SOSPECHAS Y CERTEZAS #2
Celeste sintió que no era capaz de controlarse a sí misma y a sus emociones.
Sabía que Colt se estaba dando cuenta de que había algo le ocurría.
Era cuestión de tiempo que uniera las piezas y hallara la verdad, como lo haría el sheriff.
Pensar en el sheriff la puso aún más nerviosa.
O en la condena que le caería por lo que había hecho.
Había oído hablar a los cowboys del rancho sobre el tiempo que podría ir Travis a la cárcel.
Ella no podría vivir en una prisión, la matarían en aquel lugar.
Y allí era donde iba a terminar. El aire le faltó y se comenzó a ahogar.
Lo siguiente que vio fue a Colt levantándose del sillón para buscar sobre la mesa de hobbies de su prima una bolsa de papel, vaciar el contenido y dársela.
—Respira aquí dentro y pasará —dijo, sujetándola por debajo del brazo, para que pudiera mantener el equilibrio, mientras que la ayudaba a sentarse en otro sillón de la estancia.
Celeste pudo acompasar la respiración y volvió a sentir el aire en sus pulmones, aunque hacía demasiados días que este le faltaba. Ya no era como antes, no respiraba hasta el final. Después, se quitó la bolsa de la nariz y la boca y comenzó a llorar, de forma desconsolada.
Colt se retiró y casi sintió lástima por ella, a pesar de que, a esas alturas, creía saber bastante certeramente el porqué estaba así. Esperó a que se calmara un rato después.
—Gracias —dijo la joven con un hilo de voz. Las manos le seguían temblando.
—¿Me vas a contar qué es lo que te pasa?
—No —dijo esta y se mantuvo en silencio, como él mismo lo hizo, durante unos minutos que se hicieron demasiado largos.
Después, Celeste se levantó con intención de dirigirse hacia la puerta, pero Colt fue más rápido y se interpuso en su camino.
—Creo que esto no va así —le dijo él.
—¿Qué quieres de mí?
—Ya lo sabes. Dímelo.
—No, no lo sé —dijo y volvió a cruzarse de brazos, tratando de abrazarse para tranquilizarse, volviendo al otro extremo de la habitación.
—¿Por qué demonios lo hiciste? —Colt trató de sonar tranquilo, a pesar de que la palabra «demonios» se había colado en la frase.
—No sé de qué me estás hablando.
—Yo creo que sí.
—No —trató de sonreír y de mostrarse orgullosa y altiva, como había hecho muchas otras veces, pero ya no era tan buena en ello.
—La cabeza de cobre —dijo él, fulminándola con la mirada, como si tratara de ver en su interior.
La boca de Celeste tembló y se vio obligada a cerrar los labios con fuerza, haciendo una fina línea de sus labios.
—¿Por qué la pusiste en el coche de Linda? —preguntó ahora Colt. La mirada de la joven la delató: culpa, pero estaba claro que también arrepentimiento. ¿O era solo miedo a las consecuencias?
—Yo no fui —negó.
—¿En serio? —Colt fue sarcástico.
—Sí, sí. Yo no lo hice.
—¿Crees que soy idiota? —le preguntó, sonando duro a la vez que subía el tono de voz.
—No —Celeste sintió miedo al ver el fuego en los ojos del exmarine. Él lo sabía.
—Sabes que no te creo —fue algo más duro con ella—. La pusiste y querías hacerle daño a Linda.
—¡No! ¡Nunca! —negó una vez más.
—Sí, querías hacérselo. ¡Podría haber muerto, maldita sea! —presionó, subiendo una vez más el tono de voz.
—¡No, no, no! —negó nuevamente, con las lágrimas corriendo por su rostro.
Colt se dijo que sentiría compasión de ella si no fuera porque a quien había tratado de hacer daño era a la mujer que amaba.
—¿En serio? ¿Te he contado que colocamos cámaras hace tres semanas y te tengo grabada? —Colt se tiró un farol y pareció funcionar porque el oxígeno había parecido desaparecer de la otra mujer, que lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡Yo… no quería hacer daño a Linda! —exclamó, sollozando.
—Bonita forma de demostrarlo.
—¡No quería, lo juro! ¡Solo fue una broma! Quería gastarle una broma y él me dijo… solo tenía que ser una inofensiva serpiente de leche.
—¿Él? —Colt se sobresaltó y el corazón se le detuvo. Había un «él».
—Yo no… —trató de desdecirse la mujer.
—¿De quién demonios me estás hablando, Celeste?
—De nadie.
—¿Quién te dio esa serpiente? —inquirió Colt.
—¡Nadie! Yo la cogí.
—¡Y una mierda! ¿Quién fue? Dilo o cargarás tú sola con esto. ¡Te entregaré al sheriff en menos de una hora!
La mujer miró a Colt con los ojos anegados en lágrimas, sabiendo que tenía que hacerlo. No pensaba cargar con todo ella sola. No sabía que había una cabeza de cobre en el saco.
—El exmarido de Linda —soltó a bocajarro y Colt sintió un puñetazo en el estómago. Mataría a aquel malnacido de la forma más lenta y dolorosa que jamás hubiera imaginado aquel cabrón malnacido.
—¡¿Asher?!
Celeste asintió con la cabeza, mientras se derrumbaba, sentándose en el suelo.
Colt cerró los ojos y respiró hondo. La sed de venganza no podía nublar su buen juicio. Si mataba a aquel tipo, el que acabaría con sus huesos en la cárcel sería él y quien debía terminar en aquel lugar, sin duda, era el propio Asher Granger.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! —dijo la mujer, sin parar de llorar—. Yo no quería hacerle daño a mi prima. Ella se ha portado siempre bien. Solo era una broma, solo era una broma. Él me engañó.
Colt apretó la mandíbula y caminó por la habitación, pasándose la mano por el cabello, mientras que Celeste Clayton seguía llorando sentada en el suelo, repitiendo que no quería hacer daño a su prima y que lo sentía mucho.
Cuando pudo relajarse lo suficiente, el exmarine respiró hondo y pensó en cómo había visto a Celeste desde hacía demasiados días.
Estaba desconocida, aquello la había afectado demasiado, había perdido peso y vivía con la carga de la culpa que la carcomía.
Se dio cuenta que casi no hablaba con Linda porque sentía vergüenza de sí misma y de lo que había hecho.
Era otra víctima de aquella escoria de Asher y la había manipulado a su antojo para conseguir su fin.
Se agachó hasta el suelo y recogió a Celeste, que se abrazó a él, pidiéndole perdón y que no se lo contara a nadie, que haría todo lo que le pidiera a cambio.
—Tienes que contárselo a Linda —le dijo.
—Haré todo lo que tú quieras… pero eso no.
—Justo eso es lo que quiero. Cuéntaselo a Linda.
—Me odiará para siempre cuando se entere —se lamentó.