Amor en Oklahoma ME QUIERE, PERO…
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ME QUIERE, PERO…

La nueva entubación de los pozos estaba casi lista, en no más de un par de días podrían terminar y no mucho después, comprobarían que el crudo salía al exterior.

Aquel sería un gran día para Linda y el rancho Clayton.

Ella merecía vivir más cómodamente y con menos preocupaciones.

Y de momento, era lo que estaba sucediendo.

No había pasado nada más que se pudiera considerar extraño, ya que con Asher Granger desactivado no había opción a ello.

Uno de sus esbirros había sido detenido y, como buen asalariado, había cantado la lista de fechorías del ranchero, lo que les aseguraría un buen tiempo a la sombra a ambos.

Revisó los depósitos de agua en los prados y se sentó a la sombra observando al ganado.

Le gustaba aquella vida sencilla de Oklahoma, y le gustaba más desde que parecía que no se tendrían que preocupar de asuntos externos.

Respiró hondo y observó a un ternero perdido que mugía desesperado por encontrar a su madre tras haberse quedado dormido.

Sonrió cuando su madre lo llamó para hacerle saber dónde estaba y lo acogió a su llegada.

Colt supo que aquel era su sitio en el mundo, el que nunca había pensado que necesitaba, o no al menos en los últimos veinte años de su vida.

Recordó a Austin, él hablaba de aquello a menudo y lo había tomado por loco.

Por aquel entonces era feliz en la fuerza aérea.

O lo había sido. Ahora sabía que lo era aún más en Kingfisher, Oklahoma y al lado de Linda. Sonrió con aquel pensamiento.

Respiró hondo y miró la pantalla del teléfono para ver las últimas notificaciones.

Halló algo que no esperaba. Linda le había escrito un mail a Charlie.

Frunció el ceño. No lo hacía desde antes de la cita fallida en Oklahoma City y pensó que nunca más volvería a suceder.

Acarició el borde del dispositivo con un dedo y se dijo que tenía que leerlo.

Respiró hondo y pulsó la pantalla para que se abriera. Comenzó a leer, reteniendo el aliento.

De: Linda Clayton

Asunto: Gracias por nuestro tiempo

Querido Charlie:

No voy a negar que estuve muy enfadada en su momento cuando me diste plantón en Oklahoma City. De hecho, tardé semanas en leer tu correo electrónico. Y he tardado algunas más en contestarlo. Si ahora lo hago es porque, llegados a este punto, mereces que sea justa contigo.

Me gustaría agradecerte nuestro contacto durante todos aquellos meses en los que nos escribimos con asiduidad.

Créeme que tus mensajes fueron muy importantes para mí, en un momento en el que necesitaba a alguien, apoyándome de la forma en la que tú lo hacías.

Espero que los míos significaran algo similar para ti.

Siempre será un bonito recuerdo, o al menos por mi parte así será, ya que creo que lograste que volviera a confiar en alguien y tener la ilusión de encontrar tus palabras en un correo cada pocos días.

Como desde hace algún tiempo nuestros mensajes se comenzaron a espaciar demasiado (quizá fue culpa de tu trabajo, de mi vida o de ambas cosas), creo que debo ser justa contigo y actualizarte cómo ha ido todo por el rancho en los últimos meses.

Te hablé de alguien que apareció en mi rancho hace un tiempo, un marine, como tú. Él fue piloto y perdió a alguien. Me temo que es algo demasiado común en vuestro trabajo, desgraciadamente.

No sé si hay alguna forma de decir esto de una manera suave, probablemente no, pero, siendo honesta, tengo que hacerlo de forma directa:

Él forma parte de mi vida actualmente. Me ha costado mucho llegar a reconocer lo importante que es para mí, pero lo he hecho al final y siento que, por primera vez en mucho tiempo, respiro de otra forma y comienzo a ser feliz, pero de verdad.

A veces me descubro a mí misma sonriendo sin motivo aparente.

Espero que esta noticia te agrade, o si no lo hace en principio, deseo que encuentres a alguien en tu vida, al igual que yo lo he hecho.

Deseo que esto no afecte al cariño que nos hemos tenido durante todo este tiempo.

Si alguna vez vuelves a Oklahoma, escríbeme.

Estaría encantada de ponerte cara al fin, tomar una copa y por supuesto presentarte al que ahora es mi exmarine más especial.

Estoy convencida de que os caeríais bien y podríais compartir algunas anécdotas militares, de esas que no son ultrasecretas.

Tu amiga

Linda Clayton

Un nudo le apretó la garganta nada más comenzar a leer la misiva electrónica.

Aquello significaba que Linda… lo quería.

Cerró los ojos, respiró hondo y henchió su pecho con un aire que le pareció más puro que nunca.

Dejó el teléfono a su lado y se rascó la frente, los ojos se le humedecieron y tragó saliva una vez más: Linda lo quería.

Saberlo era lo mejor que le había ocurrido en mucho tiempo.

Quizá en toda su vida. Había sido un viaje largo, pero allí estaba su recompensa.

Respiró una vez más y otra y otra más. No podía ser más feliz.

De repente, cayó en la cuenta de que aún faltaba un trámite para que aquella felicidad fuera completa, porque, aunque podía engañarse, no era cierto, no lo era. Necesitaba confesarle su doble identidad. Y que el cielo lo ayudase.