Amor en Oklahoma EXPLICACIONES
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EXPLICACIONES

Las primeras luces de la mañana entraban por el ventanal del dormitorio y bañaban el cabello de Linda, esparcido por la cama. Él la observaba en silencio desde hacía varios minutos cuando ella despertó y lo pilló mirándola.

—Buenos días —dijo la mujer, para a continuación estirarse con un breve gruñido de placer—. ¿Mirándome tan temprano?

—Buenos días —Colt sonrió—. Eres muy bonita cuando duermes.

—¿Incluso cuando babeo? —bromeó ella.

—Tú no haces tal cosa.

Colt alargó la mano para tomarla de la cintura y arrastrarla por las sábanas hacia él. Le gustaba sentirla junto a su cuerpo desnudo, piel con piel.

—Esto es tan agradable que podría pasar el día entero aquí. O en la ducha —le dijo con una sonrisa a la vez que acariciaba la espalda del hombre con la mano, recordando lo que había sucedido la noche anterior entre ambos.

—Nunca volveré a pensar en una ducha del modo tradicional —admitió Colt y Linda rio, separándose algo de él para mirarlo con curiosidad.

—Creo que yo tampoco —rio y lo rememoró en su mente.

Había sido espontáneo y muy excitante. Su mente también voló al hecho de que Colt había mantenido el control que ella había perdido.

En la pregunta que le hizo después y en la respuesta que él le dio «Porque te quiero».

Linda tragó saliva y cerró los ojos un instante.

La abrasaron aquellas tres palabras. ¿Eran reales?

¿En serio él sentía aquello por ella? ¿Era cierto?

—No lo pienses —dijo Colt, teniendo una idea muy certera de hasta dónde había volado la mente de la mujer. Lo podía sospechar porque su respiración se había agitado. Le tomó la mano y le besó los dedos.

—Solo estoy pensando en que llegaremos tarde si no nos apresuramos. —Desvió el tema y sonrió—. Y es algo que me pone nerviosa.

—Puede que me esté jugando el sueldo si no salgo de aquí ahora mismo —dijo él, divertido, antes de levantarse de la cama.

—¿Tan dura es tu jefa? —bromeó Linda, tratando de recuperar la compostura y el humor que creyó haber perdido por un instante.

Ella también abandonó la cama para dirigirse hacia el armario y elegir las prendas que usaría ese día.

Colt se vistió y antes de marcharse de la habitación se acercó a Linda y la abrazó desde atrás, besándole el cuello.

—No haré nada de lo que te puedas arrepentir —le dijo al oído antes de besarle el cuello por segunda vez y salir de la habitación.

La mano de Linda seguía aferrando el pomo de la puerta del armario mientras miraba hacia el lugar por el que Colt había abandonado la estancia.

Comprendió ahora el motivo por el que él se había apartado en la ducha.

Había pensado en ella incluso cuando ella había dejado de hacerlo, presa del deseo del momento.

Evitando que cometiera un error como el que la propia Celeste había cometido.

El corazón le latió fuerte en el pecho; aquel hombre era demasiado bueno para ser real.

***

—¿Ocurre algo? —preguntó Colt tras observar a Celeste detenida frente a la puerta del despacho del rancho esa tarde.

—Nada —dijo ella. La realidad era que esperaba hallar el valor para entrar y hablar con su prima.

—Bien. ¿Quieres tomar algo? ¿Un café? Voy a por uno.

—No —dijo Celeste—. Pero te acompaño.

Ambos se dirigieron hacia la cocina. Colt tomó una taza del armario y la llenó con café de la jarra. Colocó un terrón de azúcar dentro y lo removió con una cucharilla que sacó de un cajón. La observó mirándolo, mientras fruncía el ceño.

—Sí, ya sé que los marines y los cowboys suelen tomar el café amargo —expuso él.

—Es raro, sí.

—Prefiero mi café dulce —dijo, recordando que, aunque parecían tan distintas y lo eran, cabía recordar que por las venas de Linda y Celeste corría casi la misma sangre.

—Da igual —restó importancia la mujer—. Quería agradecerte tu carta de recomendación. He conseguido un empleo a media jornada en una tienda del pueblo. No es mucho, pero creo que podré hacerlo.

—Está muy bien, ¡felicidades!

—Gracias. Por algún lado tenía que comenzar, ¿verdad?

Celeste guardó silencio. Había algo que quería decir, pero no sabía cómo.

—¿Se lo has contado a tu prima? —preguntó él.

—Sigue sin hablarme. ¿Crees que conseguiré que me perdone?

—Dale tiempo.

—Ya —respondió, algo decepcionada. La paciencia no era una de sus virtudes.

—¿Por qué no intentas hablar algo con ella ahora? Está en el despacho, aunque creo que ya lo sabías.

***

Linda apoyó en sus labios el extremo del lápiz que tenía en la mano.

No había podido concentrarse en la tarea de hacer el pedido de recambios que necesitaba para poner a punto la cosechadora.

Seguía pensando en la conversación con Scarlett acerca de que observara a Colt para que se diera cuenta de que él estaba enamorado.

Regresó a su memoria aquel «te quiero» que le dijo él tras hacer el amor en la ducha. Recordó al exmarine mirándola, y el hecho de que se hubiera retirado a tiempo para no ponerla en una situación difícil.

Demasiados indicios que conducían hacia el mismo lugar: Scarlett podía estar en lo cierto.

Aunque, si lo pensaba bien, un «te quiero» no era un «te amo».

El problema era que no solo se trataba de él, sino también de ella.

Se preguntó si podría confiar en alguien de nuevo.

Si podría confiar tanto en Colt. Se removió, incómoda de repente, en el sillón del escritorio.

Sacudió la cabeza de todos aquellos pensamientos y decidió centrarse en la pantalla del ordenador. Abrió el navegador y terminó en la bandeja principal del correo electrónico. Buscó «Charlie Sierra».

Allí estaba, el último correo que el marine le había escrito días después de dejarla plantada en Oklahoma City. Aparecía como leído porque Scarlett lo había hecho por ella. Acarició el ratón y pasó por encima del mensaje, antes de hacer clic.

De: Charlie Sierra

Asunto: Lo siento tanto, Linda

Querida Linda:

Sé que probablemente estás muy enfadada y lo comprendo si así es.

Te prometo de todo corazón que habría querido estar contigo en Oklahoma City, darte las flores que te había comprado y haber compartido una agradable cena juntos.

Pero ese día, las cosas se complicaron en el último momento y sucedió algo que me impidió llegar hasta ti o tan siquiera avisarte de mi ausencia hasta ahora.

Sabes cómo es mi vida y que, desgraciadamente por el momento, no puedo contarte el motivo de lo sucedido. Pero te prometo que, si me das una oportunidad más adelante, lo haré. Tendrás todas y cada una de las explicaciones y tendremos la cita que nos merecemos.

Tuyo, siempre.

C. S.

Unos nudillos tocaron a la puerta, cerró el correo electrónico y carraspeó.

—¡Adelante! —dijo, esperando ver quién aparecía en la estancia.

—Hola —dijo Celeste, entrando en la habitación. Cerró la puerta y se colocó a un lado de la misma.

—¿Qué deseas? —preguntó en un tono cortante.

—Yo… quería decirte algo.

—No tengo todo el día —la apremió, volviendo a ser cortante.

—Sí, lo siento —se disculpó, bajando la cabeza—. He… conseguido un trabajo.

—Bien —dijo la mujer. Si Celeste esperaba que la felicitase, aquel no iba a ser el día.

—Voy a tratar de ser más austera en mis gastos.

—Genial —volvió a usar una sola palabra, con un tono que no denotaba demasiada amabilidad.

Celeste guardó silencio durante cerca de medio minuto.

—¿Eso es todo? —preguntó Linda, viendo que su prima no abandonaba el lugar.

Celeste carraspeó y se puso visiblemente nerviosa.

—¿Has decidido si le vas a contar lo de la serpiente al sheriff? —preguntó temerosa, con un ligero temblor en la voz.

—Aún no he decidido qué voy a hacer contigo —volvió a sonar seca.

—Yo… —Celeste tragó saliva— sé que odias a Asher. Si… crees que contando lo que hice ayudará a que pague por ello, estoy dispuesta. Y… estoy dispuesta a asumir las consecuencias que me correspondan.

Linda quedó sorprendida por las palabras de la otra mujer, que no la miraba directamente a los ojos desde hacía semanas.

—Lo valoraré —respondió, suavizando el tono en esta ocasión.

—Gracias —dijo Celeste, volviendo a quedar en silencio unos segundos.

—¿Algo más?

—No, es todo —dijo la más joven de las dos Clayton, girándose para volver a coger el pomo de la puerta con la mano y abrirla—. Sé que no lo he dicho nunca, pero te quiero, prima.

A continuación, la puerta se abrió tan rápidamente y Celeste se fue a tal velocidad que Linda no tuvo tiempo de reaccionar; solo alcanzó a quedarse mirando la puerta ya cerrada.

Tenía que reconocer que Colt tenía razón y que Celeste se mostraba arrepentida.

Parecía haber cambiado. Al menos se había tomado la molestia de conseguir un trabajo.

Ahora solo hacía falta que durara lo suficiente en él y que se cortara en sus habituales y elevados gastos mensuales, porque sobrepasaban el fideicomiso que le había dejado su tío en herencia.