LA CONFESIÓN
Colt observó a Celeste a la mañana siguiente.
Era curioso, pero la joven había comenzado a levantarse más temprano cada mañana.
Y no pasaba tanto tiempo creando contenido para redes.
O al menos él no la veía hacerlo tan a menudo como hasta un par de semanas atrás.
Paseaba o, mejor dicho, deambulaba por el rancho durante varias horas.
Parecía esperar algo, o a alguien. Pero, ¿el qué?
¿Quizá a aquel hombre con el que ya no se veía? Porque otra cosa que no hacía era justo esa, salir. No había puesto un pie fuera del rancho desde… el incidente de la serpiente. Incluso se molestaba en preguntarle de vez en cuándo si le seguía escociendo la mordedura.
El coche del sheriff volvió a aparecer por el camino de entrada del rancho. Celeste pasó de estar apoyada con aparente tranquilidad sobre el cercado, observando los caballos a envararse de golpe.
—¿Pasa algo? —le preguntó, tomándola de la mano, para detenerla cuando se la cruzó. Ella iba camino de la casa deprisa.
—Necesito… voy a entrar un momento —respondió con una sonrisa impostada.
Tenía los ojos rojos, la mano fría y la vio temblar.
La soltó y vio cómo continuaba su camino.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al exmarine.
Había algo que no cuadraba en todo aquello.
Pero aún no sabía el qué. Solo sabía que algo no le gustaba.
—Sheriff —saludó Colt al representante de la ley, nada más este se bajó de la camioneta.
—Capitán Sullivan —dijo el otro hombre.
—Pensaba que habíamos superado lo del tratamiento formal.
—De acuerdo, Colt —sonrió levemente el hombre—. ¿Está Linda?
—En el despacho. Te acompaño, ¿son buenas o malas noticias?
—Me temo que un poco de todo. ¿Cómo está?
—Disgustada. Estaba orgullosa de que este rancho hubiera sacado a Travis del mal camino.
—Sí, ya lo supongo. No es asunto mío, pero, ¿cómo te van las cosas con ella?
—Bien —Colt sonrió.
—Me alegro. ¿Le has contado lo tuyo?
Colt tragó saliva y endureció el gesto. El sheriff era una de las pocas personas que conocían aquel secreto.
—No. Y, por desgracia, no creo que sea el mejor momento, dadas las circunstancias.
—No, probablemente no lo sea.
Colt tocó con los nudillos a la puerta del despacho. Linda levantó la vista del ordenador y sonrió al hombre, esperando una visita amable.
—El sheriff está aquí —informó Colt, rompiéndole la tranquilidad.
Linda se puso de pie y estiró su blusa. Antes de rodear la mesa, Wyatt ya había entrado en la estancia y puso la mano por delante de él para saludarla. La mujer se la estrechó y Colt salió del lugar, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Cómo estás? —preguntó Wyatt, mientras que Linda le indicaba que se sentara en uno de los sofás.
—No te voy a decir que estoy bien. Pero mejor, hasta que te he visto entrar por esa puerta.
—Siento que mis visitas últimamente no sean por una buena causa.
—Espero que en el futuro vengas a cenar alguna noche y tratemos de romper esta racha o te cogeré manía cada vez que te vea rondar mi rancho —trató de bromear Linda, queriendo aliviar la tensión.
—Yo también lo espero —Wyatt sonrió.
—Bien, supongo que quieres hablarme de Travis.
—Supones bien. Ha confesado ser el autor de los hechos.
—Creo que cuando lo detuviste quedó bastante claro que había sido él —Linda apretó la mandíbula.
—Se arrepintió nada más hacerlo. Lo trató de revertir, pero a la vista está que no lo hizo bien y acabó en la cuneta él mismo. Y hay algo más… no actuó por iniciativa propia.
—¿En serio? ¿Hay alguien detrás?
—Así es. El problema es que no lo vamos a poder demostrar.
—¿Quién? —preguntó Linda con un nudo en el estómago.
—Asher Granger —pronunció el sheriff.
—¡Cabrón! —exclamó Linda con rabia, después de asimilar que el malnacido de su exmarido había convencido a uno de sus hombres para atentar contra ella.
—Un cabrón con mucha pasta. Podría tratar de soltar a Travis, ponerle un micro y que Asher confesara.
—A estas alturas de sobra sabe que has detenido a Travis y no se va a tragar el anzuelo, no es tan tonto ni está tan mal informado.
—Ahí está el problema. Además de que finalmente no le terminó pagando a Travis, porque el plan falló y no cumplió.
—¿Cuánto le prometió? —quiso saber Linda.
—Veinte de los grandes —informó el sheriff—. Travis tiene deudas de juego y había un prestamista que lo estaba presionando.
—Seguro que Asher lo sabía y se aprovechó de ello —Linda recordó que había aprendido algunos de los trucos de su exmarido, uno era ese: conseguir que las personas con apuros económicos se doblegasen ante él.
—Eso es algo que no puedo asegurar.
—Yo sí. Estuve casada con esa escoria. Lo sé. Y también sé que Asher no estaba en Kingfisher cuando sucedió y que, sin el dinero, solo tenemos la palabra de uno contra el otro.
—Es un caso difícil —reconoció el sheriff.
—Es una vía sin salida, Wyatt. ¿Qué vas a hacer con Travis?
—Ha colaborado, ha confesado, se ha arrepentido y dice que asume que tendrá que pagar por lo que él mismo ha denominado como el peor error que ha cometido en su vida.
Está bastante abatido y puedes pensar que soy un sensible, pero yo le creo.
Aunque es un delito serio y no puedo hacer que desaparezca.
—¿Quiere decir que vas a interceder por él ante el fiscal?
—A menos que tengas algún inconveniente.
—Es tu decisión y tu criterio.
—¿Tú lo harás? Interceder por Travis —aclaró él.
—No lo sé aún —Linda suspiró. La traición de uno de sus cowboys más antiguo dolía.
—¿Me lo dirás cuando lo decidas?
—Lo haré.
—No tardes demasiado. Supongo que en un par de días hablaré con el fiscal sobre el asunto.
—No temas.
—Creo que mi visita toca a su fin. Tengo pendiente lo de la paliza de Colt, hay una pista muy buena que estoy siguiendo—. El sheriff se levantó del sofá.
—Espero que no sea obra del mismo ideólogo —se refirió a Asher.
—Pues yo, sinceramente espero que sí y que podamos pillarlo en esta ocasión.
—¿Sabes que tampoco estaba en el pueblo? —recordó que él mismo se lo había dicho hacía unas semanas.
—O eso dice él. Ya veremos. Una cosa más, Linda.
—Tú dirás.
—Entiendo que puedas estar molesta con tu exmarido, dados los acontecimientos. Pero él no debe saber que lo sabemos, si podemos evitarlo. Porque no sé tú, pero yo quiero atraparlo. Si no es por esto, que sea por otro asunto. No necesito que esté sobreaviso.
—No le diré absolutamente nada.
—A Colt tampoco —advirtió el sheriff.
—¿En serio? —Linda subió una ceja.
—A ese tío le importas y no necesito que haga una estupidez que estropee mi caso.
—Suele ser un hombre muy templado —lo defendió Linda.
—Por eso casi coge a la cabeza de cobre con sus manos desnudas —rebatió Wyatt McCoy.
Linda abrió la boca para rebatir aquello, pero no podía hacerlo. Había sido una imprudencia de parte de Colt tan siquiera plantearse aquella opción.
—No diré absolutamente nada. A nadie —dijo, en cambio.
—Eso estará bien —convino el sheriff—. Ahora sí, tengo que irme.
—Gracias por pasarte, Wyatt.
—Ya sabes que odio el teléfono —dijo él con una sonrisa, antes de dirigirse hacia la puerta para irse.
Linda se sentó de nuevo en el sofá, cruzó las piernas y meditó acerca de lo que había dicho el sheriff.
¡Maldito Asher Granger! ¿Qué demonios quería de ella a esas alturas?
Quizá lo que había pretendido la mayor parte del tiempo desde que se habían divorciado: que ella volviera con él.
Y ahora, además, con el incentivo de la petrolera haciendo negocios con ella.
Asher llevaba demasiado tiempo moviendo los hilos de su vida, incluso después del divorcio.