MEDIAS VERDADES
Linda se miró al espejo del baño del hospital. Sentía ganas de llorar y realmente no sabía por qué. O igual sí; había otra mujer en la vida de Colt. Una a la que él le había comprado flores.
—Eres estúpida, Linda Clayton —se dijo, mirando su reflejo en el cristal.
Scarlett entró en el baño en ese instante.
—Buenos días, Linda —se acercó a ella y la abrazó brevemente.
—Buenos días —respondió esta, apagada.
Scarlett la observó y dejó de sonreír. Algo estaba pasando, el rostro de su amiga lo dejaba claro.
—¿Colt está bien? —preguntó alarmada.
—Sí. Le tuvieron que administrar más calmantes, pero ha pasado bien la noche. Y ahora está con el sheriff —dijo.
—¿Y qué es lo que te ocurre? Tu cara no miente.
—Estoy cansada, ha sido una noche larga.
Scarlett siguió observándola.
—No. No es eso —dijo, categórica.
—Creo que yo sabré cómo me siento, ¿no? —respondió, molesta.
—¿Qué pasa, Linda?
Linda miró fijamente a los ojos a su amiga y respiró hondo, antes de decidirse a contestar.
—Parece que Colt tenía anoche una cita con alguien.
—Ya lo sabía.
—¿Lo sabías?
—El sheriff preguntó por ello.
—Sigue preguntando, supongo que a él sí que se lo habrá contado.
Scarlett miró de nuevo a su amiga durante unos instantes.
—¿Te molesta? —Scarlett sonrió, casi incrédula.
—No era algo que esperase que sucediera, si te digo la verdad.
—Espera un momento —meditó la mujer—. ¿Se supone que no debería haber pasado?
—Bueno, ya sabes… lo que sucedió entre nosotros la noche que comenzó a llover —dijo, algo avergonzada.
—Ajá. Y también sé que estuviste varios días sin hablarle o que le dijiste, ¿cómo era? ¿Que «no necesitabas eso»?
—Yo… bueno… Charlie…
—Sí, Charlie. El hombre con el que tenías una cita anoche. Tú también tenías una cita, Linda, ¿recuerdas?
Linda se dijo que era aún más estúpida de lo que pensaba y todo aquello resultaba irracional. Ella habría tenido una cita con Charlie Sierra si este hubiera aparecido. Y a la vez le sentaba mal que Colt hiciera exactamente lo mismo por su lado.
—¡Joder! —exclamó.
—El eterno dilema: Charlie o Colt —sonrió Scarlett.
—No hay ningún dilema. Uno me dejó plantada y el otro sale con otra mujer —trató de sonar dura.
—Técnicamente no sale con nadie, no llegó a salir con ella. Lo atacaron antes —su amiga fue práctica.
—¡Venga ya, Scarly!
—Y tú tampoco llegaste a salir con Charlie —hizo un ruido con la lengua—. Los dos estáis libres como el viento.
—No te voy a escuchar —le dijo, esquivándola para salir del baño.
Scarlett la siguió y le colocó el brazo sobre los hombros.
—En realidad ya me has escuchado. Pero dejemos el asunto para más tarde ¿Qué te parece si te vas a casa, desayunas, tomas una ducha y descansas un rato? Te ayudará a ver las cosas de otra forma.
***
—Linda, yo… —dijo Colt nada más verla entrar en la habitación. El sheriff ya se había ido y volvía a estar solo.
—Buenos días, capitán Sullivan —saludó Scarlett, que entró a continuación.
—Scarlett —saludó él mientras veía cómo la dueña del Clayton abría el armario para recuperar su bolso.
—Me iré a casa a tomar una ducha y cambiarme de ropa —anunció Linda, casi sin mirarlo.
—Yo me quedaré un rato contigo, si no te importa, mientras dejamos que Linda descanse.
—Sí, gracias, Scarly —dijo Linda, dándole un beso en la mejilla—. Si necesitas algo, llámame.
—Estaremos bien, no temas. Sé cómo mantener entretenido a un hombre. Tú descansa, ¿vale?
Linda miró reprobatoriamente a su amiga y esta rio. La dueña del Clayton dijo «Adiós» y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí, sin mirar a los ojos a Colt.
Colt tensó la mandíbula y el hecho le provocó un pinchazo en la misma.
—Está cansada, no le hagas caso —dijo Scarlett, viendo el gesto del hombre, que la miró, levantando una ceja. Ninguno de los dos se creía aquello—. Yo estaré por aquí un rato, es mi sagrada hora del café. Por si necesitas algo.
***
Colt dormitó, producto de los calmantes que seguían administrándole y recorrían su cuerpo. Cuando abrió los ojos la siguiente vez, no era Scarlett quien estaba sentada en el sillón, sino Jacob, el capataz del rancho Clayton.
—Buenos días, bello durmiente —le dijo, bromeando.
—Jacob, hola. Gracias por venir.
—Me preocupo por mis chicos —desestimó él—. ¿Cómo te encuentras?
—Hecho polvo —confesó, mientras trataba de colocarse en la cama, no sin esbozar una mueca de dolor.
—Ya veo. Te dieron duro, amigo.
—Sí. Cualquiera diría que llevo veinte años en los marines.
—Supongo que tus compañeros no tenían por costumbre atacarte por la espalda.
—No, desde luego que no.
—Espero que los pillen.
—Ya, yo también. ¿Tu camioneta está bien?
—Perfecta. No te preocupes.
—Creo que no puedo decir lo mismo de tu camisa. Te la pagaré.
—No harás eso, es solo una camisa.
—Que era tuya.
—La cobraremos cuando McCoy los encierre. Hablando de ropa, no suelo hurgar en los cajones de otros tíos, pero te he traído algunas cosas. Las he dejado en el armario.
—Gracias —sonrió Colt, contento de estar justo en aquel pueblo, aunque a algunos parecía no gustarle su presencia.
—El sheriff lleva husmeando toda la mañana en el rancho, hablando con los trabajadores. Supongo que piensa que a menudo los problemas laborales se extrapolan.
—¿Laborales? —Colt torció el gesto, incrédulo.
—Me temo que al sheriff no le gusta dejar cabos sueltos. Tanto él como yo tememos que no fue un ataque ni un robo al azar. Te seguían y sabían quién eras.
—Lo sé. Pero ¿tres tipos? No creo tener tantos enemigos en Kingfisher. Suena más a encargo.
—O a un tipo con dos buenos amigos. ¿No recuerdas su cara?
—No, lo siento. Las llevaban cubiertas.
—¿Dijeron algo?
—Que Kingfisher no era lugar para mí.
—¡Vaya! Parece que a alguien le molesta tu presencia. Eso me descarta a mí. Estoy deseando que vuelvas al trabajo —Jacob se levantó del sillón y se acercó hasta la cama.
—En un par de días estaré como nuevo —prometió este y el capataz sonrió.
—Creo que tendremos que tomarlo con más calma, esta vez. Pero me conformaré con que salgas pronto de aquí y vuelvas al rancho. Creo que es hora de irme.
—Jacob —lo detuvo, a medio camino de la puerta—. Hay algo más.
—Soy todo oídos.
—Uno de ellos me dijo que me alejase de Linda.
El capataz frunció el ceño, aquello acababa de tomar otro cariz.
—¿Se lo has contado al sheriff?
—Sí, pero no a ella. No creo que necesite más preocupaciones —habló de Linda—. No la pierdas de vista. Me temo que pueda estar relacionado con todo lo que ha estado pasando en el rancho.
—Estaré pendiente, no temas.
—Gracias.
Jacob le guiñó un ojo y se dirigió hacia la puerta y tomó el pomo de la misma.
—Una última cosa, metí tus flores en agua anoche. Son bonitas.
Colt sonrió mientras veía cómo el capataz salía de la habitación. Por lo menos no se habían estropeado.