Amor en Oklahoma UN BRINDIS Y ALGO MÁS
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UN BRINDIS Y ALGO MÁS

Colt se relajaba en el dormitorio después de un duro día de trabajo con la música de Jamey Johnson.

Le dolían todos los músculos, ya que esa jornada se había ejercitado a base de bien.

Aquella paliza lo había mantenido fuera de combate durante demasiado y se había convertido en un enclenque.

A pesar de las agujetas, se sintió reconfortado de poder volver a trabajar a buen ritmo.

Unos nudillos tocaron a la puerta y cuando esta se abrió, la sonrisa de Linda apareció tras dos vasos y una nueva botella de Bourbon Balmorhea.

—Pasa —le dijo, cerrando tras ella.

—¡Qué agradable! —dijo Linda, escuchando la suave música country que salía de un altavoz que había sobre la mesa. Las primeras notas de la canción In color comenzaban a sonar.

—Sí, lo es —Colt sonrió. Tenía allí mismo todo lo que necesitaba en la vida y Linda era una de esas cosas, la principal, aunque ella aún no lo sabía.

—Creo que puedo mejorarlo —subió la botella y se la mostró.

—La botella nueva de bourbon texano.

—Exacto —sonrió ella—. He pensado que es hora de que la abramos y brindemos.

Linda llegó hasta la mesa, puso los vasos en ella y la abrió para servirlos.

—Sigo tomando medicinas —dijo Colt, poniendo tres dedos sobre la boca del segundo de los vasos, indicando que en esa ocasión no podría acompañarla.

—¡Oh! ¡Lo siento! —se lamentó—. En ese caso yo tampoco debería. No es justo si no brindas tú.

—Ya está servido —le indicó.

—Sí, pero…

—Puedes beber por los dos, no pasa nada —la animó.

—De acuerdo —tomó el vaso en la mano, delante de él y lo alzó en un claro brindis hacia el hombre—. Por los nuevos comienzos.

—¡Salud! —sonrió Colt, mientras que Linda bebía parte del contenido del vaso.

—Mmmm —dijo Linda, degustándolo—. Tan bueno como siempre.

—¿Qué ha hecho que gastes doscientos pavos en una nueva botella? —preguntó Colt, curioso, mientras se sentaba en uno de los sillones de la estancia, cercano a la mesa—. No te juzgo, si no lo hubieras hecho tú, lo habría terminado haciendo yo.

Linda rio con el comentario de Colt.

—En realidad nada. Sterling la trajo como regalo hace unas semanas. Me temo que no fuimos nada sutiles cuando metimos en la maleta la anterior del hotel de Houston.

Colt también rio mientras que ella tomaba asiento frente a él.

—Era un regalo, no está bien abandonar los regalos —dijo él.

—Puede que la gente con mucho dinero sí lo haga.

—No seré nunca de ellos —sonó categórico.

—Yo tampoco —rio de nuevo ella—. A pesar de que pueda que en adelante me permita comprar alguna botella de estas.

—¿Y eso? —preguntó Colt. De repente había un nuevo brillo en los ojos de Linda.

—Han encontrado petróleo en los viejos pozos —le dio la buena nueva y sonrió.

—¡Eso es estupendo! —Colt se alegró genuinamente—. Es una buena inyección para el rancho.

—Si te digo la verdad, siento vértigo por los cambios que se avecinan, pero trataré de quedarme solo con lo bueno. Podré vivir más tranquila y eso, ahora mismo y después de los últimos meses, te juro que es lo que más deseo.

—Felicidades, Linda —dijo Colt, con una sonrisa.

—Gracias.

Linda suspiró profundamente, tomó un nuevo sorbo y se arrellanó en el sillón, cerrando los ojos, mientras disfrutaba de la suave música country que los envolvía.

Colt la observó: Linda era perfecta y su sola presencia hacía que el corazón le latiera con fuerza en el pecho.

Solo deseaba que las cosas se calmaran lo suficiente en el rancho y que las investigaciones del sheriff dieran sus frutos.

Que el peligro pasara y poder confesarle todo lo que callaba en su interior.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Linda, abriendo los ojos, a la vez que se daba cuenta de que él no la había dejado de observar.

—Puede que me estés dando mucha envidia.

—¿En serio? —preguntó divertida.

—El Balmorhea ha empezado a ser importante para mí. Y solo tú puedes tomarlo esta noche —bromeó.

—Me encanta esta canción —admitió Linda escuchando Joy of my life de Chris Stapleton, tarareando la música en su garganta.

—¿Quieres bailar? —Colt se levantó del sillón y le tendió la mano—. Para tratar de olvidar el bourbon.

Linda rio y se dijo que por qué no, tomando la de él para levantarse.

Se colocaron el uno frente al otro y se mecieron al ritmo de la música, dejándose llevar por ella.

La gran mano de Colt se posó en la cintura de la mujer y la de ella, en el pecho del exmarine, mientras que las otras dos se unían, entrelazando las palmas de las mismas.

Colt sonrió y ella supo que algo había venido a su mente.

—¿Qué?

—Nada —negó él.

—Sé que es algo. Dilo —lo instó.

—Estaba recordando aquel día en el hospital.

—¿Cuál de todos? —se mostró interesada.

—Cuando no quise reconocer delante del sheriff que las flores que había comprado eran para ti, porque tú estabas delante y aquella máquina subió los pitidos.

—Sí —ella sonrió, rememorándolo.

Colt le tomó la mano y la colocó justo en el lugar donde estaba su corazón. Los latidos de Colt eran fuertes y rápidos.

—No puedo evitarlo cuando estás cerca, Linda.

La mujer tragó saliva y lo miró a los ojos.

¡Colt era tan especial! Su propio corazón galopó con fuerza y necesitó aire extra para respirar.

Dejó caer la mano del pecho del exmarine y, separándose de él, desvió la mirada hacia la mesa.

Vio el vaso de bourbon, solo le quedaba un pequeño trago y lo tomó en la mano, mirándolo.

—Siento si te he incomodado —dijo Colt, arrepentido por ser demasiado directo con Linda—. Puede que, si también estuviera bebiendo, no dijera tantas tonterías.

Linda lo miró, ¿él se arrepentía? No tenía que hacer eso. Era lo más bonito que alguien, un hombre, le había dicho en mucho tiempo.

—Puede que debas beber un poco del mío —dijo, mirándolo.

Se llevó el vaso a los labios y bebió el contenido restante, antes de volver a dejarlo en la mesa.

Se acercó a Colt, subió una de las manos por el pecho del hombre hasta alcanzar el cuello y se puso de puntillas para acercársele a los labios.

Los miró y después lo miró a los ojos. Se detuvo muy cerca, pensando si debía atreverse a tanto, pero deseaba hacerlo, deseaba darle de beber de sus labios, como nunca antes había deseado algo.

Colt le pasó las manos por la cintura y la apretó contra él. Los labios de ambos se unieron a medio camino en un beso intenso con un sabor demasiado dulce para ser cierto: la combinación de Linda y un bourbon tejano, un sabor capaz de hacerle perder el juicio a un hombre como él.

—Delicioso —susurró Colt, aspirando el aroma de la mujer que tenía entre sus brazos—. Como la primera vez.

—En el hotel de Houston —dijo Linda, recordando la primera ocasión en la que habían tomado aquel trago.

—No —Colt subió una mano al rostro de la mujer—. En el porche trasero, bajo la lluvia.

A Linda se le aflojaron las piernas con las palabras de Colt.

Y no era fruto del bourbon, dos dedos de bourbon en un vaso no afectaban a su entendimiento.

Pero Colt Sullivan sí lo hacía, el guapo e impresionante exmarine que había detenido por sí mismo una bala, cambiándose por ella en el último segundo.

Recordó el porche trasero, la tormenta, la primera vez que llovía en el rancho desde hacía demasiado tiempo. El bourbon compartido, el relámpago que rompió el cielo y las compuertas de la bóveda celestial abriéndose sobre ellos mientras que él la besaba, por primera vez.

Los labios de ambos volvieron a encontrarse y compartieron el restante sabor a bourbon.

Colt la apretó contra su cuerpo y ella supo que él estaba excitado, tan excitado como ella y eso, la hacía perder el juicio.

Porque hacía demasiado tiempo que no estaba con un hombre, no desde que se había separado.

La mano del exmarine se coló por debajo de su camisa y le acarició la espalda; ella no pudo evitar un gemido y se pegó instintivamente aún más a él, antes de comenzar a desabrocharle los botones de la camisa.

Ella también deseaba tocarle la piel y quemarse.

Deseaba a Colt y no había sido consciente de cuánto hasta ese momento.

Una mano del hombre se posó en uno de sus senos y lo apretó suavemente, rozando, a través de la tela uno de sus pezones, que se irguió instantáneamente a la caricia.

Las manos de Linda le abrieron la camisa y pasearon por todo el pecho y la espalda del hombre, más tarde las bajó hasta el cinturón, que desabrochó, para después hacer lo mismo con el botón del pantalón y la cremallera.

Colt sintió los dedos de Linda sobre el bóxer, tocando toda su excitación, la mujer lo hizo gemir y él la deseaba con todas sus fuerzas.

—Tenemos que hablar de algo —dijo Colt, con una gran fuerza de voluntad. Solo quería llevarla a la cama y hacerla suya, pero algo no estaba bien. No podía llegar tan lejos con ella sin decirle quién era en realidad.

—No tomo la píldora —habló Linda—, pero tengo preservativos en mi baño.

Colt tragó saliva y los labios de ambos se volvieron a unir en otro largo e intenso beso.

—Yo… también tengo, aquí —dijo él, sonando entrecortado—. Pero, no es eso… no es solo eso. Deberíamos hablar de algo antes…

—No quiero hablar de nada más, Colt —le dijo, perdida en el deseo y la urgencia que tenía. Su centro palpitaba de anticipación y quería unirse a él—. Solo quiero que terminemos esto que hemos empezado.

La audaz mano de Linda se introdujo por dentro del bóxer de Colt y acarició la extensión de su dureza, terminando en una caricia circular en el extremo de la misma, algo que lo hizo gruñir y perder el último halo de razón que le quedaba.

Linda sonrió, satisfecha al tener tanto poder con un hombre como el exmarine.