sea! ¡Estabas buscando algo! ¡Todo ha sido mentira!

—¡No! —Colt hizo ademán de acercarse a ella.

Linda dio dos pasos hacia atrás.

—No te acerques —le advirtió con un dedo en alto y mintió—. Jacob está ahí fuera. Gritaré.

—Cariño —dijo Colt, tratando de calmarla, mientras obedecía su orden, permaneciendo estático en el lugar.

—¡No me llames así! —exclamó apretando la mandíbula, furiosa—. ¿Te contrató Asher? ¿Es eso? Ese malnacido lo planeó todo, ¿verdad? Todo ha sido falso.

Linda luchaba por contener las lágrimas. Había vuelto a confiar en alguien, le había entregado su corazón y de repente se daba contra un muro, otra vez.

—¡No, no, no! —dijo Colt.

—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas realmente? —preguntó, queriendo saber con quién se había acostado.

—El sheriff me investigó —le recordó, tratando de tranquilizarla, mientras veía cómo ella negaba con la cabeza.

—¿Y qué demonios es esto? —volvió a colocar la carta delante de sus ojos y masticó la siguiente pregunta—. ¿Por qué tienes esto?

—Yo… —Colt tragó saliva, sabía que todo podía terminar allí mismo. Linda estaba furiosa. Respiró hondo, tomó aire y se lanzó al vacío—. Soy Charlie Sierra. Y esa es la carta que me enviaste.

—¿¡Qué!? —Linda se sintió noqueada con aquella afirmación—. ¡Tú no puedes ser Charlie!

—Lo soy —dijo él, mirándola, firme. La hora de la verdad había llegado.

—¡Demuéstralo! —dijo, sin creerlo aún.

—La cita de Oklahoma City. Ahora sabes por qué no pude ir.

Linda lo miró en silencio, cuadrando los hechos en su mente. Cerró los ojos y tragó la saliva.

—No puede ser —murmuró, sin dejar de mirarlo.

—Me has enviado un correo electrónico hace dos días —dijo él.

Linda se sintió desnuda de repente. Él había visto lo que le había escrito a Charlie. Le había abierto su corazón. Le dolió sentirse tan expuesta. Le dolió el engaño.

—Recoge tus cosas y vete de mi casa, quienquiera que seas —le advirtió, con la mandíbula apretada, llena de rabia, acercándose a él antes de girarse para irse.

—Linda —la llamó él, cogiéndola de la mano—, déjame explicarte el por qué…

La mujer subió la mano por la que estaba siendo apresada y la miró después de mirarlo a él, dándole a entender que ya no le gustaba que la tocara.

—No quiero que me expliques nada —dijo, a la vez que Colt aflojaba el agarre de la mano y la mujer fue liberada.

—Te quiero, Linda —le dijo, viendo que escapaba de él.

Linda se detuvo una vez más, cerró los ojos con fuerza y respiró hondo. Se giró hacia él y sintió que no podría retener durante mucho más tiempo las lágrimas que se le agolpaban en la garganta y pugnaban por salir.

—¡No es cierto! —dijo, enfrentándolo. Sonó fría, con una frialdad que nunca había visto Colt en aquellos meses—. La gente que te quiere, no te miente ni te manipula. No hace lo que me has hecho tú.

—Linda —volvió a decir él—. Déjame explicar…

—¡No, no voy a dejarte nada! ¡Sal de mi propiedad! Si no lo haces antes del amanecer, te juro por mi vida que sacaré el revólver. Y puede que esta vez no me tiemble el pulso para dispararlo.

Colt apretó la mandíbula y asintió. Linda estaba muy alterada y no era el momento adecuado para hablar con ella sobre el asunto.

Un portazo seco de la mujer al salir del dormitorio zanjó la conversación e hizo que el exmarine se derrumbara sentándose en la cama, antes de colocarse las manos en la cara, frustrado. Las cosas no debían de haber sucedido de aquella manera.