Amor en Oklahoma REPROCHES
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REPROCHES

Linda tomaba un café en la cocina del rancho.

Había declinado almorzar y Sofía se había mostrado disgustada por el hecho.

No tenía hambre y sabía que con un café y un trozo de bizcocho sería más que suficiente.

Si la vida le diera un respiro, probablemente estaría hecha un ovillo en su cama, llorando por Charlie, pero tenía un rancho que atender y a uno de sus empleados en una cama del hospital, porque alguien le había dado una paliza.

Aunque tres tipos no son solo «alguien».

Le preocupaba pensar en el hecho, porque podía ser algo premeditado y estar relacionado con todo lo que sucedía en el rancho desde hacía semanas.

Solo lamentaba que Colt hubiera terminado de nuevo en el hospital.

—¿De qué vas? —la voz de Celeste Clayton llegó hasta ella y dos segundos después la vio plantada delante. Linda miró hacia atrás, pensando que estaba hablando con alguien más, pero allí solo estaban las dos.

—¿Perdón? —preguntó Linda, dejando la taza de café en la encimera de la cocina. ¿Qué mosca le habría picado ahora a su prima?

—¡El sheriff! ¡Me acaba de preguntar si tengo algo que ver con la paliza que le han dado a Colt!

—¡Oh, vaya! —murmuró Linda, sorprendida por las pesquisas de Wyatt.

—¡No te hagas la inocente! —chilló—. Le has dicho eso porque te molesta que él se haya fijado en mí.

Linda frunció el ceño, extrañada. ¿Se había perdido algún capítulo?

—¿Entonces eras tú la que ibas a salir anoche con él? —le preguntó en cambio, manteniendo la tranquilidad, sin alzar el tono de voz. Vio el fuego en los ojos de su prima y tuvo claro que la respuesta era un «no». Celeste no había sido la elegida.

—¿Te molesta? —preguntó.

—Es tu vida —respondió, tranquila.

—Pero te encantaría que fuera la tuya. Que Colt te mirase como me mira a mí. Porque a ti —la ojeó de arriba abajo con desdén—. No te mira ningún hombre de esa forma desde hace muuucho tiempo.

Linda entrecerró los ojos y sintió el fuego en su interior subiendo de repente. ¿Quién demonios se creía aquella niñata para decirle algo así?

—¿Ya os habéis acostado? —le preguntó, tratando de mantener la tranquilidad.

Celeste apretó la mandíbula y Linda supo que «no».

—¿Te ha besado? —volvió a preguntar Linda y vio cómo su prima cambiaba de color, podría decirse que a… morado de indignación.

La más joven de las dos Clayton apretó aún más los labios hasta formar una fina línea con ellos.

—¡Oh, vaya! —habló de nuevo Linda y sonrió de forma maliciosa—. Es una pena, porque lo hace muy bien.

Los ojos de su prima se abrieron como platos y volvió a apretar la mandíbula.

—¡Te odio! —exclamó con rabia, antes de pasar a su lado, chocando con el hombro de Linda para abandonar la habitación.

—¡Recuérdalo la próxima vez que uses mi tarjeta de crédito! —le dijo la dueña del rancho Clayton a su espalda.

Quería a su prima, pero a veces se lo ponía muy difícil. Y probablemente Sofía tenía razón y debía ponerle algunos límites.

***

—¿Por qué diantres llamas a la puerta? —preguntó Jacob, al salir al porche de su casa—. Sabes que está abierta. Pasa.

—¿Y si estuvieras con una mujer? —respondió Linda con una pregunta. Había cruzado el patio delantero para dirigirse hasta allí. Quería ver lo que se había perdido esa mañana.

—¿A la hora de comer? —Jacob volvió a sentarse delante de su emparedado—. ¿Te preparo algo?

—Cogeré un poco de café —dijo, dirigiéndose hacia el armario para bajar una taza y llenarla—. Hoy lo necesito más que nunca.

—¿Has conseguido descansar?

—Sí, por suerte. Celeste me ha dicho que Wyatt ha estado preguntando por el rancho. Estaba algo disgustada.

—Ya conoces al sheriff, es un poco incisivo.

—Espero que los pillen.

—Ten cuidado, Linda —dijo Jacob, después de masticar el bocado de emparedado, dejándolo sobre el plato.

—¡Uuuy! —dijo la mujer, sonriendo—. Jacob el protector.

—Es en serio. No me gusta lo que está pasando en los últimos tiempos. Si se han atrevido con alguien como Colt, no quiero pensar qué pasaría si fueran a por uno de nosotros.

—Es decir, a por mí —clarificó Linda.

—Sí —dijo el capataz después de dudar—. Eres la dueña del Clayton y… me temo que todo pueda estar relacionado con el rancho.

—Pero no tiene sentido. La petrolera tiene su contrato. No hay ofertas de compra por la propiedad. No veo ningún motivo a la vista.

—Yo tampoco, pero algo está pasando. O puede que solo sea contigo.

—No tengo problemas con nadie, que yo sepa.

—Quizá alguien sí que los tiene contigo.

—No lo sé —suspiró Linda y paseó por la habitación. Se fijó en el ramo de rosas que había en la mesa baja del salón—. ¡Qué bonitas! ¿Una admiradora?

—Estaban en mi camioneta, son de Colt.

—¡Ah! —dijo ella, retirando la mano de las mismas, las había comenzado a acariciar, pero de repente le quemaron en los dedos. Eran para la cita de la noche anterior de Colt.

—Yo solo las puse en agua.

—Sí, sería una pena que unas rosas tan bonitas se hubieran estropeado —dijo Linda. No era un ramo de flores cualquiera; eran rosas de Oklahoma, con su característico tono rojo oscuro.

—Puedes llevarlas a la casa grande, seguro que allí quedarán mejor —le ofreció su capataz.

—Tienen una tarjeta —dijo Linda, observando que había un pequeño sobre de color marrón dentro de ellas.

—Ajá.

—¿La has leído? —quiso saber la mujer. Probablemente en ella vendría el nombre de la receptora de las mismas.

—No. No son mías.

—Pero ahora están en tu casa, creo que eso las convierte en tuyas.

—Técnicamente no es mi casa, es tu rancho.

—No es algo que me corresponda.

Linda apretó la mandíbula, le habría gustado saber a quién iban dirigidas, pero Jacob era un hombre demasiado discreto y ella se dijo que tenía que respetar la intimidad de Colt, aunque se muriera por saber quién era «ella»; la merecedora de unas carísimas rosas de Oklahoma.

Se sentó en la silla que estaba frente a su capataz, mientras este comía su almuerzo, sin dejar de mirar de vez en cuando hacia las rosas.

Jacob entendía el dilema de su jefa y amiga.

Terminó de comer, bebió café, se limpió la boca con la servilleta y dejó los utensilios en el fregadero.

Se apoyó en la encimera y la siguió observando unos instantes más.

Linda solo lo acompañaba, pero ya no hablaban.

—De acuerdo —dijo de repente—. Supongo que me pagas para que haga algunas cosas por ti.

—¿Perdón? —dijo ella, confusa.

—Vamos a ver qué nos tiene que decir la tarjeta.

Jacob se dirigió hasta la mesa donde estaban las flores.

—No tienes por qué…

—Me temo que sí —dijo, cogiendo el sobre en la mano antes de abrirlo.

Linda contuvo la respiración mientras que Jacob abría el sobre y sacaba la tarjeta del mismo. La abrió y la leyó. Después sonrió y la miró.

—¿Todo bien? —preguntó Linda.

—Creo que debes verlo por ti misma —se acercó a ella y le tendió la tarjeta—. Hazlo.

—Puede que a Colt no le guste que yo…

—Creo que a Colt no le importará —sonrió Jacob.

Linda tomó la tarjeta en la mano, miró a los ojos a su capataz, respiró hondo y abrió la tarjeta, sintiendo que estaba traicionando a Colt:

Querida Linda:

Cuando todo fue oscuridad,

el destino me llevó hacia ti.

Gracias por devolverme la luz.

C.

Linda se mordió el labio inferior y trató de evitar una sonrisa en su rostro.

¡Las flores eran para ella! Un precioso ramo de rosas de Oklahoma de un color rojo oscuro aterciopelado.

Un nudo se le había formado en la garganta.

Acarició disimuladamente la tarjeta con los dedos antes de cerrarla.

Se giró de espaldas a su capataz y se limpió una lágrima que se había escapado de uno de sus ojos, para que él no la viera hacerlo.

—Te lo mereces —dijo Jacob a su espalda y tuvo que limpiarse otra lágrima rápidamente. Respiró hondo y se tragó el nudo de la garganta.

—Supongo que se me ha hecho tarde, y tengo cosas que hacer —dijo, tratando de que su voz sonara firme y serena, aunque el detalle de Colt acababa de conmoverla desde la cabeza hasta los pies.

Se giró de nuevo hacia la puerta, Jacob estaba en su camino, había pensado pasar rápidamente a su lado, sin que viera la emoción que la desbordaba, pero él alargó la mano y la obligó a chocar contra su pecho, abrazándola.

—Ven aquí —le dijo, besándola en el pelo al lado de la sien—. Ya era hora de algo bueno.

—Nos vemos luego —dijo ella, saliendo de la casa y agradeciendo que Jacob siempre hubiera estado a su lado, como si fuera el hermano mayor que había perdido hacía tantos años.