LA CONFESIÓN
Linda tenía que reconocer que, a pesar de todo, no había sido un mal día. Había almorzado con sus amigos, con Colt y había resultado agradable. Solo le preocupaba su prima, pero ella siempre la estaba preocupando en mayor o menor medida y se había convertido casi en una costumbre.
Scarlett había ido a disculparse con Jacob por haber sido tan descarada durante la comida y Colt estaba poniéndole heno a los caballos.
Ella había decidido continuar con las tareas de oficina y pagar algunas facturas que tenía pendientes.
El trabajo en un rancho no se detenía. Ni siquiera el administrativo.
—¡Adelante! —dijo Linda cuando unos tímidos nudillos tocaron a la puerta.
El rostro de Celeste apareció. Estaba seria y tenía los ojos hinchados, suponía que se había dado un buen atracón a llorar después de haber hablado con Colt.
No se le había escapado que el hombre estaba realmente preocupado por aquel asunto, así que se dijo que estaba preparada casi para cualquier cosa que le tuviera que contar su prima, porque sabía que no iba a ser buena.
—¿Tienes un momento? —preguntó tímidamente desde la puerta.
—¡Claro! Pasa y cierra.
La otra mujer hizo lo que le mandaron, pero se quedó plantada al lado de la entrada de la habitación.
—Quería… —Celeste carraspeó, mirando al suelo—. No sé si tienes un momento para que hablemos.
—Por supuesto —dijo Linda desde la silla del escritorio—. No tienes por qué quedarte al lado de la puerta.
—Ya —dijo ella, dando un paso adelante, pero solo uno. No sabía cuál iba a ser la reacción de su prima, entraba en lo probable que quisiera pegarla.
—Como quieras.
—¿Te… ha dicho algo Colt? —preguntó, con miedo.
—Solo que me contarías qué es lo que te pasa —Linda salió de detrás de la mesa de escritorio. Jamás había visto tan abatida a Celeste, casi podría decirse que tenía miedo, cuando hasta hacía poco, solía enfrentársele y hasta retarla.
La joven Clayton respiró hondo.
—Me gustaría que sepas que… te agradezco profundamente que me hayas acogido en tu casa y que te hayas ocupado de parte de mis gastos.
—Supongo que para eso está la familia —Linda se sentó en el brazo de un sillón, guardando cierta distancia, que parecía necesitar su prima.
—Ya sabes que la mía no.
—La tuya es la mía. Pero no importa, ambas sabemos que nuestras madres son un poco… particulares.
—Siento si me he portado de forma caprichosa e injusta en ocasiones. Lamento muchas de las cosas que te he dicho, de verdad que sí.
—Vale —Linda frunció el ceño. O era eso lo que había comenzado a afligirla de repente o lo que fuera necesitaba toda aquella parafernalia de preparación para tratar de ablandarla. Mucho se temía que la opción era esta última.
—Te quiero, Linda. Aunque siempre haya parecido lo contrario, no es verdad. Quiero que estés bien y que todo te vaya bien siempre, porque lo mereces.
—Me estás comenzando a asustar, Celeste —dijo Linda, notando una cantidad inusitada de elogios y amor, más aún viniendo de su prima.
—He hecho algo horrible —Celeste se atrevió a mirar a Linda por primera vez en días y las lágrimas le corrieron por las mejillas en silencio.
—Bueno, cariño —le dijo—. Espero que podamos arreglarlo.
La relación con su prima nunca había sido especialmente cercana, pero sentía lástima al verla de aquella forma. Sus palabras, lejos de tranquilizarla parecieron afligirla aún más. Se limpió las mejillas con las manos.
Linda se levantó para acercarle una caja de pañuelos que la otra mujer agradeció asintiendo con la cabeza, incapaz de articular palabra.
La joven sorbió sus lágrimas y se las enjugó con un pañuelo.
Trató de respirar hondo y tranquilizarse cuando su prima volvió al mismo lugar que antes ocupaba en el sillón.
—Es Asher —comenzó a decir.
—¡Vaya! —exclamó Linda—. ¿Qué demonios ha pasado con él?
—Me… me… —Celeste no encontraba las palabras.
—¡Por Dios, habla, Celeste! —la instó ella—. ¿Qué ha hecho ahora ese cabrón?
—Me… he estado acostando con él —dijo, de repente.
Linda apretó los dientes, molesta. El muy cabrón le pedía una oportunidad mientras se estaba acostando con su prima al mismo tiempo.
—¡Joder, Celeste! ¿Cómo se te ocurre? ¿Acaso no sabes cómo es?
—Él… me dijo que… —se detuvo.
—Sí, él dice muchas cosas. Y la mayoría de ellas son mentira.
Celeste lloró ahora más amargamente. Linda trató de acercarse a ella. Estaba molesta, pero su prima parecía destrozada y sintió compasión.
—No —la joven la detuvo poniendo la mano delante de ella—. Hay más.
—¡Santo cielo! —exclamó, sin saber qué más esperar, pero cuando el nombre de Asher aparecía en una conversación, nunca traía nada bueno.
—Creo que… —Celeste bajó la voz— que… puede que… creo…
—¿Qué? ¡Por Dios, Celeste! Habla.
—Estoy embarazada —susurró.
Linda no se sintió preparada para la bofetada que supuso aquello. ¡Celeste embarazada de Asher! Y si eso había sucedido era porque él tenía un plan, estaba segura.
—¡Maldito cabrón! —exclamó, volviendo sobre sus pasos para tomar asiento en el sillón. Sintió que las piernas le podían comenzar a fallar. Se echó hacia delante y se llevó la mano a la frente, pensando en ello.
Celeste lloraba sin poder parar de hacerlo y Linda trataba de pensar o de despejar la mente para averiguar por qué había decidido destrozarle la vida a su prima. Porque estaba convencida de que debía existir algún motivo, Asher Granger nunca daba puntada sin hilo.
—¡Maldita sea! —dijo, cayendo en la cuenta de algo—. ¡El fideicomiso que te dejó tu padre!
Solo podía ser eso, quería meterle mano a aquel dinero y él sabía cómo podía hacer que legalmente fuera liquidado en su totalidad. ¿Pero tan desesperado estaba por dinero? ¿Tan mal le iban las cosas?
Se centró en su prima, que, congestionada, seguía sin poder parar de llorar.
—¿Lo sabe él? ¿Se lo has dicho? —preguntó Linda y su prima negó con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra—. Bien, porque no lo harás. De momento, no.
—Vale —respondió entre espasmos de hipo.
—¿Estás completamente segura de que estás…?
—Tengo una falta.
—¿Te has hecho un test?
Celeste negó con la cabeza.
—Bien, puede que sea un retraso por otro motivo —dijo Linda, esperando que así fuera.
—¿Y si lo estoy? —preguntó, tratando de calmarse.
—Si lo estás… —comenzó a decir Linda, mostrándose calmada, o al menos tratando de estarlo y de pensar con cierta perspectiva, algo que le estaba costando, ya que hablaban de un posible bebé del cabrón de Asher con la incauta de su prima—.
Estudiaremos todas las opciones y decidirás la que consideres más oportuna.
—Lo siento, lo siento tanto —volvió a decir Celeste, aumentando de nuevo su llanto.
—Bueno, cariño, ya está hecho. Tranquilízate, ¿vale? —le dijo a su prima, viendo que sus palabras surtieron justo el efecto contrario.
—He hecho otra cosa horrible y me vas a odiar por ello —dijo Celeste.
—No puede haber nada peor —aseguró Linda, tragando saliva. ¿Qué más y más horrible había que un bebé de Asher en camino en el vientre de una Clayton con la posible intención de despojarla del fideicomiso familiar?
—Me vas a odiar —aseguró, tratando de respirar hondo para tranquilizarse.
—Prueba —dijo Linda, sabiendo que era algo más que no le iba a gustar y, por la reacción de su prima, parecía que podría ser algo cercano al fin del mundo.
—Me… —comenzó a hablar Celeste, tratando de controlar el llanto que había vuelto—. Él me… convenció de que… sería divertido.
—¿El qué, Celeste? —la apremió, viendo que le costaba expresarlo.
—Solo iba a ser una broma, lo juro.
—¿Qué cosa? —insistió.
—La… serpiente de tu coche —dijo Celeste.
—¿Qué? —preguntó, sin entender. O sin querer entender lo que su prima le estaba diciendo.
—Yo la puse allí.
—¿De qué demonios estás hablando? —Linda sintió cómo la garganta se le secó de repente y una sensación de noqueo la golpeó en la cabeza.
La miró con incredulidad, luego trató de asimilar las palabras en su mente sin casi entender lo que estaba pasando y después se dejó caer en el sillón, echándose hacia delante, al igual que su cabeza. Colocó las manos en la frente, masajeando las sienes, que le comenzaban a doler.
—Te juro que fue una broma, Linda. Lo juro.
—¡¿En serio meter una serpiente cabeza de cobre en mi coche crees que es una broma?! —el tono de Linda subió unos decibelios en esta ocasión. Su prima era una demente.
—Lo sé y lo siento —se disculpó una vez más, llorando.
Linda se levantó del sillón y se apoyó en una de las estanterías, tratando de serenarse porque la abofetearía, era justo lo que más le apetecía hacer en ese momento. Abofetearla y zarandearla.
—¿Qué tienes en la cabeza, Celeste? ¿Broma? ¿En serio? ¡Es una maldita serpiente venenosa!
—Pensé que era una serpiente de leche. Esas no hacen nada.
—¡Por favor! ¿Has pasado la mitad de tu vida en un rancho y no sabes diferenciar una cabeza de cobre de una de leche? ¡No lo creo! Has llegado muy lejos, Celeste.
—¡No lo sabía! —gritó, llorando—. ¡No lo sabía! ¡Él me la dio dentro del saco! ¡Me dijo que solo nos reiríamos un poco! ¡Que tú también te reirías!
—¡¿De quién demonios estás hablando?! ¿Quién es «él»? —Linda no había captado aquel detalle al comienzo de la conversación.
—¡Asher! —confesó.
—¿Y le creíste? ¡Mierda, Celeste! ¡Eres realmente ilusa! —le espetó.
—Lo sé y lo siento, Linda. Te lo juro, lo siento de verdad.
—¡Por supuesto que sí!
Linda paseó por la habitación escuchando los sollozos de su prima de fondo.
Trató de respirar hondo, de ordenar sus ideas, de tranquilizarse.
Pero solo sentía rabia, y ni siquiera hacia Celeste, que solo había sido una incauta en las manos del cabrón desalmado de su exmarido.
¿Así que la serpiente había sido idea suya?
Con razón el reptil estaba ordeñado y tenía menos veneno del habitual.
Asher no quería matarla, solo herirla o asustarla.
Como mucho, conseguir que estuviera un par de días en el hospital y que se creyera el cuento aquel de que él la protegería y la ayudaría.
—¿Me vas a denunciar? —Celeste formuló la pregunta, temerosa.
Linda se giró para mirarla, sorprendida una vez más.
—¿Eso es lo que te preocupa? —preguntó, sintiéndose molesta.
—No quiero ir a la cárcel, Linda —Celeste sorbió con la nariz—. No podría resistir allí.
—Y eso es lo que de verdad te preocupa —repitió Linda, asegurándolo ahora, sintiendo que todo aquello de que la quería, que le deseaba lo mejor, que le agradecía que la hubiera acogido en su casa era solo para ablandarla, para que no se lo dijera al sheriff o para encubrirla ante él.
—No, yo…
—¡Maldita sea, Celeste! Esa serpiente mordió a Colt, podría haberle costado la vida, o a mí, o a cualquiera de los cowboys. Y lo único que te importa de verdad es que tu trasero esté a salvo, una vez más.
—No, no, no es cierto —dijo.
—¿De verdad que no?
—¿Por qué no me crees? —se lamentó.
—No lo sé, Celeste. Quizá sea la costumbre, o que te conozco demasiado.
Su prima continuó llorando y ella decidió que necesitaba perderla de vista, al menos de momento.
Caminó hacia la puerta con paso firme. Su prima se encogió al verla acercarse, como si temiera o esperase que la abofeteara, y solo Dios sabía las ganas que tenía de ello.
Sin embargo, colocó la mano en el pomo de la puerta, la abrió y cerró con un sonoro portazo.
Paseó por el salón del rancho, molesta consigo misma, por no haberse dado cuenta antes de lo que le pasaba a Celeste o de lo que estaba tramando Asher.
Estaba harta de aquel cabrón de Asher Granger y de sus estrategias de mierda para hacer que ella se volviera a acercar a él.
No quería recuperarla, quería poseerla otra vez.
Mantener el control sobre ella ¿Qué parte de la palabra «divorcio» no entendía?
Necesitaba hacer algo y dejarle claro aquel punto.
***
Cuando Colt observó a Linda caminar decidida hacia donde tenía su coche aparcado, decidió que era momento de intervenir.
—¡Linda! —la llamó.
—Más tarde —respondió ella, sin prestarle atención, dirigiéndose hacia el coche.
Colt corrió hasta ella. Sabía que estaba molesta y supo que solo podía ser porque Celeste le hubiera contado lo que había hecho.
—¿Dónde vas? —dijo, poniéndose frente a ella para interrumpirle el paso. Por su expresión sabía de sobra que solo podía ir a ver a Asher.
—Voy a salir —trató de esquivarlo.
—En ese caso te acompañaré —dijo, colocándose delante de ella de nuevo.
La mirada de Linda era dura y sabía que su voluntad en ese momento era férrea. Creía no equivocarse en el destino de sus pasos.
—¿Otra vez con la mierda esa de que no puedo ir sola a los sitios? —bramó ella, soltando su enfado con el exmarine.
—Ey, cariño —le habló suavemente.
—¡No trates de ser condescendiente conmigo! ¡Y quítate de mi camino!
—Vamos a respirar y a calmarnos un poco. No estoy tratando de ser nada de eso y lo sabes.
—¿Qué demonios quieres, Colt? ¿Quieres mirar si hay un escorpión en mi coche? Puede que el cabrón de Asher haya convencido a alguien más. Puede que incluso te pueda convencer a ti de ello.
—Vale. Puedo mirarlo, sí.
—Pues míralo y sal de mi camino.
—Sabes que esta no es la forma, ¿verdad?
—Puede que no lo sea, pero estoy harta de que ese hombre trate de jugar con mi vida, con mi rancho, con mi familia y con mis amigos como se le antoje.
Necesito que deje en paz todo lo que amo y todo por lo que trabajo.
Que me deje en paz a mí, de una vez por todas —Linda soltó todo aquello, quedándose casi sin aliento.
Se mostró exhausta de repente. Los ojos le brillaron y Colt supo que era momento de abrazarla.
—Lo sé, cariño —dijo, besándole el pelo—. Pero tú eres más inteligente que él y lo vas a hacer de otra forma. Y yo te voy a ayudar, porque estamos juntos en esto.
Linda agarró la camisa de Colt con las manos, apretándose contra su cuerpo y se dijo que él era el único refugio con el que contaba en momentos como aquel.