CONFESIONES A MEDIANOCHE
Cuando Linda regresó al hospital, Colt ya estaba dormido.
Los tonos morados que salpicaban su torso se habían hecho aún más oscuros.
Supuso que con el paso de los días irían mutando a amarillo y eso indicaría que sanaba.
Dejó su bolso sobre el alféizar de la ventana y puso en silencio el teléfono.
Después se sentó en el sillón durante largo rato mientras observaba cómo dormía Colt.
Sin embargo, el propio sueño se le seguía escapando; habían sucedido demasiadas cosas en los últimos días.
Era eso o la ingente cantidad de café que había tomado durante toda la jornada para tratar de mantenerse despierta y con energía.
No podía olvidar el plantón de Charlie, que seguía sin dar señales de vida.
¿Quizá lo habían llamado para una misión urgente?
¿En serio no podía haber avisado de ello?
Un mail, un «Linda, no puedo ir, salgo hacia El Líbano».
Algo. ¿Ella le importaba de verdad o solo jugaba y se divertía con una mujer de la Oklahoma profunda?
Y por otro lado estaba Colt, otro marine, como el propio Charlie, que estaba allí, y que ahora sabía que le había comprado flores, en una especie de paradoja de la vida, justo en la misma tarde en la que ella se dirigía a una cita con otro hombre; algo que la hacía sentir mal consigo misma y con él.
Sí, le había hablado a Colt de Charlie en una ocasión, pero no le había dicho que seguía en contacto con él o que habían quedado para verse en persona.
¿Colt o Charlie? Hacía un tiempo que ambos convivían en su mente ¿Te podían gustar dos hombres a la vez?
***
—No deberías salir tan tarde del rancho —dijo la voz de Colt, observando la silueta de la mujer en la ventana de la habitación. En esta ocasión, no había ninguna luz encendida en la misma y solo la luna inundaba la estancia.
—Creo que soy una mujer adulta —se quejó ella por el comentario.
—Bueno, yo también lo era, hasta que me dieron una paliza —la bajó a la realidad, mostrándole que no era por machismo, sino que había razones objetivas para que tomara precauciones.
—Lo siento —se disculpó—. ¿Cómo estás?
—Mejor.
—Me alegro. Me ha dicho Scarly que puede que mañana te den el alta.
—Eso creo. Las pruebas han salido bien. Parece que sigo teniendo la cabeza muy dura —bromeó.
—Siento no haberme pasado en todo el día —se disculpó.
—No tienes por qué hacerlo —le dijo él—. Además, ha estado entretenido. Jacob pasó por aquí, me trajo ropa. Celeste también, se ha ido hace un rato.
—Ah. Celeste —dijo ella y sonó demasiado seca.
—Se ha portado bien —le dijo.
—No sé si te has dado cuenta, pero está interesada en ti.
—Una lástima que no sea recíproco —Colt trató de quitarle hierro al asunto.
Linda sonrió imperceptiblemente.
—Si se pone muy insistente, puedo decirle algo.
—Yo también puedo hacerlo, ¿sabes?
—Me siento responsable de ella en cierta forma —Linda suspiró.
—Es mayorcita, ¿no crees?
—Lo sé.
—Estaba disgustada porque el sheriff le ha preguntado con poco tacto si ella había tenido algo que ver con lo que me ha pasado —le informó Colt.
—¿No te ha dicho que cree que fui yo quien se lo sugirió a Wyatt? —preguntó, molesta.
—No, no lo hizo.
—Típico en ella —bufó Linda.
Colt guardó silencio durante unos instantes.
—Me contó que la relación con su madre no es buena y que por eso vive contigo.
—Sí —exhaló el aire que había tenido retenido en sus pulmones y se dejó caer en el sillón—.
Es curioso, pero su madre y la mía también viven juntas.
Son cuñadas, pero esas dos mujeres no podrían llevarse mejor si fueran hermanas.
Sin embargo, no lo hacen con nosotras. Y nosotras… creo que somos muy distintas.
—O puede que no. Creo que Celeste solo cree que el mundo está en su contra, a pesar de la edad que tiene.
—Sí, bueno. El mundo no me ayuda a mí demasiado tampoco —resopló.
—Sospecho que en el fondo se siente sola.
—Puede ser —dijo Linda.
—Me temo que no es algo de lo que desees hablar justo ahora.
—Si te digo la verdad, no. No es algo que me apetezca especialmente. ¿Por qué no tratas de dormir? Te sentirás mejor mañana.
—Porque tú estás aquí.
—¿Soy como el café? —bromeó ella.
—Pensé que te habías ido enfadada esta mañana.
Linda cerró los ojos con fuerza y tragó saliva. Lo había hecho, pero por razones equivocadas y siendo totalmente hipócrita con él.
—Solo estaba cansada —mintió en voz baja.
—No hay nadie más, Linda. —le confesó.
La joven tragó saliva, ahora lo sabía. Lo supo en cuanto leyó la tarjeta que acompañaba a las flores que estaban en casa de su capataz.
—Trata de dormir, ¿vale? —le dijo, acercándose hasta la cama para tocarle un brazo y animarlo a hacerlo
La mano de Colt tomó la de ella y se la llevó a los labios para besarle las puntas de los dedos.
—Jacob tiene las flores que compré, pídeselas. Las compré para ti.
El corazón le palpitó con fuerza en el pecho y miró el monitor de constantes de Colt.
Esa noche estaba en silencio, pero el de él pasaba de las cien pulsaciones por minuto, lejos de las setenta que tenía cuando entró en la habitación.
Sintió que le importaba y que era agradable importarle de verdad a alguien como él.
—Duérmete, es tarde —le dijo, en cambio.
Colt sonrió y dejó que la mano de la mujer escapara de la suya.
—Sí, señora.
Linda tomó asiento en el sillón, dispuesta a dormir al menos unas horas.
—Colt —lo llamó un par de minutos después.
—¿Mmm?
—Gracias —se detuvo y el silencio de la noche se hizo pesado—. Por las rosas. Son… preciosas.
—De nada.
—Hasta mañana, Colt.
—Hasta mañana, Linda.