Amor en Oklahoma DULCE Y AMARGO
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DULCE Y AMARGO

Colt y Linda estaban en la cama, el despertador acababa de sonar, ellos se habían dado los buenos días y permanecían ahora en silencio, observándose mutuamente. El exmarine alargó la mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Me casé porque… creo que me sentía sola —dijo ella de repente, sintiendo que quería compartir aquello con él—.

Mi padre acababa de morir, había discutido con mi madre porque quería que vendiera el rancho e irnos a vivir a Florida.

Y cumplió, ella se fue. Me quedé con Sofía, con Jacob y con un rancho lo suficientemente grande para que resultara un reto enorme para mí.

Asher era el dueño del rancho vecino, su padre había fallecido solo un par de años atrás, supuse que sabía por lo que estaba pasando.

Invitaciones a cenar, regalos, palabras que parecían reales pero que resultaron falsas, como sus promesas.

Hizo que pensara que lo necesitaba para seguir. Pero no era cierto.

—Te bastas y te sobras contigo misma —aseguró él.

—Sí, lo comprendí tiempo después.

—No quiero controlarte, Linda. Solo quiero que estés a salvo —Colt entendió cuál era el problema de Linda, una vez más.

—Lo sé —suspiró—. Solo soy yo y ese malnacido de Asher Granger que a veces sigue apareciendo en mi cabeza, después de tres malditos años.

—No es fácil superar ciertas cosas —dijo Colt—. A mí me asustó lo que me contó el sheriff sobre tu encuentro con ese tipo.

—No pasó nada —lo tranquilizó.

—No me fio de él.

—Ya, yo tampoco —reconoció Linda, recordando el comportamiento del hombre, tan distinto al de otras veces.

***

Días después, Linda se probaba unas botas para el campo en la tienda del pueblo, mientras que Colt ayudaba a Jacob con algunas compras pesadas para el rancho.

Lo había convencido diciéndole que en la tienda estaría a salvo. Además, más tarde se encontraría con Scarlett y almorzarían todos juntos, para tratar de limar asperezas entre Jacob y su amiga, que había sido un poco incisiva con él en los últimos tiempos.

Llegaré tarde, nos vemos en el restaurante.

Leyó el mensaje de su amiga y se dijo que no podía permanecer hasta entonces en la tienda una vez tuvo sus botas, aunque a Colt no le haría gracia el hecho de que caminase por el pueblo, ni a Jacob.

Pero no quería que su vida se basara en el miedo a su exmarido.

¿Qué podía hacerle? ¿Sembrar dudas sobre las personas que quería?

Ya lo había hecho y sí, era peligroso. Pero no caería en aquello nunca más con él.

Paseó por la calle principal de Kingfisher y oteó las tiendas, entró en algunas, incluso en el supermercado, donde pudo observar que Celeste reponía una estantería.

¿Así que era allí donde trabajaba? La vio seria y concentrada en su tarea.

Un cliente le preguntó algo y ella se giró hacia él con una sonrisa, indicándole dónde podía encontrar el producto.

Parecía que su prima iba en serio con lo del trabajo.

Puede que debiera dejar de mostrarse tan dura con ella.

Sí, había colocado una serpiente venenosa en su coche, pero lo había hecho movida por Asher: alguien que sabía cómo podía vender hielo en medio del polo norte.

Quizá le convenía no ablandarse tan pronto y esperar un poco más de tiempo para asegurarse de que no volvía a las andadas.

Tomó los productos que necesitaba del lugar y pagó en la caja.

Se detuvo frente a la floristería y observó en el porche delantero de la misma un rosal de rosas de Oklahoma.

Recordó el ramo que Colt le había regalado y sonrió.

No tenía aquel tipo de rosal en el rancho, probablemente era algo caro, pero sería un bonito recuerdo para sembrarlo en el patio trasero o quizá en el jardín de la entrada, delante del porche.

Se fijó en el precio, cincuenta dólares.

No era barato, pero tampoco era prohibitivo.

Podía permitírselo, más ahora que tenía el adelanto de la petrolera, la cosecha parecía que iba a ser buena y los pozos prometían.

—Te lo regalo —dijo la voz de quien no esperaba encontrarse de nuevo en el pueblo: Asher.

—Solo estaba mirando —desestimó Linda, esbozando una mueca que ni de lejos llegó a parecer una sonrisa.

—Es una oferta de paz, para disculparme —volvió a hablar el hombre—. Por lo del otro día. Creo que ambos nos pusimos un poco nerviosos.

—No, gracias —repitió ella.

Asher la observó, entrecerrando los ojos.

—¿No quieres el rosal o mis disculpas? —preguntó.

—Ninguna de las dos cosas, si te soy sincera. Ahora tengo que irme —dijo, bajando los escalones del porche de la tienda para volver a la calzada. La mano de Asher la sujetó del brazo antes de permitirle descender completamente.

—Estás siendo un poco intransigente, Linda. Me estoy disculpando de verdad contigo —dijo el hombre manteniéndola sujeta.

—Y yo no quiero aceptar tus disculpas, Asher —respondió la mujer.

—No las aceptes, pero acepta el rosal, sé que te gusta. He visto cómo lo mirabas —insistió él.

—No quiero que me lo regales tú.

Asher le apretó un poco más el brazo y Linda se removió, aunque no pensaba suplicar.

—Seguro que si te lo regala ese exmarine con el que te acuestas lo aceptarías sin tanto remilgo —dijo entre dientes, tensando la mandíbula.

—No lo dudes ni un momento —Linda subió la barbilla y sonrió, orgullosa, antes de volver a hablar lentamente, paladeando las palabras, para que él las entendiera—. Tú y yo estamos divorciados. Y eso no va a cambiar, Asher.

El hombre la miró duramente a los ojos.

—Va a hacer que dependas de él, tarde o temprano —aseguró.

—¿En serio? ¿Sabes qué? Prefiero eso a que me manipulen, como tratas de hacer todo el tiempo, incluso ahora.

—¿Quién te ha dicho algo así? ¿Él? —Asher rio y a Linda le pareció una risa demasiado histriónica.

—Tengo prisa, Asher —Linda miró la mano del hombre que aún le retenía el brazo.

—No, no la tienes —le dijo, mirándola a los ojos, de una forma que, por primera vez en su vida, le dio escalofríos.

—La tengo —aseguró, tratando de sonar firme.

—Vamos a dar un paseo antes —le dijo, tirando de ella para bajar el último escalón del porche de la floristería.

—Voy a gritar —advirtió Linda.

—¿En serio cariño? —el hombre sonrió—. No harás nada de eso, porque sabes que tengo un arma.

—Pero no la estás empuñando —rebatió.

—¿Necesitas que lo haga? —la miró fijamente y desabrochó el botón de presión que sujetaba el arma en la cartuchera que llevaba bajo el brazo.

—No… será necesario. —Linda se dijo que aquello ya no era solo bravuconería, sino que, por primera vez, el juego con Asher se había tornado peligroso.

—Bien —sonrió de nuevo el ranchero—. Vamos a dar un paseo.

Colt se quedó helado al ver a Linda con Asher Granger frente a la floristería y se maldijo por haber cedido y dejarla a solas en la zapatería. Scarlett debía estar con ella y ambas tendrían que estar juntas en el restaurante a aquellas horas.

Cuando el ranchero la zarandeó para hacerla bajar el último escalón de la tienda, supo que algo en la escena estaba yendo muy mal.

Linda le reprochó algo muy cerca de él, y Asher metió la mano bajo la chaqueta, supuso que para tocar el arma que solía llevar en una cartuchera. La sangre se le heló en las venas. Aquel tío estaba amenazando a Linda.

Colt se tocó instintivamente la zona donde él había llevado la suya durante los últimos veinte años y se dio cuenta que ya no estaba allí, su vida era distinta y a pesar de la permisividad del estado de Oklahoma con aquel tema, había decidido dejar de portar un arma.

No la había echado de menos hasta ese momento. Apretó los puños y cruzó la calle.

—¡Linda! —la llamó, acercándose hacia ellos, tratando de mantener la calma, actuando con naturalidad, como si no supiera nada de lo que había visto e intuido.

—¡Colt! —respondió ahogadamente la mujer, sorprendida ante su presencia.

Agradecida y asustada a la vez. Asher tenía un arma y a ella se la había mostrado, con Colt…

Dios sabía qué podía hacer con él aquel demente de Asher.

Porque sabía que algo había cambiado en él, pero no el qué. No solía ser así.

—¡Vaya! ¡El marine! Sabía que aparecerías —dijo Asher, sonriendo de una manera inquietante.

—Asher —saludó Colt y se dirigió hacia la mujer—. Te estaba esperando para almorzar.

—Lo siento, me entretuve. Ya me estaba despidiendo de Asher —Linda hizo ademán de caminar hacia Colt, pero la mano de Asher volvió a cerrarse sobre su brazo de nuevo, a la vez que se mostraba confuso.

—¿Dónde crees que vas? —le preguntó.

—A almorzar, con Colt —respondió ella, viendo que algo en Asher no estaba bien.

—No, creo que no. No hemos terminado de hablar.

—Sí que hemos terminado, ¿recuerdas?

—Linda, ven conmigo —dijo Colt, tratando de hacerle ver a Asher que él también quería que la mujer fuera hacia donde estaba él.

Asher soltó el agarre de la mujer durante un momento y la mujer dio medio paso, pero al siguiente, Asher la volvió a sujetar de nuevo.

—Asher, por favor —dijo Colt—. Deja que Linda se venga a almorzar.

—¿En serio quieres que vaya contigo? —preguntó el otro hombre.

—Sí.

—¿Le has dicho ya quién eres? —pronunció Asher la pregunta.

—No sé de qué estás hablando —dijo Colt, frunciendo el ceño.

—Así que, no se lo has dicho —Asher rio.

—Deja que Linda venga a almorzar —le pidió una vez más.

—Solo cuando le digas quién eres de verdad y por qué estás en este pueblo.

—Puedes hacerlo tú —dijo Colt.

—No, ¡lo harás tú! —.El brazo de Linda fue liberado y la mujer corrió hacia donde estaba el exmarine. Asher había desenfundado el arma y ahora apuntaba hacia Colt.

—¡No, Asher, por favor! —dijo Linda, poniéndose delante de Colt. A ella no se atrevería a hacerle daño.

—No, cariño —dijo Colt, tratando de mantener la calma, todo lo que se podía cuando un revólver del treinta y ocho estaba apuntándote. Apartó a Linda hacia un lado y se puso en la trayectoria del arma de nuevo.

—Apareció él héroe —dijo Asher, haciendo un gesto de asco hacia el exmarine—. Conozco a los tipos como tú.

—¡Asher Granger! —se oyó la voz de un tercer hombre en escena que provenía de un lateral. Era el sheriff McCoy que empuñaba su arma hacia el ranchero.

—¡Sheriff! —dijo este y volvió a reír, como si estuviera desquiciado—. Únase a la fiesta.

—¿Qué te parece si sueltas el arma, Asher? —preguntó el representante de la ley usando un tono calmado ahora.

—Solo estoy charlando con el capitán Sullivan —paladeó el rango y el apellido de Colt con desprecio.

—Me parece bien, pero preferiría que lo hicieras con el arma enfundada, Asher.

—En cuanto él diga quién es —movió el cañón del arma señalando a Colt.

—Asher, dímelo tú —le pidió Linda, tratando de respirar y de sonar firme y calmada. No entendía de qué iba aquello, pero quería que el asunto finalizara cuanto antes y con el arma de su exmarido en las manos del sheriff, preferiblemente—. Por favor, Asher.

—¿No lo ves, Linda? Es uno de esos tipos.

—No, no lo sé. ¿Qué quieres decir?

—Dile qué buscas —se dirigió al exmarine.

—¿Qué estás insinuando? ¿Qué Colt está conmigo por mi petróleo? —preguntó Linda, observando que la ayudante del sheriff caminaba despacio por detrás de Asher. Ahora solo tenía que entretenerlo para que no fuera consciente de ello—. ¿Es eso?

Las manos de Colt se cernieron en los brazos de Linda, lentamente. Sabía lo que iba a tratar de hacer la ayudante Briggs y que Dios la ayudase.

—¡Por fin empiezas a entenderlo! —dijo Asher y se pasó la mano por la cara.

Cassidy Briggs golpeó la mano de Asher en aquel momento y, acto seguido, se escuchó un disparo. Colt cayó al suelo llevando a Linda con él. La mujer se giró inmediatamente hacia Colt, buscando su mirada, su rostro y una señal de que el hombre que amaba estaba sano y salvo en esta ocasión.

—¡Colt! ¿Estás bien? ¡Dime que estás bien! ¡Por favor! —exclamó atropelladamente. No podía estar pasando otra vez, Colt no podía estar herido.

—Asher Granger, estás detenido —dijo el sheriff McCoy, ayudando a su compañera a ponerlo en pie para esposarlo—. Léele sus derechos y llévalo a la oficina.

—¡No es quien dice ser! —gritó una última vez Asher, demostrando estar fuera de sus cabales.

—Estoy bien, creo —dijo Colt, tranquilizando a Linda. A veces te disparaban y fruto de la adrenalina podías no sentir el dolor.

—¿Creo? ¡Dios, Colt!

—Estoy bien, cariño —le dijo, aun sin saberlo del todo, revisándola ahora a ella, que permanecía de rodillas a su lado. No había ninguna mancha de sangre en su ropa, solo algo de polvo de la calle.

La mano del sheriff apareció delante de Colt y este la tomó para levantarse, a la vez que observaba que tanto él como Linda estaban en perfectas condiciones.

—Creo que la bala está allí —Wyatt McCoy señaló el alerón del tejado de enfrente—. He escuchado el sonido metálico.

—¡Gracias a Dios! —exclamó Linda, abrazándose a la cintura de Colt. Había pasado mucho miedo, aunque ella no solía reconocer aquel tipo de cosas. Y el principal había sido el cómo de cerca había estado de perderlo.

Colt la abrazó durante un instante y colocó los labios sobre su pelo, para depositar un beso, mientras que cerraba los ojos un momento. Había temido que las cosas terminasen de forma trágica, pero por suerte no había sido así. Ella estaba bien y a su lado de nuevo.

—Gracias, sheriff —dijo Colt tendiendo una mano hacia él. El otro hombre la estrechó y esbozó una mueca parecida a una sonrisa, sabiendo que al menos por esa vez, no había pasado nada irreparable.

—Ahora os dejaré un rato mientras voy a fichar a ese tipo. Os llamaré después para tomaros declaración.

Linda asintió.

—Gracias, Wyatt —dijo, aún con la cabeza pegada al pecho de Colt y abrazada a su cintura.

—Lo tenemos, Linda —le dijo, tratando de tranquilizarla y sabiendo que la mujer había sido muy valiente, dadas las circunstancias.